ARTÍCULO

El lila holgazán de tus ojeras

 

El mejor poema erótico de la lengua española es también el más hermoso. Nos referimos, claro está, al llamado «Cántico» de san Juan de la Cruz que, para gran sorpresa de quien esto escribe, no aparece recogido en la presente antología. Hemos de recordar que el título «Cántico espiritual» no es de san Juan de la Cruz, sino de uno de sus editores, y que ni siquiera si nos decidiéramos a considerar esta poesía como «mística» dejaría por ello de ser erótica, en primer lugar porque la mística no está en absoluto reñida con el Eros, como bien testimonian obras tan diversas como el Banquete de Platón, el Mahanirvana Tantra, los gazales de Hafiz o el ciclo de Bronwyn de Juan-Eduardo Cirlot, y en segundo lugar porque... bueno, reparen ustedes en el cuadro Alegoría de la música de Tiziano, en el que se ve a una mujer desnuda tendida en un diván: ¿no sería encantador suponer que en ese cuadro no hay erotismo porque ese cuerpo mórbido y resplandeciente que tenemos ante los ojos no representa a una mujer, sino que representa a la música?

También parece injusto que no aparezca entre los poemas eróticos de nuestra lengua el gran soneto de Aldana «¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando...?», que es un raro y hermosísimo ejemplo de erotismo neoplatónico y uno de los poemas más originales de nuestro siglo XVI , además de otros sonetos eróticos del mismo autor como «Mil veces digo, entre los brazos puesto». Parece extraño, también, que Lope de Vega aparezca representado solamente por un fragmento de una comedia, cuando es autor de innumerables poemas eróticos en el sentido más amplio (porque cantar a un cuello, a unas manos o a unos cabellos es también poesía erótica), y también en el más restringido, como es el caso del soneto «Yo vi sobre dos piedras plateadas» (Rimas), muestra del curioso fetichismo de los pies que tuvo Lope, y que volvemos a encontrar en la descripción de los pies de la ninfa en «La rosa blanca» (LaCirce) y en sonetos como «¿Qué te han hecho tus pies, oh Clara amiga?» o en el delicioso «Para el columpio», donde el pie se revela, como en el cuadro de Fragonard, cuando la bella asciende en el aire, por no mencionar tantos otros poemas de contenido erótico como «Pasando el mar en engañoso toro», que describe el encuentro de Europa con Júpiter, o la maravillosa descripción de Galatea que encontramos en el canto segundo de La Circe. Quevedo, por su parte, y de forma sintomática, aparece representado sobre todo por poemas satíricos de contenido erótico, pero no por poemas líricos de contenido erótico, como serían, por ejemplo, la silva «Los brazos de Damón y Galatea» (¿en el que sería posible, quizá, encontrar un eco del mencionado soneto de Aldana?), o los sonetos «Aguarda, riguroso pensamiento», «A fugitivas sombras doy abrazos», «Embarazada el alma y el sentido» o el muy conocido «¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Direlo?», que ilustran todos ellos un tema característico de Quevedo, el de los sueños eróticos, variedad del muy barroco interés de este autor por el sueño y por los sueños.

En el capítulo de extrañezas hemos de notar también alguna confusión terminológica. El primer apartado de nuestra antología se llama «Edad Media y Renacimiento», pero abarca exclusivamente la poesía medieval, porque desde ningún punto de vista se puede considerar a Juan del Encina o al marqués de Santillana poetas renacentistas. El siguiente apartado, «Siglos de oro», es donde verdaderamente encontramos la poesía renacentista, y es aquí donde debería situarse también a Castillejo, cuya reacción antiitalianista sólo podemos entenderla en relación con Garcilaso y Boscán, y que es, a todos los efectos, un poeta del Siglo de Oro. También resulta confuso utilizar la denominación «Poesía de cancionero», que suele designar el corpus de poesía cortesana y altamente conceptuosa de autores cuatrocentistas como Villasandino o el comendador Escrivá, para la delicada poesía anónima y de raíces folclóricas que suele conocerse como «lírica tradicional» o «lírica popular».

Parece que la Antología que comentamos se escora más hacia lo satírico que hacia lo lírico, más hacia el porno duro que hacia el erotismo. Las obras más soeces de nuestra literatura aparecen ampliamente representadas, como, por ejemplo, ese horrible engendro llamado Carajicomedia (publicada en el Cancionero de obras de burlas de 1519 y que entronca formalmente con la poesía de arte mayor del siglo XV ), que es una curiosidad, sí, y que es una obra insólita e interesante, pero que es también un sudoroso y jadeante horror estético. Juan Goytisolo lleva muchos años denunciando el pudor de nuestro mundo académico y la reticencia que existen en la universidad y la erudición españolas en general ante las obras libertinas, pornográficas o simplemente eróticas de nuestra tradición. Puede que tenga razón, y estoy seguro de que hay obras de mérito entre las muchas que él cita, como lo tienen, por ejemplo, «El sueño de la viuda» de fray Melchor de la Serna, novela erótica en verso, o los sonetos eróticos anónimos recogidos en El jardín de Venus (siglo XVI ), pero a pesar de los méritos de ciertos pasajes o las felicidades aisladas, este tipo de obras producen muchas veces en el lector una sensación de desazón, de tosquedad, de obviedad fisiológica. El erotismo es un gran tema literario, pero no así el acto sexual, del mismo modo que los banquetes son un gran tema literario (el más fascinante de todos, el de Petronio), pero no así los placeres de la masticación y la deglución. Hay cosas, al parecer, que son agradables cuando se hacen, pero muy desagradables cuando se cuentan. Siempre he sido un gran admirador de Henry Miller y de los torrentes de sexo de La crucifixión rosada, e incluso del marqués de Sade (que hay que disfrutar en dosis cortas, por supuesto), pero poemas como «¿Qué hago en tu ausencia?» (n.° 248) de Salvador Novo o «Colegiala desnuda» (n.° 372) de Jotamario Arbeláez, poeta colombiano que desconozco, me parecen horribles, vulgares y ofensivos, y obras como el «Diálogo entre Venus y Príapo» de Alberti, de una abrumadora cursilería.

La lectura de esta fascinante antología, preparada con evidente esmero y con muy amplias lecturas por el poeta Pedro Provencio, nos invita a reflexionar, pues, entre muchas otras cosas, sobre un tema tan complejo y anguloso como lo es el estatuto de la pornografía dentro del universo artístico. Camille Paglia diría que la pornografía es arte, y eso está muy bien y queda muy resultón, pero reparen ustedes en los autores que fascinan a Camille Paglia: Baudelaire, Spencer, Aubrey Beardsley, Miguel Ángel. Caminando y leyendo por la senda que para nosotros ha preparado Provencio, con decisiones que inevitablemente no contentarán a todos porque lograr tal cosa sería imposible, vamos viendo cómo la verdadera poesía erótica no surge verdaderamente en la lengua española hasta el modernismo. Valga como muestra una de las joyas de la colección, el soneto «Fiat Lux» (n.° 177) del grande y siempre admirable Herrera y Reissig. Otra reflexión que también parece inevitable es que son los poetas hispanoamericanos los que con más naturalidad y desenfado asumen los temas eróticos. Véase a modo de ejemplo, entre ejemplos incontables, el poema de José Antonio Dávila (n.° 225) que contiene, entre otras cosas, el delicioso y decadente, el deliciosamente decadente, verso que hemos elegido como título de esta reseña.

01/02/2004

 
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