ARTÍCULO

Los espías y las islas

Anagrama, Barcelona, 236 págs.
 

El lado frío de la almohada es una novela de espías. Espías como los de John Le Carré o como los de Graham Greene, dos escritores que se citan en la novela. Espías cubanos y espías estadounidenses que trabajan en Madrid, en los días en que Estados Unidos se dispone a invadir Irak, en los días en que Cuba encarceló a setenta y cuatro disidentes cubanos. Un Madrid espectral y alienado, indiferente a lo que sucede en Cuba, en Irak, en el mundo. Un Madrid en que el único hombre consciente es un escritor comprometido con la Revolución, Mateo Orellán, que acepta trabajar para un gobierno extranjero, el de Cuba, para contar una historia de espías. Espías cubanos que quieren estafar tres millones de dólares al gobierno estadounidense haciéndose pasar por disidentes. Espías estadounidenses que quieren encontrar fisuras entre los agentes cubanos para intentar desmontar el gobierno de Fidel Castro. Espías cubanos que van a gastar el dinero que estafen a los estadounidenses en equipos informáticos. Espías estadounidenses que si fallan en su operación camuflarán su fracaso en la aparente corrección de su trabajo. Espías líricos que leen a Lezama Lima y a Malcolm Lowry. Una novela de espías abortada, porque el final se conoce al principio. Una novela de espías que no quiere ser una novela de espías sino que sólo aparenta ser una novela de espías. Sus mejores momentos, ligados al enredo de la entrega, recuerdan a las películas de timadores de David Mamet.
 

El lado frío de la almohada es también una novela de amor. El espía estadounidense Philip Hull que, acosado por un raro spleen, sueña con abandonar su trabajo y escribir para contarlo todo, se enamora de la espía cubana Laura Bahía, y la espía cubana Laura Bahía, idealista de una pieza, se enamora del espía estadounidense Philip Hull, más de veinte años mayor que ella. Es un amor imposible pero inevitable, sometido a la observación permanente de sus compañeros: el gigante Agustín Sedal y la nómada que aspira a convertirse en sedentaria Marian Wilson. Es un amor condenado a la tragedia y que sigue creciendo pese a la desconfianza de los amantes. Es un amor conocido pero, al mismo tiempo, clandestino. Es un amor que parece una rutina laboral.
 

El lado frío de la almohada es una novela de adversarios. Philip y Laura son presentados como la cara y la cruz: el bien y el mal. Philip representa el capitalismo opresor y Laura representa la revolución acosada. El estadounidense encarna la democracia y la cubana encarna el socialismo real después del socialismo real. El cansado Hull carga con la culpa occidental y la activa Bahía asume el alborozo de lo puro. El espía de Bush es un hombre atrapado y la espía de Castro es una mujer liberada. Uno aparece como la fuerza y la otra como la astucia. Ninguno de los dos consigue liberarse de su condición de peón, negro o blanco, en una partida que dura cuarenta y cinco años.

Pero El lado frío de la almohada es, más allá de la trama de espionaje y más allá de la historia amorosa, y mucho más allá de una historia de héroes y villanos, una novela política. Una novela que defiende la Revolución cubana frente a Estados Unidos, y frente a la política de Estados Unidos respecto a Cuba. Una novela que defiende la Revolución cubana frente a la democracia, y no sólo la estadounidense. Una novela que defiende el sueño colectivo de la Revolución, pese a sus imperfecciones, frente a la democracia aletargada ante un televisor. Quien narra la historia cree en la Revolución y los protagonistas de la novela creen en la Revolución, incluso algunos de los que se presentan como disidentes acaban trabajando al servicio de la Revolución. Resulta, por tanto, muy difícil hacer un juicio sobre la novela al margen de las opiniones políticas que expone.

No comparto su visión idealizada de Cuba, en la que todo el pueblo trabaja a una para servir a la Revolución. No hay libertades y no se respetan los derechos humanos. Cumplió su función de asedio cuando estuvo bajo la protección de la URSS, hasta su desaparición. Y aunque a Belén Gopegui (Madrid, 1963) no le guste la ironía, a Fidel Castro sí: no hay más que escuchar su chocarrera explicación de la crisis de los misiles en la película Comandante, de Oliver Stone. Cuba ha participado en guerras en África (Angola, Mozambique, Etiopía). Ha intervenido en revoluciones en América Latina (como relata Jorge Massetti, que fue mano armada del gobierno de Castro, en su autobiografía El furor y eldelirio). Cuba se presenta como un país aislado, pero sigue recibiendo ayudas económicas internacionales (de España, de Venezuela...) y apoyo de naciones democráticas contra el bloqueo estadounidense. Sigue encarcelando a los opositores a la dictadura.

Pero, sobre todo, estoy en desacuerdo con su visión de la democracia. Belén Gopegui reduce la vida en democracia al alquiler de un vídeo y a pasar la noche viéndolo. La democracia, la que disfrutamos en España, permite el ejercicio de las libertades individuales y colectivas: poder formar parte de organizaciones políticas, sociales, sindicales; poder expresar las propias opiniones sin arriesgarse a ir a la cárcel; editar periódicos; moverse libremente; tener derecho a la asistencia sanitaria y a la educación pública; poder publicar libros sin censura; poder viajar; poder disentir; poder defender derechos; poder manifestarse y hacer huelga; poder vender y poder comprar sin la intervención del Estado... De tan comunes, parecen derechos nimios. Pero son realmente importantes. El lado frío de la almohada es una novela para quienes creen en la Revolución cubana, en su carácter inmaculado. Prefiero un poco de suciedad democrática.

01/12/2004

 
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