ARTÍCULO

Resentimiento y Apocalipsis

 

La investigación acerca del Holocausto progresó enormemente en las dos últimas décadas del siglo XX, cuando, tras el derrumbe de la Unión Soviética, los historiadores pudieron acceder a archivos y documentos hasta el momento prohibidos por la censura estalinista. Sabemos, por tanto, casi todo sobre el dónde, el cuándo y, particularmente, el cómo de la Shoah, pero todavía poco acerca del porqué, una pregunta de respuesta especialmente compleja porque indaga en algo que, además de no tener precedentes, supone tal puesta en cuestión de los valores civilizatorios comúnmente aceptados, que excede la mera consideración histórica o sociológica para adentrarse en territorios mucho más conjeturables y sujetos a controversia. Un excelente libro de Philippe Burrin (Ressentiment et apocalypse: Essai surl'antisémitisme nazi), publicado recientemente, intenta dar respuesta a tres de los grandes interrogantes que suscita la consideración de la Shoah: ¿por qué fue Alemania el lugar de la tragedia, cuando en el resto de Europa se expresaban desde hacía tiempo distintas formas de judeofobia? ¿Por qué el prejuicio antijudío se convirtió, tras la toma del poder por los nazis (1933), en una especie de norma de la sociedad alemana, en la que no encontró ningún obstáculo de importancia? Y, por último, ¿por qué se llegó hasta la masacre –el Holocausto– cuando se habían contemplado otras soluciones que iban desde el apartheid hasta la emigración forzosa a territorios externos? Burrin, que ya había trabajado anteriormente sobre estas cuestiones, ha tenido la virtud de componer uno de esos libros de síntesis que suponen no sólo la asimilación de lo mejor de la investigación anterior, sino la destilación de un pensamiento que ha ido evolucionando con los años. Más allá de la polémica entre intencionalistas (aquellos que creen que el Holocausto estaba inscrito desde el principio en el proyecto de Hitler) y funcionalistas (los que lo atribuyen a una radicalización imprevista producida por las propias disfunciones del régimen y la feroz competencia de poderes), Burrin se centra en la especificidad alemana en materia de antisemitismo, indagando qué elementos estructurales pudieron darle más oportunidades de realización que en el resto de Europa. Y los encuentra, antes de la traumática derrota de 1918, en la urgente necesidad de crear una identidad alemana que sirviera de elemento de cohesión ante una unidad nacional tardía y que, además, no colmaba las aspiraciones de los pangermanistas. El antisemitismo se convertía así en un arma en la batalla identitaria que recogía todos los prejuicios antijudíos religiosos tradicionales añadiéndoles el toque «científico» aportado por la modernidad y las teorías higienistas y eugenésicas propiciadas por el darwinismo social. El pueblo judío, carente de estado-nación y sin más lealtades que hacia su propia religión excluyente, representaba para muchos nacionalistas el exacto opuesto al proyecto unitario que requería la nueva Alemania: los judíos venían a simbolizar todo aquello que los antisemitas debían eliminar para permitir el desarrollo de su propia identidad. Una identidad, por cierto, nueva y construida a fuerza de mitos de carácter étnico (la raza aria, alemana o nórdica, según las preferencias). A partir de 1918 los judíos se convierten para muchos alemanes en chivos expiatorios de la derrota y en agentes de la humillación sufrida en Versalles y prolongada por la República «judía» de Weimar. Los nazis, con un programa violentamente antisemita, supieron explotar el resentimiento nacional hacia la «judería» traidora, especialmente tras la toma del poder en 1933. Burrin analiza la progresiva radicalización del sentimiento antijudío en la sociedad alemana a partir de la interiorización de la identidad política del régimen nazi como régimen esencialmente racista. Mein Kampf, la raíz teórica en que se inspira la ideología del Estado, considera que la raza es el verdadero principio explicativo de la historia del mundo. La oposición arios-judíos toma una amplitud apocalíptica en el sentido que lo tiene la oposición entre los principios del Bien y el Mal. Hitler se muestra desde el principio cautivado por la hipótesis de un ajuste final de cuentas: la ideología hitleriana es cósmica, transhistórica, escatológica. Lo nuevo, según Burrin, respecto al antisemitismo anterior es que, con los nazis, la relación judíos-arios se estructura según un esquema apocalíptico en el que no se excluye el exterminio final. A partir de 1933 y hasta 1939, fecha del inicio de la guerra, los alemanes se encuentran con que el antisemitismo, antes muchas veces latente o socialmente reprimido, se convierte en una práctica alentada desde el poder. La metaforización de los judíos como agentes de la enfermedad social o representación del mal esencial –opuesto a la salud y a la honestidad aria– es la base de buena parte de la socialización racista de los jóvenes hitlerianos. Ser alemán es ser racista. Y, para muchos, no se puede ser una cosa sin la otra. Los alemanes «corrientes» realizan simultáneamente dos aprendizajes: el de la exclusión violenta de un grupo objeto de estigmatización tradicional, y el de la deshumanización o, según otra fórmula, el desaprendizaje del proceso civilizatorio en aras del holismo tribal que propugna la ideología nazi. La radicalización de las prácticas de violencia contra los judíos coincide con un progresivo desinterés hacia lo que les pueda ocurrir. Al fin y al cabo, buena parte del pueblo alemán ha interiorizado que son el enemigo esencial. O ellos, o nosotros. La represión de toda disidencia no basta para comprender el enorme consenso (activo o blando) obtenido por la ideología nazi. La guerra exacerba la práctica de la violencia. Para los centenares de miles de ejecutantes del Holocausto, la que se ejerce sobre el enemigo excluye su consideración de víctima, lo que alimenta aún más la brutalización inherente a todo conflicto armado. A partir de 1941 el combate contra los judíos es a muerte. Desde el célebre discurso ante el Reichstag del 30 de enero de 1939, en el que Hitler, aceptando su papel de profeta, afirma que si la judería financiera internacional consigue precipitar a los pueblos a una nueva guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y la victoria del judaísmo, sino la exterminación de la raza judía en Europa, la suerte de los judíos de este continente está echada. Incluso en un momento en que las necesidades de la guerra han propiciado la ralentización de otras políticas «eugenésicas» (la de los «tarados», por ejemplo, o la política de eutanasia), los trenes de la muerte que llevan a los judíos a los campos de exterminio tienen prioridad sobre los que transportan a las tropas, en una especie de frenesí de aniquilación que se prolongará hasta los últimos días. La derrota está cerca y ya sólo queda el Apocalipsis. Para Hitler, su cúpula dirigente, y el ejército de ejecutantes y cómplices, ha llegado el momento del ajuste final de cuentas: puesto que lo que se juega es la propia civilización, el extermino del adversario está justificado. Ese es el sentido, casi de orden metafísico, que los dirigentes nazis confieren a la aniquilación total del pueblo judío.

REFERENCIAS:
Philippe Burrin, Ressentiment et apocalypse: Essai sur l'antisémitisme nazi, Seuil, París, 2004, 104 págs.
Richard J. Evans, The Coming of the Third Reich, Allen Lane, Londres, 2003, 622 págs.

01/04/2004

 
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