ARTÍCULO

De herencias y trascendencias

 

La primera consideración que suscita el libro del profesor Borja de Riquer es la dificultad que afecta a la historiografía catalana para salir de las diversas narrativas que el pasado nos ha legado: narrativas de la nación –la catalana y la española–, pero también narrativas de una historia social de la formación de las sociedades peninsulares modernas y contemporáneas construidas por la historiografía política y social de las décadas de 1970 y 1980. «Los muertos atrapan a los vivos», según reza la expresión francesa que le gustaba repetir al viejo sabio. Tan sólo hace falta recordar el barullo interno catalán que provocó la constatación de Eric Hobsbawm, irónica y provocativa, a propósito de la incapacidad de los nacionalistas para escribir la historia de la nación. Hobsbawm se apresuró a añadir una excepción, la del galés Gwyn Williams. Pero, por otro lado, la lectura serena de The Invention of Tradition (traducido al catalán, Vic, Eumo, 1988, aunque no al castellano), un libro lleno de observaciones desmitificadoras sobre el patriotismo británico tanto en las islas como en el imperio, compiladas por el propio Hobsbawm (pese a que se olvidan demasiado a menudo los magníficos ensayos del otro compilador, Terence Ranger, y del antropólogo norteamericano «entre historiadores» Bernard Cohn), ya permitía ver que su humor inglés no se detenía en la raya del nacionalismo de los demás ni en la del nacionalismo tout court. La fina ironía acerca de las prácticas obreras alrededor del fútbol lo ponía de relieve: por lo menos para al lector capaz de distanciarse un poco de la sentimentalidad heterogénea y acaparadora que hemos heredado de los abuelos.

Vuelvo al inicio, ya que, en efecto, el problema de repensar los nacionalismos en España es el de escoger, espigar, entresacar y descartar las narrativas que dominan la organización de los hechos. Y que dominan, por supuesto, el conjunto de nociones conscientes e inconscientes (no me atrevería a llamarle teoría ni siquiera por asomo) que los seleccionan, jerarquizan y organizan. Esta es la cuestión, que diría el pusilánime príncipe danés. Y este es, a mi parecer, el problema de fondo que plantea Identitats contemporànies: Catalunya i Espanya (Vic, Eumo, 2000), traducido como Escolta Espanya. La cuestión catalana en la época liberal, de Borja de Riquer, una ambiciosa recopilación de trabajos hasta ahora dispersos, suficientemente homogénea en sus contenidos como para justificar a priori una presentación conjunta. El volumen resultante proporcionará al lector interesado una aproximación a los temas que dominaron y dominan el debate historiográfico sobre la cuestión de los nacionalismos en España –el español y los otros– durante los siglos XIX y XX , y le permitirá apreciar la variedad de posiciones al respecto, así como, naturalmente, hacerse una idea suficientemente definida de la del autor, una de las voces más persistentes y más elaboradas en medio de la gran confusión en la que nos encontramos. El índice muestra que el grueso de los trabajos corresponde a una larga y densa interrogación sobre la historia catalana durante un siglo –de principios del XIX a principios del XX –, pero con un importante añadido, que alcanza hasta los años treinta, de la mano del renovado nacionalismo español post-1898 y de la trayectoria coetánea del nacionalismo catalán. En este segundo caso, la figura de Francesc Cambó adquiere una importancia relevante. No por casualidad, Riquer le dedicó una extensa monografía hace pocos años (L'últim Cambó, Vic, Eumo, 1996; traducción, Barcelona, Grijalbo, 1997). Pese a apreciar el esfuerzo del autor y de la editorial al dar forma a este volumen, no estoy nada seguro de que resulte de lectura fácil para el lector poco familiarizado con las discusiones y sobreentendidos de un gremio profesional al cual se le suelen pedir objetivos tan contradictorios como «hacer ciencia» y «hacer patria». El libro de Riquer constituye un testimonio de esta contradicción, que el lector inteligente comprenderá que no se le puede imputar en exclusiva. Formuladas estas precisiones y aportada la información necesaria sobre el carácter de los materiales recopilados, es necesario regresar a la cuestión que para mí es central, la que de buenas a primeras queda suscitada. En efecto: el libro de Riquer registra una tensión excesiva entre maneras de situarse ante el material que lastran muy seriamente el resultado final. Y estas maneras proceden de la persistente fuerza de las narrativas que condicionan el discurso historiográfico del autor y de todos nosotros. Ser conscientes de ello, haberlo discutido en más de una ocasión, no las ha hecho periclitar, puesto que en el territorio de las ideas recibidas no hay exorcismo que valga, como ya había insinuado el autor del conocido pequeño diccionario que las compendiaba. Y una demanda social que presiona fuertemente para recibir del mundo académico certidumbres «patrióticas» conduce una y otra vez hacia su resurrección.

La narrativa heredada que domina el conjunto de trabajos de Riquer es la de la modernidad catalana frente al atraso, estulticia y tradicionalismo de España, del Estado y de todo cuanto de filiación castellana constituyó el cañamazo sobre el cual se edificó la España-nación. Esta idea, que respondía a sedimentos muy precisos y fáciles de identificar en el seno de la cultura catalana de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX , tiene un padre intelectual indiscutible, Jaume Vicens Vives, y una expresión prototípica, su Industrials i polítics del segle XIX (1961), una de las piedras miliares de la cosmovisión catalana desde entonces para acá. Pese a los esfuerzos que quieran hacerse para establecer continuidades historiográficas, salta a la vista que el propósito del historiador gerundense era trascender los términos tardorrománticos de las grandes narrativas épicas: la de Antoni Rovira i Virgili o el injerto micheletiano de mano de Ferran Soldevila. Un texto poco conocido del gran periodista y escritor Agustí Calvet, Gaziel («Introducció a una nova Història de Catalunya», en Quina mena de gent som, Barcelona, Proa, 1999, págs. 29-74) ya advirtió que, después del desastre de 1939, los grandes metarrelatos de los años republicanos habían periclitado de manera prematura, algo que la compleja y ambigua evolución del joven Vicens ponía, a su vez, ampliamente de manifiesto. Se entiende, pues, que la idea-fuerza del historiador gerundense consistiera en trascender aquellos relatos, pero sin que el edificio se viniera abajo; introducir en la idea nacional un dinamismo nuevo: el derivado del cambio económico, de las fuerzas económicas que habían dado a la Cataluña del siglo XIX una cara tan distinta de la del resto de España. O así lo parecía hacia los años cincuenta, cuando el Plan Marshall y las nuevas oleadas de industrialización en los grandes centros europeos favorecían visiones lineales de este estilo, porque no es muy difícil darse cuenta de que Vicens nunca percibió que sobre el optimismo liberal y burgués de aquellos años se cernía la sombra del pasado dramático de los años anteriores, el terrible y discutible dictum de Adorno. Basta ahora con señalar el modo en que aquella narrativa del optimismo del progreso y de la industria, que caía como agua bendita en una Cataluña aplastada y sin instrumentos políticos de ningún tipo, condicionó la urdimbre y la trama de la obra pionera de Vicens, así como de buena parte de la investigación posterior sobre la peculiaridad catalana a escala española. Como es notorio, la obra de Pierre Vilar no desvió en absoluto las cosas de este sendero, que tan visiblemente favorecía la autoestima de una sociedad con enormes problemas de cohesión interna y privada de instrumentos políticos para autoorganizarse.

No era esta la virtud principal del modelo propuesto en Industrials i polítics. Su eficacia descansaba en la capacidad para establecer las bases de una simplificación fácil de entender, un passe-partout apto donde acomodar la información factual, una lógica de fondo que parecía explicarlo todo. Más aún, la continuidad del modelo (oposición Cataluña/España en los términos escogidos por Vicens) no sería explicable sin la constatación de la verdad parcial sobre la cual estaba construido, ya que ¿quién podía negar que la industria era un hecho mayor de la vida catalana desde el siglo XVIII en adelante? O bien, formulado de modo distinto, ¿quién podía ignorar que existía una relación entre el despliegue de la economía moderna y las manifestaciones políticas de particularismo, aquellas que expresaban una relación con el Estado, cargada de tensiones y malentendidos? Por estas razones, lo que en Vicens era una propuesta de investigación degeneró en un cañamazo fuertemente tautológico en la historiografía posterior, incluso para aquella que, concentrada en la historia económica, no hacía otra cosa que acumular materiales que parecían confirmar el punto de partida establecido por el cabeza de escuela. Tampoco cuesta mucho darse cuenta del fracaso de la narrativa alternativa a esta visión tan poderosa. La tímida historiografía sobre el movimiento obrero desarrollada en los años 1960 y 1970 quedó cegada sin remedio, como aquel sabio imaginado por el sefardita lúcido, ante el brillo de la narrativa nacionalista. Si durante unos años pareció que las investigaciones sobre las grietas de la sociedad catalana habrían de comportar, tarde o temprano, un desafío a la gran narrativa, pronto se demostró que a la historia social catalana le faltaba la fibra y el nervio conceptual necesarios para resistírsele. La publicística de Josep Termes es un exponente paradigmático de este quehacer. A medio plazo, el resultado era perfectamente previsible: sólo interesaba el obrerismo enfrentado al Estado, sólo era digna de ser recogida la cultura plebeya supeditada a la cultura nacional catalana. Cierto que disponemos de trabajos que apuntan hacia direcciones más problemáticas, que nos rescatan los protagonistas fundamentales sepultados por una historia pseudosocial que busca siempre silenciar las voces de la disidencia plebeya y de los antagonismos internos. Hay, insisto, investigaciones más atentas a las contradicciones de la sociedad catalana, a las oposiciones sociales y culturales internas, pero hoy por hoy la gran secuencia de la historia patria, moderna y avanzada, pervive sin dificultades. Trabajos recientes de Genís Barnosell (Orígensdel sindicalisme català, Vic, Eumo, 1999) y de Albert Garcia Balanyà («La fabricació de la fàbrica. Treball i política a la Catalunya cotonera (1784-1884)», tesis doctoral inédita, Universitat Pompeu Fabra, 2002) lo muestran con creces. El siglo XX , sin embargo, sigue lamentablemente falto de las exploraciones indispensables, más allá del magnífico esfuerzo de reconsideración que significó La Catalunya populista, de Enric Ucelay Da Cal (Barcelona, La Magrana, 1982).

Es sobre este espacio cruzado, formado por pedazos de conocimiento, chatarra ideológica trivial, muchos malentendidos y cosas no dichas, donde Borja de Riquer levanta el conjunto de trabajos incluidos en el volumen que comentamos. Se puede apreciar fácilmente cuál es el hilo conductor que domina el material y, de forma complementaria, cuál es el material que domina la reconstrucción factual que nos proporciona. La manera (la metodología, si se prefiere) como se hace no resulta, en cambio, tan evidente. Empezando por las cuestiones más de fondo, la idea central es la de la modernidad de la sociedad catalana, modernidad que la enfrentaba inexorablemente a las fuerzas ajenas con las cuales se ha confrontado secularmente. Una idea de modernidad que toma elementos de las dos grandes narrativas mencionadas –es decir, de la historia social y de la historia nacionalista–, pese a que no siempre resulten fáciles de conciliar. El punto de partida de todo ello es una visión de los factores que condujeron a la génesis del nacionalismo catalán durante el siglo XIX. De manera muy característica del modo de proceder de Riquer, es la historia de las actitudes de las fuerzas políticas conservadoras lo que parece constituir el argumento central de una toma de conciencia regional a escala española, afirmación que no implica en absoluto que no se introduzcan a menudo observaciones sobre otros grupos sociales o que no se insinúe la existencia de una conflictividad social muy presente en Cataluña. Dos ejemplos permiten mostrarlo: la dureza de la conflictividad social durante la fase de las grandes bullangues (levantamientos urbanos con objetivos políticos) de la década de 1835-1844 o la tensión clasista que permeó la sociedad catalana en el primer cuarto del siglo XX, es decir, justamente cuando el nacionalismo conservador de la Lliga, y el mismo Cambó –a quien Riquer dedica un ensayo excelente–, se convierte en una fuerza política decisiva a escala española. Pero, al margen de la constatación innegable del modo en que este hecho lastró los proyectos políticos de las clases dirigentes, la reflexión no alcanza mucho más allá. Y no alcanza más allá porque finalmente se impone el argumento central de una confrontación casi ineluctable entre el Estado y las clases dirigentes catalanas: se impone la línea que permite salvar, rehaciéndola, modernizándola, arreglándola, la gran narrativa heredada.

De todos modos, conviene ir un poco más adelante, ya que la densidad del volumen exige que hagamos un esfuerzo crítico riguroso. En función de la perspectiva que he escogido, el punto crucial es el hecho de que la idea misma de modernidad que estructura el conjunto es llana, imprecisa, insuficiente. Hay dos momentos clave en la formación del discurso y de la cultura de las clases dirigentes catalanas asociadas a la sociedad industrial que emerge desde principios del siglo XX , el primero de los cuales corresponde a los años que acabamos de mencionar de los grandes conflictos vinculados al cambio político que fue la revolución liberal. Fue en aquel momento cuando las fuerzas sociales emergentes tomaron conciencia de las drásticas escisiones que atravesaban la sociedad catalana, el momento de la gran interrogación sobre cuáles habían de ser los fundamentos de estabilidad de la nueva sociedad liberal. Por esto, en correspondencia con lo que estaba sucediendo en muchas partes de Europa, del corazón mismo de la tradición liberal que se había fraguado contra el Antiguo Régimen y las formas de vida aristocráticas se produjo una dramática revisión de cuáles habían de ser los fundamentos culturales y sociales de la nueva sociedad. Como han explicado a la perfección escritores tan diversos como Walter Benjamin, Raymond Williams, E. P. Thompson o Carl Schorske, de aquella crisis de consciencia surgió una reevaluación de la religión, de la idea de democracia y, más en general, toda una visión de recuperación selectiva del pasado que condujo, como no podía ser de otro modo, al nacionalismo moderno en línea directa. No puedo seguir desarrollando este argumento: tan sólo quiero indicar que esta reevaluación revistió en cada país características particulares. En Cataluña fue tal la intensidad de la lucha clasista, tanta la violencia desatada en el campo y en la ciudad, que no se puede minusvalorar el alcance ni la densidad de aquella introspección. Y me parece muy difícil no ver la estrecha relación entre la primera crisis de la consciencia burguesa y la génesis del modelo de patriotismo catalán propuesto por los grandes maîtres à penser de aquella generación: los hermanos Manuel y Pau Milà i Fontanals, la línea balmista de Joan Mañé i Flaquer y el Diario de Barcelona.

Hay un segundo momento que me parece también clave y todavía mal explicado a causa del enraizamiento de la narrativa dominante. Todos sabemos que en la Europa de finales de siglo se produjeron pulsiones muy fuertes hacia la revisión de los fundamentos de los sistemas liberales amenazados por la irrupción de la política de masas. El «retour à la terre» de franceses e ingleses, el ascenso del antisemitismo y de las teorías de base biológica fuerte en Francia, Alemania y los países de Europa central, el impulso que tomaron las políticas de reclamación regional y los partidos de base confesional en lugares tan dispares como la Alemania guillermina, la Francia de la III República post-Ferry o la Austria de final de siglo. ¿Es razonable pensar que la mitificación sistemática del factor corporativo desde Valentí Almirall en adelante, la denigración también sistemática del Estado en aspectos como la introducción del sufragio universal o ciertas reformas sociales y laborales, la nítida condena de las manifestaciones de cultura y lengua españolas en Cataluña asociadas a un mundo plebeyo en expansión (recuerdo al respecto el artículo de Joan Lluís Marfany sobre Els Segadors en Recerques, 19, 1987, como magnífico ejemplo de confrontación de dos mundos más allá de líneas clasistas nítidas), no contuvieran elementos comparables a los que acabamos de referirnos? Si liberamos esas propuestas del teleologismo del metarrelato de una Cataluña que se levanta una y otra vez contra el Estado, será más trabajoso rehacer la multiplicidad de pulsiones que articulaban el conjunto, pero quizá nos acercaremos un poco más a los parámetros interpretativos que nos proporcionan las ciencias sociales en todas partes. Probablemente nos será dificultoso construir una narrativa alternativa a una organización de la secuencia histórica tradicional obsoleta, pero no estoy nada seguro de que nos vaya a resultar útil ni necesario, además de que siempre es preferible prescindir de una pseudo alternativa. Pero sucede que lo que todos nos deberíamos preguntar es si la tarea del historiador consiste en suministrar certidumbres de fácil asimilación o, por el contrario, en plantear problemas intelectuales, problemas que han de ser resueltos con argumentos intelectuales.

Llegados a este punto, quisiera referirme precisamente a esta cuestión de las referencias internacionales y llamar la atención sobre el bajo nivel de exigencia en nuestro mercado universitario y editorial, tal como hizo Pere Anguera cuando reclamaba de la historiografía catalana un esfuerzo para huir de lo que él llamó «endocentrismo». Para decirlo con brevedad: la tendencia a escribir al margen de los desarrollos de las ciencias históricas internacionales. Ahora este historiador acaba de publicar un libro titulado Els precedents del catalanisme (Barcelona, Empúries, 2000), presentado como la solución de la cuestión que el título plantea. Me sabe mal tener que decir que Anguera no es consecuente en absoluto con los consejos que él mismo dio. No solamente no cumple las mínimas exigencias filológicas –que las citas estén justificadas dentro del contexto que les es propio, que los conceptos (palabras aparentemente inocentes a veces) sean siempre sometidos a la discusión sobre su valor cambiante–, sino que la total ausencia de cualquier referencia a los problemas históricos capitales del período –afirmación de la industria con todo aquello que este fenómeno comportó, cambio político y cambio cultural, formación de clases y discursos clasistas– aboca el material a una resolución literalmente tautológica. Y, en consecuencia, lo aboca al genial descubrimiento de que los catalanes eran catalanes y actuaban como tales. No era necesario tanta sobrecarga de citas para llegar a una conclusión que parece sugerir que la sociedad catalana ha vivido doscientos años a punto de rebelarse, al margen del Estado, sin otra necesidad que ocuparse de recordar el pasado y de afirmar la identidad política. Y esto ya no es subordinación a la gran narrativa, sino que constituye un puro y simple anacronismo, historia política sin la más mínima reflexión sociológica. Lo que finalmente me cuesta más entender es cómo alguien que advierte sobre la necesidad de evitar el «endocentrismo» lo practica con tanto entusiasmo. Al margen del grado de acuerdo de cada uno, en estas cuestiones de nacionalismo y construcción de las culturas nacionales hay un antes y un después. Todos nosotros escribimos después de que los grandes instrumentos conceptuales del pasado hayan entrado en crisis, tanto si se trata de la versión estaliniana del marxismo como de las interpretaciones liberales basadas en la idea wilsoniana del derecho a la autodeterminación en una expansión lineal de los principios del liberalismo político. Escribimos en el marco de interpretaciones más atentas a la vez a los factores culturales y sociales, no sólo a los económicos de larga duración o a los políticos. La famosa lista de Eric Hobsbawm de libros capitales sobre el nacionalismo era muy clara al respecto, sobre todo si le añadimos su propio Naciones y nacionalismos desde 1780 (Barcelona, Crítica, 1991), el de Roger Brubaker y la discusión sobre la idea y la práctica de ciudadanía y algunos otros que ahora no hacen al caso. Casi da pudor tener que recordarlo, pero si sobre este nivel de exigencia no somos rigurosos, ¿cómo podremos escapar del «endocentrismo» cómodo, fácil y hogareñamente complacido?

El libro de Riquer no es de la misma factura. Escolta Espanya plantea de manera excelente algunas de las cuestiones capitales del período. Desde este punto de vista, los primeros ensayos recopilados, y en particular los dos primeros, en los cuales busca establecer una periodificación adecuada e identificar los principales problemas que dominaron la construcción de la España-nación, me parecen muy sugestivos y llenos de observaciones dignas de ser discutidas. La idea central de Riquer es mostrar la tendencia ineluctable hacia la formación de un particularismo catalán que se afirma progresivamente en el centro de la política regional. El factor crucial parece haber sido una doble tendencia del Estado español a resolver autoritariamente aquello que no era capaz de conseguir en el terreno de la construcción de la nación. De esta manera, si soy capaz de entender correctamente lo que Riquer plantea, se podrían reconciliar dos ideas que me parecen centrales en su esfuerzo de conceptualización. Por un lado, la imposibilidad por parte de las clases altas y medias catalanas de penetrar en la tupida red de intereses oligárquicos que formó el substrato del Estado liberal español, desde el moderantismo isabelino hasta las últimas fases de la Restauración y del primorriverismo. Si esta idea articuló una buena parte de la investigación de Riquer sobre los conservadores catalanes y sus lógicos sucesores, hay otra que le hace pendant: la de la mencionada «débil nacionalización» promovida por el Estado en España, por lo menos hasta las respuestas a la crisis de 1898. Estas ideas son importantes y responden a una interrogación razonable del material. Ahora bien, son ideas que necesitan ser discutidas con calma, ser afinadas al máximo, para tratar de capturar aquellos elementos nuevos que el ideario del liberalismo introdujo en la cultura y en la percepción de la política de los catalanes del siglo XIX.

Quisiera poner sobre el tapete tres líneas de reflexión a propósito de estas cuestiones. La primera hace referencia a la «fabricación» del patriotismo liberal del siglo XIX . No siempre es fácil distinguir entre el protagonismo del Estado y el de los medios liberales, patricios y no patricios. Es cierto que, hacia el final y el cambio de siglo, y empujado por determinadas circunstancias críticas, el Estado liberal emprendió en toda Europa la cruzada educativa y conformativa que se supone que un Estado nacional debía efectuar. Ahora bien, durante décadas e igualmente después de aquella cesura, la responsabilidad máxima de articulación del Estado correspondió a los diversos grupos y corrientes que conformaban el universo del liberalismo emergente. Esto explica el enorme impulso hacia la nación mucho antes de controlar el Estado (en Italia y Alemania, pero también en Polonia o Irlanda) en lugares donde éste no se correspondía exactamente con ningún grupo nacional definido (caso del imperio de los Habsburgo) o la gestación y formación de nacionalismos sin estado de ningún tipo (como los serbios o croatas a ambos lados de la frontera imperial, o como en Noruega). La Cataluña del siglo XIX no construyó un patriotismo regional frente al Estado, antes al contrario: las fuerzas del liberalismo catalán participaron de forma completamente convencida en la construcción de la patria española común. Este hecho fundacional condicionaría la política y la psicología catalanas por lo menos hasta 1939, incluso cuando, por razones que es necesario explorar, una parte de Cataluña emprendió, hacia el cambio de siglo, la fabricación de una cultura de particularismo y diferencia que tenía que acabar cuajando en un proyecto nacionalista. Si planteamos las cosas así, la hipótesis de la débil nacionalización habrá de ser revisada, para poner mucho más énfasis en la estrecha vinculación entre la movilización política y los marcos de referencia de cultura e ideología en que se inscribía. Una vez establecida y discutida la autoría en la formación del patriotismo liberal, es preciso analizar con más detalle la formación del Estado liberal desde Cataluña, de la misma idea de España en Cataluña. No basta, a mi juicio, con acumular testimonios sobre la incapacidad del Estado, con resaltar una y otra vez su carácter débil y a la vez despótico. Hay que ir más allá. En términos de adhesión o resistencia, es vital establecer dónde se situaban exactamente los puntos de tensión: orden público, aparato simbólico, diversidad de intereses económicos. Ahora bien, una vez realizado esto, establecidos los hechos que apuntalan precisamente la gran narrativa de los agravios históricos, sería necesario establecer la contrapartida inevitable: la dependencia respecto de una tradición política foránea para asegurar aspectos básicos de la reproducción social, incluyendo una necesidad de protección militar, notoria y bien exhibida, de Llauder a Primo y Franco, pero no solamente esto, ya que, por precario que fuese el Estado español, es difícil pensar que no satisficiera ciertas demandas sociales: los que se dedican a la historia económica lo saben perfectamente.

Con esto sucede como con el libro de Anguera: la evaluación parcial de una de las caras de la moneda acaba por desfigurar un conjunto que es, por necesidad, más complejo. No quisiera sacar las cosas de lugar, pero es fácil entender que sería muy sencillo hacer una historia de los últimos veinte años del siglo XX amontonando testimonios de rechazo y menosprecio por España y el Estado –calificado de español como si de una realidad externa se tratara, como quería el conocido motto del gauchismo nacionalista, «Catalunya, nació sense estat»–, pero cualquiera que haya reflexionado un poco sobre la complejidad sociológica, organizativa, económica o cultural de la sociedad catalana se daría cuenta muy pronto de que las cosas no se estarían presentando como son. Regresando al siglo XIX , Cataluña era una sociedad demasiado moderna y el Estado era demasiado liberal (aunque fuera enclenque y poco desarrollado en muchos ámbitos) como para que pudieran meramente contraponerse entre sí, según lo presentaba el neorromanticismo historiográfico de los años treinta y lo quieren sus epígonos actuales, buena parte de los cuales son precisamente –y no es ninguna casualidad– funcionarios de aquel odioso leviathan. Si partimos de estas dos consideraciones –participación en la construcción de la España liberal e imposibilidad de mantenerse al margen de la vida estatal–, una tercera se nos impondrá inmediatamente. En efecto, si hay una idea absurda, curiosamente compartida a ambas orillas del Ebro, es la existencia de un centro y una periferia. Esta idea es vital para permitir a los historiadores españoles sostener su gran narrativa, la idea de un desarrollo del grupo que es fundamentalmente el de un designio estatal, asociado, por tanto, necesariamente, a la historia de la Castilla expansiva del siglo XIII a principios del XIX , cuando se transmutó en la España constitucional. Antiguamente –quiero decir para la generación que desarrolló las posibilidades máximas de aquella secuencia, la generación del Centro de Estudios Históricos– la duda sobre si aquella magna construcción imperial era la nación in nuce o más bien su negación, no fue ni siquiera planteada; pero tampoco parece que las generaciones posteriores vayan en esta dirección crítica, salvo las excepciones que son al caso. Mantener la hipótesis de unas periferias irredentas supone una licencia cómoda y fácil para la gran narrativa española. Así, la proyección hacia atrás es la propia y las reclamaciones de sociedades como la catalana durante el siglo XIX no hacen descarriar la lógica universal, hegeliana, del despliegue del estado-nación. Cuesta más entender, por idénticas razones, que esta lógica de «pueblos con historia» y «pueblos sin historia» sea aceptada por parte de otros. Sin embargo, se entiende que el esquema centro-periferia resulte igualmente cómodo para la historiografía catalana dominante. Pero si los argumentos que he defendido son aceptables, ha de ser fácil convenir que todas las sociedades peninsulares se hallaban, desde el siglo XVIII , en el mismo saco y, desde el siglo XIX , con toda la fuerza del propio convencimiento en el marco de las nuevas reglas del juego, lo cual no quiere decir que todas ellas leyeran y registraran el proceso de integración estatal y político de la misma manera. Esta es la cuestión, incluso en el trance de la floración del nacionalismo explícito de la generación de Prat de la Riba, de una lectura nacionalista que no tardará muchos años en inventarse los medios de rehacer la participación en el conjunto, ya fuese el imperialismo ibérico, ya la Espanya gran. Es en el segundo de los ensayos donde Riquer se acerca más a los problemas que intento plantear y, como es el que ha sido escrito más recientemente, pienso que el envidiable conocimiento de la historia política que Riquer tiene y demuestra lo lleva en esta dirección. Se trata de una dirección más problemática, pero también más rigurosa, que exige más sofisticación y asimismo –no lo considero contradictorio– tocar más con los pies en el suelo.

Quizás el problema estriba precisamente en tocar con los pies en el suelo. A un lado tenemos las narrativas heredadas, tan exigentes que parecen producir horror vacui a aquellos que las abandonan. A ello contribuye, además, la presión continuada de unos y otros nacionalismos para convertir su historia, su idea, su genealogía, en definitiva, su narrativa, en la historia del país. Del otro lado tenemos un conjunto de dudas y de interrogantes derivados de la misma materia de estudio y de las cambiantes exigencias de las ciencias sociales. Nada nuevo al noreste, nada que sea sorprendente en sí mismo.

 

* Reseña publicada originalmente en catalán en L'Avenç, 261 (septiembre 2001), págs. 63-67.

01/09/2002

 
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