ARTÍCULO

Organizando el desorden

 

El normal caos del amor  fue escrito en 1990 y publicado en España por la editorial El Roure en 1998. La presente edición en Paidós es, pues, una segunda edición, lo cual habla de su relevancia e impacto. Reconozcamos, de entrada, que el título del libro es un acierto, pues expresa muy bien el bullir de las relaciones en nuestra desconcertante actualidad. Y es que la insociable sociabilidad kantiana nos enfrenta hoy a una pluralidad de experiencias que cuestionan las viejas asignaciones de sexo, amistad, profesión, conmovidas todas por el proceso acelerado de una individualización llena de riesgos. Esta creciente individualización conforma el trasfondo de relaciones de nuestro mundo contemporáneo, destradicionalizado, incierto, caótico, en el que el amor pretende saturar el vacío que ha dejado, tras el combate, el desvanecimiento de los grandes ídolos y sus enormes mayúsculas (Dios, Iglesia, Estado, Patria, etc.). Lo que se conmueve es el orden inmemorial y andamos confundidos, pues, distraído Dios en sus cosas, sólo nos tenemos a nosotros como fuentes de sentido existencial.

Vivimos una época de reestructuración social de lo privado, nos advierte el matrimonio Beck. Las contradicciones actuales entre hombres y mujeres, consecuencia de la destradicionalización de la familia, se expresan belicosamente en el hogar. En su momento, la sociedad industrial dio forma a esa familia nuclear que ahora se diluye. Por su parte, el desarrollo del Estado de Bienestar, tras la Segunda Guerra Mundial, tuvo dos efectos importantes: uno, la extensión del espacio extradoméstico de realización profesional y mercantil de las mujeres; otro, la aparición de situaciones totalmente nuevas en el seno de la familia, capaces de conmover los fundamentos estamentales de la vieja sociedad industrial y específicamente su moral familiar, los destinos asignados a mujeres y hombres y sus correspondientes tabúes sobre el matrimonio, la paternidad y la sexualidad. Fenómenos como el descrédito del trabajo doméstico, las prácticas anticonceptivas, las altas tasas de divorcio, la cualificación educativa de la mujer, su inserción en el mercado de trabajo, expresan un cambio irreversible que se vive como liberación y hace irrecomponible la tradicional familia nuclear. La espiral de la individualización laboral y vital de la mujer afecta muy seriamente a la familia y, por supuesto, a las relaciones entre mujeres y hombres. No todo es nítido ni definitivo, pues a la individualización se oponen otras corrientes y fuerzas que pretenden reafirmar la vigencia de los roles tradicionales. Las víctimas son las mujeres, situadas así a caballo de mundos incompatibles, o, como dicen los Beck, «divididas por la contradicción y revinculación a las viejas adjudicaciones».

La situación de los hombres parece diferente. La paternidad no ha constituido nunca un obstáculo para su profesión, sino todo lo contrario: les ha obligado a ejercerla. Paternidad, empleo, independencia económica y existencia familiar parecen reforzarse en el contexto individualizador de las sociedades contemporáneas. Pero las cosas no son tan sencillas, pues los hombres también se rebelan y discuten sus asignaciones: entre ellas, su absoluta dependencia del trabajo. Es más, los cambios protagonizados y sufridos por las mujeres abren importantes oportunidades de transformación para los varones. Por ejemplo, la participación laboral de sus compañeras relaja o puede relajar la tensión que provoca la carga económica familiar que siempre han soportado los varones. Lo que puede abrirles posibilidades de negociación en el espacio del trabajo, negándose a aceptar cargas demasiado onerosas o procediendo a reestructurar el compromiso temporal y de atención entre el trabajo y la familia. Se crean condiciones, en fin, para armonizar demandas y lealtades contradictorias, redefiniendo el precario equilibrio de un grupo familiar que se ha vuelto, de forma irremisible, más frágil, crítico y, por consiguiente, conflictivo.

Los hijos y la seguridad económica ocupan el centro de los conflictos entre hombres y mujeres. En caso de divorcio, son estos problemas los que ocupan el centro de la discusión y manifiestan las desigualdades: hablando esquemáticamente, las mujeres se quedan con los hijos y sin dinero; los hombres, con el dinero y sin hijos. No está claro que los hombres ganen quedándose sólo con los ingresos. Es más, advierten los Beck, en la medida en que disminuye la desigualdad económica entre hombres y mujeres, «se está cobrando consciencia de la discriminación del padre». Evelyne Sullerot, en El nuevo padre, despierta esta conciencia del padre rechazado al preguntarse cómo juzgar la ausencia de los padres, a resultas de alianzas o confabulaciones de madres, jueces, psicólogos y asistentes sociales, que afirman todos ellos con una sola voz actuar en interés del hijo en las separaciones y divorcios. Qué duda cabe que vivimos un gran desconcierto o descentramiento y no es fácil orientarse.

Ahora bien, esa misma individualización que azuza el conflicto impulsa la búsqueda de relaciones amorosas. Todo lo que uno va perdiendo lo busca en el otro, porque muerto Dios, desaparecidos o inencontrables el cura, la clase y el vecino, sólo nos queda el otro como tú: el como experiencia primordial frente y sobre el vacío. Esta situación nos lleva a considerar que el fundamento del matrimonio y la familia no es tanto la economía o el amor, cuanto el miedo a la soledad. Y esta soledad, indican los autores, «quizá constituya la base más estable de esta relación». El amor se convierte en una especie de religión civil postradicional a la búsqueda del paraíso en la tierra. O como se diagnostica al principio del libro, el amor representa «el fundamentalismo de la modernidad», la religión después de la religión, el fundamentalismo después de su superación, aquello a lo que ferozmente nos asimos antes de perecer en esta época como de epidemia de la desgracia y vacío, cuando no imposible.

En todo caso, nos encontramos en una fase experimental en la que los individuos proyectan carreras plurales y provisionales. Este pluralismo biográfico mezcla realidades heterogéneas: familias de distinto tipo, puntuadas por otras formas de convivencia y soledades elegidas o impuestas. El cambio actual nos impone experimentar y exige de cada cual ejecutar difíciles números de equilibrista circense. El matrimonio puede separarse de la sexualidad, ésta de la maternidad/paternidad, que, por su parte, también se pueden segregar según se viva o no juntos. Todo, además, puede recombinarse o está abierto a experiencias sucesivas. Esta es la situación. No caben recetas, pero mientras tanto hay que enfrentarse al hecho de que el pluralismo, aunque destruya el sentido, también crea una cierta capacidad para habitar las islas de este archipiélago planetario que nos contiene. ¿Puede el amor construir canales, puentes, enredar, relacionar estas islas en armonía? De momento habrá que corear el estribillo de Sabina: «Ruido, ruido, ruido. / Demasiado ruido», pero la lectura de este libro contribuye a eliminar ruidos y malentendidos; entre otros, nos previene contra el riesgo de consumir el amor como algo trivial y mustio.

01/08/2002

 
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