ARTÍCULO

El legado regeneracionista

Junta de Castilla y León, Valladolid, 1998
238 págs.
 

Resulta sorprendente que, desde las últimas investigaciones sobre Joaquín Costa, no se haya avanzado demasiado en la correcta comprensión de los demás autores regeneracionistas. Salvo contadas excepciones, como la monografía de Sisinio Pérez Garzón sobre Luis Morote (1976), las aportaciones de Carlos Serrano o los trabajos de J. Gómez Mendoza y Nicolás Ortega sobre geografía y regeneracionismo, apenas contamos con estudios serios y debidamente contextualizados en este sentido. A diferencia del gran interés que han suscitado otros autores u otros aspectos del 98 y de la época de fin de siglo en España, los escritores regeneracionistas siguen siendo víctimas de un cierto olvido, o de lo que aún es peor, de tópicos y malentendidos recurrentes. Dentro de esta situación de pobreza bibliográfica, hay que resaltar por ello mismo la loable tarea de la Fundación del Banco Exterior al comenzar a editar en 1987 la «Biblioteca Regeneracionista», hace unos años interrumpida.

A llenar, pues, este vacío en la historiografía del pensamiento español contemporáneo, contribuye eficazmente la presente publicación de Fernando Hermida. Se trata de un trabajo metodológicamente bien planteado, y riguroso en la interpretación del significado tanto de la vida y obra de Macías Picavea como del fenómeno regeneracionista en general. El éxito principal de la investigación radica en la recuperación de muchas de las fuentes primarias de Picavea –durante años olvidadas–, en el análisis certero de otras que habían sido tratadas superficialmente y en el acceso a fuentes documentales no manejadas hasta ahora por ningún otro investigador.

Esta recuperación del legado regeneracionista me parece valiosa y acertada. Pienso que el regeneracionismo ha padecido ciertos enfoques inadecuados y perversas utilizaciones políticas. Por un lado, se ha practicado con él un doble reduccionismo, uno temático y otro cronológico. Es bien sabido que a partir de 1960 se produjo una verdadera avalancha bibliográfica sobre Costa, y esto, con ser positivo, ha generado a veces una simplificación: si bien Costa fue regeneracionista, no todo el regeneracionismo fue costista. Asimismo, si partimos de la consideración del regeneracionismo como una línea de pensamiento que arranca de la Ilustración y continúa de modo coherente con el positivismo, no se puede agotar su estudio en el movimiento de fin de siglo. Este fenómeno, al que en más de una ocasión he definido como «urgencia reformista más positivismo», no sería otra cosa que la culminación teórico-política de esa trayectoria aludida. Fenómeno que además tiene unos antecedentes inmediatos en la etapa positivista de la Renaixença catalana –España talcomo es (1886), de Almirall; Ensayos de crítica inductiva sobre asuntos españoles (1887), de Gener, etc.– y en los positivistas castellanos de los años setenta y ochenta.

Por otro lado, el regeneracionismo ha sufrido también un frecuente tratamiento ideológico. El ejemplo más flagrante en este sentido fue la instrumentalización que de él hicieron pensadores y políticos de las dos dictaduras. Como eficaz testimonio en el caso de la primera tenemos el libro de Dionisio Pérez, Elenigma de Joaquín Costa. ¿Revolucionario? ¿Oligarquista? (Madrid, 1930). Luego vendría el artículo de E. Giménez Caballero, «Joaquín Costa y Alfredo Oriani» en La conquista del Estado (2, 21-III-1931). Más tarde, en la dictadura franquista, se inicia en los años cincuenta un intento de aprovechamiento y domesticación de Costa, hecho que se acentúa con la irrupción de un pensamiento oficial de signo tecnocrático a tono con los Planes de Desarrollo. Tal vez influido por estas circunstancias, publica en 1961 Tierno Galván su libro Costa y elregeneracionismo. Creo que Tierno, a pesar de su gran valía intelectual, no estuvo afortunado en este trabajo: entre otras cosas, confunde costismo con regeneracionismo y no hay manejo alguno de fuentes primarias.

Precisamente, Macías Picavea ha sido uno de los autores regeneracionistas más castigados por estas interpretaciones ideológicas. En 1947 aparece en Valladolid el libro de Óscar Pérez Solís Macías Picavea. Y luego el propio Tierno le dedicaría un ensayo de rótulo de bien expresivo: «El prefascismo de Macías Picavea». Pero de nuevo nos topamos con la ausencia de investigaciones rigurosas. Se desconoce, por ejemplo, la labor de Picavea en el periódico La Libertad y su prolongada militancia republicana, siendo estos datos fundamentales para entender el auténtico significado de su obra. Está claro que estos hombres no eran ni revolucionarios ni prefascistas, y es preciso acercarse con detenimiento a la situación española de la época para enjuiciar debidamente el repertorio de sus actitudes políticas, fruto muchas veces de la pura desesperación e impotencia. Más que de prefascismo, habría que hablar de un despotismo ilustrado tardío. Basta contemplar en este sentido el concepto de «aristarquia» de Pompeu Gener, desarrollado en su artículo «Los filósofos de la vida ascendente» (Amigos y maestros, Madrid, Fernando Fe, 1898), o leer el estudio de Rodríguez-Carracido titulado Jovellanos. Ensayo dramático-histórico, publicado en 1893 y analizado con acierto por A. Moreno González y Jaume Josa en su introducción a la edición por Alta Fulla - Mundo Científico de sus Estudios histórico-críticos de la cienciaespañola (Barcelona, 1988). Se trasluce en estos casos un clara nostalgia del sistema ilustrado, en un país donde las estructuras sociopolíticas y económicas, como el caciquismo, bloqueaban las reformas por la vía parlamentaria. El fracaso de la revolución burguesa en España colocaba sin duda a estos liberales en una posición política incómoda y difícil. Los procedimientos coherentes con su ideología socavaban precisamente en la práctica las reformas que deseaban realizar. De esto eran muy conscientes. Los regeneracionistas, apoyados en los instrumentos analíticos que las nuevas ciencias sociales les permitían, fueron unos críticos muy sólidos, alejados de la retórica al uso, de las corruptelas, de la ineficacia y de la trampa formalista de la situación imperante, una trampa tan frecuente en la historia española contemporánea, que tendía a confundir la apariencia con la realidad. Y, desde luego, en una cosa tenían plenamente razón: no se podía estar de vuelta sin haber ido. En un país como España, en el que la mayoría de los ideales ilustrados no se habían llevado a cabo, el empeño modernizador debía caminar por unas sendas indubitables.

Bienvenido sea, pues, este excelente libro del joven historiador Fernando Hermida en un año como este del 98. Constituye sin duda un buen soporte para conocer una línea de pensamiento que en gran medida sigue siendo válida hoy día y que, desde luego, resulta más eficaz y operativa de cara a la modernización de España que otras corrientes intelectuales de índole metafísica y estetizante, que nos ofrecen una visión esencialista de los problemas nacionales y que suelen practicar un nacionalismo añejo y de corto alcance. El regeneracionismo, en cambio, a la par que sus afanes reformistas, realizó importantes contribuciones al conocimiento científico de la realidad natural y social hispana, y trató de racionalizar la actividad política en un sentido estrictamente positivo, esto es, fundamentándola en instancias científicas. No sólo existió la llamada «generación del 98»; también hubo «otro 98».

01/10/1998

 
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