ARTÍCULO

El linaje del espectáculo

Acantilado, Barcelona
Trad. de Jordi Martín Lloret
740 pp. 29 €
 

Las confesiones desde Hollywood deberían considerarse ya un género literario. Desde la crónica rosa –más cercana a la expresión de las fantasías y miedos de quienes la escribían que a la estricta realidad– de la que quizás el mejor ejemplo en los años veinte sería la columna de Louella Parsons, hasta el muy famoso compendio de radiografías de Kenneth Anger, Hollywood Babilonia –tremendista pero animado de humor ácido y negro–, es evidente que el chisme de la tragedia o la comedia íntima, personal y privada nació al mismo tiempo que el cine. Es lógico, si pensamos que la industria del cine llegó a tragarse a Los Ángeles y ésta se convirtió en una ciudad-estado dentro de Estados Unidos y que todo lo que nos llega desde ahí son los despachos de guerra de quienes viven totalmente inmersos en esa realidad «nacional». Es incluso natural que se genere tal cantidad de literatura biográfica: al gigantismo del glamour le corresponde la diseminación exponencial de las miserias.
En este sentido, las memorias del famoso guionista y novelista Budd Schulberg, De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood, constituyen una aportación novedosa al género. Los elementos que las hacen casi únicas derivan de la relación privilegiada que Budd mantenía con la industria. Su padre, Benjamin P. Schulberg, mejor conocido como B.P., fue un pionero del cine que escaló hasta convertirse en uno de los más importantes directores de producción de Hollywood, al frente de los estudios Paramount. Así que el relato de la infancia y la adolescencia de Budd que cubre el presente volumen no es el de quien ha trabajado en la industria, sino el del testigo interesado de los acontecimientos, en mayor medida de aquellos que se desprenden de la vida de su padre y de las decisiones que este magnate debía tomar día con día en el ambiente laboral más enloquecedor de la historia.
Budd se basó en las memorias iné­di­tas de su padre y en las conversaciones que mantuvo con él y con su madre para contar lo que sucedió antes de su nacimiento y durante su temprana infancia, por lo que no falta casi nada de la trayectoria vital que va de sus abuelos a su salida de la universidad y su transformación en guionista y escritor. Se trata, pues, de una historia familiar, verdadera rareza en el género «confesiones desde Holly­wood» y, aún más, viniendo de un hijo que resulta más conservador y apocado que sus extrovertidos padres: B.P. persigue jovencitas en el sofá del casting, se tira miles de dólares en el juego, y se vuelve un cliente habitual de los bares clandestinos, mientras la madre, Adeline Jaffe, se desboca como una verdadera maniática de la cultura, obsesionada con convertir a sus hijos en intelectuales y con ser la autoridad de ese otro mundo creado por el machismo de Hollywood: el de las ociosas mujeres de los ejecutivos. He aquí el relato de la ascensión y esquizofrenia de la familia estadounidense, su lucha por mantener la unidad que conocieron cuando eran una familia judía más que buscaba salir del gueto en el Nueva York del cambio de siglo, frente a esa especie de cáncer de Hollywood que multiplica los problemas y se lo come todo.
A los adultos se nos olvida que los niños luego crecen y escriben libros de memorias. Esta es otra clave del libro. Schulberg Jr. no sólo estaba en el lugar adecuado para enterarse de todo, sino que representaba el papel adecuado: el hijo del jefe, con todos los privilegios pero con ninguno de los rasgos amenazadores del padre. Los empleados se abren de capa, las actrices como Clara Bow dejan vislumbrar su incipiente de­se­quilibrio, los directores como Joe von Sternberg su incurable esnobismo y su egolatría sin límites (un extraviado Serguei Eisenstein permite que lo entreviste Budd, el incipiente periodista), los guionistas su miserable bravuconería y la industria en general una especie de fiesta interminable donde todos los nuevos ricos son bienvenidos.
El libro está organizado en cuatro capítulos bíblicos y cubre de los años diez a la primera mitad de los treinta: Génesis (infancia en Nueva York), Éxodo (nueva vida en Los Ángeles), La tierra prometida (Hollywood y la transformación de la vida familiar, pubertad de Budd), Reyes (ascensos y caídas de la familia, su dispersión, adolescencia de Budd y viaje final a la universidad, fuera de la «ciudad gremial»). La ironía no abandona esta división, porque la historia de los padres de Budd es la de cientos de judíos de segunda generación que, a diferencia de sus padres, sí supieron adaptarse al nuevo mundo y hacerse ricos. El poder de la industria es tal que las costumbres mismas de la tradición judía se amoldan a la ultrasecularización que ésta exige y el rabino local es «empalagoso» y «reformista», consciente de quiénes son sus poderosos feligreses. Por supuesto, cuando los padres de Mayer, Warner y los demás, se mudan a Hollywood quedan aterrorizados por esa versión moderna de sus tradiciones. Ni siquiera Dios ejerce una influencia permanente en Hollywood. Pero Schulberg demuestra que no podía ser distinto para los hijos de Jehová si querían conservar su Babilonia en pie. Los judíos que van a Hollywood –hoy en día la segunda industria más importante de Estados Unidos después del mercado de armas– saben que la prioridad de sus lealtades la tiene el estudio para el que trabajan.
De cine puede leerse también como una historia personal de la suerte que siguió en aquel país la primera época del invento. No hay que olvidar que los destinos de las personas que Schulberg menciona, él incluido, dependen del tipo de producto que se quiere conseguir en cada época. Así, el Hollywood de los años diez es más culto y pretencioso, hambriento de artistas y de ideas, mientras que el de los veinte busca el glamour y se despeña por los excesos y lo liberal, y el de los treinta es el de los productores como grandes y despiadados magnates que luchan por atraer al público en medio de la depresión económica. Y eso sin contar los problemas derivados de la llegada del sonido, lo que provocó no pocos suicidios en la comunidad.
Todos estos elementos hacen que, en el género «confesiones desde Hollywood», el libro de Schulberg pueda entenderse como una especie de Buddenbrook, un mérito que lo eleva a la categoría de imprescindible. 

01/09/2007

 
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