ARTÍCULO

Vidas fronterizas

Acantilado, Barcelona
Trad. de Luisa F. Garrido y Tihomir Pistelek
266 pp. 17 €
 

Forma parte esta novela del ciclo Ramas entrelazadas, todo él concentrado en las vicisitudes (trágicas vicisitudes) de los habitantes de Novi Sad, capital de la Vojvodina, a lo largo del último medio siglo, pero sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial. La misma editorial ha dado a la luz con anterioridad El Kapo (2004), perteneciente a la saga, obra por la que los traductores (los mismos que firman la presente) obtuvieron el Premio Nacional de Traducción. Por otra parte, ya en 1997, Anaya & Mario Muchnik publicó El uso del hombre, en traducción del francés (por sorprendente decisión del propio autor) a cargo de Marcelo Cohen. Acantilado, que se propone editar el mencionado ciclo completo, ha publicado además, fuera de él, la novela A las que amamos (2004).
De madre húngara y padre serbio, el propio Tisˇma (1924-2003) nació en la ciudad que convirtió en escenario de sus estremecedoras y emocionadas narraciones, y padeció la suerte de muchos de sus vecinos: aunque sobrevivió a la matanza de catorce mil ju­díos y quinientos serbios perpetrada en Novi Sad en enero de 1942 por los nazis húngaros (que se anexionaron la provincia hasta el final de la guerra), fue a parar a un campo de trabajos forzados, de donde, en 1944, salió para incorporarse al ejército yugoslavo de liberación. Como en otras de sus novelas, Tisˇma acude aquí a un peculiar entrelazamiento de la historia y la vida supuestamente ficticia de los personajes que inventa, nunca héroes ni protagonistas destacados de los acontecimientos, sino seres atrapados en las convulsiones de una comunidad nacional y religiosamente diversa, y por lo mismo víctima recurrente de las políticas nacionalistas o xenófobas de los respectivos «triunfadores» de la historia en cada momento. Blam se salva del pogromo gracias a un antiguo amante de su madre, pero no así algunos de sus íntimos amigos de la infancia, y su propia hermana, que mueren incorporados a la resistencia comunista. La de aquél es la existencia de un ser atrapado por el miedo a asumir sus propias raíces y las posibles consecuencias que ello pueda traerle. Asiste así, atormentado y fracasado, a la tragedia que tiene lugar a su alrededor, sin tomar parte, soslayando el riesgo, pero también absteniéndose de vivir. Blam vive en pleno centro de la ciudad y todo le recuerda, décadas más tarde, lo sucedido entonces, y también sus propias renuncias, las que habrían de salvarlo de la muerte y sumirlo en la impotencia. Se casa con una cristiana ortodoxa y su vida de pareja es un fracaso, desempeña sin demasiado interés diferentes trabajos, y recuerda, recuerda el pasado terrible y observa el presente anodino en el que todo ha sido borrado, y tanto lo uno como lo otro le dicen que nada garantiza que la tragedia no vuelva a repetirse (después de la matanza y de la deportación masiva a Auschwitz quedaron poco más de un centenar de judíos en la ciudad, y su sinagoga ha sido transformada en sala de conciertos). Los signos premonitorios son manifiestos. El propio Tisˇma, tras enfrentarse a comienzos de los años noventa a Milosevic, se exilió en París en 1993, de donde no regresó hasta 2000.

Su narración de los hechos históricos se opera con minuciosidad pero parcamente, a través de una lente pretendidamente objetiva y desapasionada, en un procedimiento que se asemeja (no digo que tenga vínculo reconocido con él) al empleado por Danilo Kis. En cambio, el relato de las vicisitudes humanas del personaje central y de los que lo rodean está cargado de ternura, de un lirismo a veces de cortante intensidad. Recuerdos y observaciones desembocan en un final estremecedor y emocionante: de un lado, la descripción, sobria, neutral, de la noche de la matanza; de otro, unas cartas de amor que nunca llegaron a su destino y prueban que la vida podía haber sido distinta. La novela no busca «culpables», indaga en los grados de responsabilidad de cada uno en lo sucedido, en las claves de la herencia y las decisiones que lo llevan a comportarse como lo hace, contribuye a que distingamos una línea divisoria entre las víctimas y los verdugos, pero ésta no resulta ser fina, recta ni tampoco nítida. Sí aparece con estremecedora claridad la fragilidad de los seres humanos ante las tormentas de la historia, su previa condición de vícti­mas. 

01/06/2007

 
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