ARTÍCULO

Las últimas sombras

Ollero&Ramos, Madrid, 216 págs.
 

La imagen de un pájaro decapitado abre y cierra esta última novela del ciclo de Celama. Precariamente suspendido de un cable eléctrico, convertido en objeto inerte al que el viento mueve y los días van resecando, ese pájaro resume en su consunción el drama del protagonista, un viejo perdido en una abandonada estación de ferrocarril durante el periplo, más deseado que verosímil, que le llevará al Páramo en el que transcurrió la mayor parte de su vida. Como tantas veces en la narrativa de Luis Mateo Díez, el camino y sus espejismos son los motivos vertebradores del relato, sólo que aquí estamos ante un viaje frustrado de antemano, pues la peripecia del anciano, desorientado por la doble ceguera de los ojos y del entendimiento, se reduce a un extravío en el que los sueños sustituyen a la memoria, mientras las horas van pasando –y acercándose a la oscuridad definitiva de la noche y de la muerte– en los contornos de la estación. A su alrededor aparecen y desaparecen personajes, como el joven cuya huida representa, física y simbólicamente, el camino inverso al del viejo. Pero también deambulan otros seres (un perro que discute con el protagonista o ciertos espectros burlones) que conforman un coro fantasmal en el que se proyectan, de forma aparentemente caótica, algunas de las obsesiones y de los recuerdos del personaje.

Si por su geografía, su proyección mítica y por su tono fatalista El oscurecer pertenece al ciclo iniciado con El espíritu del Páramo, por sus características estructurales y técnicas se inscribe en ese conjunto de novelas cortas con las que, desde La mirada del alma, su autor se ha acreditado como uno de los mejores representantes actuales del género. Como en aquella obra, y al igual que en otra pieza de espléndida factura como es El diablo meridiano, hay una manipulación muy estudiada del tiempo del relato, que no es lineal ni fragmentario, sino dispuesto en sucesivas líneas concéntricas en torno a un epicentro. En el caso que nos ocupa, ese momento es la llegada a la estación y el encuentro con el joven. A través de los diálogos, de los soliloquios del viejo y del discurso del narrador (permeable, a veces, a la voz del personaje), ese centro se va expandiendo, va ocupando zonas del pasado y de la conciencia del protagonista para ofrecer una imagen no completa, pero sí significativa de una existencia que, por encontrarse cerca de la aniquilación, ha de ofrecerse tamizada por las sombras de la duda, del olvido o del remordimiento. Esto explica la desrealización generalizada del relato, la impresión de que, a pesar del distanciamiento del narrador y de la presencia de referentes reales cuidadosamente dosificados (alusiones a la tragedia de la colza, el problema de la droga), la ficción toda está impregnada de la misma sustancia onírica y extraviada en que naufraga la mente del viejo.

La madurez en el empleo de los recursos técnicos se redondea con la modulación de una prosa depurada en la que, como es habitual en el autor, brilla el tratamiento otorgado a la lengua hablada (gran parte del texto discurre entre diálogos y pequeños relatos orales). Aquélla adquiere su solidez en virtud de un trabajo que la aleja de la falaz estética del magnetofón para introducirnos en una retórica que hermana la imagen visionaria con las inflexiones de un lenguaje forjado en los clásicos. Un estilo que constituye uno de los principales rasgos distintivos del ciclo de Celama, pero que además, y sobre todo, mantiene una estrecha dialéctica con las características del territorio al que se refiere y con los temas y motivos recurrentes tratados en esta novela y en las anteriores. De un lado, su sobriedad, la tendencia a un laconismo sentencioso, conecta con la naturaleza fundacional de la ficción, muy cercana a la ambición totalizadora y simbólica de los textos sagrados (tal vez habría que empezar a revisar, ahora que el círculo está cerrado, el parentesco con otras obras de similares propósitos y envergadura, como las de Espinosa, Torrente o el Sánchez Ferlosio de Eltestimonio de Yarfoz). De otro lado, existen líneas que vinculan la sustanciación onírica de las imágenes y las querencias elípticas del discurso con algunos aspectos importantes de este territorio mítico: la continuidad entre la realidad y el misterio, la incapacidad de sus habitantes para trazar una divisoria entre la memoria y los sueños, o la problemática distinción entre la vida y la muerte.

Todo en esta novela –desde el drama personal del protagonista o el tratamiento del tiempo y el espacio, hasta el diseño fluctuante y minado de ocultamientos de las secuencias– subraya el propósito último de mostrar la disolución de un mundo que, al igual que el viejo y la propia serie novelesca, está en el límite mismo del acabamiento. Porque si El espíritu delPáramo era un primer acercamiento a la geografía y el paisaje espiritual de ese territorio, y La ruina del cielo era un vasto inventario de sus gentes a través de su relación con la muerte, en esta tercera entrega asistimos a la disolución de Celama. Para ello, lejos de constituir un broche fastuoso, El oscurecer se presenta bajo un aspecto de discreción en sus dimensiones y en su peripecia, pero con una extraordinaria riqueza en proyecciones simbólicas. De este modo, el regreso no consumado del viejo tras su exilio del Páramo, el paisaje desangelado y estéril, las alusiones a la realidad histórica (con las que se deteriora la autonomía mítica presente en las anteriores novelas del ciclo) o las turbias aguas en que se mueve la conciencia del protagonista, son algunos aspectos que trascienden su estricta funcionalidad en la novela para cerrar con un telón de sombras ese espléndido ciclo épico del desaliento que es la trilogía de Celama.

01/12/2002

 
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