ARTÍCULO

Actualidad del Romanticismo

Visor/La Balsa de la Medusa, Madrid
Trad. de Juan Díaz de Atauri
268 págs. 1.800 ptas
Akal, Madrid
Trad. de Klaus Wrehde y M. Á. San José Ribera, con la colaboración de A. del Río Herrmann Introd. de Paolo D’Angelo traducida por Félix Duque
172 págs. 2.200 ptas.
 

«Una historia del legado del romanticismo acabaría por coincidir, en gran medida, con la historia global de la estética de los siglos XIX y XX », dice Paolo D'Angelo al final de la introducción de su libro La estética del romanticismo, segunda entrega de la serie Léxico de estética, que está publicando la colección «La balsa de la Medusa». En efecto, el episodio romántico no es un capítulo más en la historia de la estética, sino, antes bien, el gran acreedor del pensamiento artístico moderno, con el que nunca se acaban de saldar las cuentas. El interés por ese momento germinal de la filosofía del arte de la edad contemporánea, lejos de originar discursos críticos en su contra, ha dado pie a una curiosidad creciente que se ha hecho notar en los últimos diez o quince años de forma palmaria. Signo de ello en nuestro país es la diligencia con la que se han abordado estudios y traducciones de fuentes y de literatura secundaria del Romanticismo. Un trabajo reciente en el campo de la traducción de textos del idealismo es la versión de la Filosofía del arte de Schelling que ha preparado Virginia López-Domínguez, una nueva traducción de especial calidad que enriquece la ya amplia biblioteca de obras de Schelling en español. Al igual que Schiller, Schlegel, Schleiermacher, Hölderlin, Jean Paul y algún otro, como Creuzer y Carus, Schelling está entre los autores de la época idealista que, contra lo que podría preverse y pese a las dificultades que presenta traducirlos, tienen buena recepción en este fin de siglo.

El Léxico de estética, en el que ha aparecido el libro de D'Angelo, está formado por una serie de algo más de veinte títulos que dirige el filósofo Remo Bodei en Italia. Está concebida en tres secciones: una de conceptos fundamentales, otra de estética aplicada a las diferentes artes y una tercera, en la que se inserta el libro La estética del romanticismo, que atiende a los sucesivos momentos del desarrollo histórico de la disciplina. Es llamativo ya el hecho de que los ochos títulos proyectados en la primera sección, titulada Palabras clave, respondan a conceptos cuya problemática está desarrollada muy característicamente en la estética romántica: lo bello, lo sublime, lo fantástico, lo cómico, lo trágico, el gusto, el genio, la imaginación. No pretendo decir que sean conceptos sólo románticos, sino que se trata de una selección de nociones filosóficas ciertamente guiada por el discurso estético del Romanticismo y, en menor medida, de la Ilustración. La Ilustración, qué duda cabe, sigue siendo objeto fundamental de referencia en el campo de la ética, la teoría política, la epistemología y otras áreas del pensamiento, pero la mirada actual sobre los inicios de la Edad Contemporánea se fija en el Romanticismo cuando las cuestiones son de filosofía del arte. No deja de ser una dicotomía interesante, bastante en sintonía con la escisión a la que está sometido el pensamiento artístico con respecto a otros ámbitos del saber. Decididamente nos topamos con la circunstancia de que, aunque con otros muchos modelos, la reflexión sobre el hecho artístico ha tomado por guía términos de discusión prototípicos de la época de Goethe. Podríamos pensar que se trata de una constelación propia de la cultura filosófica italiana de hoy, donde destacan muchos estudiosos del período romántico, como el propio Bodei, De Praz, Givone y otros, pero el hecho es que desde muchos otros foros internacionales se toma el idealismo como objeto privilegiado de atención para la filosofía del arte. También en España ocurre, y por múltiples vías; pensemos, por ejemplo, en los trabajos de Martínez Marzoa, Duque, Villacañas, Marí, Argullol y Mas. Y explicar esta especie de concierto de intereses intelectuales no es cosa fácil, teniendo en cuenta que, para los hábitos actuales de lectura, páginas como las de Runge y Chateaubriand suenan, cuanto menos, a excentricidad. Saldar la cuestión con palabras tales como «moda», «crisis», indagación de los orígenes» u otras con el mismo carácter expeditivo, nos privaría del placer de responder con convicción. Lo que nuestra época pueda o no compartir con ese otro episodio histórico de la cultura que estudia depende fundamentalmente de lo que de él conoce y estima. Y una buena base para ese diagnóstico se lo ofrece al lector lo que aportan algunas novedades bibliográficas como las que aquí se reseñan.

Schelling es uno de los protagonistas de la literatura filosófica del romanticismo del que existe una más larga recepción en nuestro país. Y no porque podamos remontarnos a la impronta que dejó en el krausismo español, sino por ser autor repetidamente traducido en los últimos diez años. Aparte de sus escritos tempranos, anteriores a 1800, y de alguna obra clave, como su Filosofía de la mitología, aforismos y algunos escritos importantes de filosofía de la naturaleza, existen traducciones del grueso de la doctrina de Schelling. Dentro del campo de su pensamiento que, más interés suscita, la estética, ha sido traducido y comentado de nuevas su Filosofía del arte, libro póstumo constituido por las lecciones que dictó en 1802-1803 en Jena. La cuidada edición podrá servir de herramienta de trabajo en nuestra universidad. Sigue el texto establecido en la edición del hijo del filósofo, K. F. A. Schelling, Sämmtliche Werke (18561861), que es la que se sigue empleando en los trabajos académicos, y mantiene en la traducción la referencia a la paginación original. Incluye además índices de nombres y obras citadas y un léxico sumamente útil. La obra está compuesta de una sección centrada en la fundamentación de la estética y en la definición de la naturaleza del arte y de una segunda parte en la que se analizan especulativamente las diversas artes, sus formas, géneros y principales exponentes históricos. Pero no es la genealogía idealista del arte y la literatura modernos, que desarrolla esa segunda mitad, lo que destaca absolutamente la autora de la edición en sus palabras preliminares, sino el carácter paradigmático que adquiere el arte como objeto de la filosofía y su legitimación.

Bien es cierto que la introducción de López-Domínguez, que es escueta y clara, hace una presentación del conjunto de la obra. El problema central en el que nos sitúa no deja de ser, con todo, el de la relación entre la experiencia artística y el conocimiento filosófico dentro de la filosofía de la identidad, que atribuye a la actividad estética un lugar decisivo en la mediación del conocimiento filosófico. Comoquiera que Schelling repite incansablemente que lo finito y lo infinito, la materia y el ser, la necesidad y la libertad, quedan indiferenciados en lo absoluto, objeto supremo de la filosofía, y el arte ofrece una forma de armonización de lo sensible con la idea, da expresión real a lo ideal, la filosofía y el arte comparten el mismo fin de facilitar la experiencia de la identidad entre términos escindidos. La unidad de poesía y filosofía aparece como uno de los principales postulados románticos del pensamiento estético de Schelling.

El discurso de Schelling, articulado en parágrafos, con sus teoremas, desarrollos y suplementos, está bastante lejos de las formas en las que hoy se escribe literatura filosófica. Es más, aunque aparente demostrar, Schelling construye una estética manifiestamente especulativa. Y la pregunta es: ¿por qué, pese a ello, existe una buena receptividad del pensamiento estético Schelling hoy en día, cuando las teorías del significado, la sociología y otras disciplinas apuntan hacia la objetividad analítica en el estudio del lenguaje artístico? Y la respuesta está en la pervivencia de fórmulas idealistas, que tienen que ver con el rendimiento filosófico del arte, en el horizonte de la actividad artística de, digamos, las últimas décadas. Debates idealistas como la crítica de Hegel a Schelling sirvieron en los años ochenta para establecer criterios de evaluación de la discusión estética más moderna, como hizo, por ejemplo, Odo Marquard. También Robert Rosenblum y cuantos se ocuparon de la proyección moderna de la poética de lo sublime abundaron en la herencia idealista que ha vivido el discurso estético de las nuevas vanguardias. Y autores diversos como Baudrillard, Bazon Brock, Manfred Frank, Franco Rella y otros muchos han participado con mayor o menor fortuna en el debate que ha encontrado en la filosofía romántica del arte una causa actual. Y es que la estética especulativa es un buen aliado de nuestros hábitos culturales.

La estética del romanticismo que ha escrito Paolo D'Angelo, aun siendo un manual de historia de la estética, dentro de la colección antes mencionada, hace las veces de compendio de la actualización que ha sufrido la filosofía idealista del arte, en la medida en que la caracteriza como un credo liberador. Es más, como se inscribe en un proyecto de historiografía filosófica muy marcado, como decía arriba, por los conceptos románticos, anuncia implícitamente alguna sana intención suplementaria, imprevista por lo común en los manuales. Pero, este propósito no está entre lo verbalizado, y, salvo por el hecho de que la presentación de las categorías de la reflexión estética del romanticismo no se formula con una distancia crítica perceptible, la actuación del autor es relativamente discreta en este orden de cosas. El resultado, en todo caso, es un muy bienvenido libro por las cualidades que comentaré a continuación, y un libro acomodaticio y problemático por lo que también diré. D'Angelo dedica la introducción del libro a presentar una cronología y un mapa de la estética del romanticismo, para el período 1796-1830, tanto en Alemania, como en Italia, Inglaterra y Francia. En pocas decenas de páginas el lector logra situarse en la historia del romanticismo, a través de sus diversos centros geográficos y de los sucesivos momentos de su desarrollo. Y en este despliegue aparecen ya algunas de las principales cuestiones que se estudian después, en los capítulos que le siguen. En éstos explica D'Angelo los planteamientos centrales de la estética romántica: la comprensión histórico-filosófica de lo artístico, las atribuciones del arte para la teoría del conocimiento, conceptos ideal-típicos, como la ironía, el «Witz», el «Roman», el genio, la imaginación, lo sublime, lo maravilloso, el símbolo, la alegoría y el signo, y presupuestos de la crítica, la hermenéutica y el sistema de las artes. El autor consigue llevar a una síntesis clara y bien articulada esa multiplicidad de problemas que va estudiando por separado. La amenidad del libro y la buena preparación de su autor garantizan que este ensayo vaya a tener una buena recepción. Enlaza muy bien los testimonios literarios con los filosóficos y caracteriza a grandes rasgos cada uno de los temas que toca. Presenta una y otra vez las tesis románticas como «corte con las teorías tradicionales del arte», y ofrece argumentos para confirmar que los ideales estéticos que cristalizan en ese momento pasarán a ser herencia ineludible. La superación del principio de imitación, que presenta de la mano de Wackenroder, la doctrina del símbolo, el descubrimiento de tradiciones culturales ignoradas, algunos rasgos nihilistas, la comprensión organicista de la obra de arte y otros atributos de la estética romántica aparecen como conquistas en este texto. Y la opción del autor es aportar una lectura no muy diferenciada de esos y otros problemas, para caracterizar denominadores comunes de ese desmesurado credo estético con una especie de exposición antológica, gratamente redactada.

No puede reprochársele a D'Angelo el no arriesgar en sus tesis o el no aportar novedades, puesto que su libro es un manual de divulgación, destinado a iniciar en el romanticismo filosófico a los interesados, y, a su modo, incita a una lectura renovada. Tampoco podía hacer una puesta al día de los muchos temas que estudia, pues no era cosa de elaborar, ni mucho menos, estados de la cuestión. Pero, quizá hubiese sido bueno que indicara en cada capítulo la literatura secundaria en la que lo ha basado. Porque, lejos de ser problemas sobre los que exista verdaderamente una lectura canónica, las nociones que toma la estética romántica por objetos de reflexión han atraído sobre sí interpretaciones bastante diversas. Cuando, por ejemplo, aborda el concepto romántico de ironía, recoge D'Angelo las tesis de Peter Szondi para explicarlo, pero no dice que es esta su fuente de información. Por el contrario, D'Angelo ha optado por eliminar lastre de los capítulos y sólo remitir en ellos a algunas fuentes, al tiempo que ha reservado toda la información sobre literatura secundaria a una bibliografía comentada que cierra el libro. Esta opción hace más cómoda la lectura, pero limita parcialmente su alcance. El capítulo bibliográfico es un estupendo apoyo con el que cuenta el libro, si bien, al tratarse de un libro traducido del italiano, aparecen para el lector español algunos problemas. La edición española recoge también información sobre traducciones de muchas obras que se mencionan. Pero, perviven disfunciones tales como que para la lectura de Keats, Tieck o Schleiermacher se remita exclusivamente a ediciones italianas. De muchos autores no hay referencia alguna a ediciones académicas en lengua original, mientras que de unos pocos sí. El efecto que acaba teniendo entre nosotros un Novalis italianizado es, de todos modos, snob y divertido, como el de un menú exótico. Por lo que respecta a la bibliografía secundaria, el problema es parecido: se citan muchos ensayos en traducción italiana, sobre todo de originales alemanes que no están reseñados. Ocurre que Italia es país de muy buenos germanistas y en el que se ha traducido mucho más que en España. De ahí que domine la literatura de originales y de traducciones italianas en esta bibliografía poco astuta para el público de otros países.

Hablo de germanistas y de traducciones del alemán por ser este ensayo fundamentalmente un trabajo acerca de la estética del primer romanticismo alemán. D'Angelo trata también puntualmente aspectos de la poética de Leopardi, Keats, Shelley, Stendhal, Hugo y otros, pero son, más bien, excursos que parten de lo que se dice sobre los románticos alemanes. No pretende el autor, pese al mapa que traza en la introducción, ofrecer un panorama muy diferenciado de los momentos de la filosofía del arte del Romanticismo, cuanto exponer las bases sobre las que se desarrolla. Y cumple perfectamente este objetivo, dentro de los límites que se impone. No se enfrenta a la muy fecunda y tensa relación de la teoría romántica del arte con la estética y la filosofía ilustradas, que hubiese complicado en exceso el discurso. Goethe, Kant, Lessing, Schiller, Baumgarten, Moritz, Mendelsohn y otros exponentes de ese momento de encrucijadas no son objeto explícito de consideración, y en ocasiones lo son únicamente para servir de comparación y subrayar la autonomía crítica de las propuestas románticas. Con ello la actualización del discurso romántico que se granjea D'Angelo está prácticamente desprovista de coloraciones dialécticas. Esta vía no es la más enriquecedora, pues se salda con una lectura fundamentalmente esteticista de las fuentes de la filosofía romántica del arte.

El análisis crítico de la tradición romántica tiene entre sus temas espinosos el de la «religión del arte», un asunto en el que se presenta muy a las claras la tensión con la estética de la Ilustración, así como su herencia. El libro La religión de la pintura. Escritos de filosofía romántica del arte lo trata. Paolo D'Angelo escribe aquí la introducción, a la que sigue una selección de textos de los hermanos Schlegel, Adam Müller, Kleist, Görres, Brentano, Carus, Caspar David Friedrich, Passavant y Overbeck. La antología, preparada por D'Angelo y Félix Duque, aporta novedades importantes, como la traducción del escrito completo de Görres sobre Die Tageszeiten de Philipp Otto Runge, o como un texto del historiador Passavant sobre la nueva pintura alemana, que no se había traducido nunca, que yo sepa. Pero, el grueso de la selección es de textos que ya se conocían en castellano y, en su mayoría, contra todo pronóstico, en versiones mejores que las que aquí se ofrecen. A pesar de la amplitud de miras con la que se seleccionaron los textos, el ensayo inicial que escribe D'Angelo no afronta en sentido extenso el tema de la «religión del arte», sino, antes bien, el de la adecuación de la pintura romántica a los temas cristianos. Un segundo aspecto de su ensayo, que hace coincidir casi forzadamente con el anterior, es el de la ejemplaridad del carácter filosófico de la pintura romántica, del que, según apunta con acierto el propio D'Angelo, el arte moderno ha sido beneficiario. Pintores-filósofos protestantes como Runge y Carus le sirven de referente. Aquí estamos más cerca del tema de la «religión del arte», pero, el afán del autor por equiparar esta problemática con la celebración de la fe en la iconografía romántica impide que se formule una tesis medianamente acabada.

Es una enorme paradoja que, pese a lo soporífero que resulta leer hoy a Wackenroder, a Overbeck, a Görres y a muchos otros coetáneos de éstos, y pese a haber servido su filosofía a la teoría política de la Restauración, sigamos reconociendo en el romanticismo in extenso paternidades y estados germinales de una estética actual. Es ya muy amplia la literatura que invita a realizar ese esfuerzo. Y sin duda acompaña también la razón a este aparente contrasentido. Pero, esa lectura exige que se crezca también la crítica con interpretaciones y contextualizaciones cada vez más certeras y ajustadas. Sólo así podremos llegar a despacharlo como un ciclo concluido.

01/12/1999

 
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