ARTÍCULO

El mundo en sus manos

Alianza, Madrid, 1996
Trad. de J. L. Gil Aristu
483 págs.
 

En el campo de las ciencias sociales, el triunfo editorial parece hoy la meta de no pocos autores, desde los diletantes hasta los más ilustres especialistas, impulsados ya sea por afán de difundir el saber al común de los mortales, o por motivaciones menos altruistas. El anuncio de la publicación de esta Historia íntima de la humanidad explicaba que su autor, profesor de historia en Oxford y autor de la muy valiosa France (1848-1945) (2 vols., Clarendon Press, Oxford, 1973 y 1977), había salido de las bibliotecas, tras siete años de encierro, a hablar con la gente. Así habría nacido esta curiosa pieza de historia de las mentalidades, traducida ya a once idiomas y se diría que orientada desde su misma concepción al éxito de ventas. La contraposición entre el encuentro personal y la reclusión erudita evoca la tópica dicotomía entre vida y arte, que en efecto impregna este libro centrado en el ámbito de los valores y las relaciones personales nada menos que de la Humanidad en su conjunto y en todo tiempo. Cada capítulo se abre con una breve historia de vida de mujeres francesas –de clases ilustradas en su mayoría– y se cierra con una extensa bibliografía sobre «cómo hombres y mujeres han aprendido poco a poco a tener conversaciones interesantes», «cómo la gente se ha librado del miedo descubriendo nuevos miedos» o «por qué resulta cada vez más difícil destruir a los enemigos». Zeldin sabe cómo atraer la atención del lector. Quizá por ello alaba la curiosidad, «convertida en clave de la libertad», e invoca el espíritu de eminentes viajeros como René Descartes, Alexander von Humboldt o Richard Burton, ajenos a la especialización que ordena el saber actual. En France, Zeldin ironizaba sobre la imposibilidad de abarcar la ingente literatura académica sobre el tema que le ocupaba (Francia, el acento de la cultura francesa en la inteligencia, su consciencia de nación ilustrada, las elites intelectuales, etc.). Ahora tacha de autodestructivo el imperativo académico de especialización, no sólo porque limita la curiosidad del investigador, sino porque produce un «silencio ensordecedor» en boca de los pares del estudioso. Éstos otorgan cicateramente su reconocimiento, mientras pugnan a su vez por ser reconocidos en un angosto salón de espejos.

Al abandonar la atalaya del academicismo, Zeldin se ha adentrado ahora en algo muy parecido a la divulgación, uniéndose a la reciente popularización de la historia de las mentalidades. Y ha tenido que pagar un alto precio. Los relatos de las mujeres carecen de justificación teórica, más allá de la explícita intención de que nos reconozcamos en ellos. Parecen, pues, una concesión a un vago feminismo. Sin hilo conductor ni hipótesis alguna que los enlace entre sí ni con los demás capítulos, estos relatos se vuelven completamente superfluos al avanzar la lectura. Por otra parte, el grueso de los capítulos está formado por una sucesión de temas, ligeramente hilvanados, cada uno merecedor de unos cuantos párrafos. La yuxtaposición de asuntos y los frecuentes saltos en el tiempo y el espacio implican una levedad teórica tal que acaba por producir irritación, al menos en el lector poco versado. Sobre todo porque Zeldin ofrece a veces un cebo goloso para levantar la caña en seguida: así cuando interpreta la Reforma protestante como un peculiar disolvente de miedos (al infierno y al purgatorio) en el capítulo 4, o cuando apunta a la transformación del ideal de fraternidad: «Todo individuo está constituyendo lentamente una confederación de individuos personalmente escogidos» (pág. 382). ¿Se referirá acaso a Internet?

La confusión, producto de la acumulación de información sin desarrollar, se ve a veces compensada con una fina ironía destinada a los que saben de qué van algunos asuntos que esta historia magna describe. Así se entienden las ácidas alusiones a la tradición utilitaria, hoy tan en boga, que desprecia la acción social altruista: «Los científicos que han estudiado estas cuestiones han sido habitualmente mordaces y han hecho hincapié en que esta clase de personas [las altruistas] siempre quieren algo a cambio y que la envidia es uno de los subproductos necesarios de la existencia, como el anhídrido carbónico» (pág. 384).

Quizá haya que leer este libro al revés, comenzando por la conclusión, donde Zeldin desvela su objetivo: «He intentado ofrecer una base sobre la que construir no una retirada de los asuntos públicos en un repliegue hacia las obsesiones privadas, sino una conciencia de lo que es más genuinamente público, lo que comparten los seres humanos» (pág. 460). La identificación de lo público con lo compartido nos remite a algunos de los supuestos que el autor deja caer aquí y allá. Como por ejemplo, que «no hay felicidad completa si se es egoísta. No ser de provecho para nadie acarrea el descontento con uno mismo» (pág. 373). O que «es difícil realizar cualquier cosa sin recibir ayuda o inspiración de fuera de uno mismo» (pág. 456). A la tríada privacidad-independenciaautoanálisis opone Zeldin los valores fraternidad-interdependenciacuriosidad. Frente a un obsesivo cuidado de sí, Zeldin apunta al valor moral y a la función social de la compasión como parche de la anomia que engendra el proceso de individualización.

Es este proceso, aunque Zeldin no emplee tal expresión, lo que explica la creciente dificultad que tienen hombres y mujeres para entenderse, no sólo porque poseen estructuras cognitivas y morales diferentes (ellos buscan en la conversación soluciones a problemas concretos y exhiben su necesidad de supremacía, mientras que ellas piden acercamiento y calor) sino también porque, en el proceso de transformarse en iguales, hombres y mujeres carecen hoy de «tecnologías adecuadas» para la seducción. Tales son algunos de los muchos temas tratados en esta obra. Es un libro con el cual se puede pasar un rato agradable si no se busca otra cosa que pasear por las intimidades de una historia inconcreta y vistosa.

01/08/1997

 
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