ARTÍCULO

La memoria imaginaria

Premio Primavera de novela 1999
Espasa Calpe, Madrid, 1999
286 págs. 2.700 ptas.
 

Los premios literarios, y más si son multimillonarios, están bajo sospecha. Una sospecha con fundamento, pues de ellos depende una parte muy sustanciosa del mercado editorial que normalmente apunta con dardo certero al candidato idóneo y a los ingredientes novelescos más apropiados para el éxito. Se busca al autor con carisma comercial y la novela de contenidos actuales, a la moda. Por suerte, hay veces en que tanto el novelista galardonado como la obra premiada no sólo están a la altura de las circunstancias, sino también por encima de ellas.

Este es el caso de Antonio Soler y de su última novela. Con El nombre queahora digo consigue, de una parte, una novela dotada del movimiento narrativo y de la tensión dramática que siempre han caracterizado a sus mejores producciones, y de otra, sigue vertebrando un mundo narrativo que desde hace años ha ido concibiendo como totalidad histórica e imaginaria de personajes, ambientes y atmósferas, que echa sus raíces en la mejor tradición española del perspectivismo realista, renovada, eso sí, con otras técnicas contemporáneas como el contrapunto.

Soler no entiende la novela, en principio, como la narración de una linealidad de fácil sucesión de acontecimientos, sino como una ruptura sistemática del decurso del relato mediante distintas voces narrativas, exteriores e interiores, que crean ambientes contrastivos y atmósferas oscuras que acosan a un abultado número de personajes igualmente contrastivos. En esta novela actúan dos narradores complementarios, el que escribe su propia peripecia en unos cuadernos a modo de diario, al tiempo que es testigo o se implica en las pasiones ajenas de quienes le rodean, y el que posteriormente, basándose en los testimonios escritos, cuenta la historia con el contrapunto de la tercera persona.

Los cuadernos del jovencísimo Gustavo Sintora, seguidos paso a paso por el segundo narrador, son los escritos de primera mano que recrean la guerra civil, una guerra civil que no cesa, pero que está tan lejos de los actos heroicos como de la crueldad desgarradora tan propicia a los lamentos y condenas. En la mente de Sintora no hay lugar para la exigencia de cuentas pendientes ni para la crónica de las grandes gestas. Como ya hiciera en novelas anteriores, Antonio Soler deja la palabra al personaje para hacer de su memoria imaginaria y verosímil una ficción que proyecta la imagen real de una situación que supuso el despojo de la identidad de unos seres humanos camino de la derrota.

Sintora escribe la crónica diaria de un grupo pintoresco de participantes en la guerra. Los hombres y mujeres que lo forman no son combatientes ni participan en misiones estratégicas. Al contrario, parecen ejercer un papel subterráneo y peculiar en el conflicto, lejos de las decisiones de los mandos y de las líneas militares, que les confiere una marginalidad irrelevante. Unos forman la troupe del espectáculo de medio pelo que, evitando como pueden los riesgos de la guerra, salen por distintos pueblos a representar sus números folclóricos de cante y circo; otros se dedican al pillaje y al secuestro para cobrar rescates sin el menor escrúpulo ante el asesinato.

Ese es el pretexto argumental, porque desde el principio de la novela el lector es consciente de que todo eso es el simple marco de un conflicto que se sitúa más allá de la guerra y de sus hechos puntuales, de que la narración fluye más por el cauce de la introspección que de la crónica. Lo que la voz del narrador está relatando es la tensión y el enfrentamiento crecientes entre los distintos personajes, proyección simbólica del enfrentamiento bélico. La amenaza, sin embargo, no está en la guerra, aunque todos la lleven dentro, ni en la conciencia de la derrota militar que a todos acecha, sino en el propio devenir de sus formas de ver la vida y de sus sentimientos. A todos les mueve a actuar su propia razón de ser y de vivir, ajenos a las circunstancias que les rodean fuera de sus fronteras y de los muros de la casona en la que se encuentran aislados.

Ahí está, para corroborarlo, la historia de amor de Gustavo Sintora y Serena Vergara, que le dobla la edad, que se eleva por encima de los riesgos y las miserias. O la de Ansaura, cuyo final trágico reproducen algunas de las páginas más notables de la novela. O la del enano, Montoya y la Ferrallista, sin olvidar la zona más oscura de la existencia humana representada por Corrons y sus hombres, cuya presencia da a la novela el tono más amargo de la rapiña durante la guerra civil.

Antonio Soler ha vuelto a recrear, sin duda, unos personajes que han identificado a sus obras desde sus inicios novelísticos. Son seres fronterizos de su propia condición humana y de su relación con los demás, siempre a caballo entre lo que son y lo que quisieran ser y siempre mirando a los demás para verse y conocerse a sí mismos. Seres fronterizos que no esperan nada exultante de la vida, pero que se aferran a las pocas cosas que la vida les presenta de modo inmediato, aunque sepan de antemano que en ellas les va y se les escapa todo, sus ilusiones y sus placeres, sus desgracias y derrotas.

Y lo ha vuelto a crear con sus señas literarias más claras. De una parte, la tendencia expresionista en las anécdotas y las atmósferas. Nada hay en la novela, aun inserta en la normalidad cotidiana, que parezca circular por ella; sus fronteras quedan fuera de lo habitual y lo previsible a causa de unas formas en la caracterización de los ambientes que, cercanos a los grandes perfiles de la desmesura, deben mirarse con otros ojos. No es el realismo de Soler un esquema al uso, sino una aventura llevada al extremo donde lo real y lo imaginario se prestan sus rasgos.

De otra parte, la escritura, que recuerda a la palabra fluida de los contadores de historias. Los dos narradores de la novela se asemejan, aunque ambos se presentan al lector por medio de la escritura, a los narradores orales que desplegaran sus artes narrativas ante un auditorio, que vuelven una y otra vez sobre las cosas para abrir nuevas puertas a las peripecias y a las anécdotas de cada personaje, y que no pueden dejar de contar porque el argumento y los personajes les arrastran en su corriente hasta llegar a la culminación de la historia.

01/06/1999

 
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