ARTÍCULO

El «mapa» de la comunicación

 

Los años noventa han sido testigos de una brutal aceleración internacional y local en las transformaciones que la vaticinada sociedad de la información venía paulatinamente generando. Entre los analistas españoles de las ciencias de la información había escaseado hasta ahora una revisión panorámica de la configuración que esas redes de medios y producciones para el consumo social de información iban adoptando, tal y como denuncia Marcial Murciano, prologuista del segundo de los libros aquí reseñados. Pero si hace diez o veinte años, esa insuficiencia bibliográfica no impedía a especialistas o simples interesados por el mundo mediático una percepción algo intuitiva de un sistema –internacional y local– relativamente estable, hoy las fusiones, «opas» y desarrollos (o supresiones) legislativos de los últimos tiempos hacen ineludible algún tipo de «mapa» con el que empezar a situarse. Tres profesores de Estructura de la Información (Complutense, Sevilla y CEES de Madrid) han coincidido temporalmente en asumir ese reto, haciéndolo además mediante un reparto impremeditado de la tarea, lo que aporta al lector una utilísima complementariedad y contraste de resultados.

Fernando Quirós aborda en el primero de estos libros un recorrido por lo que ha llegado a ser en el momento presente la estructura internacional de la información. Frente a la opción posible de dibujar el mapa estático de las principales redes institucionales y empresariales que hoy día se reparten el mundo o compiten encarnizadamente por subsistir en esa jungla o dominarla, este autor ha preferido mostrar un ardiente y dinámico recuento del proceso evolutivo mediante el que se han consolidado los principales depredadores hoy día triunfantes en dicho ecosistema.

Inspirado por la perspectiva económicopolítica de los medios y la teoría del imperialismo cultural –con referencias constantes a Herbert Schiller y Noam Chomsky y sus colaboradores–, Quirós centra su análisis en cuatro grandes territorios con sus correspondientes señores de la guerra: las políticas de comunicación y desarrollo de la UNESCO (bajo el dominio de Estados Unidos), la concentración multimedia en el propio Estados Unidos y sus mercados de influencia (sometida al imperio de un pequeño club de macro-corporaciones en las que convergen intereses industriales, políticos y financieros), la formación de una oligarquía mediática europea de redes y contraprestaciones supranacionales (controlada por unos cuantos media moguls de ya ineludibles apellidos: Bertelsmann, Kirch, Hachette, Murdoch, Berlusconi, Polanco...), y finalmente, la presencia de un conglomerado propagandístico internacional al servicio de los intereses geoestratégicos de la primera potencia mundial (donde la opinión pública internacional sería la gacelilla sistemáticamente devorada por el tentacular y omnipresente rey de la creación informativa llamado Poder Estadounidense).

Dos ejes valorativos articulan la amplia descripción de los cuatro apartados señalados: 1) que la globalización de los entornos y mercados informativos experimentada hoy a escala planetaria significa, ante todo, una terrible concentración de poder y la pérdida de unos mínimos de diversidad local o institucional, indispensables para la subsistencia de un orden internacional democrático y equilibrado, y 2) que las grandes corporaciones surgidas en ese proceso de fusiones y absorciones aniquilan la circulación de informaciones y opiniones críticas, al haber renunciado los poderes políticos representativos al sostenimiento enérgico de los servicios públicos de comunicación, otrora dominantes al menos en Europa, y garantes de una alternativa de control democrático de los instrumentos de comunicación.

Quirós desglosa un importante cúmulo de datos que avalan esas tesis, como la variada gama de reglamentaciones nacionales e internacionales que recortan la concentración accionarial o ponen límites a las emisiones de publicidad y de producciones extranjeras, pero que son sistemáticamente ignoradas –cuando no «desreguladas»– cada vez que entorpecen los intereses de esos grandes soberanos mediáticos. Pero en honor de la ecuanimidad se echan en falta otros datos y argumentos que mostrarían un panorama más contradictorio y menos unilateral: lo local, por ejemplo, no siempre es sinónimo de pluralidad y libertad. A menudo la fragmentación de múltiples y aisladas unidades informativas sólo escondía y esconde un sinfín de tiranías en miniatura donde el control caciquil del pequeño sátrapa de turno se ejerce con total impunidad, por cuanto la debilidad económica e institucional de los minúsculos medios locales hacía imposible el más mínimo gesto de disidencia. Si se trata de apoyar una teoría de la liberación informativa, habrá que sopesar cuándo la creación de entidades mediáticas más robustas no facilita al ciudadano de carne y hueso algunos resquicios frente a su proverbial penuria comunicativa. Asimismo –y sin dejar de coincidir en la denuncia de tanta homogeneización mediocre, pensamiento único y producción políticamente correcta–, ¿quién puede firmemente sostener que la oferta informativo/comunicacional que hace treinta años disfrutaban los ciudadanos de cualquier recoveco del planeta resultaba más diversa, tanto en cantidad como en variedad, de la que ahora mismo se dispone? Que sean graves los peligros de unas tendencias innegables tampoco debiera llevarnos a inventar paraísos a nuestras espaldas.

Con relación a estas cuestiones y algunas más de imposible debate en una breve reseña, el libro de Ramón Reig proporciona un estimulante complemento. No sólo por desplegar una minuciosa descripción de la estructura mediática española, sino porque, partiendo de la misma perspectiva económico-política de la información y mediante sucesivas y oportunas inserciones del panorama nacional en la superestructura internacional, va presentando circunstancias que sirven para matizar o contrapesar las conclusiones del anterior. El profesor sevillano pone así de relieve, por ejemplo, que la expansión de la agencia EFE a lo largo de las últimas décadas ha supuesto un incremento real y contundente de diversidad informativa para todo el conjunto de Iberoamérica, pasando del cuasimonopolio de las agencias estadounidenses en dichos países, a comienzos de los sesenta, a una situación mucho más repartida, con liderazgo incluso de la agencia EFE, a mediados de los noventa. En lo que se refiere a las perspectivas de la concentración interna, la exhaustiva recopilación de datos –con un gran despliegue de cuadros estadísticos y gráficos–, le permite a Reig afirmar (pág. 153) que «el minifundismo informativo que caracteriza a España origina que en la mitad de las provincias el liderazgo periodístico corresponda a una empresa no integrada en los ocho grupos indicados» (nuestros «grandes primates»), y que «tan sólo en once provincias los diarios de los grandes grupos ocupan posiciones superiores al 50 por 100 del mercado».

Lo anterior no oculta que «ocho editores concentran el 80 por 100 de la prensa diaria» (pág. 152) y que si se pasa al análisis de los participantes en el festín audiovisual nacional, los comensales son aún más reducidos, supeditados además a otros poderes financieros o grupos internacionales. Pero a pesar de todo ello, el balance ofrecido resulta menos inexorable y con un paisaje más poblado del que sugiere la mirada exclusiva sobre los protagonistas estelares. La imagen que va aflorando tras pasar revista a los diferentes grupos mediáticos –incluido un sector público diverso y de fuerte protagonismo–, es la de un conjunto en continuo movimiento de sístole y diástole; donde unos suben y otros bajan para volver a reaparecer con nuevas alianzas, sin que la hegemonía le quede a nadie garantizada. Entre algunas posibles objeciones al libro de Reig, cabe advertir una visión demasiado formalista respecto al gran número de emisoras locales de radio y televisión (cuando la realidad de la programación en cadena o la pura redifusión de viejos espacios denotan un gran falseamiento de la programación local). En sentido opuesto, cede a la inclinación de conocidos apocalipsismos –«de la caverna paleolítica a la caverna cibernética» (pág. 278), etc.–, cuando su propia reivindicación de explicación ante tanta avalancha de mensajes vacíos o distractivos le podía ayudar a descubrir que el periodismo puro y duro seguirá siendo demandado para ordenar y contextualizar toda esa inflación de mensajes. Tampoco contempla la opción de que la asequibilidad de unas tecnologías mucho más baratas y versátiles hace mucho menos controlables a los guerrilleros de la comunicación alternativa.

El trabajo de María Antonia Martín sobre la estructura de la comunicación de las organizaciones internacionales europeas, apunta hacia otro análisis complementario de gran importancia, al pretender ocuparse de las redes de comunicación interna y externa de las instituciones supranacionales. Sin embargo, el esquematismo de las escasas cien páginas de su trabajo constituye apenas un paso preliminar para conocer el territorio que invita a explorar.

01/10/1999

 
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