ARTÍCULO

Episodios nacionales

Tusquets, Barcelona, 216 págs.
Espasa C alpe, Madrid, 248 págs.
Destino, Barcelona, 288 págs.
 

No ha contado la narrativa española de finales del siglo XX con personalidades tan poderosas como tuvo aproximadamente una centuria antes con Pérez Galdós o Baroja para acometer en solitario, aunque con técnicas y objetivos bien diferentes, la ardua empresa de fabular un dilatado período histórico desde una perspectiva unitaria. No falta, en cambio, ese espíritu de recuperar el ayer como depositario de enseñanzas con valor actual, y a este ideario que da a la historia un papel de magister vitae continúan acogiéndose algunas obras que prolongan la estela de unos dispersos «episodios nacionales».

Será casual, pero tres autores de una parecida edad, entre todavía la juventud y la madurez anunciada, han aportado en fechas recientes jalones encadenables de un tiempo pretérito, aunque no muy lejano, olvidado. Esos momentos significativos brotan en sus correspondientes ficciones, en curiosa sintonía, con una intencionalidad de rescatar aspectos ciertos de la historia como si los tres pretendieran iluminarla para mejor conocer el presente.

Estoy hablando de Lorenzo Silva, Susana Fortes y Javier Cercas, que emplazan las anécdotas de sus libros respectivos en la desastrosa guerra marroquí de 1921, en Tánger, por las fechas preliminares de la sublevación de 1936, y en Cataluña, avanzada ya la contienda. Los tres comparten una voluntad documental y hasta convienen en el propósito no explícito de contribuir al mejor conocimiento de los episodios recreados. Reivindicar a las víctimas en el Rif de los despropósitos belicistas del frívolo Alfonso XIII y del insensato general Silvestre inspira a Silva en El nombre de los nuestros. Subrayar la importancia de la clandestina colaboración extranjera con los rebeldes guía a Fortes en Fronteras de arena. Dilucidar el temple de algunos fascistas está en la raíz de Cercas y sus Soldados de Salamina.

Estas coincidencias, sin embargo, se convierten en meros signos accidentales, porque cada uno de estos narradores adopta sus propios medios para reverdecer el pasado y convertirlo en materia novelesca. Susana Fortes se mueve entre la exploración psicologista de fracasos personales, el relato de aventuras y el encadenamiento de secuencias cinematográficas. Cercas elige la posmoderna aleación de verdad y fábula en un narrador indistinto del autor. Silva parte de la perspectiva del cronista para encarnar en los personajes de una historia tradicional valores intemporales. Del meritorio libro de Fortes aquí sólo quiero dejar constancia como muestra de una sensibilidad histórica que hace un tiempo, con el asentamiento de la democracia, pareció haber desaparecido entre nosotros. Algo, por el contrario, me voy a extender en los de Silva y Cercas.

LA SANGRÍA MARROQUÍ

Lorenzo Silva tiene bastante difícil no ya decir algo nuevo sino escribir una historia con suficiente originalidad acerca de la hecatombe rifeña, porque cuenta con la copiosa competencia de numerosos relatos inspirados en aquel horror, muchos más de los que suele pensarse y unos cuantos de los cuales ostentan muy notables méritos: los de Sender (Imán), Barea (parte de La forja de un rebelde), José Díaz Fernández (El blocao) o Juan Antonio Gaya Nuño (Historia del cautivo, extraordinario, y por desgracia menos conocido).

El nombre de los nuestros confirma algo bien sabido: puede un asunto estar trillado, como acabo de decir, y guardar casi intactas nuevas posibilidades de recreación. Hace falta para ello nada más, o nada menos, que un espíritu genuino que busque expresarse con autenticidad. Silva centra su relato en la trágica peripecia de los soldados que defendieron varias posiciones españolas perdidas en los arenales del Rif durante el verano de 1921. No se plantea notables innovaciones formales: se atiene a la narración puntual de los hechos de armas (asedio y defensa de las precarias avanzadas), a la vibrante descripción de penalidades (hambre, sed...) y al buceo en las reacciones psicológicas propias de una situación límite (pundonor, miedo, desesperación, locura...).

Esta preferencia por un modo de novelar la guerra un tanto convencional, al atenerse a un modo establecido en una cierta tradición del género, trabaja en contra de la obra. Hemos visto ya tantas veces la engreída incompetencia militar desde los ardorosos alegatos antibelicistas de Remarque en los años veinte que la denuncia de Silva suena a algo conocido. Un efecto semejante produce situaciones terribles, contadas, además, con convincente y emotiva intensidad, pero que forman parte del repertorio canónico del horror bélico plasmado muchas veces por la novela, y más, si cabe, por el cine: así ocurre con ese gesto de una desesperación suprema que lleva a beberse los propios orines.

A pesar de esta desventaja por suprimir el atractivo de la novedad, El nombre de los nuestros cumple muy satisfactoriamente su propósito de convertirse en una llamada de atención a la conciencia del lector. Ello viene, más que de los motivos concretos o de la técnica, de la prioridad comunicativa del autor transmitida mediante una narración cuya destreza técnica se pone al servicio de un alegato moral espoleado por razones personales muy sentidas. Algo de ello se desvela en la dedicatoria de Silva –«para mi padre y en más de un sentido coautor de este libro»– y en el prólogo, y se corrobora en otra obra del escritor madrileño aparecida casi al mismo tiempo que la novela: Del Rif al Yebala.

Se trata de una incursión testimonial en la actualidad marroquí. Recorre parte de la geografía del país norteafricano mediante un periplo que se inicia en Melilla, llega a Marrakech y retorna hacia el norte finalizando en Tánger. Adopta una forma híbrida entre el relato viajero, el análisis socioeconómico y el documento histórico. Se debe, además, a una motivación singular: anda Silva a la búsqueda de sus propias raíces, visitando los lugares donde todavía conserva familiares cercanos. Y no oculta su visión de los vínculos entre el país vecino y el nuestro: una condenable actitud por parte española (y europea) de superioridad. Muchas de las páginas del viaje se entregan a la misma materia que la novela: la recreación de la infausta aventura colonial que produjo el cataclismo de Annual.

Fragmentos largos de ambas obras podrían intercambiarse. La ficción y la crónica adelgazan sus fronteras para volcarse en un sentimiento solidario compartido. Al fondo de ambas queda la condición humana: la opresión y el egoísmo ejercidos contra los desheredados. Y la injusticia como resultado inevitable. De ese sentido comprometido del arte, libre de bandera concreta alguna porque nace de unos valores interiorizados, brota la verdad literaria de El nombre de los nuestros, aunque su materia sea previsible.
 

UN RELATO REAL

Al contrario, un enfoque novedoso de su asunto, al menos en una superficial apreciación, un volcar la fantasía en la disposición de los materiales del relato, según el parecer de Mario Vargas Llosa en un caluroso artículo sobre Soldados de Salamina, distingue a Javier Cercas. En efecto, por tributo a una modernidad finisecular tomará ese juego que privilegia el proceso de creación de la obra y exhibe el andamiaje de la propia escritura quien no conozca otros textos anteriores de Cercas, tan valiosos y logrados como éste, aunque no hayan obtenido la misma súbita y merecida resonancia. Porque quien haya disfrutado antes de El inquilino o El vientre de la ballena no se deja engañar: sabe que el todavía joven escritor y profesor cacereño es un autor de corte clásico y que si hay en él alguna referencia incuestionable se trata de la cervantina, la cual explica asimismo Soldados de Salamina.

Pero se puede ser clásico y moderno a la vez, pagar réditos al formalismo y rellenarlo de contenido, y ahí está una de las claves de su fulminante éxito, aparte de otra que no puede razonarse: Cercas ha dado en el clavo de una tonalidad confesional convincente para convertir la autobiografía, la historia y la cultura en sustancia novelesca creíble y emocionante. Más de una vez a todo crítico le ocurre –supongo– que no sabe cómo explicar la experiencia de una lectura, acaso porque el arte no siempre se puede razonar ni existe clase alguna de hermenéutica capaz de justificarlo. Para mí tengo que Soldados de Salamina es una magnífica novela, cálida y profunda, aunque no sea capaz de dar cuenta satisfactoria de este juicio.

En esta disyuntiva abocada al subjetivismo sólo me cabe afirmar que el libro de Cercas es el resultado de un certero instinto narrativo, una intuición formal aplicada a un contenido interesante; de un innato arte de saber contar que, primero, despierta la curiosidad, luego nos enriquece en nuestra percepción de la vida y, por fin, deja esa gratificante sensación, tan alabada por Ortega, de haber vivido durante un buen tiempo absortos en las peripecias de unos seres que siéndonos ajenos terminan por resultarnos algo así como parientes a quienes hemos alojado en el cuarto de huéspedes de nuestra casa en régimen de pensión completa.

¿Qué cuenta esta celebrada novela? En verdad, algo poco novelesco: la investigación que el propio Cercas lleva a cabo acerca de cómo el destacado intelectual y político fascista Rafael Sánchez Mazas salió ileso de una ejecución sumaria; un episodio oscuro, pero ya conocido, que ocurrió en un bosque catalán en los amenes de nuestra última guerra civil. Más o menos sucedió al tiempo que, cerca, al otro lado de la frontera, Antonio Machado moría solo y triste dejando en el bolso de su gabán aquel emblemático verso testamentario: «Estos días azules y este sol de la infancia». Es Cercas quien asocia ambas circunstancias, algo no inédito en sus preocupaciones, pues a ello dedica un sentido texto en su obra anterior, una recopilación de artículos periodísticos titulada Relatos reales.

Este dato tiene una importancia capital para el mejor entendimiento de la novela. Lo que el autor busca es descubrir en esos hechos un sentido latente de valor general. Los hechos son escuetamente los que cuentan, pero el escritor los dota de un alcance diferente. Por otra parte, obsérvese la paradójica fórmula –un verdadero hallazgo expresivo– que utiliza para definir sus artículos y que aplica con calculada insistencia a la novela: «relatos reales», aquéllos; «relato real», ésta. El «relato real» Soldados de Salamina refiere los diferentes caminos transitados por Javier Cercas en su investigación de lo sucedido en el misterioso fusilamiento de Sánchez Mazas.

Esto es la novela, en puridad, pero también más cosas: es un estudio histórico académico algo heterodoxo de un momento de nuestro pasado; un ensayo bastante serio y de rara ecuanimidad de las peculiaridades de cierto sector del fascismo español y en particular de Sánchez Mazas; un fino análisis de la personalidad literaria de este parco escritor falangista; una contribución a la biografía de aquel efímero ministro franquista; un dilatado reportaje periodístico con el pulso literario del «new journalism», y, en fin, otra biografía parcial, la del propio Cercas, con su justo punto de ternura y autoflagelo.

¿Eso es todo? Con estos materiales podría haber salido un ladrillo de mucha consideración. Es más: parece que éste habría de ser su destino natural. Pero, al revés, resulta un relato amenísimo. Tal vez un poco desequilibrado en su tercera y última parte, que, de hecho, deriva hacia una historia colindante pero diferente de la principal. En cualquier caso, una obra repleta de ideas y de emociones que sustentan una visión moral de la vida. Y, además, como antes decía, el afortunado producto estético de una intuición formal: una desinhibida concepción del género novelesco cuya práctica lleva a sus últimas consecuencias aquella fórmula barojiana del cajón del sastre. Pero hecha en todo momento con el respeto que merece a un narrador auténtico la certeza de que el relato literario consiste casi siempre en un ejercicio arriesgado: andar sobre la cuerda floja de la verdad y la invención.

01/02/2002

 
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