ARTÍCULO

De aquella primavera...

Crítica, Barcelona, 264 págs.
 

Se acaba de reeditar en español Primavera silenciosa de Rachel L. Carson, libro que, según cuenta José Manuel Sánchez-Ron en el prólogo, ha sido considerado por algunos como el más influyente de los últimos cincuenta años. Exageraciones aparte, influyente lo ha sido sin duda –sobre todo, como fructífera semilla del movimiento conservacionista, pero también como origen de los peores vicios y sesgos de este movimiento– y por esto puede resultar útil el examen de las virtudes y defectos de sus planteamientos a la luz del nuevo siglo, cuarenta años después de su primera publicación.

La biodiversidad existente resulta del balance entre el proceso creativo de la especiación y el destructivo de la extinción. La opinión consensuada de la comunidad científica es que se avecina una nueva crisis biótica, la sexta extinción en masa. Según algunos expertos, un treinta por ciento de las especies existentes pueden haber desaparecido para mediados del siglo XXI y, lo que es más grave, la concomitante perturbación de determinados ecosistemas esenciales amenaza con alterar gravemente los procesos mismos de creación de biodiversidad: no sólo corremos el riesgo de destruir los huevos de oro de la evolución, sino dañar gravemente la gallina que los pone.

Según se desprende del registro geológico, en el curso de la evolución se han producido cinco acontecimientos de extinción generalizada de especies, junto a cientos de episodios de ámbito más restringido. En todos los casos, a las crisis mayores han seguido períodos de rediversificación y de reorganización ecológica cuya duración se cifra en millones de años. Lo que singulariza a la presente crisis es su carácter antropogénico y su amenaza directa e indirecta a la especie humana.

De la constatación de que el Homosapiens es capaz de causar una catástrofe de esta naturaleza no se sigue de forma obvia que esté en su mano evitarla o, al menos, paliarla. De aquí que plantear este problema sea crucial, y que al libro de Carson le quepa el honor de haberlo hecho eficazmente frente a la opinión pública en la temprana fecha de 1962. En este sentido, la obra desempeñó el mismo papel que en su día, hace doscientos años, representó el famoso opúsculo del reverendo Malthus, que planteaba la confrontación entre población y recursos alimentarios, otra cara del mismo conflicto.

Cuando escribió el libro que nos ocupa, Carson, que se había formado como zoóloga, tenía una amplia experiencia de campo en organismos oficiales relacionados con la conservación de la pesca y la vida natural en Estados Unidos, y hacía una década que se dedicaba exclusivamente a escribir. Su primer libro, El mar que nos rodea, fue ya un éxito de ventas. Tenía, por tanto, todas las credenciales y herramientas para escribir una obra de denuncia. Además, estaba indignada y poseída por un espíritu de cruzada.

Las circunstancias eran propicias para que el libro tuviera un gran eco en la opinión pública porque en la década anterior habían ocurrido cambios bruscos en el sistema de producción agrícola que supusieron un rápido incremento en la aportación al medio ambiente de productos químicos sintéticos. Después de la segunda guerra mundial se había extendido un considerable pesimismo respecto a la disponibilidad de alimentos, y la agricultura intensiva, que depende del uso de abonos y productos fitosanitarios, parecía responder eficazmente al mencionado reto. En la euforia de los primeros resultados, se produjeron indudables abusos y desmanes en cuya denuncia se centró Carson.

La retórica de los títulos de algunos capítulos –«Elixires de la muerte»; «Y ningún pájaro canta»; «Ríos de muerte»; «Más allá de los sueños de los Borgia»; «El precio humano»-no sólo da ya el tono del discurso de Carson, sino que anuncia el que habría de adoptar el movimiento ecologista a lo largo de toda su historia. El discurso en su detalle resulta simplista y cualitativo en exceso, casuístico, sesgado, estridente y en ocasiones confuso. En su furor, Carson pone en el mismo saco productos químicos biodegradables con los que no lo son y los riesgos de fabricación con los de aplicación en el campo, da por sentado que natural es sinónimo de inocuo y que todo producto químico de síntesis es necesariamente pernicioso y, de modo muy notable, omite discutir el papel que el crecimiento demográfico y la necesidad creciente de alimentos desempeñan en relación con el problema planteado.

Cuarenta años después de la denuncia de Carson, la humanidad ha duplicado su tamaño. Aunque actualmente contaminamos menos que entonces al producir una tonelada de alimento básico –menos energía, menos suelo, menos fertilizantes, menos productos fitosanitarios–, debemos producir el doble de toneladas y, como consecuencia, el impacto global negativo de la actividad agrícola sobre el medio ambiente ha alcanzado proporciones preocupantes. Nos hemos movido en la dirección apropiada, pero no lo suficiente. Por otra parte, el crecimiento demográfico y la migración hacia las ciudades han convertido innumerables hectáreas de excelente suelo laborable en espacio urbano improductivo. No cabe duda de que la dramática situación en que se encuentra nuestra especie se debe en parte a su torpeza, pero en mayor proporción se deriva del tamaño creciente de su población. Imputar todo el problema a la estupidez humana está entorpeciendo grandemente la desesperada búsqueda de soluciones.

El tiempo ha mostrado que las tímidas soluciones que propone Carson a lo largo del texto y en el capítulo final («El otro camino») son inviables y a menudo sujetas a tantas contraindicaciones como las que pretende combatir. Pero esto no quita mérito histórico a un libro que sirvió para alertarnos de un problema acuciante, como tampoco lo errado de los vaticinios de Malthus eclipsó la importancia histórica de sus planteamientos. Sin embargo, los defectos disculpables en un libro fundacional dejan de serlo cuarenta años después en el discurso de grandes sectores del movimiento conservacionista. Va siendo urgente que gritemos menos y dediquemos mayor esfuerzo a buscar alternativas viables.

01/02/2002

 
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