ARTÍCULO

Una meditación personal

Ediciones Nobel, Oviedo, 1998
337 págs.
 

Gonzalo Fernández de la Mora es un eminente diplomático conocido entre nosotros, además de por su paso por las obras públicas y por su sonoro no como diputado a la Constitución del 79, como tratadista de cuestiones de filosofía política, como un exigente crítico de libros de pensamiento (hace ya tres décadas), como director de la revista Razón española y como autor de una serie de monografías histórico-políticas, casi siempre polémicas. Con este nuevo libro descubrimos a un autor original, pesimista (el libro comienza recordando el Génesis VI, 6, «Dios se arrepintió de crear al hombre»), evolucionista radical y muy influido, en general, por la filosofía científica más característica de la época en que vivimos. Nada que ver, por tanto, con una cierta imagen de escolasticismo con la que, de modo harto rutinario, se le ha identificado en ocasiones.

El libro es una meditación personal estructurada en torno a una serie de veintiún temas entre los que predominan las cuestiones existenciales, éticas y metafísicas y entre las que apenas comparece alguna de las cuestiones jurídico-políticas más tratadas por el autor en sus obras anteriores, aunque, en lógica consecuencia con el pesimismo de fondo, se pueden recolectar algunas puyas contra el optimismo democrático, si bien no contra el mercado. De manera deliberada, el texto ha huido de las citas y menciones eruditas para lograr la mayor claridad e intelegibilidad posible, objetivo que se alcanza razonablemente bien.

Fernández de la Mora pide a su lector un adarme de valor como única condición para entender las páginas en que se ha adentrado. No faltan motivos para ello, porque los pensamientos del autor son escasamente complacientes con las supuestas razones de la excepcionalidad humana que se derrumban, a su entender, al aplicar el escalpelo de una lógica rigurosa y de un pensamiento sin concesiones a los buenos deseos. Tras un análisis del problema del mal (en el que el estoicismo del autor se hace especialmente patente), se analizan las casi infinitas limitaciones somáticas del ser humano en medio de las cuales emerge el logos como gran instrumento de diferenciación y de superación, pero duramente lastrado por rémoras innumerables. Tras lo descriptivo, Fernández de la Mora se adentra en el terreno de los valores, en el campo ético en el que nos muestra una ambigüedad insalvable debido a las limitaciones tanto racionales como sentimentales de la naturaleza humana. La felicidad le parece indefinible en tanto que es un estado subjetivo (aunque líneas adelante la defina como un estado de ánimo que consiste en el equilibrio entre lo que se ansía y lo que se posee) y encuentra las raíces de la moral nada menos que en el código genético que, junto con la altura de los tiempos, le parece una limitación, una circunstancia que devalúa inexorablemente cualquier pretensión de libertad y de absoluto en el desarrollo de la vida humana. De modo congruente afirma que «el postulado de la libre e incondicionada individuación del destino no es compatible con los datos empíricos. Ese postulado es una fabricación especulativa a que el hombre –animal de ilusiones– se aferra».

El libro se encamina hacia su final a través de dos capítulos que se titulan «La evasión» y «La autorrealización», las dos salidas que aguardan tras la imposible respuesta científica a la cuestión del sentido. Las formas de la evasión (la química, mítica, mágica, fantástica, viajera, estética, lúdica, política, erótica, etc.), son someramente analizadas como procedimientos por los que el hombre logra su empeño de no encontrarse a sí mismo, de divertirse. Por el contrario, «la autorrealización consiste en descubrir la particular mismidad y en desarrollarla frente a las personales limitaciones y a las resistencias circunstanciales». Es la tarea a la que invita la desazón, una carga que no lastra a los irracionales, pero con la que apenas se evita porque resulta ser un fardo de peso extraordinario que los más no están en condiciones de alzar mientras caminan. En esto consiste el drama de la vida humana, en su imperfección constitutiva, en ser un deseo de más ser, más saber y más poder que el tiempo inclemente se encarga de abortar. De esa sed nacen anhelos de infinito, de un nuevo Adán que, aludido en la penúltima línea, no es, definitivamente, el objeto de este libro.

Tiene interés preguntar por las razones que llevan a un buen conocedor de la filosofía clásica, como sin duda lo es nuestro autor, a entregar sus armas principales a los pies del evolucionismo genetista, a afirmar el tipo de cosas que podría defender un Dawkins o cualquiera de los múltiples profetas de esa metafísica que se presenta como la nueva y definitiva aportación de esa ciencia de la que no debería discrepar ningún hombre sensato. Una vez que uno se acomoda en este paradigma, el pesimismo no requiere más explicaciones, pues, en cualquier caso, puede quedar reducido a una preferencia estética.

Las razones por las que Fernández de la Mora adopta esta metafísica nunca se nos ofrecen de modo explícito, porque el autor parece tratarlas como cosa tan sabida que no requiere mayor comentario. Ahora bien, sostener que el código genético sirve para explicar la diversidad humana en un plano distinto al obvio (es decir, a aquel en el que hay un hecho empírico, esto es que la combinación genómica xyz coincide con los caracteres orgánicos abc y, por tanto, los explica), es dar un salto que requiere justificaciones. Naturalmente que esas razones pueden tenerse por válidas, pero, en un libro de filosofía no debieran darse por sabidas, han de ser explícitamente propuestas para poder someterlas a contradicción, para que se les pueda tomar la medida exacta. El lector familiarizado con las ideas de Fernández de la Mora se preguntará también por la relación que guarda su materialismo con sus críticas de la ideología demo-liberal, por llamarlo de algún modo. Fernández de la Mora se abstiene de trazar ese plano, seguramente para no mezclar especulaciones personales con lo que tiene por argumentos puramente racionales. Pero cualquier lector mínimamente al tanto de las ideas del autor tiene derecho a preguntarse si, para él, la política es también cosa de genes, como afirma de la ética.

Conformarse con dar por sabido lo que tantos y tan alto proclaman en nombre de la ciencia puede explicarse por una especie de agotamiento intelectual, por una renuncia definitiva a lo que podríamos llamar hegelianismo, a la mera posibilidad de una filosofía que se formule sobre bases autónomas respecto al saber científico. Puede ser también una forma de pragmatismo, de rendirse ante la constatación de que vale más una pizca de certeza que una inmensidad de dudas. Lo peligroso de tal procedimiento de validación de lo supuestamente consabido por la ciencia, consiste en su iteración, en que las soi dissant certezas van cada vez más lejos sin que tengamos ocasión de preguntar hasta qué punto se trata de verdaderos descubrimientos o, por el contrario, de viejos conocidos disfrazados con las jergas que han puesto en circulación ora el neo-darwinismo, ora la inteligencia artificial o la cibernética.

Pese a esta objeción de fondo, que asaltará a cada paso al lector no completamente convencido de las verdades últimas del materialismo hodierno, el libro se lee con facilidad e interés, es irónico y mordaz en bastantes ocasiones y, desde luego, da que pensar, lo que no es poco decir de un ensayo tan personal como éste.

01/10/1998

 
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