ARTÍCULO

El oficio de historiador

Trad. de Isidoro Rosas Alvarado Fondo de Cultura Económica, México
141 págs. 850 ptas.
 

Este trabajo de Massimo Mastrogregori se aparta del mero ejercicio de exégesis historiográfica; no nos ofrece una de esas glosas sobre glosas que tienden hoy a invadir aulas y ensayos. Div buja la figura intelectual de Marc Bloch con respeto crítico y hasta con afecto, pero lejos de todo fetichismo, de todo culto a la personalidad, que el propio Bloch habría rechazado. Lo que nos propone Mastrogregori es una pesquisa: su objetivo es reconstruir las etapas de redacción, edición y recepción del célebre libro de Bloch sobre el oficio de historiador. El resultado arroja luz sobre la distancia que fue separando a los dos padrinos del movimiento de Annales, Bloch y Lucien Febvre. Pero sobre todo plantea con una encomiable sutileza la cuestión de la relación entre el historiador y el ciudadano.

Mastrogregori afronta la crítica de la historia por Paul Valéry, a medio camino entre la crítica nietzscheana de la melancolía del oficio de historiador y la denuncia posterior de la participación activa de los historiadores en las diversas formas de «invención de la tradición». El proyecto de Bloch y Febvre aparece como una respuesta nada desdeñable frente a ese envite. En un segundo plano queda la clásica cuestión de la lucha de los dos fundadores contra el adversario positivista. De entrada, el autor llama la atención sobre el espacio que la revista Annales, en la época en que fue dirigida conjuntamente por Bloch y Febvre, dedicada a asuntos contemporáneos. Annales fue concebida como una aventura intelectual comprometida con la sociedad de su tiempo. Pretendía evitar la separación entre las tareas del historiador y el comentario crítico sobre las evoluciones socioeconómicas y culturales contemporáneas. Hasta la crisis política de una Europa carcomida por los fascismos formaba parte de los temas investigados por la revista.

Su condición de judío hizo a Bloch aún más consciente de las trágicas realidades de su época. No es casual que este gran medievalista dedicara sus últimos años de creatividad intelectual a redactar un manuscrito sobre las condiciones de la derrota militar francesa de 1940 y otro sobre el método histórico. L'étrange défaite no es un mero testimonio personal sobre la debacle militar de los ejércitos franceses en mayo y junio de 1940, sino un trabajo de análisis histórico «en caliente» sobre las causas profundas de la derrota. Bloch concentra su agudeza crítica en las prácticas del ordenamiento castrense: falta de flexibilidad, incapacidad de salir de la rutina para reaccionar frente al peligro y frente a una realidad bélica cambiante, fueron los rasgos fundamentales de la actuación militar. Este inmovilismo, esta ceguera ante la acelerada evolución del entorno europeo y mundial, eran fruto de la mitificación de la victoria de 1918 y del conservadurismo técnico y político de los altos mandos del ejército. Marc Bloch nos ofrece un relato verdaderamente extraordinario, visto desde abajo; desde el punto de vista de un mando intermedio encargado del abastecimiento de carburante. La diagnosis que el historiador del feudalismo hace de las lacras de su propio tiempo no podía ser más acertada.

Mastrogregori insiste en que esa primera empresa intelectual, en tiempo de guerra, no debe perderse de vista a la hora de valorar la concepción del gran libro epistemológico de Bloch. Excluido de la comunidad nacional francesa por el efecto de las leyes antijudías de octubre de 1940, Bloch vive el derrumbamiento de todo el ordenamiento político en que se crió y en el que creía: la república. Ella había alzado la racionalidad y la cientificidad como valores supremos; pero su derrota no podía suponer la renuncia a pensar de forma científica los hechos sociales. Nada más lejos del temperamento de Bloch que la tentación estetizante o melancólica que convirtió a tantos escritores desorientados en fascistas vergonzantes o convencidos. L'apologie pour l'histoire ou lemetier de l'historien está concebido como un manifiesto activo dirigido al futuro y no como el testamento intelectual de un historiador acabado, en vísperas de morir asesinado por los nazis.

Tampoco optó Bloch por el posibilismo defensivo al calor de la polémica sobre la publicación de Annales bajo el régimen de ocupación alemana. El nombre de Bloch no podía figurar en la portada de la revista que él había contribuido a fundar, ni como firmante de sus artículos y recensiones. Febvre tomó la cruel decisión de volver a publicar la revista omitiendo el nombre de Bloch; y éste, que en un primer momento, consideró esa actitud como una especie de traición, avalaría después esa decisión. En todo caso, la redacción de la apología representó para Bloch una suerte de «antídoto» contra la aniquilación simbólica que padecía. Las cartas cruzadas con Febvre en estos años tan difíciles hacen resaltar las profundas grietas abiertas en una amistad que se había prolongado durante una década.

Mastrogregori expone una notable paradoja. Mientras Febvre insistía en la necesidad de que la revista Annales estuviera estrechamente vinculada a la sociedad de su tiempo, hasta invitar a los actores económicos o sociales a expresarse en ella, Bloch mantenía una línea muy erudita y académica. Sin embargo, cuando ambos se encuentran en el ojo del huracán, es Bloch quien aparece como hombre de acción y Febvre como posibilista, alejado de la lucha diaria y volcado en el proyecto académico-intelectual. Sin caer nunca en valoraciones demasiado fáciles, el historiador italiano rastrea todas las manifestaciones de desacuerdo entre los dos fundadores. La imagen tópica de la pareja cómplice se vuelve un poco más compleja, aunque los puntos concretos de divergencia teórica entre ellos no aparezcan muy nítidamente.

A partir del estudio de los distintos manuscritos de la Apología, de la correspondencia entre los dos fundadores y del libro L'étrange défaite, Mastrogregori nos desvela la dimensión filosófica del pensamiento blochiano. La Apología no ha de verse en modo alguno como un manual al uso del aprendiz de historiador; mucho más que el recetario personal de un investigador experimentado, es un auténtico «discurso del método», donde se plantea la legitimidad del discurso histórico. Para Bloch, la fuente esencial de justificación de la empresa historiográfica es de carácter interno. Las sociedades del Occidente cristiano han desarrollado un tipo de cultura que dedica a la memoria histórica un lugar sin parangón en otras civilizaciones, ni siquiera en la tradición memorística judía, que presenta rasgos radicalmente distintos. Por eso, toda empresa historiográfica sobre el pasado europeo debe plantear la especificidad del papel desempeñado por la memoria histórica en el desarrollo de nuestras sociedades. No se trata de paralizar la investigación con un relativismo radical, sino de entender hasta qué punto la labor histórica es una clave interna para comprender lo que son y han sido nuestras sociedades. Por eso la Apología dedica tanto esfuerzo a definir el método de investigación como a definir los medios de perpetuación de la memoria. La profesionalización del oficio no debe prescindir de ese examen crítico. En todo momento, pues, el historiador teje tres hilos: la crítica del género historiográfico, la antropología de Occidente como cultura histórica por excelencia y la teoría social del pasado en tanto que se separa de nuestra experiencia diaria. Esta fórmula enlaza la vigilancia intelectual con la alerta política. Para poder gozar de los derechos ciudadanos, el sujeto ha de desplegar una actividad crítica ante su entorno, y la historia representa una parte esencial de dicho entorno. Crítica contra memoria colectiva, dudas contra certezas, teoría contra catequismos. Aunque Bloch no confiera a su texto ningún pathos testamentario, el legado que nos deja permanece increíblemente fértil todavía en este fin de siglo.

En cuanto a la edición en castellano, propuesta por una casa editora con tanta tradición y profesionalidad como el Fondo de Cultura Económica, podía haber sido mucho más cuidada. Frente a la erudición editorial desplegada por el autor, resalta más el descuido de la traducción. Para dar sólo algunos ejemplos de esa falta de seriedad: en la página 36, el pacto de Múnich de 1938 se convierte en ¡«Pacto de Mónaco»! No menos sorprendente es, en la página 66, la expresión «establecer el punto» sacada de una carta de Bloch que debía de decir «faire le point», lo que en castellano significa «hacer balance». ¿Por qué De Monzie se convierte en Di Monzie (pág. 96)? El trabajo de Mastrogregori merecía más respeto y más cuidado.

01/04/2000

 
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