ARTÍCULO

El mundo según Kissinger

 

Aunque escrito antes de los atentados del 11 de septiembre, el último libro de Henry Kissinger no es en absoluto irrelevante. Pocos autores tienen la capacidad para analizar el conjunto de los problemas mundiales con igual perspicacia. Profesor antes que diplomático profesional, historiador más que teórico de la política, los escritos de Kissinger aparecen siempre revestidos de una singular autoridad. Por lo demás, la evolución del sistema internacional tras el 11-S dependerá, más que del terrorismo, del curso que tome la política exterior de Estados Unidos. De manera brutal, los norteamericanos han comprendido que forman parte de un mundo peligroso y complejo, del que no pueden escapar. De esa realidad, hasta hace cinco meses ignorada por sus líderes políticos, se ocupa precisamente Kissinger.

Los atentados no han modificado su punto de partida: por su propia preeminencia, Estados Unidos es el elemento indispensable de la estabilidad mundial. Pero, a principios del siglo XXI, el país se encontraba ante una paradoja. La democracia más poderosa y rica de la historia, en el sistema internacional más estable desde la Paz de Westfalia, no supo reforzar su liderazgo sobre las bases que requiere la era de la globalización. La política exterior de la última década ha sido, bien un reflejo de presiones internas –resultantes del equilibrio entre la Casa Blanca, el Congreso y los grupos de intereses– o bien una mera reiteración de las posiciones de la guerra fría. Otra razón explica esa paradoja: la indiferencia de la sociedad norteamericana hacia su condición de única superpotencia. El interés por la política exterior y por el mundo más allá de sus fronteras se encontraba, antes del 11 de septiembre, bajo mínimos históricos.

Kissinger dedica el primer capítulo del libro a reflexionar sobre esta actitud. Para una mente como la suya, formada en el estudio de Metternich y Talleyrand, era una tragedia que, ausente todo diseño estratégico, la política exterior de Estados Unidos dependiera de sondeos de opinión o de los intereses de determinados colectivos sociales o empresariales. O que se creyera que la interdependencia económica y el aumento de la productividad impulsada por las nuevas tecnologías asegurarían por sí solos la consecución de los intereses nacionales.

Para Kissinger, el triunfalismo tras la victoria en la guerra fría, la satisfacción con el statu quo y unos resultados económicos sin precedente explican la despreocupación de los dirigentes norteamericanos por el impacto político, social y cultural provocado por la globalización y la revolución tecnológica. Parecía como si Estados Unidos no necesitara una política exterior y pudiera limitarse a responder caso por caso a los problemas según fueran surgiendo.

La complejidad del mundo contemporáneo –acentuada por el desafío terrorista y la hostilidad islámica hacia Occidente– representa un considerable desafío para Estados Unidos, un país que siempre ha querido aplicar una única fórmula para el análisis del orden internacional. No sólo han desaparecido los paradigmas sino que –según Kissinger– existen hoy cuatro distintos sistemas internacionales: el formado por Estados Unidos, Europa y América Latina en un entorno caracterizado por la paz y la democracia; Asia, continente marcado por las rivalidades estratégicas y la búsqueda de equilibrios de poder; Oriente Próximo y Asia Menor, donde aún imperan los criterios religiosos y se discute incluso la legítima existencia de los demás; y África, envuelta en conflictos étnicos, catástrofes medioambientales y sanitarias.

El estudio de esas cuatro áreas ocupa la mayor parte del libro. Sobre todas ellas hay ideas interesantes, con un trasfondo común: el fracaso de la administración anterior. Al calificar de grave error la idea de que la globalización hacía innecesaria toda estrategia política, Kissinger realiza, sin nombrarlo, una crítica demoledora del presidente Clinton. Su opinión es aún más dura tras analizar, región por región, la política exterior de los años noventa.

La evolución de las relaciones entre Europa y Estados Unidos preocupa de manera muy especial al autor: «Durante la guerra fría, las crisis entre los socios atlánticos eran generalmente "disputas de familia", relacionadas con diferentes interpretaciones de los requisitos de un sistema de seguridad común. Hoy, es la definición misma de esa seguridad común lo que está en discusión». A Kissinger le alarma tanto la dilución del concepto de la OTAN –de alianza militar habría pasado a convertirse en un foro multilateral de seguridad colectiva– como la manera en que se está definiendo una identidad europea en materia de defensa. En su opinión, los europeos buscan crear un contrapeso a Estados Unidos pero sin estar dispuestos a poner los medios presupuestarios para conseguirlo, lo cual puede provocar el peor de los resultados: «perturbar los procedimientos de la OTAN y dañar la cooperación entre los aliados sin reforzar la capacidad militar de la organización ni conseguir una verdadera autonomía europea».

El problema de América Latina, tal como lo ve Kissinger, es si, por primera vez en su historia, la democracia y la economía de mercado se consolidarán o puede producirse, al menos en algunos países, un retorno del autoritarismo. Las desigualdades propiciadas por la globalización, la debilidad de las instituciones y la insuficiente madurez democrática de la región le llevan a preguntarse si las nuevas generaciones de políticos tendrán como modelo el populismo de Hugo Chávez o bien la eficiencia liberal de Fernando Henrique Cardoso. De la respuesta a ese interrogante dependerá el futuro del continente y de la política norteamericana. También de la evolución de las negociaciones comerciales, que Kissinger analiza con cierto pesimismo: «Si Washington no consigue formular una política clara y consistente, las naciones del hemisferio occidental negociarán con otros bloques regionales o formarán su propio grupo, con la exclusión de Estados Unidos». El antiguo secretario de Estado discrepa tanto del acercamiento entre Mercosur y la Unión Europea como de la política brasileña, orientada a integrar el continente sin contar con Washington.

Asia es el escenario de mayor complejidad geopolítica: a las tradicionales rivalidades históricas se suman la creciente autonomía japonesa y la aspiración de China y de la India a su reconocimiento como grandes potencias. Según Kissinger, Washington tiene que replantearse sus relaciones bilaterales con Tokio sobre la base de un nuevo equilibrio; debe mantener su alianza y presencia militar en Corea del Sur y evitar toda intervención directa en el diálogo entre las dos repúblicas; y, en cuanto a China, cree que debe evitarse toda estrategia de confrontación. El autor, buen conocedor de la República Popular, opina que lo que puede conducir a un enfrentamiento a medio plazo entre Pekín y Washington no es una nueva guerra fría global, sino el problema de Taiwan.

Oriente Próximo le permite volver sobre el anterior presidente: «La ironía del papel de Estados Unidos en el conflicto árabe-israelí es que el intento en el último año de la administración Clinton de solucionarlo definitivamente puede haber convertido un problema difícil en irresoluble». Para el viejo realista político que es Kissinger, un conflicto en el que se niega la legitimidad de la otra parte nunca tiene fin: «la propuesta más realista consiste en plantear una definición de coexistencia». La peor posición para Estados Unidos, como ocurrió en Camp David en julio de 2000, es la de «parecer más deseoso de llegar a un acuerdo que las mismas partes».

Hasta aquí, Kissinger ha seguido un enfoque diplomático clásico: grandes potencias, estrategias, esferas de influencia, conflictos territoriales. Sólo en los dos últimos capítulos examina el impacto político de la globalización y el debate sobre las intervenciones humanitarias. Su descripción de la interdependencia no es precisamente la que uno esperaría de un conservador: Kissinger reconoce los riesgos de una excesiva dependencia mundial de la prosperidad norteamericana, así como la creciente desigualdad entre y dentro de las naciones. El realismo se impone, una vez más, a la ideología: «Las élites globalizadas comparten valores y tecnologías, mientras que la mayoría de la población se ve tentada por el nacionalismo, la identidad étnica o una diversidad de movimientos con los que liberarse de lo que se percibe como la hegemonía de la globalización, con frecuencia identificada con la dominación norteamericana».

El impecable análisis de las fuerzas de la integración económica y tecnológica contrasta con el tratamiento que hace Kissinger del neointervencionismo y de la idea de una justicia global. El autor se remonta a la Paz de Westfalia para recordar que el sistema internacional respondía al problema de la violencia entre estados; nunca a los conflictos internos derivados de guerras civiles, tensiones étnicas o violaciones de derechos humanos: el orden mundial «se ocupaba de la paz y dejaba la justicia a las instituciones nacionales». Según Kissinger, hoy se piensa lo contrario, «la paz deriva automáticamente de la justicia» y, porque no puede confiarse en que el estado-nación la asegure, «es necesario contar con algún tipo de autoridad supranacional autorizada a recurrir a la fuerza para proporcionarla». Personalmente vinculado con Pinochet, no debe sorprender que el antiguo asesor de seguridad nacional piense que los abogados han sustituido a los estadistas.

El pragmatismo del autor encuentra aquí su punto débil. Kissinger critica las intervenciones de Estados Unidos en Somalia, Haití, Bosnia o Kosovo, donde no cree que estuvieran en juego intereses norteamericanos, así como la hipocresía de mantener criterios morales en los Balcanes pero no en Chechenia, y aprovecha para poner una vez más en solfa la incoherencia de Clinton. Pero así como el autor entiende la transformación de la naturaleza de las relaciones internacionales que implica la globalización, se niega a reconocer una dimensión inevitable de ese mismo proceso: la relativización del concepto de soberanía y la emergencia de una jurisdicción universal contra los responsables de delitos contra la humanidad. Con el argumento del peligro que supone «sustituir la tiranía de los gobiernos por la de los jueces», Kissinger pierde su característico rigor: otorga a los jueces una capacidad discrecional para actuar de la que en realidad carecen y descalifica al Tribunal Penal Internacional sin tener en cuenta las limitaciones que este mismo se fija en sus estatutos para proceder.

Sus últimas reflexiones son un buen reflejo del paso a otra era. Tanto el mundo de la realpolitik estudiado por Kissinger en su juventud –el equilibrio europeo del Congreso de Viena– como el orden de disciplina que representó la guerra fría, pertenecen definitivamente al pasado. El 11-S ilumina la década anterior y ofrece una perspectiva desde la cual analizar la revolución ocurrida desde 1989. Kissinger ha hecho un esfuerzo por comprenderla, pero su marco de referencias –un sistema internacional formado sólo por estados y un enfoque meramente geopolítico de la diplomacia– resulta insuficiente para abordar la nueva complejidad.

01/10/2002

 
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