ARTÍCULO

Nacionalismo más allá del ombligo

 

Aunque no albergo esperanza al respecto, antes de volver a proponer algún exótico ejemplo como modelo de «solución» para «conflictos nacionales», muchos responsables y opinantes políticos deberían leer el libro recientemente firmado por Juan Pablo Fusi. El autor facilita las cosas a un lector casuista que quiera, por ejemplo, saber si Quebec es el paraíso nacionalista que pintan por Cataluña, si el estatuto de «Estado libre» satisfizo alguna vez al nacionalismo irlandés como promete el vasco, o si Francia puede tenerse por la república nacionalmente asexuada con que sueña el patriotismo constitucional, elevado a renglón programático por el partido hoy gobernante en España.

La extraordinaria diversidad de referencias que contiene este ensayo se debe a una asunción que el autor hace expresa en la apertura de sus páginas: la historiografía española está ayuna de perspectiva comparada o, lo que es lo mismo, le vendría bien interesarse por el mundo más allá de su ombligo. Consecuente con la denuncia, ofrece el autor un análisis circular de las diferentes manifestaciones del nacionalismo entre las últimas décadas del siglo XIX y los acontecimientos más recientes en las principales ollas a presión que el nacionalismo ha hecho estallar: Balcanes, Oriente Medio, repúblicas surgidas de la extinta Unión Soviética, etc. Digo circular porque es la imagen que sugiere ya el índice de este libro (que se refiere a la «plenitud», el «después» y el «retorno» del nacionalismo) y el planteamiento que sostiene al afirmar que, al finalizar el siglo pasado y comenzar el presente, el nacionalismo goza de un vigor tan saludable como el que tuvo antes de que buena parte de los intelectuales europeos lo dieran por muerto tras 1945.

Una segunda advertencia debe hacerse también por vía preliminar. Con el título que lleva el volumen ya veo a más de un comprador tentado de llevarse a casa un ensayo similar a los que, desde la estelar aparición de El bucle melancólico de Jon Juaristi, han ido saliendo al mercado para satisfacer la curiosidad, no siempre sana ni falta que hace, sobre el nacionalismo y los nacionalistas domésticos. Se llevará un chasco quien crea haber dado con un libro más en esa línea. No es que los nacionalismos españoles estén ausentes del relato de Fusi, pues les da su correspondiente entrada en varios capítulos y les dedica un par de epígrafes, pero quedan «normalizados» dentro de procesos históricos de radio más amplios. De hecho, el cuadernillo central de fotografías puede despistar al husmeador de novedades en librerías, ya que los nacionalistas españoles, desde José Antonio hasta Arzalluz, salen mucho más en la foto que en el texto.

Fiel a su estilo poco dado a los excesos de la teoría, presenta Fusi un relato meticuloso en los datos, asido a los hechos y a los personajes, diría casi oxoniense –cual si de un Companion to Nationalism se tratara– si ésta no fuera referencia bien facilona por la conocida formación del autor. Abre cada capítulo una rápida y directa reflexión para inmediatamente volver al suelo firme y seguro de los hechos que conformaron cada una de las fases diferenciadas como tal momento del nacionalismo. Gana así el libro valor comparativo, que es lo que desde la introducción asegura pretender, pues prácticamente se consignan todos los hechos relevantes que de una u otra manera se rozan con el nacionalismo en el siglo XIX . Pero cede, a mi juicio, en cuanto al esfuerzo, que sería también nutritivo para la historiografía española, de conceptuación comparada del nacionalismo.

El lector advertirá rápidamente lo primero, pues la riqueza de información y la precisión de la misma es tal que genera esa confianza asumida con que sólo los buenos historiadores son capaces de incitar la lectura desde las primeras páginas. Pero donde redobla enteros este valor es en la caracterización de los personajes que marcaron algunos de los momentos que estudia. El tratamiento de la figura de Frantz Fanon –el autor de Los condenados de la tierra y teórico del anticolonialismo y los frentes nacionales de liberación (no en vano en español lo recuperó la editorial Txalaparta, de probada tendencia ultranacionalista)– es quizá el mejor ejemplo del magistral tejido de hechos y personajes que sirven al autor de materia prima para su relato.

En cuanto a lo segundo, sacrificar la crítica teórica del nacionalismo en el siglo XX –el que empieza a finales del XIX –, deja la miel en los labios ya desde la apertura del volumen. Asume allí Fusi el lugar ya comúnmente aceptado por la historiografía de que tuvo lugar una transición desde la original revolución constitucional del liberalismo –donde nación era espacio de libertades y derechos– hasta la idea nacional de los Estados-nación cargada ya de valores tradicionalistas, dinásticos y militares, que hacía de la «diferenciación cultural» y no de los derechos y las libertades el eje estructural de la identidad nacional. Esta concepción del nacionalismo como un «renglón torcido» del liberalismo es, sin embargo, la que justamente está demandando urgente reconsideración, y el esfuerzo de síntesis del libro de Fusi bien la habría merecido.

El autor no se plantea siquiera la posibilidad de que la bastardía fuera consustancial a la misma revolución liberal, y no sólo un indeseado efecto secundario de la construcción de los Estados nacionales llamados liberales. Hay una razón de peso para que lo haga, pues el discurso desplegado a lo largo del libro asume que existe un paradigma respecto a la idea de nación y el nacionalismo –el europeo– al que en mayor o menor grado han ido luego asimilándose otros procesos y experiencias. Así resulta, por ejemplo, que «idea de nación y conciencia histórica eran ajenas a muchas culturas africanas y asiáticas, carentes durante siglos incluso de una mínima unidad administrativa», o que la «escasa socialización política» latinoamericana era «muy evidente en el caso de las poblaciones indígenas» (págs. 63 y 134).

Bastaría, creo, haber cuestionado el principio de partida antes aludido para ofrecer una interpretación menos eurocéntrica y más compleja de la idea nacional y el nacionalismo en el siglo XX . Así, por ejemplo, la caracterización de la mayor parte de las naciones americanas y sus sociedades resultaría decididamente otra si no se siguiera aún en la estela de la interpretación historiográfica liberal-nacionalista hispanoamericana –y, por tanto, también española– que etiquetó al mundo indígena como inadaptado a la modernidad de las formas políticas. Hay literatura reciente que demuestra que la historia moderna de los pueblos indígenas puede leerse desde perspectiva bien distinta y en la que, por consiguiente, lo primero que surge es justamente una potente socialización política, con su modernidad incluidaVéase, por ejemplo, el reciente estudio de la revolución andina del siglo XVIII de Sinclair Thomson, We Alone Will Rule. Native Andean Politics in the Age of Insurgency , Madison, The University of Wisconsin Press, 2002, donde se estudia justamente la modernidad de aquella revolución y su desprecio inmediatamente posterior por parte del naciente liberalismo hispanoamericano. Bartolomé Clavero, Ama Llunku, Abya Yala. Constituyencia Indígena y Código Ladino por América , Madrid, CEPC, 2000 es, a mi juicio, el punto obligado de partida para una crítica historiográfica al respecto..

De otro modo, ¿no seguimos reproduciendo una imagen colonialista en la que sólo los colonizadores son capaces de ciertos valores políticos que luego, a veces, logran transmitir a los colonizados como redimiéndolos? ¿No es esta perspectiva la que lleva a considerar, por ejemplo, el problema «nacional» en Canadá sólo en relación con las aspiraciones del nacionalismo quebequés, como si no existieran First Nations, Innuit y Métis? La penetrante crítica que Ranajit Guha publicó hace una década sobre las asunciones de la historiografía liberal para explicar la relación colonial ya advirtió sobre la inconveniencia de dar por sentada la hegemonía de los valores políticos europeos en la formación de los conceptos políticos utilizados más allá de su propio contexto socioculturalRanajit Guha, Dominance without Hegemony.History and Power in Colonial India , Cambridge, Harvard University Press, 1997.. Si esta crítica se acepta seriamente, debería prevenir respecto de una división del mundo contemporáneo entre adaptados e inadaptados a las formas políticas nacionales. En el brillante capítulo en que se estudian los movimientos de liberación nacional, ésta parece ser una asunción general que lleva, por ejemplo, a adjudicar a Israel una capacidad de generar nación que los países árabes no muestran a los ojos del historiador occidental.

Creo que no sería ocioso abrir aún más las posibilidades del postulado general de este ensayo pionero en la historiografía española: el nacionalismo no es un problema, sino una realidad histórica (lo que no quiere decir que no pueda ser una realidad histórica que se torne problemática). Tal asunción solamente podía mantenerse abordando, como hace Fusi, un análisis comparativo que permita calibrar las diferentes historicidades que la nación como identidad (política, cultural, racial, etc.) y el nacionalismo como ideología han adoptado en el mundo contemporáneo. Es además el modo que permite ver, como se enseña en varios lugares de este libro, que nación y nacionalismo no forman un necesario e inescindible binomio, que puede haber nación sin nacionalismo, al igual que éste puede generarse sin aquélla y hasta inventarla. Pero, precisamente por ello, el postulado debería comportar asimismo partir de la relatividad de ambos conceptos –aun manteniéndose si se quiere la tesis de su raigambre europea occidental–, ya que depende justamente de las distintas realidades históricas en que han surgido y adquirido distintos (y, por tanto, relativos) valores políticos.

Aunque, como se dijo antes, este libro sobre el nacionalismo no está escrito como si los españoles estuviéramos encerrados con un solo juguete, esto es, como si el nacionalismo fuera un problema muy español, contiene una importante lección para consumo interno: la comparación nos hace conscientes de nuestra propia relatividad, primer paso para refrescar nuestro ambiente intelectual y primer paso también para la racionalidad política.

01/12/2003

 
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