ARTÍCULO

Una «persona de orden»

Editorial Debate, Madrid, 1995
Trad. de Juan Manuel Ibeas
416 págs.
 

El género autobiográfico raramente ha contado a los científicos entre sus cultivadores y no suele destacar por su sinceridad. El naturalista es una excepción a ambos supuestos.

Edward O. Wilson es uno de los biólogos internacionalmente más prestigiosos y sus numerosas contribuciones a la ecología y la etología evolutivas son hoy clásicos en estas materias. Su trayectoria profesional, recorrida paso a paso en el texto, es un buen ejemplo de que la mejor manera de avanzar en el conocimiento científico consiste en encajar la pormenorizada descripción propia de los naturalistas en la austeridad formal de los modelos matemáticos integradores, sobre todo cuando ambas inclinaciones se dan en la misma persona.

A pesar de la brillantez de las aportaciones de Wilson, éstas difícilmente hubieran trascendido de los círculos especializados a no ser por el impacto popular causado por su obra Sociobiología: la nueva síntesis (1975), en la que se propone la integración del estudio del comportamiento animal en la teoría neodarwinista mediante la utilización de un modelo de herencia rígida. Como el propio Wilson reconoce, su hipótesis jamás hubiera llegado al gran público si no fuera por la extrapolación a la especie humana, a la que va dedicado un solo capítulo, el último de los 27 de la obra: «Tal vez debí haberme detenido en los chimpancés cuando escribí el libro» (pág. 322). A la publicación siguió un agrio debate en el que, con deliberado maniqueísmo, se asoció control genético, rígido o flexible, a posiciones conservadoras y determinación ambiental a actitudes progresistas. En estas circunstancias Wilson fue públicamente vejado por miembros de asociaciones radicales que acusaron a la sociobiología de ser el ropaje que revestía una nueva forma de darwinismo social, políticamente reaccionario y moralmente rechazable. Calmadas las aguas, debe reconocerse que el programa sociobiológico ha proporcionado a las ciencias sociales un modelo que permite formular hipótesis verificables. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que suponer que los comportamientos están genéticamente determinados y que la adopción de uno u otro confiere un distinto grado de adaptación es algo que debe demostrarse en cada caso, lo cual puede ser técnicamente muy difícil y, aun cuando el resultado fuera positivo, ello no implica que el determinismo genético sea más irreversible que el ambiental, ni que un mayor grado de adaptación sea un criterio válido para establecer la moralidad de una conducta.

Pero volvamos a lo que nos interesa, esto es, a lo que la autobiografía de Wilson puede aportar para la comprensión de los hechos. La imagen que da de sí mismo a lo largo de toda la obra es la de una «persona de orden», que siempre se ha sentido cómodo en la observancia de los valores tradicionales: austeridad, honradez, laboriosidad. No parece haber tenido inquietudes políticas o sociales que le apartaran de una casi innata conformidad con la situación establecida: «no puedo presumir de haber sido liberal de joven» (pág. 84). En esta tesitura es perfectamente creíble que su extrapolación de los postulados sociobiológicos a la especie humana no pasara de ser un reflejo esperable de su personalidad y no el fruto de una premeditación ideológica. En este sentido, sus esfuerzos para dotar a la sociobiología humana de una base teórica más sólida no pasan de ser escritos vindicatorios que han gozado de escasa aceptación en los medios científicos (Sobre la naturaleza humana, 1979; Genes, mind and culture, 1981, y El fuego de Prometeo, 1983; los dos últimos en colaboración con C. J. Lumsden). El lustro transcurrido entre 1975 y 1980 puede considerarse como un paréntesis que abarca un 10% de la fecunda vida profesional de Wilson, porcentaje casi idéntico al espacio dedicado al mismo período en su autobiografía.

01/08/1997

 
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