ARTÍCULO

La pasión crítica

 

Con más de medio siglo, El laberinto de la soledad, constituye el aldabonazo ensayístico de Octavio Paz, «una confesión, una búsqueda de mí mismo también». La búsqueda de una interpretación de la historia mexicana en la que su más repetida obsesión intelectual (la soledad del hombre contemporáneo y el sueño de la comunión entre la humanidad, podría lograrse sólo a través del arte –con las palabras de Valéry: «La poesía es, en realidad, nombrar las cosas, crearlas de nuevo») confiere a sus páginas un recorrido que colinda con la filosofía, la literatura, la antropología y, claro está, los hechos históricos, las epifanías nacionales, incluso aquellas ocurridas en los lejanos tiempos en que la nación no había sido inventada. En la estela de los trabajos del Ortega de El tema de nuestro tiempo –sobre todo en lo que se refiere al carácter profético del historiador, a la literaturización del pensamiento, a la preocupación del ser nacional, «el alma de México», en este caso, al interrogante sobre los fundamentos de una convivencia histórica–, y en la tradición mexicana de los trabajos anteriores de José Vasconcelos, Justo Sierra, Samuel Ramos o Alfonso Reyes (su conclusión muy repetida por entonces y acicate de Paz: «hemos sido convidados al banquete de la civilización cuando ya la mesa estaba servida»), Paz reflexiona sobre los pasos ocultos que convierten a todas las historias de todos los pueblos en símbolos, se pregunta sobre el no menos arriesgado interrogante de cómo un hecho histórico es la «manifestación visible de una realidad oculta». Esa realidad oculta será el laberinto de la soledad que Paz pretendió elevar a la categoría de poética mexicana, de metahistoria, y así lo explica, con criterio, David A. Brading. Ya durante la década de los años veinte del siglo pasado la polémica nacionalismo-cosmopolitismo había enfangado la vida política e intelectual mexicana y la del resto del subcontinente. Hacia 1937, Paz supera los ambages toscos de dicha polémica e introduce una nueva agenda en el enrevesado asunto: «La universalidad es el fruto de la modernidad; no puede existir auténtica universalidad sin tener los pies en la tierra que nos crió». Sin embargo, continúa: «Tenemos que luchar contra el cosmopolitismo y el regionalismo para encontrar el acento justo, verdadero: nacional y universal». Paz sabe, como mucho más tarde otros descubrirían, que el realismo mágico había sido, en buena parte, un ensueño europeo, que «el nacionalismo mexicano en el arte es una consecuencia del exotismo europeo». A Alfonso Reyes le confesará que había escrito este libro para olvidarse de «un nacionalismo torcido, que desemboca en agresión si se es fuerte y en narcisismo si se es miserable, como ocurre con nosotros». La superación de todo ello es una realidad histórica alejada de los capítulos constreñidos a la mera cronología, una historia poética, circular, en la que la analogía y la metáfora crean nuevos mundos que siempre han estado allí. Para Octavio Paz, y ese será el curso lateral de su ensayo, un poema es «como una creación que trasciende lo histórico», algo semejante a un «tiempo arquetípico». Ese será, también, el tiempo de El laberintode la soledad y será el alfabeto en que se escribe. Una gramática de la historia en la prosa de la poesía. La pasión crítica, esa oscilación entre la «vívida imaginería concreta y los amargos juicios de su lógica metahistórica» (pág. 101), es la geografía en la que se desenvuelve tan imponente ensayo. Ello le permite al autor descubrir lo que se oculta, como bien señala Brading, tras la máscara del «carácter» que los mexicanos invocan para desaparecer de la realidad. Contemporáneo de Bergamín, quien solía recordar que la máscara no oculta, sino subraya, Octavio Paz interroga, inquiere, describe y descubre la realidad escondida tras la máscara, la intrahistoria unamuniana en la que si las circunstancias históricas explicarían un carácter, ese carácter, en quiebro soberbiamente paciano, explica, también, esas circunstancias. Se establece una dicotomía radical entre «un liberal desencantado y la imaginería exuberante con la que describe los sacrificios aztecas, Nuestra Señora de Guadalupe, la Revolución mexicana, el contraste entre los norteamericanos y los mexicanos» (pág. 100), en una prosa de tanta intensidad poética como reflexiva. Ahí se advierte que si bien la historia nos ayuda a entender el pasado, porque el pasado se actualiza en el presente y no el presente en el pasado, y a comprender los rasgos distintos y únicos de un supuesto carácter mexicano, y a esclarecer el origen de esos fantasmas, sin embargo, no ahuyentará, no disipará de un plumazo su inquietante y perturbada presencia. Hay que ir un punto más allá, dar una vuelta de tuerca a la confusa rueda de la historia: «Si la historia de México es la de un pueblo que busca una forma que lo exprese, la del mexicano es la de un hombre que aspira a la comunión». La comunión de ese solitario envuelto en un laberinto que describe Octavio Paz sólo será posible si se convirtiera, si se adueñara de una modernidad que le permita ser contemporáneo de todos los hombres. Para ello, la apuesta por alcanzarlo sólo puede llegar por medio de una realidad poética. De ahí, también, la admiración por Alfonso Reyes, que ha sido capaz de describir en unas nuevas formas de expresión, y en español, la escena contemporánea, la sutil combinación de lo que cabría entender como los valores universales y los surgidos en la tierra mexicana. Una prosa de intensidad poética. La forma de expresión de una historia tormentosa –¿cuál no lo es?– que describe la búsqueda «de nosotros mismos, deformados o enmascarados por instituciones extrañas», porque la historia de México, concluirá, es «la búsqueda de una forma que nos exprese». Como acertadamente destaca David A. Brading, en este libro sugestivo, documentado, oportuno, Paz se mueve en el inquietante y atractivo territorio de la paradoja, ante la celebración de la singularidad de los mexicanos «atrapados en la perpetua oscilación entre la soledad impuesta por la máscara y la alegría violenta de la fiesta [...] y la soledad, que no era otra cosa más que el destino común impuesto por la modernidad a la civilización occidental» (pág. 70). Sin embargo, y aquí también acierta en su lectura Brading, Paz sobresale, asciende, crea momentos de gran intensidad literaria en las desasosegadoras y emocionantes descripciones de la fiesta, la violencia, la revolución, y frente a todo ello, frente a un espectáculo literario de tal calibre y hondura, los intentos por equilibrar los dedicados a la soledad universal, la soledad de la modernidad, quedan como pálidos argumentos. Más de cincuenta años después de su primera edición, este libro conserva la insoslayable presencia de una prosa memorable, precisa, poética, símbolo de un tiempo que ya es todos los tiempos, más allá de la propia circunstancia en que fue escrita. Fue, es, será, el triunfo de la literatura.

01/08/2004

 
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