ARTÍCULO

El mundo de la multipolaridad. Memorias y documentos de Henry Kissinger

Simon & Schuster, Nueva York
The New Press, Nueva York
 

Hoy ya no es inusual que un político escriba sus memorias de su paso por el poder, más bien lo contrario es la excepción. Sin embargo hay que reconocer que pocos líderes han mostrado tanto interés y tesón en dejar constancia de sus ideas, proyectos, batallas y resultados, en suma, de sus vivencias, como Henry Kissinger. Years of Renewal representa el tercer tomo de sus abultadas memorias como asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado de los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford. Las 1.100 páginas de este último volumen se suman a las casi 3.000 de sus dos precedentes, totalizando una narración detallista y exhaustiva de los años que Kissinger estuvo al servicio de la Casa Blanca, desde 1969 hasta 1976.

Kissinger introdujo en el seno de la Administración americana el gusto por reproducir en notas internas tanto las ideas a explorar como los detalles más triviales de los encuentros, tanto oficiales como los de la «diplomacia trasera», esto es, los canales oficiosos que tanto usó Kissinger en sus relaciones con los dignatarios de terceros países, esencialmente rusos, chinos, árabes e israelíes, por desdén y prevención hacia el cuerpo diplomático americano y los oficiales del Departamento de Estado.

Kissinger oficializó una práctica hoy habitual en la mayoría de los países: ningún encuentro, ninguna conversación, ningún comentario quedarían sin reflejar en un memorándum o nota informativa. Una práctica a la que tienen que estar agradecidos los historiadores y que debería hacerse extensiva a todas las administraciones públicas, pero a la que, desdichadamente, muchos políticos prefieren escapar, dejando la toma de muchas de sus decisiones en la más completa oscuridad.

Según cuenta el mismo Kissinger, Nixon estaba obsesionado por la posteridad y por cómo se podría interpretar su presidencia en el futuro, por lo que le hacía llegar larguísimos y plúmbeos documentos explicativos del porqué de sus decisiones. La pasión de Kissinger por las notas y verbatim, sin embargo, era mucho más pragmática: le servían en su habitual práctica manipuladora frente a terceros, extranjeros o de su propia Administración. Sus críticos dicen que mientras fue asesor nacional de Seguridad de Nixon, antes de convertirse en su secretario de Estado, excluía sistemáticamente a todo el personal de Exteriores en sus encuentros con los chinos, incluidos intérpretes, temeroso de que la burocracia de Exteriores boicoteara sus movimientos.

El hecho de que la acumulación de material realizada por Kissinger no responde a una veleidad de su formación académica, queda de manifiesto por el destino que hizo de sus papeles: al dejar su puesto, cedió todo lo que consideró que eran documentos personales a la Librería del Congreso porque sabía que así, en poder del legislativo y gracias a una zona gris en la legislación americana que sólo obliga al Gobierno a que se someta al Acta de Libertad de Información por la que los ciudadanos tienen derecho a que se desclasifiquen los documentos en poder de la Administración, permanecerían sellados e inaccesibles. De hecho, las dos condiciones que puso en su legación fueron que se le concediese acceso exclusivo a los mismos a fin de preparar sus memorias y que no se hicieran públicas hasta el año 2001 o hasta cinco años después de su muerte, dependiendo de qué llegara primero.

Henry Kissinger continúa viviendo, afortunadamente para él y para los analistas internacionales que siguen con sumo interés todavía sus artículos y opiniones. Pero eso no le ha valido para mantener ocultas muchas de sus notas. La sociedad americana es una sociedad abierta donde los secretos son difíciles de guardar. En Washington existe una organización no gubernamental cuyo único objetivo es obtener legalmente la desclasificación de cuanto documento oficial se pueda, particularmente en temas de seguridad nacional. Su nombre, The National Security Archives (NSA) (http://www.seas. gwu.edu/nsarchive). No había nacido aún cuando Kissinger desempeñaba sus cargos públicos.

Pues bien, la NSA ha logrado que se hagan públicos muchos de los papeles de Kissinger sin tener que recurrir a la versión original de los mismos, simplemente pidiendo que las copias que obraban en los archivos de sus colaboradores del NSC, el Departamento de Estado o el Pentágono, fuesen desclasificadas. Nace así el tomo editado por William Burr, The Kissinger Transcripts, en el que se recogen 36 memcons o registros de conversaciones de encuentros con distintas personalidades, desde el presidente francés Georges Pompidou hasta el jefe diplomático de la oficina de enlace con Beijin, el embajador Huan Zhen.

Esta obra no es ni pretende ser exhaustiva, ni mucho menos. Gran cantidad de material de los años de Kissinger sigue bajo el manto del secreto oficial, pero sirve muy bien de complemento, y a veces de contrapunto, a las afirmaciones que el propio Henry Kissinger vierte en sus memorias. Su lectura, por tanto, es obligada para todo el que se interese por este período y el ejercicio de la acción diplomática de las administraciones Nixon y Ford.

Henry Kissinger no miente en sus memorias. Eso es indiscutible, incluso para sus detractores, que son muchos. Pero a tenor de lo publicado por la National Security Archives hay que reconocer que no siempre cuenta toda la verdad. La versión sofisticadamente ingenua que presenta de sí mismo no se corresponde con la manipulación informativa frente a unos y otros, siempre en busca de un delicado y discutible equilibrio de poderes.

Para empezar, el título de este tercer tomo de memorias resulta engañoso: los dos años y medio que trabajó para el presidente Ford no fueron años de renovación ni para los EEUU ni para Kissinger, más bien todo lo contrario. Kissinger había llegado a la política con una sólida formación académica y con un bagaje intelectual que se condensó muy bien en su tesis doctoral sobre la Europa postnapoleónica, Un mundo restaurado. Kissinger quiere verse como lord Castlereagh pero americano y del siglo XX , es decir, como un político cuyo objetivo es conseguir un reparto equilibrado de poder para que los Estados Unidos no queden aislados y en el que, de hecho, desempeñen un papel preponderante. Su secreto, conseguir que los lazos de América con cada uno de los polos de poder sean más estrechos que los que se forjen ellos entre sí.

Kissinger identifica, además de los EEUU, cuatro núcleos capaces de disputar el poder mundial: la entonces URSS, China, Europa y Japón. Pero también entrevé regiones problemáticas que pueden arruinar el equilibrio global, como el Oriente Medio. De ahí todos sus esfuerzos por lograr mejorar las relaciones con cada uno de estas fuentes de poder, y en particular con Moscú y Beijin. Así como los esfuerzos, que le acabarían valiendo el Nobel de la Paz, para disminuir la tensión en Oriente Medio, un problema que ponía en peligro la estabilidad del orden multipolar.

En ambas obras quedan sobradamente reflejados los continuados intentos por acercarse a la URSS y abrir un campo de diálogo y entendimiento. No en vano de los años de Nixon vendrán las más profundas medidas de control de armas estratégicas, los tratados SALT y ABM, más tarde continuados por Gerald Ford (en los acuerdos de Vladivostock).

Pero muy a pesar del espíritu kissingeriano, sus esfuerzos estarían destinados al fracaso por muchas razones. Para empezar, la evolución tecnológica del armamento nuclear llevaba a una situación de creciente preocupación. Los arsenales se disparaban numéricamente con la introducción de los sistemas de cabezas múltiples, a la vez que ganaban en precisión, haciendo posible una estrategia donde lo amenazado ya no eran las ciudades, sino las fuerzas militares del adversario. Por otro lado, la URSS comenzaba, amparándose en la paridad nuclear consagrada por las medidas de control de armas favorecidas por el tándem Nixon-Kissinger, a mostrarse crecientemente agresiva en diversas zonas del Tercer Mundo, particularmente en Angola en estos años.

De esa forma, la aproximación de Kissinger se vio paulatinamente atacada por los más conservadores, quienes eran más sensibles a la notable pérdida de poder relativo de los EEUU, pero quienes debían formar su base política doméstica. Al mismo tiempo, los demócratas criticarían el abandono de la política de derechos humanos frente a Moscú en aras de conservar el diálogo mutuo abierto. Kissinger se queja amargamente al final de sus memorias de ambos grupos, a quienes califica, o descalifica, como «cruzados utópicos del wilsonianismo» y de «realistas irrealistas». Pero veinte años después de su salida del poder le deja el margen suficiente como para entresacar una lección que descuidó en su día: «El test de la política está en saber obtener el suficiente respaldo en casa».

El hecho es que los Estados Unidos acabarán por dar un giro en relación a Moscú con Carter y, sobre todo, con Ronald Reagan. El espíritu de distensión tan cultivado por Kissinger dará paso a una fase aguda de enfrentamiento a comienzo de los ochenta, la llamada «segunda guerra fría».

Tampoco le fue mucho mejor en su acercamiento a China. Desde un punto de vista un tanto miope se suele interpretar el giro de Washington para establecer relaciones con Beijin como una necesidad nacida del deseo de encontrar una salida a Vietnam. Y sin duda en parte fue así, pero como queda fielmente reflejado en estos dos libros, Kissinger daba mayor peso al juego que las relaciones con China podía darle frente a Moscú. Si los Estados Unidos eran capaces de contentar a ambos países simultáneamente, la triangulación ofrecería indudables ventajas para los intereses americanos, pues Washington podría jugar con uno u otro según las circunstancias.

Hay que reconocer que este giro que Kissinger asume como inspirado por él en persona en contra de toda la Administración americana, realmente venía impulsado por Nixon. Pero eso no le resta el mérito de haber sabido desempeñar una actividad frenética para acercar a ambas naciones. Son significativas las notas de este período por la ingenuidad y el desconocimiento que rezuman. En cualquier caso, Gerald Ford no continuará por la senda abierta bajo Nixon y todo el acercamiento a China quedará en la oculta diplomacia trasera, sin que se llegase al reconocimiento mutuo y al establecimiento formal de relaciones.

Frente a Europa Kissinger desarrolla una especie de esquizofrenia benigna. Por un lado, teme una Europa desvinculada de los EEUU ya que teme que aquélla cayese en las redes de Moscú, dejando aislada, por tanto, a América. Pero, por otro, se niega a conceder los medios suficientes a los europeos por miedo a que su independencia les llevase a una fricción con Washington. Es célebre su frase irónica sobre los europeos (a pesar de que de la narración de sus encuentros personales se entrevé un punto humano hacia sus viejos compatriotas): «¿Cuál es el número que debo marcar para hablar con Europa?». La relación de la América kissingeriana con Europa es, en realidad, una expresión condensada, al nivel de microcosmos continental, de su visión del mundo. Los Estados Unidos buscarán tratar con los europeos bilateralmente, dejando el concepto Europa para la retórica. Aun así, Kissinger es plenamente consciente del potencial económico que puede representar la entonces Comunidad Europea y la competencia a escala mundial que puede acabar representando. Algo similar a lo que también ve para Japón. Los Estados Unidos no pueden seguir siendo la superpotencia indiscutida.

En fin, si para los Estados Unidos no puede decirse que los años que cubren la última entrega de las memorias de Henry Kissinger fuesen unos años de renovación, como él hubiese deseado, tampoco lo fueron en lo personal. Es cierto que la carrera de Kissinger, judío emigrante y universitario de la costa Este, fue meteórica bajo una administración republicana y con un presidente como Nixon, quien, como el propio Kissinger describe, rechazaba todo lo que él era.

Resulta gracioso en la distancia el comienzo de la relación entre Nixon y Kissinger. Según cuenta éste, cuando el recién electo presidente le llamó para ofrecerle el puesto de asesor de Seguridad Nacional, Kissinger creyó que le estaba hablando de un cargo subalterno en el Departamento de Estado, convencido de que Nixon no le querría ni tan cerca ni tan influyente.

Sus primeros movimientos en la Administración se dirigieron a anular al Departamento de Estado (que más tarde dirigiría con Nixon y Ford) y hacer que la política exterior y de seguridad se diseñara en la Casa Blanca. Las memorias dan buena prueba de sus intrigas. Intrigas que a la larga le acabarían pasando factura. De hecho, en este tercer tomo, Kissinger dedica gran parte de sus energías a explicar sus movimientos y a rechazar las críticas de sus oponentes, dentro y fuera de la Administración, y que no fueron pocos. La parte final del libro deja clara constancia de sus dificultades para llevar adelante sus ideas, combatidas en un duelo de todos contra él. Kissinger inconscientemente se presenta como un Don Quijote de la política exterior, lo que no deja de ser una ironía para alguien que continuamente apela a su realismo.

En cualquier caso, este volumen, escrito en la lejanía temporal, mezcla hábilmente los recuerdos con las lecciones aprendidas y los análisis sobre el pasado y el futuro. Y lo hace con una prosa más ligera que en anteriores ocasiones, lo que es de agradecer. Por su parte, William Burr ha realizado un magnífico trabajo como editor de los memorandos de conversaciones, respetando su redacción original, pero añadiendo introducciones a cada uno de ellos que los sitúan en su justo contexto histórico y político. En suma, dos obras históricas, tanto por el contenido como por su significado. Indispensables para historiadores, analistas de seguridad y defensa y políticos que pretendan una proyección internacional.

01/10/1999

 
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