ARTÍCULO

La perorata del invidente

Lengua de Trapo, Madrid, 1998
 


Con esta su primera novela publicada, el periodista y diplomático Carlos Eugenio López se ha alzado con el tercer Premio Lengua de Trapo, engrosando la nómina y colección que el año pasado galardonó a Antonio Álamo y publicó, entre otras, una magnífica novela, reseñada en nuestra revista, Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo, flamante y merecido Premio Tigre Juan.

Quiere decirse con lo que antecede que la editorial que astutamente dirige José Huerta lleva un par de años a la busca y edición de voces nuevas que rompan el indolente panorama literario de la llamada «nueva narrativa» con propuestas que trasciendan los clichés más tópicos y previsibles del neocostumbrismo ramplón, la novela onfálica y femenil o el erotismo evanescente y empalagoso por el que, a lo que parece, apuestan otras editoriales como clave segura de éxito, que no de calidad literaria.

En el caso de la novela que nos concierne, El orador cautivo, la propuesta de un ya no tan joven novel narrador, es también diferente: la construcción de una voz única, un ciego cincuentón, presidente de una empresa de raticidas, que durante un viaje en tren atosiga a su interlocutor del otro lado del asiento con el relato de su vida y milagros. Su perorata termina por acabar con la bíblica paciencia de su presunto compañero de viaje hasta el punto de que, al final del trayecto, uno no sabe ya si el ciego ha hablado solo desde los prolegómenos del discurso o si su paciente y sufrido compañero de periplo ha soportado heroicamente la retahíla hasta casi el final. Pero esa creación de una voz y un personaje como el del ciego Arcadio Jiménez Paz no es, en principio, índice ni garantía de calidad literaria.

Sí, por supuesto, denota un evidente deseo de escapar de los trillados y más tópicos terrenos comerciales al uso en busca de una forma diferente que obligue a construir una visión del mundo distinta. Ahí el mérito de la novela. Para determinar los defectos de la misma, que son tantos como sus aciertos, en mi opinión, cabría parafrasear a Rubén Darío y sugerir que Carlos Eugenio López ha buscado una forma pero no ha encontrado su estilo. Voy a tratar de explicarlo en el siguiente párrafo.

Lo mejor de esta novela (si es que a un discurso sobre lo divino y lo humano que no crea espacios, tiempos, personajes ni trama se le puede llamar, en un muy lato sentido, novela) es, como apuntaba, la búsqueda de un tema original, la construcción de un personaje, un ciego ejecutivo en la madurez y el éxito de su vida, que destapa ante su desconocido interlocutor los fantasmas, miedos, represiones y anhelos que socavan la tan aparentemente confortable posición que ha alcanzado gracias a su esfuerzo, su sentido aristocrático, clasista y parafascista de la existencia (véanse págs. 41 y ss.). Poco a poco, a medida que avanza el viaje y discurre su charla, el lector (que hace las veces de interlocutor, ora fatigado, ora aburrido, ora hastiado por la perorata estulta y pagada de sí misma del ciego) va desvelando los recovecos de esta alma turbia, tan segura de sí misma en un principio y que, al cabo, descubre los fantasmas de su almario: el suicidio del padre, el miedo a la muerte de la madre, su sexualidad reprimida y ambigua, la compulsiva necesidad de transformar la realidad a su imagen y semejanza para que su frágil universo no se desmorone.

Lo peor, que la voz uniforme que va destapando los recovecos de la pseudotrama (pues no se puede hablar en puridad de tal, aunque, como diría el ciego, «ni falta que hace») ha confundido la ironía con el desapego cáustico, la búsqueda de ritmo, necesaria en un discurso que remeda la oralidad de una conversación, con el engolamiento inverosímil y, lo que es peor, la busca de una historia interesante y diferente con la construcción de un discurso tedioso, tópico, repetitivo y, sobre todo, sin interés, ni para el lector ni para el pobre y sufrido interlocutor de departamento que, al cabo, aprovecha un descuido para dejar sólo al ciego con la historia majadera de su vida, como diciendo, ¡y a mí qué me cuenta! Inverosímil: porque es absurdo que a mediados de la novela ya haya decidido nombrar a su estoico oyente directivo de la empresa. Tópico: acérquense a la escena del baile con la criadita expulsada de la mansión al ser cazada in fraganti en los brazos de un Arcadio adolescente a quien sólo estaba enseñando a bailar. Tedioso: lean la parte referida a sus tratativas para vender matarratas a los Rabinos Irreductibles de Cisjordania. Repetitivo: todo lo referente a las historias con sus empleados: el tipo laboral Méndez I y adláteres.

Ítem más, y colóquese entre los hallazgos del texto aunque, al cabo, pueda volverse contra él mismo, es tan poderosa la construcción de ese anónimo interlocutor que se ha puesto unos cascos con los que escucha lecciones de inglés que, me temo, al lector le puede asaltar pareja tentación que al personaje, esto es, abandonar el discurso de Arcadio a la mitad, una vez que ha descubierto que lo que se prometía un ameno viaje en compañía de un invidente de personalidad cautivadora, se ha transformado, a las pocas páginas, en un discurso engolado, egocéntrico y sin interés. Ese va a ser el peor enemigo de este ambicioso primer intento narrativo de Carlos Eugenio López: que, a la postre, nos vamos a identificar más los lectores con el escurridizo interlocutor que con el pesado y redundante protagonista, personaje tan poco atractivo que casi se merece esta dura reprimenda de abandonarlo solo en el compartimento y que se cumpla, en efecto, tal cual, el final de la novela: «Nada tengo que temer. Si viniese el revisor, me basta con decirle: "No se preocupe, ensayaba un discurso"».

Arcadio Jiménez Paz y no sé si su creador, quiero creer que no, tiene la siguiente opinión acerca de la creación poética: «El arte, la literatura, no es problema de talento, es cuestión de temeridad y jactancia». Ojalá que en sus próximas novelas haya un poco más de lo primero que de lo segundo.

01/08/1998

 
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