ARTÍCULO

La democracia: historia clínica

Norma, Barcelona
272 pp. 19,50 €
 

Se ha citado muchas veces el dicho de Winston Churchill sobre la salud, un estado transitorio entre dos enfermedades que, además, no presagia nada bueno. Algo así se le viene a la cabeza del lector de este libro sobre las dolencias de la democracia, un análisis que va mucho más allá del examen y la crítica a los distintos modelos de representación y de ejercicio del poder para preguntarse sobre los fundamentos sobre los que se asienta la comunidad política y sobre la relación, que no siempre es evidente, entre las carencias básicas y las manifestaciones patológicas más frecuentes. Como es lógico, este planteamiento lleva al autor a fijarse en textos ya milenarios aunque, lógicamente, no sólo en ellos, y a subrayar la longeva continuidad de nuestros problemas e instituciones antes que a subrayar sus pretensiones innovadoras o revolucionarias.
Pérez Díaz no parece conforme con la idea de que el mundo moderno haya tenido un gran éxito al apartar la política de consideraciones metafísicas o teológicas, de referencias que eran bien explícitas antes de la modernidad. La modernidad política no es, pues, para tanto y ello viene subrayado, entre otras cosas, por la importancia que hay que reconocer al tempo, a la forma precisa de historicidad en que se enmarcan experiencias en apariencia similares. El despliegue de un marco tan amplio y omnicomprensivo, en el que Pérez Díaz luce sus saberes, no impide al autor concentrarse en fenómenos más específicos e inmediatos de la vida política contemporánea, especialmente en el caso de las viejas naciones de Europa.
Pérez Díaz analiza y compara las diferentes experiencias de Europa y América, y, dentro de Europa, la marcha escasamente similar de las democracias inglesa, francesa y española. En el caso de Europa, del proyecto de Unión Europea, se pregunta con escepticismo por la posibilidad de éxito de una intentona en la que el demos no existe y en la que aparecen casos, como el de España, en que las supuestas tendencias a la unión apenas sirven para ocultar unas reales tendencias a la ruptura del marco nacional.
En el caso español, a Pérez Díaz le llama la atención la forma en que han ido estableciéndose en el imaginario político los valores que propician esa posibilidad y la manera, muy abierta y escasamente costosa, en que han podido desarrollarse las maniobras oportunas: el abandono por parte de los partidos nacionales de las tareas relativas al fortalecimiento común, tal vez dándolas por hechas, y su dedicación a asuntos de índole primordialmente económica, al tiempo que los nacionalismos periféricos se han dedicado a cultivar sin ninguna clase de obstáculos esa misma serie de recursos que los demás desatendían. En ese contexto, no se recata de admirar la capacidad adaptativa de que han hecho alarde los socialistas a las órdenes de José Luis Rodríguez Zapatero, su manera de hacer de la necesidad virtud al dejar casi por completo fuera de juego a una derecha excesivamente metafísica y esencialista y que no ha sabido ser ni flexible ni eficaz sin aparentar un oportunismo meramente cínico.
El hecho de que ello plantee, ahora mismo, una situación de incomunicación bastante efectiva entre la izquierda y la derecha, y de que unos sepan sacar mejor partido que otros en esa tesitura, le confirma en su diagnóstico de fondo sobre la situación frágil de las democracias, aunque no únicamente en el caso de España. Pérez Díaz se remite a Platón y, un poco más de pasada, al relato bíblico sobre Babel, para hacer ver que existe un riesgo permanente de que los timócratas (el partido dominante) pacten con las oligarquías económicas y con los sofistas (los mass media) para controlar la situación de manera virtualmente indefinida. Esas triarquías oligárquicas son absolutamente dueñas del panorama en países como Rusia o China, pero pueden adoptar también formas más suaves de dominio, o refugiarse incluso en una especie de turnismo bien controlado, pero que cerraría también las posibilidades de apertura que la democracia podría ofrecer a la ciudad.
Pérez Díaz identifica una serie de factores de carácter genéricamente moral como los únicos impedimentos capaces de evitar un ciclo decadente y de abrir posibilidades efectivas a tendencias que supongan una mejora en el fondo de las cosas. Así, dedica su atención a clarificar lo que llama «simbolismos borrosos» (las narrativas políticas, la dramatización del enfrentamiento, la confusión de intereses entre políticos y ciudadanos o las extralimitaciones de la idea de soberanía), a recomendar la civilización de la oposición visceral entre derechas e izquierdas, o a propugnar el refuerzo de la virtud cívica de los ciudadanos.
En el primer caso, me parece que Pérez Díaz acierta plenamente al denunciar la tendencia de quienes pretenden confundir la democracia con un refuerzo continuo del poder, simbólico y efectivo, del Estado moderno, considerándolo como la única fuente de legitimidad y tratando de reducir cualquier ética y cualquier forma de libertad de conciencia al lecho de Procusto de la legislación positiva, pretendiendo, además, que el poder público sea el único dueño legítimo de las vidas y haciendas de los ciudadanos. Y acierta también, a mi entender, al ver en esa extralimitación una consecuencia de la tendencia a exagerar el poder y las virtudes de la soberanía hasta ponerlas por encima de cualquier adarme de buen sentido. Este género de filósofos de cámara, una especie de entusiastas de la democracia, propende a desconocer y, en cualquier caso, a minusvalorar, la importancia que en la vida personal y social tiene la contingencia, la indeterminación y, consecuentemente, el valor que habría que reconocer al derecho a la diferencia. Detrás de ciertos demócratas radicales se oculta, frecuentemente, un simple autoritario escaso de autoexamen que se deja seducir por una apresurada asimilación de cualquiera de las formas del llamado Estado de bienestar con una visión platonizante y eviterna de la ciudad perfecta.
Pérez Díaz expone con algún detenimiento el caso inglés, cuya peculiaridad admira, en la medida que encuentra en él un esquema estable de civilidad basado en una serie de hallazgos afortunados que han sabido evitar los baños de sangre que han existido en Francia, España e, incluso, en Estados Unidos. Francia, por el contrario, ha tenido más dificultades para encontrar una fórmula de ese estilo (Pérez Díaz suscribe las reticencias de Isaiah Berlin respecto a los logros de la revolución por antonomasia) y acaba viviendo en un modelo peculiar en el que, en contra de los orígenes, la tendencia a valorar poco la distinción entre izquierdas y derechas tiende a consolidarse fuertemente, como lo ha demostrado el éxito de Sarkozy, aunque ésa sea una tendencia que, al menos en lo doctrinal, está extendiéndose también en muchos otros países.
Pérez Díaz subraya que, según dicen sus críticos, las democracias son demasiado blandas y agotan su capacidad de decisión en interminables debates, pero que, a la hora de la verdad, se las han arreglado para vencer a los regímenes totalitarios, saben resistir a los «hombres de hierro» y no se rinden fácilmente ante el terror.
Otra de las virtudes de la democracia consiste en que su experiencia histórica ha hecho que las filosofías políticas, tanto el socialismo como las posiciones conservadoras, se vean obligadas a cambios profundos, debido al rumbo que han tomado las transformaciones sociales que parecen apuntar hacia un sistema en el que los elementos decisivos son la propia democracia entendida al modo liberal, la economía de mercado y la pluralidad social. Ello ha hecho que, en la práctica, la dependencia del gobierno respecto de la opinión y la voluntad de los ciudadanos resulte ser aún mayor que la que previene la teoría.
Pérez Díaz acaba desembocando en la cuestión de la virtud cívica que el autor aborda de forma deliberada con un enfoque escasamente propicio a las abstracciones, porque, según nos dice, Protágoras tenía bastante razón en su discusión con el Sócrates platónico. El problema consiste en cómo organizar un orden de libertad con protagonistas que no son individuos ideales y de tal modo que su coordinación espontánea nos acerque cuanto sea posible a una sociedad justa y razonable o, dicho de otro modo, cómo compatibilizar la existencia de una moral de «mundos pequeños» que se organiza en torno a comunidades que comparten vínculos de pertenencia (como lo son, en último término, las naciones) y las exigencias de órdenes de convivencia más extensos, como lo son los mercados.
Los mercados reducen la violencia y fomentan un tipo de civilidad que no es directamente compatible con la lógica del enfrentamiento político que configura un juego en el que la asimetría y el enfrentamiento favorecen la competencia en perjuicio de la cooperación. Pérez Díaz sugiere que la sociedad civil, a través de sus múltiples redes asociativas, se nutre de un tipo de experiencia que favorece un imaginario muy distinto del lockeano (la expresión es de Taylor) y que, al tiempo, resulta más favorable al ejercicio de la virtud cívica y a la correcta asimilación del actual proceso de globalización.
La democracia corre el riesgo de degenerar, convirtiéndose en una forma de dominación cuasitiránica de las «triarquías oligárquicas» sobre los ciudadanos, pero la lucha contra los «simbolismos borrosos» que lo legitimarían es perfectamente hacedera fortaleciendo la cultura de diálogo y de compromiso que está implícita en las formas de convivencia de la sociedad civil y en el correcto funcionamiento habitual de los mercados.
Comentando a Berlin a su manera, Pérez Díaz nos recuerda que las sociedades democráticas no son un mero agregado de individuos que tratan de sobrevivir pese a que asuman valores irreductibles o inconmensurables; por el contrario, hay que reconocer cierta relevancia a la idea de una común «naturaleza humana», algo que está detrás del reconocimiento y la admiración de Berlin por la poetisa disidente Anna Ajmatova.
Su análisis es, por tanto, optimista, aunque no sé si lo sería tanto de haberse escrito unos meses más tarde a la vista del desvencijamiento de los mercados financieros y de una crisis económica galopante, que seguramente tiene que ver con el deterioro de alguna de las clases de valores a los que se alude en el texto. No pretendo, de ninguna manera, que esta última clase de hechos devalúe el trabajo de Pérez Díaz que, en cualquier caso, se lee con facilidad y provecho, está lleno de sugerencias brillantes y supone, sin ninguna duda, un gran ejercicio de reflexión sobre la salud de las democracias y sobre la peculiaridad de los problemas de cada una de ellas.
Pérez Díaz ha sabido llamar a concurso un buen número de perspectivas habitualmente dispersas en especialidades que tienden a ignorarse para hacer una auténtica historia clínica de las democracias contemporáneas al tiempo que emite un diagnóstico optimista y recomienda una terapia perfectamente legible y hacedera que, como buen doctor, seguramente estará lejos de creer infalible. De este excelente trabajo, únicamente cabría afear el uso de anglicismos (por ejemplo, procastinación, sociedad afluente) que, aunque es probable que se entiendan, son seguramente innecesarios.

01/06/2009

 
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