ARTÍCULO

The West and the rest en el basurero de la historia

 

Es una responsabilidad mayor del mundo intelectual registrar periódicamente aquellas obras que señalan un parteaguas de relevancia en su campo científico. Sin hipérboles de ninguna clase, el último libro de Christopher A. Bayly es uno de estos indicadores fiables del nivel y alcance interpretativo de la historiografía en este principio de siglo. Basta comparar The Birth of the Modern World, 1780-1914 con la serie que cimentó el prestigio intelectual de Eric Hobsbawm, uno de los más grandes historiadores del siglo XX , así como su Industry and Empire, en la que éste condensó la historia del mundo moderno, para darse cuenta de la distancia que separa ambas tentativas ejemplares de apresar una materia tan vasta en una síntesis de dimensiones razonables. Distancia indudable en la factura intelectual de ambos proyectos, a pesar de que ambos reflejan cualidades que sus autores comparten. Sin ir más lejos: una vasta erudición, mínimo parroquianismo y desapego de las limitaciones de las historias nacionales, capacidad para distinguir el grano de la paja, habilidad extraordinaria para una descripción ordenada por la reflexión y la teoría. ¿Dónde se sitúa, entonces, aquella distancia antes invocada? Dicho con la mayor concisión posible: la historia que Hobsbawm contó tan brillantemente era la del triunfo de Europa y el mundo forjado por ésta (aquella entidad borrosamente conocida como Occidente) sobre el resto del mundo; la que hoy nos cuenta Bayly es la misma historia a través de una reevalución completa del peso de aquel y otros sujetos históricos. El gran fresco que pintó Hobsbawm con mano maestra se correspondía plenamente a las tendencias intelectuales de los años cincuenta y sesenta, un mundo en el que parecía que el camino abierto a finales del siglo XVIII por la revolución industrial británica y los ecos de la Revolución francesa (prolongados en apariencia por la rusa de 1917) se proyectó hacia los otros continentes para abrazar en una misma dinámica histórica los cuatro rincones del planeta.A finales del siglo XX , aquella pintura era difícilmente sostenible, por obvias razones de limitación congénita. El libro de C.A. Bayly ofrece una perspectiva distinta a la del historiador citado por el procedimiento de escribir de verdad la historia del mundo contemporáneo, buscando sus raíces en pasados en apariencia remotos en ocasiones, reconstruyendo las múltiples líneas de desarrollo que confluyeron en la formación de un mundo crecientemente integrado, desde las últimas décadas del siglo XVIII hasta la Primera Guerra Mundial. El resultado es un fresco impresionante, un hito intelectual que altera de manera más que sustancial la forma en que ha sido presentada la historia del mundo contemporáneo.

II
Para una historiografía tan (pen)insular como la nuestra, que gusta imaginar que las cuestiones llamadas «coloniales» constituyen un apéndice o prolongación de la historia europea, no será fácil captar ni el alcance ni el proceso intelectual que conduce a una obra maestra como la de Bayly. Unos breves apuntes sobre la brillante trayectoria del autor pueden ayudar a ello. Hasta la publicación de The Birth of the Modern World era ya una autoridad en dos campos de estudio de gran trascendencia y muy conectados entre síEl propio Bayly publicó una breve semblanza autobiográfica en su colección de ensayos, Origins of Nationality in South Asia. Patriotismand Ethical Government in the Making of Modern India, Nueva Delhi, Oxford University Press, 1988, pp. 307-322.. Bayly formó parte de la generación de historiadores que de la mano de Ronald Robinson, Jack Gallagher y Anil Seal, de un lado, y Eric Stokes en muy distinta dirección, emprendieron en los años sesenta la tarea de renovar por completo la vieja historia imperial británica, cuya identificación con el ethos del Imperio tardovictoriano difícilmente podía resistir la implosión que significó la descolonización a partir de 1947 y hasta la crisis de Suez del año 1956, que selló la definitiva debacle de las aspiraciones hegemónicas heredadas del pasado. El primer trabajo de Bayly consistió, como parte muy característica de aquel impulso de renovación y crítica, en un estudio sobre la emergencia del nacionalismo indio en Allahabad a finales del siglo XIX«Patrons and Politics in Northern India», en John Gallagher, Gordon Johnson y Anil Seal (eds.), Locality, Province and Nation. Essays onIndian Politics, 1870-1914,Cambridge, Cambridge University Press, 1973, pp. 29-68.. Sin embargo, sus trabajos posteriores lo condujeron en una línea visiblemente ajena a las preocupaciones de los historiadores antes citados, en lo que él mismo argumentó retrospectivamente como la división de la llamada «Cambridge school». En efecto, en los años ochenta Bayly publicó dos espléndidos estudios sobre la India de los siglos XVIII y XIX . El primero, Rulers,Townsmen, and Bazaars (1983), fue una pieza clave de una de las más renovadoras corrientes historiográficas del último cuarto de siglo. En pocas palabras, de aquel selecto grupo de historiadores de la India, entre los que deben citarse al ya fallecido Burton Stein, Sugata Bose, Frank Perlin y David Washbrook, que alteraron definitivamente la imagen de una India dividida políticamente y retrasada económicamente a la que los británicos habrían dominado con facilidad. El libro hundía su análisis en el siglo XVIII del norte de la India para encontrar las raíces del «capitalismo colonial», enfatizando las continuidades entre el antes y el después de la intromisión de la East Indian Company en los destinos del subcontinente. El segundo, Indian Society and the Making of the British Empire (1988), publicado como parte de la New Cambridge History of India, era al mismo tiempo un brillante ejercicio de historia india y de historia del Imperio británico, en el que la unidireccionalidad tradicional de los flujos de poder es sabiamente desafiada y alterada en aras de una perspectiva de manera radical atenta a relaciones de mutua influencia. Este libro prefiguraba de alguna manera el que sería su trabajo más conocido hasta el presente, la ejemplar síntesis Imperial Meridian. The British Empire and the World, 1780-1830 (1989). Se trató esta vez de un libro en apariencia de divulgación. Ni el reto de escribir una historia global de una de la entidades históricas más estudiadas en un momento de grandes cambios en todo el mundo, ni su poco convencional punto de partida, que no era otro que los tres grandes imperios musulmanes ­turco, safávida y mogol indio­, podían engañar al lector avisado. En aquella obra de aparente divulgación, Bayly mostró por vez primera el impresionante alcance de sus conocimientos e información, así como su capacidad de formalización de cuestiones extremadamente complejas. Por si fuera poco, el año 1996 publicó otro libro fundamental, destinado a renovar una parcela entera de la historia imperial y colonial, Empire and Information. Intelligence Gathering and Social Communication in India, 1780-1870. En este denso estudio, Bayly correlaciona brillantemente dos aspectos cruciales de la construcción del mundo moderno: la capacidad estatal para forjar culturas de control y conocimientos sobre los espacios dominados, en este caso la India británica, y la alternativa de los grupos sociales emergentes de las sociedades dominadas para reaccionar frente a este desafío reformando anteriores estructuras de cultura y organización comunitaria. El libro que hoy comentamos culmina y cierra un largo y ejemplar ciclo investigador, un ciclo que condensa una laboriosa y productiva tensión entre la incitación derivada del propio objeto de estudio y de los retos generales de la disciplina.

III
Como no es posible resumir en unas páginas la densa interpretación del período que Bayly ofrece al lector, trataré de sintetizar en torno a tres líneas generales algunas de las implicaciones que articulan el libro. La primera y más llamativa característica de The Birth of the Modern World, 1780-1914 es, como ya se indicó, la voluntad de escribir una «historia mundial» («world history»), en los términos que el autor justifica sobradamente al final del trayecto. No se trata de la pretensión habitual, esencialmente retórica, sino de una elección perseguida de forma inteligente y tenaz. O, en otras palabras, teóricamente justificada. El mundo de Bayly es un mundo «descentrado» en sentido etimológico, con diversos centros nodales compitiendo entre sí. El imperio chino y Japón, la India parcial o totalmente dominada, la Rusia de los zares, los grandes países europeos y sus imperios coloniales, Egipto y Ghana, la república norteamericana, son los grandes protagonistas del libro, en el marco de una compleja trama de interrelaciones que el autor es capaz de sostener a lo largo de las cuatrocientas páginas del libro. No se trata, sin embargo, de una polifonía de voces en términos de igualdad. Bayly construye las relaciones de fuerza entre los diversos protagonistas en una sofisticada evaluación paso a paso de la participación de cada uno de ellos en las tendencias de desarrollo histórico que caracterizaron, en opinión del autor, el cambio social durante el largo siglo XIX del que se ocupa el libro. Más allá de los grandes actores, existe una amplia gama de situaciones que incluye, en un extremo, a las poblaciones todavía no sedentarizadas de Asia y África (objeto del capítulo 12), una parte todavía muy relevante del mundo en el punto de partida del período del que Bayly se ocupa y de mucho menor entidad al término del recorrido. No busque el lector en el libro la enésima versión de las habituales descripciones de la hegemonía europea sobre el resto del mundo o, por extensión hacia el final del período, de hegemonía del mundo transcontinental de los europeos, si incluimos en él a Estados Unidos y otros países de población de procedencia europea. Esta no es la perspectiva del autor, una de cuyas aportaciones de mayor relevancia es precisamente el haber construido un modelo que evalúa de forma muy distinta el significado de la supremacía europea. Ciertamente ésta, cuando existió más o menos constatada, estuvo condicionada por múltiples transacciones en su relación con los grandes países colonizados y era muy frágil en aquellos otros como China o el imperio turco a finales del siglo XIX en los que las formas de control o presión desde fuera (la llamada «open door policy» de desmantelamiento arancelario, por ejemplo) no hipotecaron nunca del todo la autonomía de la estructura política y social autóctona.
Partir de la multipolaridad del mundo no significa relativizar la magnitud de la transformación histórica que tuvo lugar durante la etapa objeto de escrutinio. Bayly identifica los factores cruciales de cambio y los somete a una implacable estrategia expositiva que el lector atento captará sin demasiado esfuerzo. Consiste en aplicar un tratamiento homogéneo a las grandes cuestiones, que podría sintetizarse del modo siguiente: avanzar en la descripción de lo sucedido en los países europeos para rastrear sus variaciones fuera de Europa, por lo general en las grandes sociedades asiáticas, estableciendo, de este modo, analogías y diferencias. ¿Cuáles son las líneas argumentales establecidas de este modo a lo largo del complejo excursus al que el método que acabamos de exponer obliga? En cuatro etapas sucesivas (1780-1815, 18151865, 1865-1890 y 1890-1914), Bayly distingue fundamentalmente cuatro variables: la transformación de la organización económica (donde se estudian más las «industrious revolutions» en Europa y fuera de ella, a partir del concepto que acuñase Jan de Vries, con la revolución industrial como parámetro interpretativo de los años cincuenta y sesenta); el desarrollo del Estado; las prácticas y estructuras sociales asociadas al liberalismo, la nación y las religiones; la relación entre estos puntos nodales del desarrollo moderno y los mundos al margen (por ejemplo, las pequeñas sociedades en el marco de las sociedades en transformación o en sus periferias). En este punto conviene puntualizar algo, para mí fundamental. Bayly reniega de cualquier orden causal preestablecido. Ni la economía en los términos del economicismo liberal clásico o el marxista igualmente clásico, ni el poder de las ideas en la que ha sido la teleología esencial de la cultura liberal y la historiografía en sus vertientes académicas tradicionales, ni la fuerza del discurso o de cultura de la identidad, como gustan imaginar algunas revisiones actuales, son factores que al historiador inglés le guste jerarquizar. La complejidad de su propuesta parte precisamente de lo contrario, de su libertad para repensar las causalidades sin una ley de hierro que predetermine el resultado. El largo final del esfuerzo de Bayly no es otro que dinamitar con eficacia cualquier veleidad de «orientalismo» residual, pero no por el procedimiento habitual y contraproducente de conceder una excesiva importancia al discurso en esta clave, sino por el de evaluar con realismo historiográfico las capacidades de todos los sujetos en relación con un cambio histórico global.
El resultado de las tendencias al cambio antes explicitadas podrían definirse, en la perspectiva de Bayly, como una transformación conservadora. El mundo cambió su faz, pero a costa de reconstituir un orden jerárquico entre países y conglomerados sociales que retenía muchas de las características antiguas. La industria, el liberalismo democrático, el nacionalismo liberador o las aspiraciones redistributivas del primer y segundo socialismo, fueron algunos de sus motores de cambio, pero no tuvieron la fuerza suficiente frente a la lógica superior de la transformación general. De esta forma, Bayly se aleja por igual de la ingenua perspectiva de la historia social y marxista de antaño al tiempo que, rescatando parte de la inspiración de la perspectiva abierta en su día por Arno Mayer, no se deja atrapar por las implicaciones últimas de un nominalismo incapaz de registrar las mutaciones que por debajo de testas coronadas y orgullosas aristocracias cambiaron sustancialmente el lugar que ocupaban o el valor social de sus prerrogativas. La interpretación de Bayly del nacionalismo y las religiones desde esta perspectiva, ahondando en cómo la herencia de siglos anteriores fue modernizada y adaptada a las nuevas necesidades y exigencias culturales, da forma a dos de los capítulos más novedosos del libro. La lectura del segundo de ellos, en el que se enfatizan con tacto y sensibilidad las complejas funciones de las prácticas de culto o las funciones culturales de las religiones letradas, modernizadas en su difusión y élan cultural en el siglo XIX , es particularmente recomendable en un país donde estas cuestiones siguen ocupando un lugar sorprendentemente marginal. Por estos hábiles caminos muchas piezas del rompecabezas recobran su perdida entidad: ni los de arriba manejaron el mundo a su antojo, ni los de abajo determinaron con su resistencia ocasional o cotidiana cómo debería ser en el futuro. Unos y otros estaban atados por múltiples lazos y compartían culturas y formas de vida, cuya evaluación deberá rehuir toda imposición teleológica, venga ésta de donde venga. Formulado en otros términos, la lectura de un mundo en transformación por parte de Bayly se separa siempre de las formulaciones ideológicas legadas por los antepasados e integradas en las culturas intelectuales de nuestro tiempo, se trate de los incendiarios herederos de Adam Smith, de Benjamin Constant o del propio Karl Marx en su faceta más duramente profética.

IV
Es un reproche vano cuando se trata de trabajos de esta ambición intelectual hacer notar aquellos detalles de información o comprensión con relación a los casos en que el autor denota inevitablemente un menor nivel de información.Tampoco tiene mucho sentido sacar a colación algunos errores puntuales o algunas vacilaciones innecesarias contenidas en el libro, que las hay. Sí me parece relevante, en cambio, observar algunas cuestiones relativas a la perspectiva general, sólo cuando éstas pueden afectar a la estructura global del libro. Es decir, cuando de lo que se trata es de promover el debate intelectual con un texto que muestra una tan resuelta vocación por establecer una forma de ver una etapa histórica particular. En esta dirección me parece inexcusable señalar una carencia notoria del libro en todo lo que se refiere al mundo ibérico, al mundo con dimensiones universales que las sociedades peninsulares construyeron desde el siglo XV . No se trata de una puntualización del estilo antes mencionado, sino de algo más, que tiene implicaciones de gran alcance que trataré de desarrollar con la mayor concisión posible.
Es ciertamente arriesgado escribir una historia del mundo con el débil bagaje que el autor muestra en el caso mencionado. Una síntesis envejecida de la historia española contemporánea (la de Raymond Carr), una buena síntesis de historia de América Latina (la de Peter Bakewell) y los libros de David Brading y Alan Knight de historia básicamente mexicana, o de Franklin Knight para la esclavitud en Cuba, no son suficientes para acercarse en condiciones a un espacio de las dimensiones de aquél. La pobreza de lecturas en los casos portugués y brasileño y para el resto del extenso imperio lusitano es de parecido nivel. El resultado de una aproximación insuficiente al mundo ibérico europeo y a su presencia en otros continentes (América, África y Asia) se pone en evidencia por lo menos en dos objeciones de fondo que pueden y deben hacerse al libro. La primera se refiere al punto de partida del libro, la repetición de una carencia ya notoria en Imperial Meridian. En efecto, la desintegración de los imperios español y portugués, implosión en el primer caso y marginación creciente en el segundo, fue la condición de necesidad para la «archaic globalization» de los años 1780-1820 que sirve de partida al ambicioso recorrido de Bayly. La reorganización de los «imperios agrarios» fue de la mano de la penetración política, económica y cultural de los europeos en las grandes sociedades asiáticas, que en algunos casos pasaron a ser dominadas por los europeos. Es decir, cuando éstos empezaron a comportarse como sus precursores ibéricos del siglo XVI . En pocas palabras: a invertir un desmesurado esfuerzo (antieconómico al parecer) en el control y dominio sobre otras poblaciones. Sin embargo, resulta muy difícil imaginar esta cesura histórica fundamental sin las graves implicaciones de la sorprendente resistencia española y portuguesa a retirarse del Atlántico sur y del Pacífico. Esto es algo que sucedió escalonadamente desde mediados del siglo XVIII , que se aceleró a partir de la guerra de los Siete Años y que concluyó con la invasión napoleónica de las dos monarquías y el colapso inevitable de ambos sistemas imperiales. Esta doble historia de la contracción del mundo de unos y la expansión correlativa del imperio británico y de las armadas noreuropeas y norteamericana en el hemisferio sur no ha sido bien explicada. El peso de la teleología fundacional del mundo contemporáneo ­economía política, liberalismo de matiz evangélico­ deben haber contribuido a ello.
Mis reparos no son de matiz, ni mucho menos una reivindicación derivada de alguna forma de orgullo local, algo que quien firma estas páginas no es capaz de sentir por razones que es innecesario explicitar. Derivan de la constatación de que el olvido de una parte fundamental del mundo, en su organización de facto, antes de 1780, condiciona la estructura del conjunto del libro. Si algo distingue el libro de Bayly de tantos y tantos materiales de similar vocación es que no se limita a describir, sino que trata de apresar algo que constituye la quintaesencia de la tradición intelectual que, con todos los matices que se quiera, arranca de Karl Marx y se prolonga en Max Weber. Brevemente: la voluntad de apresar las razones del cambio histórico, el primum mobile, en sus propias palabras. Como hemos visto, el libro no se queda precisamente corto en esta pretensión esencial. Sin embargo, y sin pretender que las cuestiones que se citan a continuación estén del todo ausentes en el texto, es fácil tener la impresión de que existen algunas dinámicas de cambio económico y social que lamentablemente se difuminan en exceso en la elaboración del autor.Asumiendo el riesgo de resolverlo esquemáticamente, señalaría que la consecuencia del relegamiento antes mencionado condiciona un tratamiento demasiado liviano de la cara atlántica del crecimiento del mundo moderno. No me refiero en exclusiva a los aspectos más genuinamente económicos, sino a algo bastante más complejo cuyo encaje no resulta bien resuelto, a mi parecer, en The Birth of the Modern World. El siglo XVIII fue el del cenit de la compleja simbiosis entre los imperios ibéricos de España y Portugal y la economía de plantación en manos de sus competidores ingleses y franceses. Metales preciosos y productos tropicales de exportación eran la cara visible que sólo complejos sistemas sociales podían garantizar, en particular el trabajo forzado de los indios y la continua aportación de mano de obra de procedencia africana en régimen de esclavitud. Los circuitos económicos en torno a aquellos rubros se ramificaban hasta los más remotos confines del mundo, hacia el interior de África o hasta el corazón mismo de los sistemas monetarios de los grandes Estados asiáticosBayly mismo escribió un sugerente ensayo acerca de cómo los imperios emergentes a finales del siglo XVIII , en particular el británico, pasaron a establecerse sobre nuevas fuentes de riqueza en otros confines, en particular sobre las fiscalidades de la India y las rutas del opio. Véase «The First Age of Global Imperialism, c. 1760-1830», en Peter Burroughs y Anthony J. Stockwell (eds.), Managing the Business of Empire. Essays in Honour of David Fieldhouse, Londres, Frank Cass, 1998, pp. 28-47.. El elemento más dinámico de aquel sistema era la plantación esclavista, una fórmula económica que, mal que bien, subsistió hasta muy entrado el siglo XIX para ramificarse, luego, en diversas modalidades de trabajo no libre en América, África y Asia. Sobre este mundo convulso, en el que el abolicionismo antiesclavista y los conflictos de Haití y de la guerra civil norteamericana (acontecimiento del que Bayly resalta su importancia) son algunas de sus manifestaciones más visibles, las Américas se transformarán radicalmente en el siglo XIX al recibir un impulso espectacular de emigración europea, esta vez no forzada. En su hercúlea descripción de la transformación de los grandes imperios agrarios, el dinamismo del «go West, young man» de Horace Greeley no ocupa el lugar que merece. No es un problema de descripción, es algo que precisa ser evaluado y referido al núcleo central de la argumentación.
Todos pagamos un precio a la atención dedicada de manera preferente a determinadas cuestiones. El autor del libro que reseñamos forma parte del selecto grupo de los que pagan uno sólo liviano. A pesar de ello, las debilidades mencionadas delatan algo que debería articularse con precisión. El mundo históricamente globalizado de Bayly es aquel que mira del espacio británico hacia las grandes sociedades asiáticas, hacia Estambul, Calcuta, Pekín y Tokio, con derivaciones ocasionales hacia El Cairo, Moscú y Teherán. Es el mundo del Orient Express y de la PO Steam Navigation. Sin duda, es este un ángulo de visión formidable pero que, como todo, tiene un coste. En el mundo entonces ascendente, aquel que se sitúa en el centro de la propuesta interpretativa del autor, los factores de continuidad, permeación religiosa sin contratiempos, jerarquías continuamente reformuladas, Estados con poder creciente y capacidades renovadas, eran la norma. Más allá, en los espacios menguantes de los perdedores del sur de Europa y de otras partes del globo, las tramas de poder estaban sujetas a mayores alteraciones, revoluciones o involuciones destructivas, a fuertes discontinuidades. Sus crisis de identidad cultural y religiosa eran, en definitiva, de mayor entidad. En estos otros mundos, los procesos de secularización o los nacionalismos con fuerte implicación de ruptura con el orden anterior quizá tenían más sentido que en los espacios privilegiados en la perspectiva adoptada por el historiador inglés.
Estas tres objeciones entrelazadas en una gradación que necesitaría desarrollarse no tienen otro objeto que matizar el fresco maravillosamente esbozado por el autor. El último capítulo ofrece las claves de su propia concepción de la disciplina. Es difícil encontrar en menos páginas una reivindicación más elocuente de la historia como ciencia social, decisivamente orientada hacia la investigación del cambio histórico, abierta a lo sociológico y antropológico, sabiamente descriptiva pero al mismo tiempo con gran densidad teórica, inteligentemente argumentada sobre los diversos planos de la realidad. Inmune, finalmente, tanto a la inflación retórica posmoderna y poscolonial como a las razones ajenas a la disciplina, por filantrópicas o expresivas de la identidad que sean. ¡Qué alivio en los tiempos que corren!

01/02/2006

 
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