ARTÍCULO

El nuevo laborismo cinco años después

 

LUCES Y SOMBRAS DEL NEW LABOUR


Hace poco se han cumplido cinco años de gobierno del New Labour bajo el liderazgo de Tony Blair. Un aniversario que en nuestro país ha pasado casi inadvertido tanto en la prensa como en medios políticos. Paradójicamente, de Blair se conoce su mayor sintonía personal y política con José María Aznar en algunos aspectos de la agenda europea y de la política internacional que con el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero. Tampoco en Gran Bretaña el nuevo laborismo despierta un gran entusiasmo. En política nacional hay una percepción generalizada de que no se ha producido un cambio social profundo en la sociedad británica en relación con la herencia del thatcherismo, lo que se ha traducido en avances poco significativos en el ámbito de las políticas sociales, a pesar de sus buenos resultados en política económica y desempleo. Entre las aportaciones positivas hay que destacar desde los cambios constitucionales que han producido un reforzamiento de los gobiernos locales de Escocia y Gales, pasando por los avances en la pacificación de Irlanda o la recuperación de la inversión en sanidad pública y educación. En política internacional, Blair se ha caracterizado por una política errática con la Unión Europea y no sólo por su ambigüedad en lo referente a su plena integración económica y a la adopción del euro sino también por su alineamiento con líderes conservadores como Aznar y Berlusconi en materia de política de inmigración, seguridad y terrorismo. Siempre más próximo a Estados Unidos que a Europa ya desde la última etapa del presidente Clinton, el primer ministro británico ha preferido la vía del liderazgo internacional adoptando el papel de portavoz de la política exterior del presidente Bush desde el 11 de septiembre, lo que le ha granjeado una importante contestación social en la opinión pública inglesa e internacional.

Otro aspecto importante para valorar la aportación del nuevo laborismo es su relación con la historia y tradición del propio Partido Laborista. Conviene no olvidar que la política de este partido ha estado marcada históricamente por responder al modelo de una sociedad industrial caracterizada por una nítida estructura de clases. Esto se tradujo en una política de unidad del Partido Laborista con los sindicatos y en una importante labor en el diseño del Estado de Bienestar británico pero más desde la influencia que desde el poder. Los conservadores han ocupado el poder cómodamente desde la Segunda Guerra Mundial, mientras que los laboristas sólo lo han hecho muy esporádicamente. Además el thatcherismo supuso un consenso sin precedentes en torno a los valores neoliberales que se tradujo en unas políticas opuestas a las características del Welfare State, en una destrucción de las bases tradicionales del sindicalismo y en la división del laborismo durante la década de los ochenta. En este contexto, cuando a mediados de la década de los noventa se produjo una renovación del Partido Laborista alrededor del liderazgo de Tony Blair, con un programa ideológico inspirado en las ideas de la tercera vía del sociólogo Anthony Giddens, se produjo el primer triunfo electoral de laborismo después de muchos años supuso también un referente esencial para el debate de renovación de la socialdemocracia europea. Sin embargo, cinco años después, la tercera vía muestra síntomas de agotamiento, mientras que el nuevo laborismo parece estar más cerca del liberalismo que del socialismo y, en todo caso, debe ser asumido única y exclusivamente como un referente para la socialdemocracia británica. En síntesis, el tándem Blair/Giddens está lejos de ser hoy el modelo a seguir por la izquierda europea y se sitúa más cerca de ciertos sectores de la izquierda moderada de Estados Unidos o Australia.

Finalmente, otro tema decisivo para el análisis del nuevo laborismo es dilucidar cuál es su contribución a la izquierda actual. Una de los principios claves de la tercera vía es sostener una definición equidistante tanto de la derecha neoliberal como de la izquierda socialdemócrata, lo cual implica un desplazamiento de la izquierda hacia el centro. Así, el futuro de la política radical se sitúa en el centro-izquierda. Sin embargo, esta tesis pretendidamente renovadora quedó oscurecida pronto por un aluvión de críticas. Yo destacaría tres: en primer lugar, la inanidad de un proyecto político sostenido en una gran idea sin contenido, más un logotipo resultado de un inteligente proceso de márketing político y mediático creado cuidadosamente por think-tanks , pero que funciona bien electoralmente; en segundo lugar, por su ruptura con la tradición socialdemócrata, y no sólo con sus principios sino también con respecto a sus ideas de reforma del Estado de Bienestar; finalmente, porque no es traducible como modelo a otros países y, en consecuencia, es mejor pensar en una convivencia de modelos distintos dentro de la socialdemocracia europea.

UNA TERCERA VÍA Y UN SOCIALISMO LIBERAL A DEBATE

La paradoja del nuevo laborismo reside en cómo un programa teórico-político tan cuestionado sigue ocupando el interés de los científicos sociales. Probablemente, una de las razones de este hecho sea el compromiso que une a Anthony Giddens, el sociólogo británico más reputado internacionalmente en la actualidad, con este proyecto político. Es probable que la conversión de Giddens en un intelectual público haya restado prestigio a su obra sociológica de los últimos años. Sin embargo, es precisamente esta dimensión política de su obra la que le ha granjeado un reconocimiento mundial, un prestigio cimentado también por su gestión como director de la London School of Economics desde 1997 y que se traduce en la obtención de galardones –el más reciente el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales– o en la aparición continua de libros sobre su obra. En esta línea, el libro colectivo editado por Christopher G. A. Bryant y David Jary, dos consumados especialistas en la obra de Giddens, constituye una de los mejores análisis recientes de su obra, ya que pretende revisar una trayectoria intelectual de cuarenta años. Merecen destacarse el análisis de su teoría de la estructuración y de sus aplicaciones, de su teoría de la modernidad y su posición sobre la globalización junto con algunos capítulos muy interesantes sobre el Giddens político, el teórico de la tercera vía. No es de menor interés una entrevista que nos da una visión panorámica del autor y, para el especialista, unos apéndices bibliográficos muy completos. Probablemente, el único defecto de este trabajo sea que su estructura es poco canónica y no hace suficiente hincapié en aspectos muy interesantes de la obra del sociólogo británico tales como el concepto de modernización reflexiva o la dimensión medioambiental, que son objeto de un tratamiento más cuidadoso en otros estudios de este tipo aparecidos en los últimos años. En cualquier caso, se trata de una buena monografía para conocer al intelectual más influyente del nuevo laborismo y de la tercera vía.

Desde una óptica menos académica, y más desde una crítica realizada desde la izquierda de la filosofía política y los gobiernos de la tercera vía, el libro de Alex Callinicos constituye una de las contribuciones más serias en este ámbito. Probablemente lo mejor de Contra la Tercera Vía sea precisamente que no es una monografía sobre los planteamientos de Anthony Giddens o Tony Blair, ni tampoco un análisis del nuevo laborismo realizado desde el enfoque académico del especialista en el sistema político británico, la historia del laborismo o el análisis comparado de la socialdemocracia, aunque aborda todos estos temas con una gran habilidad argumentativa. Otra virtud de Callinicos es que rechaza aquellos planteamientos que consideran la tercera vía una bobada ideológica sin importancia o un mero producto mediático y nos propone una visión estructural desde una perspectiva anticapitalista, a pesar de que el autor es consciente de la dificultad de sostener una posición como ésta en estos tiempos. Su tesis fundamental es que la tercera vía es una idea atractiva porque promete una salida a los problemas heredados del pasado, pero es un callejón sin salida hacia el futuro para la izquierda, y ello por varias razones: en primer lugar, porque sus políticas representan una continuidad con las de la nueva derecha, ya que su reforma del Estado de Bienestar ha determinado un papel del mercado en la vida social mayor que el de sus predecesores; y en segundo lugar, porque ha sobredimensionado el papel de la globalización en su transformación del capitalismo, cuando lo que se ha producido es una mayor inestabilidad tanto en la economía mundial como en la política internacional. En este sentido, la alternativa para la izquierda es afrontar el capitalismo global desde un reformismo reactivado que implica, por un lado, una ampliación de la arena política como espacio de debate para reformular las nuevas alternativas de la socialdemocracia europea ante la pérdida de importancia del Estadonación y, por otro, un aprovechamiento de los movimientos y de las luchas de resistencia que se oponen al nuevo orden global aunque no hablen el lenguaje del socialismo. En este sentido, el fracaso de la tercera vía no implica el fracaso de la socialdemocracia, sino una reorientación del pensamiento y de la política de la izquierda ante la injusticia y desigualdad propiciadas por el capitalismo global.

Dentro de unos planteamientos bastante diferentes hay que situar los análisis sobre el nuevo laborismo que aparecen en otros dos libros colectivos, objeto también de esta reseña. La cuestión de fondo de The Progressive Century. The Future of The Centre-Left in Britain y de NewLabour. The Progressive Future? es hasta qué punto el nuevo laborismo, como una forma de socialismo liberal, constituye una respuesta progresista a la política británica y a sus retos de futuro. Sin embargo, sus coincidencias acaban aquí, ya que su enfoque y sus resultados son muy distintos. El libro editado por Neal Lawson y Neil Sherlock es el fruto de un debate sobre el futuro de la política británica, celebrado antes de las elecciones del 2001, entre políticos, intelectuales, periodistas y académicos del entorno laborista o liberal. Su definición de la política progresista o de centro izquierda pasa por buscar una convergencia en la agenda política por parte de laboristas y liberales dentro de un socialismo liberal para evitar el dominio del partido conservador durante el siglo XXI . Con un sesgo claramente político y coyuntural, y sin grandes pretensiones teóricas o académicas, el libro presenta una buena estructura temática y muchas referencias a la política nacional británica reciente que harán las delicias del especialista en British Politics. Sin embargo, creo que la ausencia de comparación con el contexto europeo restan interés para el lector español.

Muy diferente es el libro editado por Stuart White que, desde una perspectiva más académica, se plantea cuál es la contribución del nuevo laborismo a una política progresista no sólo en Gran Bretaña sino en el contexto de la nueva socialdemocracia europea. Para ello se analizan la ideología y las principales políticas del nuevo laborismo junto con un tratamiento comparativo del significado de la tercera vía tanto en Estados Unidos como en los principales partidos socialdemócratas europeos. La tesis de fondo es que el nuevo laborismo se basa en una filosofía y unas políticas que se caracterizan por introducir valores liberales dentro de la tradición socialdemócrata y, por tanto, de un socialismo liberal. En su versión extrema sería un thatcherismo de izquierdas y, por ello, constituye una experiencia difícilmente homologable a la de otros partidos socialdemócratas europeos. Como puede verse, en ambos libros late una concepción del nuevo laborismo como una forma de socialismo liberal que determina una visión más o menos crítica de lo que debe ser una política progresista. En cualquier caso, si el nuevo laborismo como expresión de la tercera vía o de un socialismo liberal está bajo sospecha, la cuestión entonces es ¿Hacia dónde debe ir ahora el new labour? Anthony Giddens nos da la respuesta en su último libro.

EL ÚLTIMO GIDDENS: ¿HAY VIDA DESPUÉS DE LA TERCERA VÍA?

Con su habitual claridad expositiva, Anthony Giddens se propone demostrarnos en su último libro que hay vida después de la tercera vía y que, a pesar de los críticos de su país, tiene un compromiso intelectual con el nuevo laborismo y su futuro. Planteado y escrito como un panfleto o un librito para el debate –84 páginas– y no como una continuación estricta de sus trabajos anteriores sobre la tercera vía, se trata más bien de una respuesta a las críticas que desde Gran Bretaña se han hecho a los planteamientos de la tercera vía, donde el debate se ha formulado de manera diferente que en Europa o Estados Unidos. Desde esta perspectiva, el libro para el lector de nuestro país tiene más interés para ver la perspicacia de Giddens como analista político y como intelectual comprometido con la realidad política británica que como contribución original a su pensamiento político anterior en cuanto que teórico de la tercera vía.

Esta sensación de déjà vue se percibe en su respuesta a los críticos del nuevo laborismo que, en general, lo han tachado de no estar suficientemente a la izquierda. Giddens vuelve a repetir su idea de que la izquierda tiene que adaptarse hoy a los nuevos cambios del mundo y la izquierda inglesa parece desconocer la evolución hacia el centro de los partidos socialdemócratas europeos y querer seguir apegada a una serie de viejos mitos sobre la socialdemocracia. Frente a estas ideas, la nueva socialdemocracia mantiene los valores tradicionales de la izquierda –solidaridad, lucha contra la desigualdad social y un Estado social que proteja estos objetivos–, pero debe reorientarse en aspectos como la reforma del Estado de Bienestar, la política fiscal, un enfoque de la desigualdad que incida en la igualdad de oportunidades, una decidida política de seguridad, una apuesta por la modernización ecológica y una política internacional que tome en serio la globalización. Esto le conduce una evaluación complaciente del primer mandato laborista y a una cierta repetición de estos puntos de vista en su visión de la agenda política del nuevo laborismo.

En líneas generales, se trata de un libro brillante y sugerente, como todos los de Giddens, pero que no aporta nada nuevo ni a su pensamiento, ni a la izquierda. Su principal problema no es su mensaje legitimador de un proyecto político en el que cree sino la autococomplacencia intelectual con la que aborda su defensa. No cabe duda de que el mérito de Giddens radica en que ha planteado los nuevos problemas que definen la agenda política de la izquierda de nuestro tiempo. Sin embargo, más allá de esto, la tercera vía parece apuntar síntomas de agotamiento y este libro es una muestra patente de ello. Quizá su principal contribución haya sido suscitar un debate necesario, que ya es mucho, pero hará falta mucha energía intelectual de Giddens y de otros para definir la política de la izquierda en el siglo XXI .

01/08/2003

 
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