ARTÍCULO

El lazarillo de Trinidad

Duomo, Barcelona
Trad. de Ramón de España
790 pp. 22,80 €
Debate, Barcelona
Trad. de Flora Casas
202 pp. 19,90 €
Debolsillo, Barcelona
Trad. de Jordi Beltrán Ferrer
330 pp. 8,95 €
Debolsillo, Barcelona
Trad. de Ester Donato
316 pp. 8,95 €
Mondadori, Barcelona
Trad. de Francisco Gurza Irazoqui y Victoria Malet
322 pp. 21,90 €
 

V. S. Naipaul es uno de los escritores más intransigentes que existen. Sabemos ahora, en escabroso detalle, que también fue intransigente en sus dos extensas y paralelas relaciones amorosas. Hasta la publicación de La sombra de Naipaul, de Paul Theroux, a finales de los años noventa, su vida privada había estado efectivamente en la sombra, pertrechando su escritura pero nunca expuesta en ella, como si quien redactara esos libros se introdujera asombrado y solo en el mundo. En sus penetrantes lecturas del Caribe y de África escritas en las décadas de 1960 y 1970 y recogidas en Los simuladores, En un estado libre y Un recodo en el río, los tres reeditados recientemente en castellano, su capacidad de observación nos acerca sin condescendencia pero con compasión a esos mundos y a los individuos que los habitan. El lector queda asombrado de su capacidad para internarse en realidades tan distintas sin necesitar a nadie, como un huérfano superviviente y deslumbrado en sus descubrimientos y sus propias necesidades básicas. La misma indefensión tuvo cuando, de la isla de Trinidad, llegó a estudiar a Oxford. La ausencia dentro de sus libros de las dos mujeres que apuntalaron la parte práctica, sentimental y sexual de su existencia no es una negación del otro, sino una estrategia de desplazamiento para plasmar su escritura de la manera más efectiva, sabiendo que esa realidad vendría de nuevo, como una marea enorme, a reacomodarlo todo en su momento.
A partir del libelo de Theroux empezaron a salir a flote muchas de las anécdotas que motean la vida privada del escritor trinitense, dibujando un paisaje inquietante y ominoso. Gracias a la ordenada y meticulosa biografía de Patrick French, El mundo es así, tenemos ahora una visión extensa. French tiene una enorme sintonía intelectual con Naipaul y nunca cae en los abismos que éste prepara para los incautos. Sabe sortear los muchísimos meandros de antipatías, exabruptos y mezquindades de Naipaul, y el retrato que hace es mesurado y equidistante. Es infatigable en la persecución de fuentes y el rastreo de lo que pueda tener significado. No se le escapa nada y su interpretación es impecable. Literalmente, no deja títere sin cabeza. Además, incorpora una revisión de las críticas que cada libro recibió, lo que la convierte en una inagotable fuente de consulta. Sobre Naipaul, lo que no está ahí, ahí hay que buscarlo. Excepto el nombre del biografiado, que los editores olvidaron poner en el lomo del libro a pesar de ser parte del título.
En Naipaul, la combinación de una congruencia crítica imperturbable y una inmensa compasión iluminan vistas insospechadas, pero, paradójicamente, la capacidad de introspección le está vedada. En la literatura inglesa, sólo el doctor Johnson da cabida a tanto afecto y mezquindad en un mismo individuo. En ese desequilibrio y enigma, en la madeja intelectual enredada en sus emociones, radica la fuerza de su escritura. Allí es donde fermenta. Sin embargo, el calado de las interpretaciones de French es insuficiente para entrar en la complejidad de la relación entre vida y escritura en Naipaul. Es demasiado impoluto. «Creo a ciegas en las pruebas –le cuenta– en que la verdad es maravillosa y que toda verdad manipulada es un espanto. La verdad manipulada no es una verdad. No destruí nada. Creo que es fundamental que todo se mantenga completo». Y aunque el biógrafo no lo deshila, Naipaul se encarga de ponérnoslo enfrente. Que no tuviera contención, y que fuera capaz de una crueldad infinita, no quiere decir que no se diera cuenta de que eso también participaba de su escritura, muchas veces trasladado a los personajes. Utilizaba su propia fealdad moral para ver en los otros. Por eso vale la pena sondear en las tortuosidades y torturas de este gran escritor. En ese frotamiento y fermento entre fortaleza y debilidad radica su capacidad para interrogar al mundo.
El Lazarillo de Tormes, que se perdió con otros documentos camino de la biblioteca de la Universidad de Tulsa, es el único libro que Naipaul ha traducido del español. Es sintomático que haya escogido una novela cuya estrategia ondulante es la delación y justificación del propio relator. Basado en una reticencia, Lázaro recorre minuciosamente un pequeño territorio devastado por la pobreza y el hambre. Cuenta su vida para mostrar desde una exterioridad no descrita una situación social de la que se ha salvado gracias a sus instintos de supervivencia, casado con la amante del cura. En la estructura del clásico castellano, la voz narradora no cuenta la situación personal del escritor, ni siquiera juzga sus propios actos. Siempre movido por la necesidad y la supervivencia, Lázaro va cambiando de amos y, más allá de sus astucias y engañifas, lo que importa es el mosaico de personajes que observa y que narra. Del mismo modo, Naipaul recorre sus territorios, tanto de ficción como periodísticos, como un observador partícipe, en un mundo equivalente al de Lázaro, lleno de ingenio, humor, maldad y bienaventuranza. Como el autor del Lazarillo de Tormes, Naipaul da dos pasos atrás, no para ocultarse, sino para ejercer una marca vulnerable en lo que cuenta.
Al final de su ensayo «Maneras dispares», recogido en El escritor y los suyos, escribe V. S. Naipaul: «En este mundo desequilibrado se necesita más que nunca la visión demediada de los clásicos, la habilidad de ver y no ver». La frase es elíptica y apunta en muchas direcciones. En un sentido inmediato, está dirigida a explicar la vinculación, en la obra de Cicerón y Julio César, entre lo que escribieron y lo que no supieron ver, no supieron decir o directamente callaron. Luego, a investigar si esa vinculación, mediante un metabolismo difícil de seguir, les otorga su calidad de clásicos. A ese vínculo desequilibrado Naipaul lo llama «una visión a medias» («demediada», dice la traductora Flora Casas, supongo que por influencia calvinista). Es decir, una visión simultánea de enorme profundidad y de total oclusión, tan desequilibrada como el propio mundo, pero por eso mismo capaz de acceder a niveles de penetración en lo real que de otra manera no se darían. Como la que Lázaro nos da. Los clásicos son clásicos, parece decir Naipaul, porque lo que dicen está en directa relación con lo que nunca llegan a tocar. Italo Calvino, para traerlo de nuevo a colación, escribió que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Siguiendo a Naipaul, esto es resultado de esa visión a medias, de esa habilidad para ver y no ver al mismo tiempo. Pero quizá más que a los clásicos, sus palabras ayudan a explicar al propio Naipaul. Los autores estudiados son el pretexto que encontró para indagar lateralmente en su propia vida y escritura. En su caso, ese desequilibrio hace que la compasión vaya unida a la inclemencia. Podríamos aventurar que esa acción simultánea de ocultamiento e iluminación es lo que permite a sus libros seguir activando lecturas.
La escritura de Naipaul utiliza su vida, se alimenta de ella, la encarniza y la enriquece. En un discurso de 1994 citado por French en su introducción, Naipaul dijo: «La vida de los escritores es un tema legítimo de investigación y la verdad no debería ocultarse. De hecho, es muy posible que el relato completo de la vida de un escritor acabe siendo una obra más literaria y reveladora –de un momento cultural e histórico– que los propios libros del escritor en cuestión». Porque incluye a los otros. Para dar un ejemplo, el Borges de Bioy Casares es ya una extensión de vida y escritura, y de una manera siniestra forma un continuo textual con la obra de ambos autores. En el caso de Naipaul, si bien es cierto que las dos mujeres que compartieron su existencia sufrieron inmensamente, quedarse sólo ahí es empobrecer no sólo la obra de Naipaul sino la vida de ellas. Con una tuvo una relación sexual que enriqueció a los dos durante años, y con la otra una relación amorosa que también les hizo crecer y vivir. Reconocer esto reivindica la vida de ambas, y también su complejidad, su imprescindible participación en la escritura. Los libros de Naipaul, sin mencionarlas, son un homenaje a ellas. También a los otros, que participan de la vida. El Lazarillo de Tormes proyecta su sombra en la obra de Naipaul y explica su condición de pícaro en un mundo hostil, indispensable para sobrevivir y contarlo.

01/04/2010

 
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