ARTÍCULO

El laberinto oscuro de la pasión

Alfaguara, Madrid, 298 págs.
 

De un tiempo a esta parte me viene repetidamente a la memoria el vaticinio temprano, en un artículo sobre la nueva literatura de 1909, de Gómez de la Serna según el cual la novela del nuevo siglo habría de ser autobiográfica. Desde luego, a comienzos de la actual centuria un amplio sector de la narrativa española parece haber renunciado a la objetividad, o, al menos, a contar el mundo desde una perspectiva distanciada. La realidad pasa por el filtro del sujeto y sólo éste acredita su certeza.

Sobre esta óptica planea una sombra peligrosa, la moda, pero de momento está produciendo obras a la vez originales y valiosas: algunos escritores han encontrado en esa mirada un registro feliz. Para mí tengo, por ejemplo, que la mejor del siempre interesante Mariano Antolín Rato es No se hable más, donde desembarca él mismo, cita novelas suyas y llena la ficción con reflexiones de su oficio de traductor; no lo hace, sin embargo, por egotismo, sino como medio para proporcionar a su tema, la soledad y un sentimiento elegíaco de la existencia, una convincente verdad, conseguida al encarnarlo en un sujeto novelesco que es a la vez el propio autor. El mejor libro de Ignacio Martínez de Pisón me parece Enterrar a los muertos. Aquí el narrador zaragozano actúa como investigador de una historia de engaños y vilezas en los años de la guerra; el estudio desemboca, además de en un gran retrato de John Dos Passos y de Hemingway, en una denuncia de las miserias de la ideología que alcanza una particular fuerza gracias a la presencia de un autor implicado en una historia real. De antiguo ha dado Antonio Rabinad una temperatura cálida a la atmósfera sombría de sus páginas metiéndose en medio de ellas, y ese camino sigue y semejante meta logra en El hacedor de páginas.

Obsérvese que las tres novelas anotadas se han publicado en lo que va de año, y no son las únicas. En la misma línea, y con un gran éxito, viene escribiendo sus libros Javier Cercas, tanto sus relatos reales (fórmula de reveladora paradoja), y su novela pionera, El inquilino, como la popular Soldados de Salamina y la heredera de ésta, La velocidad de la luz (también de hace pocos meses). Lo curioso es cómo el margen entre vida y literatura se estrecha en estos libros, y cómo el lector de ficción que suele reclamar una frontera nítida, acepta el equívoco con buena fe. Algo pasa en nuestros días que lleva a admitir esa indiferenciación como materia literaria. Hace poco, un amigo, no del gremio, pero sí buen lector, me preguntaba si yo sabía si era verdad que Cercas da a su mujer y a su hijo el ominoso trato que les dispensa en su última novela. Mi amigo, a causa del espejismo autoconfesional, lo había tomado casi por dato biográfico y quedó un tanto desarmado cuando le dije que Cercas, el escritor, no el personaje de la novela, es un buen paisano. Cuento esto porque autores y lectores comparten ahora una desconfianza frente al relato positivista y conductista. ¿Será verdad que se conoce mejor la realidad paseando al autor en la novela que pasando un espejo a lo largo de un camino?

Luisgé Martín cree con firmeza en la fecundidad artística de implicar al autor real en la obra y sobre esa fe construye Los amores confiados. El narrador madrileño habla en ella de amores, como indica el título. Lo de confiados ya es otro cantar, pues un gusto muy suyo por la paradoja y la cara oculta de la verdad le sugiere ese calificativo irónico a unos amores suspicaces. A partir de esa consideración, desciende a las galerías subterráneas de los sentimientos y realiza una excursión por el laberinto de las pasiones, por decirlo al modo de Almodóvar, que no le es del todo ajeno.

De esto, claro, ha tratado siempre la literatura, desde la tragedia griega. Lo nuevo está en cómo lo hace Luisgé Martín, en la implicación autobiográfica en su historia. El narrador es el propio autor, el cual incorpora a la fábula datos abundantes de su trayectoria profesional para dar énfasis a la identificación de sujeto y objeto (porque también se convierte en esto). Habla de sus otros libros y proporciona detalles incluso acerca del proceso de escritura. Es más, cultivando un gusto muy del día, Los amores confiados contiene una poética narrativa y descubre hasta las incertidumbres y conflictos que han planeado en su redacción.

Confiesa, además, el autor tener un «carácter de fisgador» que resulta congruente con el enfoque y el desarrollo del relato: éste, a la postre, viene a ser el resultado de poner por escrito los datos conseguidos por la afición a fisgar, los cuales, además, van encaminados de antemano a ser materia de una narración; una narración que cotillea en la patología amorosa. El autor, a la vez que disecciona como un entomólogo al prójimo, se mira a sí mismo, y cuenta sus propios conflictos, con clásica técnica introspectiva. Si mi amigo lee esta novela (algo que seguramente hará, porque se la he recomendado, y sabe que sólo le sugiero cosas que merecen la pena), es probable también que me pregunte si los líos que se trae el autor-narrador con sus parejas homosexuales y su permanente agonismo son verdad.Y no sabré qué contestarle, porque no conozco nada de su vida, nada más allá de la escueta información de las cubiertas de sus libros.

Los grandes autores de la edad de oro de la novela tenían bien clara la quimera que buscaban: el novelista aspiraba a conseguir, dicho con expresión de época, la ilusión de realidad. Pues lo mismo vale para hoy, y desde esta perspectiva ha de entenderse el procedimiento de Luisgé Martín en Los amores confiados. Este enfoque se complementa con un registro verbal muy apropiado que anda cerca de lo discursivo, pues al fin y al cabo el autor desarrolla unas hipótesis sobre algunas actitudes extremas ante el amor. Y esto, que bordea a veces la exposición ensayística, tiene un buen soporte en la prosa encabalgada, envolvente, capaz de transmitir calidez a la árida especulación, en la cual el autor muestra incluso un tanto de virtuosismo.

Hay alusiones en la novela como para no decir en vano que Luisgé Martín tiene el propósito de emular al Arcipreste de Hita haciendo un moderno «libro de buen amor» en torno a los estragos que las pasiones causan en la vida. Pero no es un libro ni mucho menos moralizador; incluso, siguiendo una de las ideas expuestas, tal vez podría decirse que el amor, para el autor, «nos redime de todo». En cualquier caso, constata unos conflictos y los presenta con auténtica fuerza dramática. En este resultado desempeña un papel muy importante el contrapeso entre lo analítico y lo costumbrista. La tendencia a la abstracción se equilibra con una cercanía a la realidad inmediata, para lo cual, por ejemplo, se mencionan personas conocidas como Javier Marías y Antonio Muñoz Molina.

Sólo se le ha ido algo la novela de la mano a Luisgé Martín en una perjudicial tendencia a la prolijidad y al merodeo, en un gusto por los discursos laterales, que ralentizan la historia y producen algo de cansancio. Hay momentos en que la acumulación de materia se hace un poco monótona y manierista, y el artificio se nota mucho. Sin embargo, mantiene bien la tensión deseable a un análisis bastante incisivo de los comportamientos sentimentales construido sobre el trampantojo de presentar en primer plano al propio autor. Este recurso, por otra parte, no es gratuito. La presunta confesionalidad se debe al propósito de aplicar a Los amores confiados una idea acerca de la sustancia de la literatura y el arte anotada en la misma obra: la creencia de que la única manera de representar una verdad trascendental es crear una mentira convincente.

01/10/2005

 
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