ARTÍCULO

La tierra ceñida

 

En su larga exploración filosófica sobre las esferas, el espacio íntimo y externo en que se desarrolla la vida humana, Peter Sloterdijk advertía que la experiencia del espacio es siempre la experiencia primaria del existir. El hombre procede de una esfera y ha de vivir instalado e inmerso en otras, un hecho que no por obvio deja de ser significativo y que, bien mirado, tiene tanta validez biográfica como histórica. En el plano individual, psicológico o sensorial, Sloterdijk recogía los certeros versos de Rilke: «Cuán turbado está uno que tiene que volar y procede de un seno». No es difícil apuntar en términos históricos y colectivos cuál fue la nación que hubo de volar y abandonar la clausura materna, la que se arrojó para ceñir la esfera-mundo, la atribulada nación de marinos y comerciantes que rompió las aguas para los tiempos modernos. Mejorando lo presente, esa nación es Portugal. Y ese momento histórico no es otro que el Renacimiento, ahí donde el Vasco de Gama de Sanjay Subrahmanyam se alzaba como un argonauta prometeico que se atrevía a robar el fuego de la modernidad a los dioses. El libro de Isabel Soler, profesora de literatura y cultura portuguesa en la Universidad de Barcelona, tiene algo de sentido (e informadísmo) homenaje hacia nuestro invisible vecino, casi hermano podría decirse: como esa mitad sin la cual estamos nosotros también incompletos. Pero no estamos ante un simple rescate. Ni tampoco ante una mera puesta a punto de lo que Occidente o el mundo deben a las navegaciones y descubrimientos portugueses. Su horizonte no es el nacionalismo, su tema no es el «esplendor de Portugal». Estamos ante un libro ancho y ambicioso que explora en muchas direcciones el significado de esa experiencia espacial primaria: la de la esfera terrestre. Cercar el mundo, rodearlo para tratar de entenderlo y darlo a conocer, es un acto complejo y trascendente que merece libros como éste, textos que rebasan los márgenes disciplinares para ir desde la crónica hasta las piedras, desde la geografía a la antropología y desde la cosmografía a la pintura. Es decir, siguiendo el rastro de los trayectos intelectuales movidos por la sed de conocer, una necesidad, como la de navegar, que no sabe de fronteras, que no se detiene en los parajes conocidos y que no se satisface con cualquier bagatela. Y es que a todas luces El nudo yla esfera es una navegación de altura. Compuesto en seis capítulos ordenados en torno a un viaje figurado de ida y vuelta, sus páginas discurren entre esculturas, retratos cortesanos y literatura de viajes para desmenuzar un movimiento doble, los dos tiempos de ruptura y recomposición del orbe que se corresponden grosso modo con un momento renacentista y otro barroco: cómo se descompuso la esfera imperfecta, mutable, central y jerarquizada que era la tierra antes de la ciencia y los viajes modernos; y cómo esas nuevas observaciones, los nuevos relatos y los nuevos viajes hubieron de implantar otro orden. Este libro habla de las dificultades para lograrlo y tal vez su mayor interés se cifre en haber desplegado algunas dimensiones de uno de los problemas cardinales de la modernidad: cómo resolver una tarea improbable, la de someter la tierra a una sola ley y a muchas identidades. Cierto que la Ilustración resolvería dicho enigma con fórmulas de compromiso tanto en el terreno de la política como en el del conocimiento. El nudo y la esfera no llega tan lejos (sólo faltaría que lo hubiera hecho o que valoráramos un libro por lo que no tiene: de todo hay entre la viña de los reseñistas). Pero el punto es que dichas soluciones, autoevidentes e implacables durante tanto tiempo, hoy día manifiestan sus costuras. Hoy sabemos que la esfera fue clausurada de manera marcial. Somos conscientes de las pérdidas que ha entrañado legislar la tierra de una determinada manera. Esto es, hoy se aprecian tan visibles las fracturas y las heridas de dichas soluciones que debemos explorar la modernidad en todo su relieve, en todo su campo abierto de posibilidades, unas desarrolladas, otras no. Preguntarse por ello, y este libro lo hace explícita e implícitamente, no es sólo legítimo, sino quizá necesario. Tal y como proclamaron los modernos durante los siglos XVI y XVII, el mundo era un texto, en efecto, pero un texto híbrido imposible de rodear o seccionar con limpieza. Y en contra de lo que ellos sostuvieron, no estaba por leer, sino más bien por escribir. Toda quiebra exige una nueva edificación. Una vez desatada la vieja ecumene, había que anudarla de nuevo. Era preciso armar otro concepto del espacio y el tiempo, otra esfera, otra idea del mundo. Hay algo del argumento de Koyré, pero trasladado sobre otros hilos, puesto que el lugar de Copérnico, Galileo y la cosmología es desempeñado aquí por Vasco de Gama, Bartolomeu Dias, Álvares Cabral, Camões, Damião de Góis o André de Resende, esto es, por los viajes lusos y sus cantores/cronistas. Aparecen Pascal y el silencio de las estrellas; Bruno y el vacío. Pero a modo coral. No es Descartes aquí quien pone su cuerpo a experimentar las cosas en sentido figurado, sino el propio Magallanes. Y en sentido literal. Este es un libro de viajes portugueses que se toma en serio un par de asuntos y que trabaja un tema polifónico de manera también polifónica. Para empezar, que el viaje no constituye un episodio ajeno a las ciencias, las artes y la literatura, un capítulo ligado exclusivamente a la confección de la economía del mundo y la expansión de los mercados. Soler ha extirpado el viaje de los manuales de exploraciones e historia de los imperios para ubicarlo decididamente en el seno de los estudios culturales. Junto al arquitecto, el astrónomo y el poeta, emerge la figura del viajero como gran hacedor y escribidor del mundo. No es ya que el hombre sea el protagonista de la historia (Maquiavelo) o su mismo autor (Vico), sino que este incansable homo faber ha levantado con su palabra y su mirada, con sus conocimientos y sus instrumentos, la propia tierra, el propio escenario donde se representa su drama, esto es, la historia. Si el título recoge el argumento del libro bajo los dos símbolos de la Casa de Avís, el subtítulo expone la tesis. El viajero construye océanos, incorpora regiones y pueblos lejanos, pone en juego lo viejo con lo nuevo. Mira y aprende a mirar. Es artífice del cosmos, en tanto que lo hace y adorna. Fueron los viajeros quienes desataron la imagen armilar y quienes hubieron de integrarla nuevamente. Al penetrar en otras atmósferas tuvieron que mudar la suya. Regresar de Calicut era más complicado que llegar a Calicut; los tornaviajes –ya se sabe– jamás fueron empresas sencillas. ¿No fue Ulises quien fundó Lisboa? ¿Y quién era sino el héroe del nostos? En cuanto a la factura del texto, las isotopías de la actividad viajera están muy logradas: la disección del cadáver de Holbein y Vesalio, la fascinación ante el rinoceronte africano, la melancolía del D. Sebastião, el rey manierista, y la funesta jornada de Alcazarquivir. Estos y otros episodios contribuyen a tejer una trama que da cuenta de los muchos verbos que conjuga viajar, una práctica que supone abrir y penetrar la tierra, admirar hechos insólitos, medir distancias, dibujar costas, trasladar palabras, imágenes y objetos. Y naufragar, naturalmente, sentir el temblor de lo inevitable, experimentar la inestabilidad. La hybris del hombre occidental es el conocimiento, doblegar la naturaleza, surcar los mares. «Ahora los mares se sienten vencidos y aceptan las leyes que dictan los hombres», rezaba el coro en Medea. Su destino fatal, entonces, la némesis de los océanos, es el naufragio o el desengaño, motivos que actúan de contrapunto en el libro y de los que se sirve su autora para contrarrestar los aires colombinos del homo viator renacentista (el de Gaos, alguien por cierto que también supo del doble extrañamiento de la tierra y el conocimiento). Las formas de narrar la gesta náutica y su fracaso en Camões, Diogo do Couto y Mendes Pinto son empleadas para representar el tránsito entre la posibilidad de un orden y el reconocimiento del caos, las dos caras de un cosmos siempre más presto a ser dibujado al modo geométrico o matemático que a ser efectivamente sentido y vivido como unidad armónica y compacta. Desde el Renacimiento al Barroco hay un salto que transforma la naturaleza y el mundo. Dejan de ser para el hombre realidades abarcables, mensurables y, por lo tanto, susceptibles de ser explicadas y poseídas, para devenir en alegorías indescifrables, extrañas, tal vez correlatos de la propia extrañeza que siente el hombre moderno en una vida que no es enteramente suya y en un mundo definitivamente ajeno. Pocas naciones han navegado tanto como Portugal. Pocas aquilatan una memoria colectiva tan asociada a las redes que se han lanzado desde Occidente para apresar un mundo esquivo. Antes de que Lévi-Strauss lanzara su conocido alegato contra los viajes en Tristes trópicos, Pessoa o su heterónimo (su otro escindido) ya dejó dicho que la idea de viajar le provocaba náuseas. Bernardo Soares es quien firma el Libro del desasosiego. En el tornaviaje de la modernidad parece que refutara a sus ilustres antepasados, a los héroes prometeicos del Renacimiento. Allí se habla del «tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia». Descubrimiento, identidad y diferencia; escisión y agotamiento del mundo y del sujeto. Pocas naciones han experimentado en su propio cuerpo la aventura del viaje y su dolor de manera tan intensa. Y por eso, pocas como Portugal pueden contarnos cuánto se sabe y cuánto se sufre sobre la imperfecta redondez de la tierra.

01/04/2004

 
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