ARTÍCULO

El desafío del mestizaje

Alianza, Madrid, 288 págs.
Trad. de GianCastelli
Alianza, Madrid, 344 págs.
Trad. de Gian Castelli
Muchnik, Barcelona, 189 págs.
Trad. de Damián Alou
 

Las obras de la veterana Anita Desai y el joven Amit Chaudhuri ilustran dos de las posibles respuestas en uno de los desafíos más sugerentes –y difíciles– de la literatura en nuestros días: la escritura del mestizaje, o si se prefiere, la escritura de una cultura desde otra. Un género con tradición donde los haya –qué otra cosa son las españolas Crónicas de Indias, sin ir más lejos–, hasta el punto de que quién sabe si, como pensaba Camus, la extranjeridad, en un sentido muy amplio, no es la condición misma de la literatura.

Resulta evidente que la escritura del mestizaje se produce de una forma estrechamente política, y en particular en los idiomas colonizadores que han logrado mantener su prestigio, conviviendo en el antiguo imperio con otros idiomas, como lengua de cultura. En nuestros días eso quiere decir francés, y desde luego inglés. Y en particular, el inglés de africanos y asiáticos que, enlazando con los escritores coloniales tipo Kipling, el polaco Conrad o la norteamericana Pearl Buck, están cambiando la literatura en inglés. O al menos eso dicen no pocos críticos.

Y de ahí la primera pregunta: ¿Lo están haciendo realmente? ¿Y hasta qué punto? Pues así como es tentador y puede que incluso vulgar reparar en el carácter étnico y hasta costumbrista de un Salman Rushdie (tan evidente que parece artificial, por otra parte) no resulta fácil adjudicarle ningún tipo de rasgo cultural de origen al británico de ascendencia japonesa Kazuo Ishiguro...

¿O sí? Pues a juzgar por numerosos ejemplos, tanto en literatura (véase en Francia al ruso Andréi Makine, entre otros) como en cine, resulta que una de las características de ciertos escritores de origen extranjero es su capacidad de comprender la escritura metropolitana con la pasión única de los recién llegados, y fusionarse con ella hasta volverse indistinguibles. Ese sería el caso de Conrad, de fuerte acento polaco al hablar y uno de los fijadores del inglés moderno.

También cabe la posibilidad de escritores que aportan unas pocas, no muchas, nunca demasiadas, peculiaridades al guiso común del imperio, y ello como la única forma de ser reconocidos por la metrópoli, y en concreto una metrópoli con tendencia a la sordera hacia lo distinto como suele ser la anglosajona. Al modo de los marciales soldados de turbante en los desfiles del ejército británico, para entendernos, eso sería lo que, en nuestro ámbito, ocurre con Isabel Allende, Luis Sepúlveda o Laura Esquivel, hábiles artesanos de una especie de «realismo mágico digerible», ideal para mercados aficionados a cierto exotismo pero sin exagerar. O sea, realismo mágico para la traducción.

O si se prefiere, la escritura vista en función de la recepción, algo que estimula y premia la industria cultural, máximo árbitro artístico contemporáneo. En su obra, Anita Desai (nacida en la India en 1937, hija de un bengalí y una alemana) parece apostar de forma decidida por la recepción de los occidentales. Pues si bien su ingenuo, por no decir obvio, título de Ayuno, festín (Fasting, Feasting) se refiere a las vidas de una familia hindú, primero en la India (ayuno), y luego en los Estados Unidos de la abundancia y el consumo (festín, claro), adonde envían a estudiar al muchacho de la familia, la novela viene a ser, con una trama sumamente leve, una especie de catálogo de los temas obligatorios de la India... vistos por el pensamiento, o si se prefiere el mercado de la industria cultural anglosajona y europea: la sociedad estamental hindú, la opresión de la mujer sometida a unas costumbres medievales, la pintoresca riqueza de la tradición culinaria y los «personajes» familiares, etcétera. Los estereotipos de Estados Unidos son, si cabe, más obvios: un ama de casa supermercado-adicta se droga al llegar a casa con la serie de televisión Dallas.

Estas características quedan subrayadas por contraste con la lectura de Amit Chaudhuri (Calcuta, 1962, universitario en Londres y en Oxford), en cuya obra se demuestra la posibilidad de huir de esos clichés... y seguir interesando al lector occidental. O interesarlo precisamente porque no cae en estos estereotipos, a la larga agotadores. Y aunque utiliza sin complejos referencias de la abigarrada y compleja cultura hindú, hasta el punto de necesitar un breve y eficaz glosario final, su historia no resulta exótica por la sencilla y vieja razón de que sus personajes son de carne y hueso, y no están construidos en la simplona industria de los tópicos nacionales que amenaza con asfixiarnos.

Lo curioso es que, aunque Amit Chaudhuri utiliza también dos escenarios, dos familias, y ambas también pendientes del extranjero, el resultado final no está «colonizado», por así decir, sino todo lo contrario. Y por una razón, que es a menudo la del arte: cuente lo que cuente, Chaudhuri tiene una mirada propia que redime lo que ve, lo que escribe. De esa mirada se deduce de forma inevitable –igual que a una gota de lluvia sigue otra– un excelente oído, no tanto para reconocer, sino para detectar lo nuevo: esa convincente directora de colegio que de tanto leer en posturas raras queda con la mirada bizqueante, o la forma en que el silencio de una habitación termina por agrandar el mundo exterior, o el sabio relato de lo que siente una novia al despertar tras una noche blanca. Cuando un escritor ha conquistado esa mirada propia, importa menos lo que cuenta, ni quién lo lee, con qué gafas. Siempre será original. Lo difícil es conservarla.

01/11/2001

 
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