ARTÍCULO

Contra la inercia

 

¡No diga Gustavo Bueno, diga controversia! Tal parece ser el lema oficioso con que la industria editorial española y su público vienen acogiendo, de un tiempo a esta parte, las obras del prolífico filósofo riojano. Y, desde luego, algo de extraño tiene que un pensador marxista no precisamente accesible –alguien, en fin, que maneja conceptos como cierre categorial o tratamiento científico betaoperatorio– sacuda a una opinión pública tan poco esforzada como la nuestra. Sin duda, el fenómeno puede explicarse en razón de los temas abordados por su obra más reciente –que van desde el «pensamiento Alicia» del presidente Zapatero hasta la idea de España, pasando por la telebasura– antes que por el tratamiento que reciben. De modo que el revuelo gira en torno al continente; en el contenido no se repara tanto. Eso mismo sucederá con este heterodoxo análisis de la idea de la derecha, tal como la editorial que lo publica parece, de hecho, pretender: el engañoso subtítulo invoca al polemista, pero traiciona al pensador. Y eso mismo vendría a disipar el misterio que encierra la recepción pública de Gustavo Bueno; porque no habría, al cabo, tal misterio. Sin embargo, quizá haya algo más. Y es que tanto la obra que Bueno dedicara a la izquierda como esta otra dedicada a la derecha presentan un planteamiento radicalmente desmitificador, opuesto al entendimiento común e inconsciente que la mayoría de los políticos y ciudadanos tienen de esas dos orientaciones ideológicas. Dicho con la mayor claridad: izquierda y derecha funcionan antropológicamente como identidades y como sentimientos, antes que como proposiciones políticas razonadas, capaces de ofrecer soluciones concretas a problemas concretos; eso, si lo hay, viene después. Naturalmente, la ciencia política suele adoptar como premisa al ciudadano racional e informado, que conforma su identidad política mediante el recabamiento de información y el ejercicio responsable de su facultad de juicio: la pureza de la abstracción. Sucede que el ciudadano real está bien lejos de su pintura académica; cree el teórico que todos son de su condición. Muy al contrario, la identidad política posee una formidable dimensión trascendente, relacionada con la emoción y los símbolos, antes que con la razón; por ahí se explica la subsistencia –y aun inmejorable salud– de una oposición binaria tan primitiva como la de izquierda y derecha. La subsiguiente condición mítica de estas ideas es aquí desmenuzada, de forma a veces brillante y a veces confusa; cosa distinta es, como veremos, la utilidad de los criterios empleados. Pero es el cuestionamiento del mito lo que provoca irritación: ¡con las pasiones no se juega!
Punto de partida de esta meditación es la oscuridad que rodea al concepto de derecha, que sólo podría entenderse a partir de su oposición a la idea de izquierda. La tesis principal de este libro es que la derecha sería una disposición estática a conservar el Antiguo Régimen, frente a una izquierda que quiere transformarlo; y sólo eso. Por esa misma razón, la idea de la izquierda tiene carácter negativo, mientras que la derecha se acoge a la positividad del régimen que defiende. Estos orígenes históricos, que toman como referencia la Revolución Francesa, se convierten así en criterio ontológico para la definición de ambos polos. Y en el matiz está la brillantez: señala Bueno que la derecha efectiva no es el Antiguo Régimen eo ipso, sino la reacción conservadora ante la acción transformadora de la izquierda; el Antiguo Régimen empieza a convertirse en derecha cuando la izquierda lo ataca. Esto significa que la derecha es una idea positiva y singular, mientras que la izquierda es negativa y plural: por eso, la izquierda conoce generaciones y la derecha modulaciones. Pues bien, el concepto positivo de derecha adopta paulatinamente un significado mítico, a medida que desaparece la realidad histórica que lo origina y se refuerzan, en cambio, sus asociaciones simbólicas. Izquierda y derecha avanzan juntas entonces, en un proceso de fosilización conceptual que las transforma en ideas trascendentes, unidas para siempre en el agotador maridaje de un dualismo justamente criticado por su connatural pobreza organizativa.
Este dualismo principal tendría como fundamento un conjunto de dualismos menores, que remiten en última instancia a una visión del mundo procedente del credo maniqueo. Y, así, se tiene a la izquierda por progresista y a la derecha por conservadora, cuando es el capitalismo el que procura un progreso material efectivo, con independencia de su justicia: «Si mantuviésemos la definición de la izquierda por el progresismo, habría que considerar como héroes de la izquierda al marqués de Salamanca, a Henry Ford o a Gustav Krupp» (pp. 112-113); justo sarcasmo. Tampoco entiende Bueno que el aborto libre sea una seña de identidad de la izquierda: las técnicas anticonceptivas han progresado tanto, dice, que el aborto es una técnica obsoleta. Estos dos ejemplos, en fin, demuestran que la mitología progresista no resiste el más mínimo escrutinio de una razón crítica libre de prejuicios –o carente de los prejuicios habituales–. Nada sorprendendente, si ponderamos la medida en que el viejo pensamiento religioso permanece latente, bajo formas secularizadas, en el flamante racionalismo moderno.
Sin embargo, ¿tiene alguna utilidad el criterio aquí ofrecido para la identificación de la derecha? Se diría que sólo como antídoto contra la inercia conceptual que asuela nuestro debate público. Porque Bueno sostiene también que ya no tiene sentido hablar de izquierda y derecha; que la distinción es absurda aplicada a sociedades desligadas de la realidad histórica del Antiguo Régimen; hoy sólo es un mito partidista. Hace así un llamamiento a la reorganización pluralista –no binaria– de nuestras categorías organizativas, no sin antes desmontar por inconsistente la idea de centro político, definido, al cabo, por su relación con los extremos. Pero este original ejercicio de crítica filosófica no alcanza a la sociedad donde la práctica política se lleva a cabo; o lo hace sólo tangencialmente. La filosofía critica la inercia conceptual de una sociedad que funciona sin reparar en tales vicios. De poco sirve, por tanto, afirmar que la oposición entre izquierda y derecha ha perdido todo sentido histórico, cuando sigue siendo el eje que domina nuestra lamentable vida política nacional. Digamos que la explicación causal –dejemos aquí a un lado lo que tiene de discutible la fijación de Bueno con la Revolución Francesa, cuestionada ya en esta misma revistaVéase Ramón Cotarelo, «La(s) izquierda(s)», Revista de Libros, núm. 84, febrero de 2004, pp. 13-15.– se encuentra demasiado lejos de sus consecuencias, con lo que termina perdiendo mucha de su fuerza explicativa. Si se leyese al autor tanto como se lo discute, quizás el enfrentamiento entre izquierda y derecha sería visto masivamente bajo una nueva luz y podríamos, entre todos, desarrollar un debate político más sofisticado; soñar es gratis. Pero no parece que vaya a ser el caso.

01/04/2009

 
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