ARTÍCULO

África, tierra lejana

Plaza & Janés, Barcelona, 1998
 

Son de muy diverso tipo las sugerencias que produce la lectura de El imperio de arena, última novela (de momento) de Jesús Torbado. Vaya por delante que se trata de una buena novela, en la que la novedad (literaria) del escenario no es el mérito menor.

Cabría preguntarse si se trata de una «novela exótica», género, ciertamente, poco cultivado por los escritores españoles modernos. En realidad, la «novela exótica», y la novela de aventuras, y, para centrarnos más en ésta, la «novela africana», es patrimonio inglés, como tantos otros patrimonios literarios. Pero muchos escritores italianos, como Denti di Pirajno, portugueses o franceses, como el Henri de Montherlant de La rosa de arena, el Pierre Benoit de La Atlántida (que siempre me pareció inferior a Rider Haggard y a P. C. Wren), el Roland Dorgelés de los vibrantes y patrióticos relatos de Bajo el casco blanco, Emmanuel Robles, o, ¿por qué no?, el Camus de El extranjero, fueron conscientes de la existencia de las colonias de sus respectivas naciones. En España no hubo, o apenas existió, tal conciencia. De hecho, la mejor novela sobre la Legión Extranjera española, La bandera, es obra de un francés, Pierre MacOrlan. Tenía razón Ángel Ganivet cuando nos reprochaba nuestro despego de África; y al hacerlo, proponía una épica (que suele ser filón de buenas novelas de aventuras y exóticas) e insinuaba una actitud moral: «Lo más sensato –escribe en Idearium español– hubiera sido desparramar por todo el litoral y ríos navegables de África factorías y misiones que fuesen como la levadura que hiciese fermentar las cualidades nativas de los africanos; pero esta obra requería mucho tiempo; hoy se carece de paciencia, y si alguna se tuviese las rivalidades políticas darían con ella al traste; así pues, se ha acudido a la dominación directa, a las invasiones en el interior y, cuando es preciso para asegurar la buena marcha de los negocios, a la matanza de los pueblos que se pretende civilizar».

La escasa literatura española de asunto africano es bélica, sobre todo cuando se desarrolla en las zonas islámicas: tenemos el excelente, y ahora poco leído, Diario deun testigo de la guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón; Aitta Tettauen, de Benito Pérez Galdós (novela aderezada de costumbrismo madrileño); Imán, de Ramón J. Sender, o El blocao, de José Díaz Fernández. Más raras aún son las novelas sobre el África ecuatorial; recuerdo en este momento La selva humillada, de Bartolomé Soler, un escritor asimismo raro, de cierto renombre hace unos cincuenta años, que lo mismo escribía sobre Guinea, que sobre las llanuras salitreras de Chile (La llanura muerta), que procuraba recrear la picaresca por los llanos de Castilla en Patapalo. Más recientemente, José Avello Flórez, que fue finalista del Premio Nadal con La subversión de Beti García, intentó aprovechar su experiencia guineana, donde estuvo durante los días de la independencia y llegó a ser juez municipal porque estaba licenciado en derecho, para una novela cuyo planteamiento recordaba bastante al de El corazón de lastinieblas, de Joseph Conrad, y que, seguramente, no pasó del proyecto (cuando menos, no le volví a oír hablar de él).

El imperio de arena se desarrolla en la colonia española de Ifni, en una situación que Ángel Ganivet hubiera calificado de «dominación directa». «Dominación directa» que pasa a, conforme se desarrolla la novela, una situación que, desde luego, no es de independencia, aunque se produzca el abandono de Ifni en 1969 y, más tarde, en 1975, la «marcha verde» que obliga al desalojo del Sahara occidental: acontecimiento que, en la España de aquellas fechas, acuciada por la espectativa de otro abandono, el del general Franco del mundo de los vivos, apenas tuvo repercusión interior. Se trata, pues, de una novela histórica en cierta medida, y, lo que es más importante, de una correcta novela histórica; ya que, lo que le interesa al narrador no es tanto presentar a unos personajes que sirvan como pretexto para relatar hechos poco conocidos, como situar a unos personajes en un escenario en el que, es inevitable, perciben el paso de la historia. Mas El imperio de arena es, de modo principal, una novela intimista. Es posible que la historia nos cambie a todos un poco día a día, pero lo que realmente cambia a la protagonista es el accidente que le cuesta la vida al capitán Rafael Hernando, con quien se iba a casar pocos días después; episodio que, significativamente, abre la novela. Bien es cierto que a lo largo de la novela asistimos a cambios muy ilustrativos en los comportamientos, lenguaje, etc. «Dios lo ha querido así, hay que resignarse», le dice el coronel a Elisa en el primer capítulo, en contraste con el mayor desparpajo de los capítulos finales: «Bueno, hermano, guerras ha habido en todas partes y ésta no ha sido precisamente la más grave de la historia. Ni a ti ni a mí nos llamaron para participar en ella, por suerte –dice uno de los personajes– ¿quién se acuerda ya de esa guerra? Me temo que ni siquiera los que la hicieron, de un lado y del otro... También te ha golpeado a ti el siroco, me parece, como me has contado que les ocurre a los lugareños... Y lo que más me jode, para cambiar de tema, es que te cobren a precio de oro líquido un vino tan asqueroso... En fin, tan medianejo, ¿no?».

La novela está relatada, con prosa funcional, en varias voces, y yo, personalmente, prefiero la tercera persona a la primera y, desde luego, a la segunda persona del singular. Elisa, por ejemplo, describe su propia vestimenta: «Un vestido verde oscuro, entallado de cuerpo, con la parte alta cerrada por botones de nácar y tablas anchas desde la cintura hasta media pantorrilla. Me puse también las medias de cristal, unos zapatos negros y me eché sobre los hombros una rebeca beis de algodón, aunque la mañana era ya calurosa. Luego, ante el espejo que mostraba tantas manchas oscuras del azogue, me pinté los labios, me atusé el pelo con el peine y me di un poco de colorete». Esta descripción, que es perfectamente legítima en una narración en tercera persona, resulta del todo artificial cuando se le está comunicando a un interlocutor una desgracia; aunque quien habla se esté mirando a un espejo.

Felicitémonos, en fin, porque un novelista como Torbado está al margen del ámbito urbano o del cosmopolitismo exhibicionista de la literatura de la presente restauración y echa a caminar por otros caminos, como los de la Edad Media (en El peregrino) o los de Ifni aquí, en el África lejana.

01/11/1998

 
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