ARTÍCULO

El juego nacionalista

Trotta, Madrid, 1998
392 págs.
 

Los conflictos nacionales son como un juego de espejos entre nacionalismos, los cuales se deslumbran, se imitan, se complacen en la mirada sobre sí mismos. Bajo la luz solar el espejo es el retrato de nuestra figura, contra la luz solar el espejo deslumbra y, al mismo tiempo, ciega al otro. Así el juego nacionalista afirma la propia identidad frente al otro, que puede convertirse en víctima del deslumbramiento que anula y ciega su identidad, o bien resistirse con la misma arma y oponer otro nacionalismo con los mismos argumentos y medios, pero con objetivos tan incompatibles que chocan violentamente como los rayos solares reflejados entre espejos enfrentados.

El libro de Francisco Letamendía, profesor titular de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, es un texto muy elaborado en su parte analítica y de amplia información sobre los movimientos nacionales en el mundo, desde los más cercanos como el vasco, el catalán o el gallego, hasta los de mayor proyección pública en Europa o en los otros continentes del planeta. Esta obra es el resultado de una larga investigación, realizada con la pasión de quien ha vivido y vive los nacionalismos como uno de los grandes conflictos de la época contemporánea pero también con el distanciamiento del investigador que busca una interpretación casuística a un problema de una gran complejidad.

El nacionalismo como ideología y los movimientos nacionales, entendidos como la movilización de la sociedad civil en torno a la idea del Estado-nación, han transversalizado las demás ideologías contemporáneas. Esta premisa fundamenta la tesis central del libro, que estudia los movimientos nacionales desde la previa consideración y análisis de Estado nacional, como la forma moderna de legitimación territorial del poder político. Desde el mismo momento que nace el Estado-nación surge la posibilidad del conflicto nacional centroperiferia. Los nacionalismos son el correlato social de esta forma de organización política. Funcionan o por adhesión a las movilizaciones que impulsa el centro estatal-nacional (nacionalismos del centro), o por reacción nacional contra la misma por parte de grupos específicos que adoptan la forma de un movimiento social, a partir de la reelaboración por parte de una élite de una identidad colectiva y una ideología específica, con la intención de reclamar y reproducir el mismo modelo estatal, o bien de obtener el reconocimiento institucional del autogobierno (nacionalismos de la periferia).

De este modo, el autor evita circunscribir, siguiendo las tesis de D. L. Seiler, la confrontación nacionalista dentro de los parámetros establecidos por la relación bilateral entre el nacionalismo cívico y el nacionalismo étnico, introduciendo la relación-oposición entre centro y periferia como la esencial para comprender el fenómeno nacionalista en su globalidad. Están condenados al fracaso todos los intentos de explicar el nacionalismo desde la existencia previa de la nación, o bien de distinguir aquellos nacionalismos de razón cívica frente a los nacionalismos de razón étnica. Porque es el nacionalismo quien crea la nación, y todos los nacionalismos se basan, en mayor o menor grado según los casos, en creaciones de identidades colectivas que se legitiman tanto en singularidades culturales como en voluntades cívicas de autogobierno. Por el contrario, es un hecho la formación y consolidación de los Estados nacionales en Europa y Norteamérica como organizaciones políticas vinculadas a la protección de mercados nacionales y al desarrollo de las sociedades industriales.

En este sentido, la concepción de Estado-nación que expone el autor es confluyente con las aportaciones de Gellner, Tilly o Rokkan en cuanto al proceso histórico que conduce al Estado nacional y a su generalización mundial en un sistema de Estados nacionales. La relación entre capital y coacción en la configuración del Estado nacional (Tilly), o bien las fases y cleavages que se producen en su evolución (Rokkan), explican la creación de las naciones modernas con independencia de cuáles sean los procesos posteriores de legitimación ideológica. Así, la explosión nacionalista a lo largo de los últimos dos siglos forma parte de las crisis subsiguientes a la implantación del modelo de Estado-nación. En este contexto hay que comprender las distintas justificaciones de la nación, fundadas en la civilidad o en la etnicidad, y, también, el surgimiento de los movimientos nacionalistas que encuentran en la historia (nacional) previa a la formación del Estado moderno, y en la identidad de cultura los argumentos que justifican su nacimiento (despertar de la nación) y sus objetivos políticos.

La contradicción principal entre centro y periferia define todo el transcurso del libro. Cada Estado-nación puede ser estudiado en su singularidad histórica, analizando y comparando los distintos procesos y casos, pero el nacionalismo sólo puede ser comprendido bilateralmente. La primera parte de la obra está centrada en este conflicto y en sus diversas manifestaciones a partir de la propia transformación del Estado liberal en Estado del bienestar, y de los cambios que han introducido los flujos transnacionales en la concepción del Estado, especialmente en lo que se refiere a la construcción política europea. Junto a los nacionalismos nacidos en los Estados nacionales de Occidente, también se analizan los Estados verticales multiétnicos del Tercer Mundo y la de aquellos en los que está ausente, o poco definida, la dimensión territorial, como los pannacionalismos o los movimientos étnicos no territoriales, todo ello con una gran profusión de datos y de información.

Tiene especial interés la segunda parte del libro dedicada a los nacionalismos y a la violencia política. Los nacionalismos que hacen uso de la violencia como arma política mimetizan y, a la vez, contestan la legitimidad estatal del monopolio de la fuerza. En consecuencia, la mimesis violenta nacionalista conduce a la transformación de un grupo armado en un grupo-Estado que cuenta con el apoyo socialmente activo de una parte de la comunidad nacionalista. Este grupo-Estado se erige en monopolizador de la violencia y en la autoridad para establecer impuestos revolucionarios que permitan el mantenimiento del «aparato estatal» que está en guerra contra el Estado enemigo. El objetivo del grupo armado no es, lógicamente, una victoria militar imposible sobre el adversario más poderoso, sino el mantenimiento de una situación de empate infinito que acabe haciendo inevitable la negociación política. El autor realiza sobre estos principios generales un pormenorizado estudio de casos, especialmente en referencia a la violencia nacionalista en Irlanda del Norte, Macedonia, País Vasco, Palestina, Kurdistán, Punjab, Sri-Lanka y Córcega.

Es interesante subrayar, entre otras sugerentes aportaciones del autor, la tendencia al anti-intelectualismo del grupo armado que «termina siendo un caso excepcional de élite al revés, cuyo status socioeconómico y educativo es notablemente inferior al status medio de los miembros de su entorno social». La dureza en conflictos de larga duración y el protagonismo de las armas frente a las palabras relega a un segundo plano la elaboración intelectual, sustituida por la apología de unos pocos principios nacionalistas. Por otra parte, la caracterización de la violencia ejercida por grupos nacionalistas como terrorismo, tiene varias respuestas, desde Touraine que relaciona terrorismo y degradación de los movimientos sociales, hasta Wiewiorka que concluye como inadecuado el uso del término «terrorismo» para referirse a nacionalismos periféricos violentos mientras mantengan lazos con los movimientos sociales. Esta diferencia de opinión analítica está al margen de la posición abrumadoramente mayoritaria contra el uso de la violencia, y de la incontestable opción del autor por el desarrollo del pacifismo, en el centro y en la periferia, contra los nacionalismos violentos.

01/09/1998

 
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