ARTÍCULO

Bananas

Destino, Barcelona, 528 págs.
 

Es ya habitual que el Nadal recaiga sobre un autor o, en su defecto, sobre una obra susceptible de gancho comercial, como corresponde a un premio que hace tiempo se sumó a la rentable estela planetaria. Lo que ya no es tan frecuente –si bien no es imposible, como demuestra el repaso de algún palmarés anterior– es que se conceda el laurífico galardón a una novela tan ostentosamente mala como El niño de los coroneles, que ni siquiera puede ostentar el marbete de «obra de entretenimiento», ya que contra ello atentan todas y cada una de sus más de quinientas tediosas páginas.

Muchas veces, ante una mala novela es más eficaz una sinopsis medianamente ajustada a la realidad que el ataque furibundo y el anatema. Sin embargo, en el caso de esta novela de Fernando Marías, la peripecia es tan tópica y melodramática y, a la vez, tan rebuscada y delirante, que necesariamente cualquier intento de condensarla en unas líneas proporcionará al lector una imagen edulcorada de lo que puede encontrar en sus páginas. El niño de los coroneles pretende amalgamar varias líneas argumentales que confluyen en la existencia de un personaje, el periodista Luis Ferrer, que viaja al imaginario país centroamericano de Leonito para realizar un reportaje sobre Leónidas, el irredento caudillo de una guerrilla indígena. Tras su llegada a la capital del país, Ferrer, cuyo origen de huerfanito leonitense es reseñado en las primeras páginas, se ve inmiscuido muy pronto en una rocambolesca trama de intereses económicos y políticos relacionada con la explotación turística de la Montaña Profunda (secular terruño del pueblo de Leónidas) por parte de un consorcio sin escrúpulos. Esta línea argumental, que participa del relato de intriga y de aventuras, convive con otra, más importante a juzgar por el número de páginas que ocupa y por las pretensiones vertidas en ella, que discurre paralelamente al principio para ir imbricándose (y explicando) las aventuras leonitenses de Ferrer. En esta trama paralela, incluida en forma de manuscrito que el lector va conociendo al mismo tiempo que el periodista español, Jean Laventier, eminente psicólogo y humanista francés, hace un repaso de su extraviada existencia, marcada por la impostura de su afamada filantropía y, sobre todo, por la intermitente presencia de otro personaje, Víctor Lars, cuya ignominiosa biografía de torturador va cobrando protagonismo por su profunda implicación en el devenir vital de los otros personajes. Al mismo tiempo, la presencia de este personaje pretende ser una indagación sobre el mal en su estado puro, así como sobre las relaciones entre inteligencia, educación y terror político, simbolizada por el experimento del niño de los coroneles.

La extensión del relato, la entidad de los temas que aborda, el trasiego cosmopolita de los personajes o, en fin, la insoportable dicción épica de los distintos narradores son algunos de los aspectos que informan de la ambición de una novela que, sin embargo, no puede dejar de ser tópica y simplista en muchos aspectos. Donde más se evidencia esta debilidad es, sin duda, en los personajes, divididos en buenos muy buenos (Ferrer, Laventier) y malos malísimos (Lars), como no podía ser menos en una novela que encuentra su principal referente en las películas hollywoodienses sobre república bananera. De esta forma, la supuesta reflexión sobre el bien y el mal, queda reducida a demostraciones de denodado heroísmo o bien de iniquidad bien sazonada con un explícito muestrario de torturas y casquería. Agotar el inventario de lugares comunes con que se construyen estos personajes sería una tarea en exceso prolija. Baste señalar que hay una historia de gemelos que, separados por el destino, llevan existencias antagónicas, que también se aborda el dilema (muyhumano) de un padre que debe decidir sobre la vida de una hija tetrapléjica que ansía la muerte, o que, en fin, es muy comprensible que, después de ser cosido a balazos, una estilográfica salve la vida del protagonista. Pero lo más delirante de todo es la absoluta seriedad, el tono engolado y polvoriento con que se manejan todos estos materiales de auténtica serie B que, tratados desde una distancia irónica tal vez se hubieran beneficiado del encanto del kitsch.

Pero pedir a El niño de los coroneles algún síntoma de complejidad o de originalidad no deja de ser una exigencia desmedida, cuando la realidad es que la novela evidencia un torpe manejo (o simple desconocimiento) de los rudimentos técnicos del arte narrativo. Marías quiere construir una novela de acción, pero desconoce que la clave del género reside en un dominio del ritmo, no en la profusión vertiginosa de acontecimientos poco o nada justificados. Ante ese prurito de acumular sucesos sucumben otros aspectos importantísimos como la creación de espacios y de ambientes (la novela parece que sucede «en el vacío», a pesar de las alusiones históricas y geográficas), o la atención a los personajes, cuya caracterización se lleva a cabo siempre de forma directa y explícita (véase la presentación de Laventier, página 63: la técnica sólo admite el epíteto de dominguera). Por otro lado, el espinazo estructural responde a un pie forzado que conduce directamente hacia la inverosimilitud. Se trata del contrapunto entre el presente de Ferrer en Leonito y el tiempo de la narración del manuscrito. El contenido de éste se va revelando poco a poco, y siempre cuando Ferrer dispone de tiempo para leerlo, por lo que, para poder avanzar en ambas peripecias, Marías se ve obligado a hacer leer a su protagonista incluso debajo de un tren en medio de una emboscada, o junto al cuerpo agonizante de Laventier y con «los malos» acercándose... La verdad es que muchos pasajes podrían incluirse en una antología del surrealismo si no tuvieran tantos méritos para pertenecer a la del horror.

01/04/2001

 
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