ARTÍCULO

El lenguaje y la naturaleza humana

Alianza Editorial, Madrid, 1996
Trad. de José Manuel Igoa González
 

El pato Donald recién nacido puede zambullirse en el agua, nadar sin más preámbulos y al salir sacudirse las plumas para quitarse el agua; la fiera y solitaria Moby Dick surcaba el océano en el mismo instante de su alumbramiento, pero Jaime, mi hijo, después de un año de vida y habernos oído centenares de conversaciones, es incapaz de decir «¡por favor, no más biberón!». Ni Donald ni Moby Dick necesitan ver nadar a sus respectivas madres para poder nadar a la primera y sin equivocarse en los movimientos. Jaime necesitará seguir oyendo más parlamentos y todavía casi otro año para decir algo así como «cheche no» y quizá otro más para decir «no jugamos más». Todo esto no sin antes haber lanzado un «juegamos» o «el pato está morido». Las capacidades natatorias de Donald y Moby Dick son un ejemplo claro de instinto, pero ¿lo es de la misma forma el acto de hablar de Jaime?

Steven Pinker, jóven psicólogo y lingüista de la Universidad de Harvard, argumenta a lo largo de las páginas de este libro que el lenguaje es un instinto como lo es nadar para los patos y las ballenas. Con ello no hace más que llevar hasta el final las opiniones de uno de los más afamados intelectuales de este siglo: Noam Chomsky. En los últimos cuarenta años, este infatigable y combativo sabio americano ha esgrimido su poderosa y temible argumentación, salpicada a veces de soflamas, a favor del carácter innato del lenguaje. La vuelta al innatismo fuerte de Descartes, facilitada por el fracaso del conductismo, ha sido acogida con entusiasmo en algunos psicólogos de estos últimos años. Este innatismo se extiende no sólo al lenguaje, sino al conocimiento humano en general.

También sostiene que nacemos sabiendo la geometría euclídea, la aritmética, la armonía de Bach, etc. Este saber, dicen, viene a ser una conquista de la naturaleza humana. La pregunta del millón es, ¿cómo es esto posible? ¿Puede en verdad ser que el concepto de número «1», las armonías de la Pasión según san Mateo y el espacio de Euclides estén prefijados en el cerebro? (Nota bene: la mente queda aquí reducida a masa cerebral). La respuesta millonaria de Pinker sale de la boca de Charles Darwin (1859): el lenguaje, como las otras capacidades del conocimiento, se ha debido gestar en el útero de la evolución mediante selección natural. La respuesta no menos millonaria de Chomsky está en la del enfant terrible S. J. Gould, que sostiene que a veces hay carambolas en la evolución Así, en el lance de billar de la evolución a uno le puede tocar un cerebro y a la vez lenguaje.

Este emparrillado de ideas apuntala una concepción del hombre según la cual éste sólo tiene naturaleza y esencias(«ideas innatas»). El libro de Pinker es un entusiasmado alegato a favor de una naturaleza humana forjada (y fijada) en la selección natural. Es precisamente en este terreno donde la adaptación y la selección pueden resultar activas: se pueden producir normas (todas ellas aceptables por nuestro cerebro) que compiten, y la selección decide.

El naturalismo en la concepción del hombre resulta tan simplificador como sus contrarios ya se llamen conductismo o empirismo. Pues, en efecto, no se puede negar que hablar español o comanche no requiera un órgano, el cerebro. No se puede razonablemente rechazar que el lenguaje humano tiene un sustrato biológico. Lo que sigue siendo una mera hipótesis es que el lenguaje tal como lo presenta el innatismo fuerte de Pinker esté fisiológicamente motivado, como lo está la natación en el pato Donald.

O dicho de otro modo, está sin demostrar que pueda reducirse enteramente lo que es superorgánico, la actividad lingüística, una actividad que trata con el significado, a lo orgánico. ¿Hay una base fisiológica fija (es decir, instintiva) y localizada en el cerebro para esto? Supongamos que Pinker dijera que sí. Para ello habría hecho un experimento con hablantes mediante una técnica muy sofisticada, por ejemplo, la resonancia magnética o un aparato que sólo exista en Harvard que detecta que cuando alguien dice aquella frase inglesa la neurona 75.420.300 en las coordenadas x, y, z se encabrita. ¡Ajá! ¡Ahí está la fisiología de la pregunta! Bien. Ahí está quizá la disposición de símbolos, pero no el acto intencional de un hablante que quiere saber algo sobre una creencia de otro hablante. Pues esa disposición de símbolos no es nada, es decir, no es nada lingüístico, desprovista de su relación con la intención significativa del preguntar. La intención, desde luego, está en todo el cerebro, como cuando quiero levantar un brazo. Alguien puede pronunciar en sueños, ¿quién crees tú que se fue? con la neurona antedicha excitada, pero difícilmente puede atribuírsele intencionalidad y todas las otras piezas del juego lingüístico. Y esta relación entre la intención significativa del hablante y la disposición de los símbolos de la frase, que es la chicha del lenguaje, no es un acto biológicamente programado. El sustrato biológico innato en que se apoya el lenguaje no explica por sí solo los actos intencionales de significado que acompañan a la pura sintaxis. Pero concedamos a Pinker que la sintaxis o la gramática universal está preformada en el cerebro y que eso ha sido posible por selección natural. ¿Se deduce de ahí que esa gramática universal sea un sistema computacional, es decir, una disposición y manipulación de símbolos? No necesariamente. Al situar un órgano en el marco biológico de la selección natural, estamos preguntando por la función, que se dirige, en la gran mayoría de los casos, a optimizar el órgano. Por tanto, si el lenguaje se obtiene por selección natural, y es una adaptación filogenética, lo más probable es que nos encontremos con propiedades funcionales (o de diseño), propiedades que le impone el ambiente al organismo. ¡Bienvenido al funcionalismo, profesor Pinker! En la medida en que esto es así, hay que concluir que siendo coherentes con Pinker el lenguaje no podría ser un sistema computacional, por más que se empecine en sostener que el lenguaje lo es. En este punto Chomsky es más coherente, porque para él el lenguaje es un sistema computacional que no sirve realmente a ninguna función, es inmune al ambiente, y ha surgido por carambola; en suma, no sería una adaptación filogenética. Para justificar en el lenguaje adaptaciones filogenéticas habría que buscar, por ejemplo, en el sistema de conceptos lingüísticos que utilizamos, sistema que en muchos casos es metafórico. La metáfora sí «refleja» el ambiente en el lenguaje; pero de esto Pinker no quiere saber nada.

01/12/1996

 
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