ARTÍCULO

Memoria viva

Algaida, Sevilla
400 pp. 19,50 euros
 

Conviene advertir que Manuel Arce no es un novelista de última hora, ni tampoco alguien que, al amparo de esta moda exitosa de novelas sobre la Guerra Civil, haya querido pescar en río revuelto. Manuel Arce alcanzó prestigio y notoriedad como novelista allá por los sesenta, con títulos como Anzuelos para la lubina, edición clandestina incluida, pues fue prohibida por la censura franquista, o Testamento en la montaña, que suscitaron el interés de crítica y público. Luego entró en una dilatada etapa de silencio, aunque jamás dejara de publicar libros que exploraban sobre todo temas pictóricos, como consecuencia de su profesión de galerista de arte. Nada, pues, hacía presumir que volviera a la liza narrativa con este El latido de la memoria.

 Se ha dicho que basta el rótulo «novela» en la portada para que un libro sea considerado como tal. Es decir, que es la voluntad del autor y no el propio texto quien decide, en género además proclive a todo tipo de hibridaciones y mestizajes. De ahí que no se nos ocurra objetar la naturaleza novelesca del libro que comentamos, pero echamos de menos, en un texto que cuenta además con epilogo y apéndice, un prólogo o nota previa en la que el autor explicara a sus lectores las razones de su vuelta a la narrativa, tras tantos años de ausencia.

Así, al no haber dicho nada, uno se ve forzado a las conjeturas.Y piensa que, mirándose el autor a sí mismo en esa edad en la que ya no queda más remedio que contemplarse tal cual, se ha puesto a recolectar esos latidos de la memoria como quien identificando sonidos que son ya sólo ecos de un tiempo viejo, anteriormente nunca del todo descifrados por abulia o por un innato rechazo; y le parece ahora, a estas alturas de su vida, que conviene que otros más jóvenes conozcan. Porque en estas novelas referidas más arriba la complejidad ha ido adelgazándose hasta prácticamente desaparecer y basta ya con la sola adscripción de un cualquiera al bando de los buenos para adquirir la categoría de héroe; mientras que si el autor sitúa al personaje en el bando equivocado, esto es, en el de los malos, ni que decir tiene el grado de perversión personal que está obligado a alcanzar.Y digo mal, porque al escribir alcanzar estoy indicando ya movimiento y en las novelas de que aquí hablamos los personajes son lo que son ya desde el primer momento.

Una novela, rótulos aparte, para merecer serlo, ha de tratar aun a los simples de manera compleja, porque complejas son las relaciones entre los seres humanos. Nada digamos si, además, hay una guerra por medio. ¿Cómo aceptar que alguien pueda convertirse en cucaracha o en escarabajo si ya la adscripción a cierto bando te hacer ser una cosa o la otra? Imagino, pues, que nuestro autor, allá en su Santander de adopción, habría de leer estas narraciones de última hora con algo de irritación, porque no iba por ahí lo que le decía su memoria ni el testimonio de sus mayores, ni tampoco lo que él entendía que debía de ser la novela, algo que se relaciona más con el conocimiento que con el entretenimiento, aunque el maridaje de ambos no sea malo.

Y aquí está El latido de la memoria, un libro a contracorriente, en el que la ausencia de un maniqueísmo apriorístico, ese saber entender al personaje en sus motivaciones personales, sin que éstas condicionen de modo determinante su maldad o bondad, hace del texto una excepción que lo distingue, a mi juicio, positivamente de buena parte de lo que ahora se hace. Novela, sin embargo, de hechuras tradicionales, pero enriquecida por una gestación que suponemos lenta y casi ajena a la propia voluntad del autor, como una destilación de recuerdos e impresiones que finalmente exigen un ámbito propio de existencia.

Consta el libro de treinta y nueve capítulos, número que acaso quiere evocar el del año final de la guerra, de más o menos similar extensión, un epílogo y un apéndice, como ya hemos dicho. Las primeras páginas resultan algo abigarradas, por la acumulación de personajes, presentados simplemente por su nombre y algún otro detalle más. Pronto, sin embargo, se consigue una cierta familiarización que anima a seguir adelante y pronto también nos vemos involucrados en las peripecias de una familia, la de Gregorio Sordo, falangista de la facción purista de Manuel Hedilla, en el Santander de la inmediata preguerra y de la guerra, y de su hijo Martín, un adolescente que está entrando en la vida de adulto en esas condiciones excepcionales.

Precisamente la focalización de lo que se narra a través de los ojos del muchacho permite una neutralidad que facilita al lector que vaya formando sus propios juicios sobre lo que acontece. El mundo de Martín, entre la llamada del sexo y el desconcierto político, es especialmente rico, lo mismo que el de su pandilla de amigos. La mirada del muchacho, confusa las más de las veces, dibuja una novela de iniciación en tiempo de guerra más sugeridora y rica que la otra, la de sus padres, que esconden su ideario político, también ante sus hijos.Acaso por eso, el mundo de los padres, Gregorio y María, es la zona más gris de la novela, una tierra de nadie por la que el propio autor camina con excesiva cautela, mostrando un pudor que a veces es inhibición.

Tiene la novela aparentemente un alto contenido autobiográfico, pues son varias las coincidencias significativas entre autor y protagonista. Con tales materiales, y aun dando por supuesto el carácter esencialmente proteico del género, uno no puede menos de preguntarse si acaso lo testimonial hubiera servido mejor a la historia. Porque la narración, escrita con destreza y frases cortas que acentúan su dinamismo, nunca esconde su ambición de documento. En el texto figuran con sus nombres y apellidos numerosas personas de carne y hueso que tuvieron gran protagonismo en la región cántabra y en España. Pancho Cossío –el pintor de adscripción falangista– , Manuel Hedilla –el jefe nacional de Falange, tras el fusilamiento de Primo de Rivera– y así una larga lista de personajes de aquellos años, unos más simpáticos, otros perfectamente siniestros, independientemente del bando en el que militaran.

Todos pasan por las páginas del libro, sin que el rótulo novela pueda transmutar sus acciones en ficción. Todo lo contrario. Se diría que la mayoría de las cosas que aquí se narran –algunas muy duras y terribles, que así fue la guerra en la Santander republicana– forman parte de un modo novelado de escribir la historia, al modo de aquellos libros de testimonio que sobre la Guerra Civil propiciara en los años setenta la editorial madrileña Gregorio del Toro, en la que publicaron ilustres republicanos y estupendos escritores, como Eduardo Guzmán o Juan Antonio Cabezas, y en la que bien podría tener un sitio de honor esta novela de Manuel Arce.

01/11/2006

 
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