ARTÍCULO

Entre Corte y Estado: el mundo del favorito

 

Como soberanos, casi. Los favoritos o validos ocupan un lugar crucial en el imaginario histórico europeo. Figuras como Olivares, Richelieu y Buckingham mantienen una impronta durable en la imaginación colectiva. Entre mediados del siglo XVI y finales del XVII, resultaron ser los verdaderos decisores acerca de paz y guerra, del control de las finanzas, de la distribución de la gracia regia. Pivotando sobre una delegación regia que en ocasiones casi carecía de límites, dirigieron la política europea dando sentido a toda una época. En la noche barroca, antes de que el Rey Sol desplegase las pretendidas virtudes del absolutismo, apareció otro astro, una luna que –como escribía Quevedo– reflejaba la luz del monarca.

Mediador entre soberano y súbditos, el favorito fue el instrumento de un monarca resignado a reinar pero no gobernar, delegando cargas, y en parte honores, en un hombre de total confianza y aquilatada virtud, a menudo, aunque no siempre, un amigo íntimo. Tan crucial relación informal presenta una fisonomía variable según el contexto nacional y la época. Oscila entre un nexo de cariz totalmente personal y otro más frío y formal, como el que entrelazaba a Luis XIII y Richelieu. En todos los casos, sin embargo, el poder delegado por el soberano desbordaba cámaras y corredores de la Corte para asentarse en los Consejos de Estado y altas esferas administrativas, allí donde se decidía acerca de los impuestos y las mercedes, las treguas y las campañas, los oficios de mando y la correlativa obediencia.

En términos generales, el tiempo de los favoritos no ha dejado tras sí un recuerdo positivo. El ministro privado ha representado la quintaesencia del triunfo de la política pura. Sobre el valido han venido a arreciar las críticas de todos aquellos que eran adversarios del crecimiento del poder regio o de las costosas políticas belicistas y dinástico-nacionalistas que le iban a la par. Vilipendiado como usurpador del poder legítimo, corruptor de la moral pública, cuando no auténtico tirano, se convirtió en blanco evidente para todas las críticas, mediando el topos del mal consejero del soberano. Su ascenso fulminante, o repentina caída, dependiente de una delegación soberana incierta, prescrita por los tratadistas como caprichosa y volátil, han sido siempre leídos a la luz de los ejemplos de la Antigüedad clásica –como el de Sejano, favorito de Tiberio– o a través de casos históricos más recientes ––como el de Álvaro de Luna, privado de Juan II de Castilla–. También la Biblia ofrecía motivos de reflexión, con las figuras de Mardoqueo, Asuero, Aman. En la memoria colectiva los ministros favoritos se asocian con una época no en vano conocida como «siglo de hierro», tiempo de guerras y fiscalismo rampante, de querellas dinásticas y confesionales, de expansión de la máquina estatal y de crisis económica. Más tarde, en la reconstrucción de los historiadores se han convertido en símbolo de una precoz voluntad de poder, de una política desprejuiciada que se quería absoluta, en todo caso sólo recuperados ––es el caso francés– en el marco de una visión gradualista y acumulativa de construcción del estado moderno, puente frágil entre la grandeza fundadora de Enrique IV y el indiscutido apogeo de Luis XIV.

En tiempos recientes, el interés hacia la figura del favorito ha conseguido zafarse de una retratística histórica interesada sobre todo por la dimensión psicológica (y patológica) de la relación entre soberano y favorito, para apuntar hacia una más meditada reflexión sobre el papel del favorito en la fase inicial de construcción del moderno estado nacional. En el caso español, fue Francisco Tomás y Valiente quien intentó reconducir la figura del valido hacia una dimensión institucional, interrogándose acerca de su papel en el cuadro del crecimiento burocrático de la máquina estatal, y sobre todo de la difícil gestión de la complicada estructura polisinorial paralela al declive del cuadro secretarial.

También en Francia se ha insistido largamente sobre la dimensión ministerial del favorito, insistencia explícita en el uso del término ministériat para indicar el fenómeno. Por su parte, la historiografía anglosajona (también la alemana) iniciaba, desde los primeros años ochenta, una acentuación de la vertiente clientelar de la práctica del poder, de la creación de entramados de fidelidad que tenían como referente al favorito, de la gestión, en fin, del patronazgo regio. Aspecto importante de esta reorientación era la nueva atención que recibía el mundo de la Corte, lugar natural para una «cultura del don» inseparable de la corrupción, teatro de un refinadísimo ceremonial y de aristadas contraposiciones faccionales. Desde este punto de vista, el favorito emergía como una figura a la vez antigua y nueva, trasunto de viejos esquemas y vector de nuevas urgencias. Podía vérsele, ya como exponente de una clase aristocrática que, marginada del núcleo de la decisión política por togados y secretarios, recobraba así el control del poder político; ya como necesario expediente a disposición de las principales monarquías para superar el abismo, cada vez más a la vista, entre las capacidades de un soberano educado según módulos caballeresco-religiosos, y una práctica de gobierno ampliada en un sentido ineluctablemente burocrático.

Tal y como subrayaba Jean Bérenger en 1974, el fenómeno revestía, por lo demás, una evidente dimensión transnacional: a partir de finales del quinientos, y hasta la década de los sesenta del seiscientos, el modelo de ministro-favorito aparecía en todas las principales monarquías europeas. Ha sido sobre todo John Elliott quien ha indagado sostenidamente esta perspectiva, construyendo primero un sugestivo paralelo entre la vida política de Olivares y la de Richelieu, y luego publicando una monumental biografía del Conde-Duque.

Y vuelve a ser Elliott quien ahora, junto con Lawrence Brockliss, promueve un libro colectivo de síntesis sobre el tema, recogiendo diecisiete contribuciones de estudiosos de diversos países. Se trata de un ambicioso intento de repensar la problemática del favorito a escala europea, primando el análisis comparativo y evitando recluirse en estrechos esquemas nacionales.

El título de esta recopilación, El mundo de los validos, enuncia ya el proyecto, explícito en la Introducción de Elliott, de extender la reflexión sobre el favorito a los aspectos lato sensu culturales y no estrictamente políticos. Toda una sección, la tercera, se dedica así a las Representaciones del favorito, esto es, a la creación y proyección de imágenes del favorito mediante la palabra escrita y las artes. Así, Blair Worden indaga con finura la figura del favorito en la dramaturgia de la época, donde aparece como un individuo maquiavélico, arribista, disimulador, ebrio de poder y de grandeza.

El contrapunto a las páginas de Worden son las que Jonathan Brown dedica a la representación pictórica de los tres mayores ministros de dicho siglo de sombras: Richelieu, Olivares y Buckingham. Brown ilustra aquí las técnicas, estrategias y estilos de propaganda utilizados en las obras más significativas de Rubens, Velázquez y Poussin.

Como culminación de este recorrido, el ensayo de Antonio Feros reconstruye las imágenes del favorito en la literatura política inglesa, francesa y española, atento a mostrar no sólo la construcción de una imagen negativa, sino también los intentos de articular una visión positiva del favorito. Si bien la opinión contraria al papel del valido desarrolla temas notoriamente similares en toda Europa, es en los diferentes grados de elaboración de un discurso favorable donde resulta posible parangonar las diferencias de contexto nacional: una posición favorable al valimiento generada en España a partir de los años ochenta del siglo XVI conseguirá afirmarse en Francia sólo mucho más tarde, y pugna por abrirse camino en Inglaterra.

La contribución de Orest Ranum analiza aspectos del lenguaje político ligados a la presencia del favorito, en particular aquellos que sirven para la justificación o crítica de la creación y acumulación de riqueza, poniendo en evidencia aquí varios matrices que van de la casuística española a la gramática social neoestoica. Si por una parte resulta arriesgado sostener que el ministro-favorito del siglo XVII resulta exclusivamente un constructo tacitista, no puede dudarse, sin embargo, de que ciertos elementos culturales neoestoicos infiltran y modelan el modo de pensar y de actuar, en una peculiar combinación de prudencia y audacia, disimulo y voluntad de poder, modestia y concupiscencia. Puede afirmarse, en términos generales, que de este grupo de ensayos provienen interesantes sugerencias comparativas, y elementos enormemente sugestivos, que sin embargo no siempre encuentran eco en el resto del volumen.

La primera sección del libro, El surgimiento del ministro-favorito, aborda un tema de enorme relevancia: ¿cabe distinguir netamente los rasgos de identidad del ministro-favorito o valido de los de los favoritos precedentes? Y de ser así: ¿cuándo y por qué se verifica tal transformación? En conjunto, los ensayos que se presentan, aunque interesantes y bien trabados, no permiten responder a este interrogante. De hecho, el volumen en cuestión renuncia en esta parte a su intención comparativa para ofrecer estudios de caso de significación diversa: más perspicaces en la sección inglesa, por lo demás sobrerrepresentada, menos en la francesa y, sobre todo, en la española. El trabajo de James Boyden, de hecho, trata de ofrecer un trasfondo propio de los siglos XV y XVI para el surgimiento del valimiento, pero elude la cuestión principal: ¿se puede afirmar, como se viene sosteniendo repetidamente, que el segundo ministerio de Felipe II constituye el momento fundamental del nuevo estilo de gobierno? ¿O que la junta de noche sea el modelo para las juntas del «gobierno extraordinario» del siglo XVII ? ¿O que en la afanosa actividad de un Diego de Espinosa, primero, o un Cristóbal de Moura, después, sea posible entrever signos de la transformación, del afirmarse de un nuevo estilo de gobierno, fundamentalmente delegado? El peso de este conjunto de interrogantes termina por recaer sobre los hombros, sólidos por lo demás, de I. A. A. Thompson, autor de un importante ensayo introductorio dedicado al background institucional en el que se inscribió el ascenso del ministro-favorito. La respuesta de Thompson es tajante: existe una discontinuidad entre los privados del pasado y los validos del XVII. Mientras los primeros encontraron un límite preciso a la influencia propia en la de otros jefes de facción, los segundos llegaron a monopolizar casi completamente tanto el espacio del poder político cuanto el del patronazgo. Los validos, recuerda Thompson, actuaban al margen de los canales institucionales, forjándose siempre entramados propios de fidelidad de base clientelar que luego se activaban a tenor de unas líneas políticas precisas. Thompson subraya justamente la exigencia de distinguir con precisión entre el valido del XVII y el favorito anterior, incluso si quizá tiende a forzar la contraposición, tensándola hasta la discutible afirmación de que las clientelas del siglo XVI, a diferencia de las del siguiente, fueron «individuales y no sistemáticas, sociales y no políticas».

Cabe compartir, incluso con la reserva mencionada, la inspiración general del trabajo de Thompson, a saber: considerar el afirmarse del valimiento como un proceso de desinstitucionalización y politización determinado por exigencias de control de la compleja máquina polisinodial, y de rapidez y eficacia del sistema de toma de decisiones. Reside su esencia, y su fuerza, afirma Thompson, no en pivotar en torno a la justicia distributiva, sino en desenvolver un encargo extralegal atenido a la razón de estado. Esto es así sobre todo en el caso español, pues en el inglés o el francés se manifiesta una tendencia a mantener una mayor distinción entre espacio ministerial y espacio del favor del soberano. Thompson es perfectamente consciente de que una de las razones del éxito y posterior desaparición del valimiento reside en las relaciones entre el ministro-favorito y la aristocracia de corte, pero se limita a levantar acta de la extrema variabilidad de tal relación sin intentar periodizarla en los correspondientes contextos. Esta renuncia resulta tanto más vistosa cuanto que lleva la contraposición entre favoritos y validos hasta el extremo de considerar a estos últimos como reformadores, trasunto de arbitristas preocupados por los males del Estado.

En este balance de las transformaciones que conducen a la figura del ministro-favorito, no hubiera sobrado una reflexión sobre el papel desempeñado por el modelo español, y en particular por los efectos de la llegada al poder del duque de Lerma. La influencia de Francisco Gómez de Sandoval sobre el joven Felipe III carece por completo de precedentes, y se acompaña por una ilimitada disponibilidad del patronazgo regio, así como por la inauguración de un nuevo –y espléndido– estilo cortesano. La construcción del entramado de fidelidades personales que conduce directamente a Lerma, la interposición de servidores privados del Duque en los más delicados ganglios de la administración, el estilo consensuado con el que Lerma pone a disposición de las ambiciones, exigencias y caprichos de la más alta aristocracia castellana el patrimonio de la Corona no encuentran en el libro un subrayado adecuado. Sólo si la comparación se mantiene en un plano abstracto se puede considerar a Lerma un favorito como los demás: en el plano histórico concreto, su ascenso significa la afirmación, en el marco de la más potente y admirada monarquía de Europa, de un modelo muy preciso de gobierno, un nuevo estilo de grandeza basado sobre el monopolio del patronazgo regio por parte de un importante y dilatado clan aristocrático.

Con el paso de los años veinte, la placidez de la breve paz europea fue sustituida por los gélidos vientos de guerra. Fue ésta, sobre todo, la que cambió el clima de la época, haciendo imposible aquel estilo de búsqueda del consenso que había marcado los años de Lerma. La guerra impuso elecciones dolorosas, especialmente en el plano fiscal. Tampoco respecto a este giro ofrece el volumen del que tratamos un cuadro de conjunto convincente. La sección dedicada a los Favoritos en ejercicio se compone de ensayos bien construidos, destacando uno de Ronald Asch y otro del mismo Elliott. Pero en conjunto no proporciona al lector la especificidad del contexto de los años veinte y treinta, y con ello del agudizarse de las críticas y reservas que empiezan a adensarse en torno a la figura del valido. Sobre todo, no se pone suficiente énfasis en la transformación sufrida por la figura del ministro-valido: de posible representante de una aristocracia así encaramada al poder, a emblema de la autonomía de la política que, autosuficiente respecto a la jerarquía social, pretende alterarla y rediseñarla. La posición del valido asume ahora una fisonomía inédita, peligrosa, que voltea y pervierte su imagen: aparece ahora como principal apoyo de la política absoluta, encarnación de un poder inédito e ilegítimo. Caída la máscara, puede entreverse el rostro temible y aborrecido del tirano.

La última sección, en fin, dedicada al ocaso del favorito, hubiera debido cuestionarse las razones de la completa desaparición de tal figura tras la famosa decisión de Luis XIV, una vez desaparecido Mazarino en 1661, de gobernar directamente, sin recurrir nunca más a ministrofavorito alguno. Una vez más, los estudios que aquí se presentan (entre los que destaca un interesante ensayo de Marc Fumaroli sobre Nicolás Fouquet), si bien ofrecen abundantes sugerencias para la reflexión, no brindan una hipótesis explicativa convincente. Parece delinearse la idea (sugerida por Laurence Brockliss en las páginas conclusivas del volumen), de que la causa de semejante viraje, del generalizado retorno de las monarquías europeas a la práctica del gobierno personal del monarca, pudo deberse a un giro en la opinión pública, a la presión ya insostenible de un juicio negativo ampliamente compartido sobre el papel del valido. A su vez, Antonio Feros argumenta que la crisis del valimiento no depende ni de la falta de esfuerzo por parte de los ministros-favoritos, ni de la ausencia de teorías que defiendan su papel activo, sino de la perduración y prevalencia de una concepción según la cual el rey debe gobernar por sí mismo.

Aunque apuntando elementos importantes, tales explicaciones no parecen, sin embargo, captar la cuestión candente en todo esto, a saber: que el crecimiento de una opinión contraria a la existencia de un ministro-favorito no es el resultado aséptico de un encuentro de opiniones, ni tampoco de un debate teórico, sino el efecto de resultados concretos a los que había abocado el modelo de valimiento en la época de «gobierno extraordinario de guerra». Si Buckingham había suscitado en Inglaterra la oposición que es conocida, tampoco en Francia la instauración del régimen de Richelieu se hizo sin resistencia. Al alejamiento y rebelión de secciones minoritarias de la alta aristocracia pudo añadirse en los años treinta una extraordinaria serie de rebeliones provinciales. Desafección de las elites y revueltas provinciales acomunadas por el rechazo de la práctica del gobierno absoluto por parte de un ministro y de sus hechuras: se trata, de hecho, de la misma combinación que en los años cuarenta explotará en las manos de Mazarino, el sucesor de Richelieu. No era distinta la situación en España, donde la huelga de los grandes, manifestación abierta de la desafección de las elites castellanas ante el régimen olivarista sucede en 1640 a las revueltas de Cataluña y Portugal.

Entre 1647 y 1649, todas las monarquías europeas parecen víctimas de un mismo destino implacable, golpeadas una tras otra como piezas de un gigantesco dominó. Mientras la cabeza de Carlos I rueda sobre el cadalso, las barricadas bloquean las calles de París, Barcelona, Nápoles. Las seis «revoluciones contemporáneas» no fueron fruto de la casualidad, ni un espejismo de los historiadores; tampoco fueron resultado mecánico de la conjunción de los males del siglo: hambre, peste, guerra. Fueron el rechazo decidido, y expresado diversamente, de un nuevo modelo de gobierno monárquico que había encontrado en el valimiento la práctica concreta que permitía su realización.

01/09/2000

 
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