ARTÍCULO

La ley del silencio

Akal, Madrid, 166 págs.
Trad. de Cristina Díez Pampliego
 

Es asombrosa la velocidad con la que se desmoronan los referentes literarios en la máquina del tiempo. Hace sólo veinte años, Siegfried Lenz era, junto a Günter Grass y Martin Walser, el narrador literario más popular del panorama alemán. Sus libros de relatos, como La muchacha serbia (1987), y sus novelas, en especial Campo de maniobras (1985), se vendieron por cientos de miles de ejemplares; su gran éxito, Lección de alemán (1967), fue lectura obligada en los colegios. La veintena de galardones literarios que acaparó su ingente obra, premiaba al novelista, al ensayista de crítica social, aparte de homenajear el compromiso político del ciudadano que acompañó en 1970 a Willy Brandt a Polonia para firmar los acuerdos sobre el reconocimiento de las fronteras orientales.

El comedido y discreto prusiano, afincado en Hamburgo, representaba la conciencia civil de la República Federal. Pero, por mucho que su presencia pública prevaleciera en el paisaje literario de posguerra, y contribuyera a formar un concepto colectivo de responsabilidad con el pasado, y de enfrentamiento crítico con el presente hasta los años setenta, el impacto literario de su obra ha disminuido sustancialmente en la última década. Mientras en el extranjero se reconocen finalmente a Uwe Johnson, Ingeborg Bachmann o Peter Weiss como los valores más universales de su generación, los libros de Lenz se han aparcado en el estante de la literatura de tendencia. El afán pedagógico que los impregna, su apego impertérrito a un realismo poético, la reducción de la culpa colectiva a conflictos morales individuales, hacen que envejezcan mal. Sin ton ni son pasaron sus dos últimas publicaciones: la novela La rebelión (1994) y los relatos de Ludmila (1996), que exhalan un difuso humanismo general y una moraleja resignativa, tono que también predomina en El legado de Arne.

En esta novela, decididamente crepuscular y nostálgica, vuelve el autor al mundo de la adolescencia y al Elba, el escenario fluvial de tantos relatos suyos. Lenz es un gran observador y un mago de la recreación de los movimientos, sonidos y olores del río, del crujir de témpanos de hielo o del reflejo del sol en verano. Muy seguro de sus medios, ha depurado al máximo su escritura y crea con la sencillez de su estilo una novela calmosa y transparente, de densas imágenes.

«Con qué sencillez sucede todo y se ofrece a la mirada, qué cerca y qué presente.» Esta frase programática inicia una historia realmente interesante, la de Arne, un muchacho que perdió a su familia a los doce años y es adoptado por los padres de Hans, dueños de un astillero de desguace en un brazo muerto del Elba. Al recoger sus cosas, Hans, que había asumido el papel de protector del nuevo miembro de la familia, rememora la convivencia con este chico callado, dulce y soñador. Durante dos años Arne compartió su habitación, y los objetos que dejó –pecios de una existencia naufragada: un trozo de nasa, un cojín de cordel, una placa de hojalata–, le traen a la memoria episodios de su corta vida. Recuerda cómo Arne mostró en seguida unas dotes excepcionales, igual en casa, donde estudiaba finés por su cuenta, que en el colegio, y cómo fue rechazado por los chavales de su edad, especialmente por Lars y Wiebke, los hermanos menores de Hans: «Era distinto, Arne era distinto, si esta explicación te vale, simplemente no pegaba en nuestro grupo».

Lenz plantea aquí un problema fundamental de la adolescencia: el descubrimiento de la identidad y, por tanto, de la otredad. Arne desea, más que nada, ser como los otros, ser aceptado por el grupo, y para ello está dispuesto a todo: deja de ser el primero de la clase y da absurdas pruebas de valentía. Su candidez, que alcanza grados realmente inverosímiles, le impide reconocer la intriga que traman sus supuestos amigos contra él, y así el destino –un elemento desconcertante y cada vez más patente en la narrativa racionalista de Lenz– sigue su curso. La desgracia se desarrolla imperceptiblemente y, en buena medida a causa de la rigidez y del proverbial recato de los hamburgueses, que condena a todos, incluso a Hans, a guardar silencio. Significativa para esta actitud, entre inhábil y respetuosa, es la escena de la llegada del niño a la casa, la fría bienvenida que le dispensan los hermanos menores, temerosos de un intruso, y la incapacidad de los padres de disolver la tensión con unas palabras cordiales, cuando el chico les entrega un regalo: «Como es habitual en nuestra familia, se estrecharon la mano en señal de agradecimiento sin mediar palabra».

La incomunicación de su entorno resulta fatal para Arne, y la economía expresiva de la narración, su contención de movimiento, corresponden a este mensaje. Sin embargo, lo que forma parte de su atractivo, se convierte, a medida que avanza la novela, en su talón de Aquiles. Lenz relata la historia de una muerte anunciada, con una acción creciente, pero apresada en un bodegón. No solamente el escenario resulta extrañamente estático –siempre el cuarto de los chicos, la vista por la ventana al puerto, con las grúas, los barcos y talleres–; también el tiempo está parado. A pesar de escuchar música de los años noventa, los jóvenes hablan y actúan como en la época de posguerra. La madre es ahorrativa con la comida, la hija recibe bofetadas por llegar tarde a casa, los dos protagonistas viven una cariñosa camaradería, comportamientos que, si no resultan directamente ridículos, como mínimo son improbables. Por añadidura, todos los personajes se mueven en papeles fijos: Arne, el desvalido; Hans, el protector; el padre taciturno y bueno; Lars, el hermano ladino; Wiebke, la adorada cruel. Contra toda lógica, hasta el duro personal del astillero compone un mundo intacto, al ser caracterizado limpiamente en buenos y malos.

Lo que empezó interesante y sugerente, termina de un modo totalmente artificial. El legado de Arne no podría pasar por novela juvenil, porque ningún joven de hoy reconocería sus personajes, pero tampoco puede considerarse una novela para adultos. Tal vez habría que adjudicarle una nueva categoría, la de la tercera edad, cuando los recuerdos tiñen la adolescencia, por muy atormentada y conflictiva que haya sido, de reflejos dorados.

01/01/2003

 
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