ARTÍCULO

El agua de la vida

Debate, Madrid, 1997
Trad. de Fabián Chueca y Juan Manuel Ibeas
 

Es sabido que se muere antes de sed que de inanición. El agua que llamamos dulce es además factor limitante de la producción agrícola y elemento determinante en el desarrollo industrial. A diferencia de otros recursos, éste no tiene sustitutos para la mayor parte de sus usos y su transporte no es practicable más allá de unos pocos cientos de kilómetros. Por otro lado, menos del 3% del volumen total de agua que hay en el planeta es dulce y está atrapada en su mayor parte como hielo en los glaciares y en los casquetes polares, por lo que apenas queda una exigua fracción que se distribuye entre seres vivos, acuíferos, poros del suelo, lagos, zonas pantanosas, ríos y atmósfera.

Pero ni siquiera disponemos de esta fracción para nuestros fines, ya que una buena parte de ella es agua fósil que, como el petróleo, puede ser extraída pero no es renovable. Sí lo es, en cambio, la que fluye hacia el mar, de la cual sólo una parte es accesible al hombre debido a circunstancias geográficas y temporales. De esta última ya sustraemos o utilizamos en flujo bastante más de la mitad y –como resultado del rápido crecimiento demográfico– pronto estaremos consumiendo más de los tres cuartos de las disponibilidades. Así las cosas, casi 500 millones de personas padecen escasez de agua en la actualidad y las predicciones más optimistas estiman que al menos 2.000 millones de personas serán afectadas por este problema dentro de cincuenta años.

Todas estas consideraciones llevan a la conclusión de que el uso racional del agua es un reto al que debemos responder sin demora. De esto trata El libro del agua –publicado por Klaus Lanz con un apéndice aportado por Greenpeace España–, que merece una reseña no tanto por su importancia objetiva como por la escasez de libros que traten este tema para un público general y por el predicamento que la institución que lo respalda tiene sobre un amplio sector de los lectores.

El libro es, en primer lugar, un completo catálogo de agravios: en él se pasa una revista minuciosa a los desmanes que, a juicio del autor, se cometen en el uso urbano, industrial, minero o agrícola del agua.

Empieza por considerar los problemas relacionados con el consumo urbano. De un lado, en los países industrializados el agua que se bebe ha de ser depurada porque los acuíferos están con frecuencia contaminados, pero la depuración no garantiza un agua de calidad, por lo que ha prosperado la industria del agua «mineral» embotellada, al tiempo que se consumen cantidades ingentes de agua subterránea purísima con fines industriales. De otro lado, la idea de transferir las modernas y costosas tecnologías hidrológicas y sanitarias de Occidente a distintas regiones en desarrollo –en detrimento de soluciones más simples y viables– ha fracasado en la práctica.

Respecto a los modos en que se usa el agua para limpiar, el autor se muestra radicalmente crítico con usos y costumbres occidentales que, de hecho, son relativamente recientes. Así, a finales del siglo XIX y comienzos del XX , todas las grandes ciudades de Europa y Estados Unidos empezaron a conectar sus letrinas y pozos negros con las alcantarillas centrales. Esto supuso un error fatal que ha conducido a que, en la actualidad, la depuración de estos efluentes sea un problema de costosa y difícil solución. El autor aboga con vigor por una estricta separación entre las aguas «grises» –aguas menos contaminadas procedentes de baños y cocinas– y las aguas «negras» de los retretes. Defiende también el uso general de detergentes y otros productos de limpieza doméstica que sean biodegradables y la implantación de retretes y baños que consuman menos agua. Llega incluso a cuestionar la obsesión moderna por el baño diario y a reivindicar el olor corporal.

En la parte central del libro ocupa un lugar prominente la discusión de lo que podíamos llamar las grandes intromisiones humanas en el ciclo hidrológico: la construcción de grandes presas, el encauzamiento de los ríos, el cegamiento de desagües y drenajes, y la práctica agrícola. En primer lugar, la diatriba contra el embalse y encauzamiento del agua deja tan pocos resquicios que el lector no logra saber si lo que en realidad propone el autor es la destrucción de todo lo ya construido. Estas actuaciones humanas tienen un notable efecto negativo sobre la flora y la fauna. Además, los ríos encauzados y los desagües cegados –por obras públicas y toda suerte de construcciones– constituyen una fórmula para el desastre de las inundaciones catastróficas; para la catástrofe organizada, en palabras del autor.

En relación con la agricultura se plantea un doble problema de demanda y de contaminación. En efecto, esta actividad es responsable de más del 70% del consumo de agua a escala global, aunque en países como Suiza, con buena pluviosidad y alta industrialización, no supere el 5%. Además, el cultivo intensivo requiere el uso de fertilizantes y productos fitosanitarios cuyos residuos acaban por contaminar los acuíferos y por eutrofizar los ríos y los lagos. Por otra parte, a la imposibilidad práctica de aumentar la superficie cultivada en régimen pluvial –porque ya se ha aprovechado todo lo aprovechable– se viene a sumar la enorme dificultad para incrementar la superficie bajo regadío ante el aumento de la demanda de agua para consumo doméstico generado por una población mundial que se va a duplicar en poco tiempo.

Finalmente, el uso industrial del agua presenta características peculiares: en un escenario de precios subvencionados y legislación ambiental laxa, se consume sin tasa y se vierte sin depurar a los cursos fluviales, mientras que en un marco legal exigente se puede llegar a hacer verdaderos milagros. Así, los 280 litros de agua que requiere la fabricación de 1 kg de acero pueden convertirse en 14 litros, si se recicla ésta, y, de modo similar, los requerimientos de 1 kg de papel pueden reducirse de 250 litros a poco más de 1 litro. En este sentido, un país como Israel, árido e industrializado a un tiempo, ha debido hacer virtud de la necesidad, hasta lograr una de las tasas de consumo de agua con fines industriales más bajas del mundo.

El autor hace una buena descripción de los malos usos del agua, y lo hace desde una amplia perspectiva histórica, con abundancia de anécdotas y ejemplos que estimulan la curiosidad del lector. Sin embargo, este libro no acaba de ser recomendable para personas no informadas debido a sus notables pecados de omisión y de comisión. Entre los primeros, el más importante consiste en pasar de puntillas sobre el papel del crecimiento demográfico en la creación de muchos de los problemas que señala –prefiere achacarlos en exclusiva a la avidez y a la estupidez humana– y en obviar una discusión de los costes adicionales –en inversión, en competitividad, en puestos de trabajo– de algunas de las alternativas que con tanta vehemencia propone. Sin esto último, resulta imposible hacerse una idea de las dificultades que pueden encontrarse al aplicarlas o de la urgencia con que se presenta la búsqueda de verdaderas soluciones.

Por otra parte, el autor adopta una actitud contra la ciencia y la tecnología que sorprende por su radicalidad y que se manifiesta de las más diversas maneras. El verdadero saber era el del hombre precientífico y los logros de la tecnociencia son todos cuestionables para él, excepto aquellos que, aun siendo más o menos marginales y dudosos para la comunidad científica, soplan a favor de las ideas que él defiende. Su empeño en descalificar el método científico o de transferir a los investigadores lo que son responsabilidades colectivas de la sociedad es en extremo pueril. Este libro podría haber cumplido muy bien un papel educativo general muy necesario. Sin embargo, aunque posee algunas de las cualidades necesarias para ello, es como un río por el que fluyen aguas innecesariamente contaminadas.

01/03/1998

 
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