ARTÍCULO

¿Alemanes corrientes?

 

Los superlativos son para el Libro Guiness de los Récords. Pero a veces se reúnen tantas marcas que los distintos récords se confirman mutuamente y, juntos, apuntan una tendencia muy significativa. Este fue el caso en los años 1995-1997, cuando la opinión pública alemana se vio sobresaltada y sacudida tres veces seguidas, por dos nuevos libros y una exposición.

Todo comenzó en el otoño de 1995, con la publicación de los diarios del romanista germanojudío Victor Klemperer, que sobrevivió en Dresde al Holocausto y consigna en sus anotaciones qué le pasaba a un «judío» en el Tercer Reich entre 1933 y 1945. A los pocos meses, se habían vendido 150.000 ejemplares de estos diarios. Ni su considerable extensión, 1.694 páginas, ni el precio –del todo razonable– de 98 marcos, frenaron el impulso de conocer una crónica tan singularmente reveladora. Quien temiera la soledad de la lectura privada, pudo compartir la experiencia común de escuchar en público, porque en varias ciudades tuvieron lugar lecturas maratonianas, durante días enteros. El enorme interés despertado no dejó de ser percibido en el extranjero, y la editorial neoyorquina Random House adquirió a la berlinesa Aufbau-Verlag, que ha sobrevivido a la RDA, los derechos de la edición en inglés de los diarios al precio de 500.000 dólares. Nunca antes se había alcanzado una suma tan elevada por los derechos de traducción de un libro alemán.

En el mismo año 1996 se intensificó no sólo el diálogo interalemán, sino también el transatlántico, con la aparición de otro libro de tema emparentado. Apenas llegó al mercado y a las tertulias de los Estados Unidos el voluminoso estudio del profesor de Harvard Daniel Jonah Goldhagen Hitler's Willing Executioners: Ordinary Germans and the Holocaust (Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto), las reacciones en Alemania se amontonaron. Pronto el libro estuvo presente en todos los medios, incluso en Internet. Las habituales recensiones fueron precedidas, de manera del todo inhabitual, dado que no llegaba la traducción alemana, por comentarios contradictorios, amplios ensayos y entrevistas con todos los expertos posibles. El 5 de abril del 96 el renombrado semanario Die Zeit empezó a publicar un «debate sobre Goldhagen» en ocho capítulos, y el 20 de mayo de 1996 el best-seller americano aterrizó en la portada de la revista de información general Der Spiegel, con lo que autor y libro habían entrado definitivamente en los anales. Desde 1945, jamás un libro –ninguna novela alemana, ningún libro de no ficción traducido y desde luego ningún trabajo histórico basado en una tesis doctoral– ha suscitado en Alemania una resonancia pública comparable al de Goldhagen.

Meses antes de que el libro estuviera disponible siquiera en lengua alemana, los especialistas y creadores de opinión habían ya desmenuzado y discutido a fondo las provocativas tesis de Goldhagen. Aun así, muchos alemanes profanos no se dejaron quitar de antemano el derecho a formarse una opinión propia. Una vez que su libro apareció en alemán, el 8 de agosto del 96, a principios de septiembre Goldhagen comenzó una gira por Alemania de una semana. La asistencia a las mesas redondas con el autor superó todas las expectativas, de tal modo que las salas alquiladas sólo podían acoger a una parte del público.

Una situación que habría de repetirse en ocasión distinta, pero similar. También en abril de 1997 se quedaron a la puerta muchos de los que habían ido a la histórica iglesia de San Pablo de Frankfurt a asistir a una mesa redonda sobre los «crímenes de la Wehrmacht». Hasta entonces, una exposición itinerante sobre este explosivo tema había recorrido 16 ciudades alemanas y austríacas, contaba más de 220.000 visitantes y había levantado olas que habían alcanzado al Bundestag alemán, cuyos miembros se manifestaron de manera en extremo controvertida, pero personalmente conmovidos y con respeto mutuo, acerca de si la Wehrmacht, el ejército alemán, había participado en los crímenes del régimen nazi y en qué medida.

Todos estos sobrios datos, hechos y cifras no pretenden más que ilustrar el eco sin precedentes que los diarios de Klemperer, el estudio de Goldhagen y la exposición sobre la Wehrmacht tuvieron en Alemania. Es cierto que no pasa un día sin que la prensa informe acerca de nuevos y serios esfuerzos por «tratar» las manchas oscuras en, por ejemplo, la historia de las fábricas Volkswagen, el Deutsche Bank o la compañía de seguros Allianz. Pero las dos publicaciones y la exposición potenciaron de forma nunca vista su efecto sobre una opinión pública dispuesta, incluso ansiosa, de saber por fin la verdad sin paliativos, de obtener respuestas creíbles a las preguntas: «¿Cómo pudo ocurrir algo tan inimaginable como el Holocausto?» y «¿Qué hicieron realmente nuestros padres y abuelos?».

Precisamente a estas cuestiones cree Daniel Goldhagen poder dar respuestas definitivas en Hitler's Willing Executioners. Pretende nada menos que una explicación histórica con fuerza probatoria que parta de los verdaderos actores, los autores de los hechos. El Holocausto no se puede explicar de manera monocausal, recalca Goldhagen. Pero para el móvil de los autores –y sólo para el móvil– sería suficiente una fundamentación monocausal, añade sorprendentemente. Y llama al móvil por su nombre: un antisemitismo «eliminatorio» que perseguía la extinción de los judíos habría movido a los autores a humillar a los judíos, tratarlos con crueldad extrema y finalmente matarlos. Esta disposición de los autores al maltrato y el crimen habría sido totalmente postergada en la investigación realizada hasta la fecha. Ésta habría puesto las cosas fáciles y fundamentado los actos criminales simplemente en la coacción de las órdenes, la obediencia a la autoridad, la presión hacia la conformidad que se da en los grupos, el ciego afán de hacer carrera o la miopía de los burócratas. En consecuencia, los individuos actuantes parecen marionetas, privadas de toda capacidad de decisión propia y de toda responsabilidad.

A nadie, dice Goldhagen, se le ha ocurrido la estremecedora, pero evidente idea, de que los autores hubieran actuado por voluntad propia y en la firme convicción de que el asesinato de los judíos era una causa justa y moralmente inobjetable. Sin falsa modestia, Goldhagen considera mérito personal suyo el haber dirigido la atención hacia el individuo que actúa sabiendo lo que hace. Esto, como se demostró en las mesas redondas, también halla eco en el público, que despachaba los reparos expuestos por los especialistas con un gélido silencio mientras cubría siempre de aplausos las réplicas de Goldhagen. Sobre todo los oyentes más jóvenes están a todas luces hartos de seguir echando la responsabilidad y la culpa moral sobre Hitler, la guerra o las confusas circunstancias reinantes.

Desde hace treinta años, en la historiografía germanooccidental del nacionalsocialismo se enfrentan «intencionalistas» y «estructuralistas». Mientras la interpretación «intencionalista» atribuye la política nacionalsocialista y también el Holocausto a la cosmovisión, intenciones y planes de Hitler, los representantes de la interpretación «estructuralista» afirman que el Holocausto fue el resultado de situaciones de presión imprevistas, procesos de decisión no coordinados, iniciativas locales individuales y un proceso de radicalización acumulativa. Es interesante el hecho de que los más renombrados «estructuralistas» alemanes procedieran del ámbito de la izquierda liberal. Goldhagen se sitúa transversalmente a ambas posiciones. Invirtiendo el famoso postulado de Marx de que el Ser determina la Conciencia, desafía la Historia de la Estructura como tal y da clara preferencia a la Historia de las Mentalidades frente a análisis socioeconómicos, demográficos e institucionales a largo plazo. No es de extrañar que los historiadores alemanes que se pronunciaron de forma crítica contra Goldhagen reprocharan al autor que sus tesis lesionaban el nivel alcanzado por la investigación y la catapultaban a los años cincuenta, cuando la reelaboración jurídica y científica de los crímenes nazis aún no había empezado realmente en la RFA. Aun así, o precisamente por eso, Goldhagen se dirige a un público amplio, que va mucho más allá de los círculos especializados y se siente liberado por él de las mordazas impuestas por la especialización.

Sin embargo, no fue la explicación monocausal de los móviles del autor ni tampoco el ataque a la Historia de la Estructura lo que le ganó a Goldhagen un múltiple grito de indignación, sino la demostración de que los asesinos de los judíos eran «alemanes normales» y la conclusión de que «millones de otros alemanes no habrían actuado de otro modo de haber llegado a los puestos correspondientes». El mismo Goldhagen proporciona la fórmula más escueta imaginable para la tesis básica de su libro: «Sin alemanes, no habría Holocausto».

Con ello desencadenó en Alemania un segundo «pleito entre historiadores», tras el primero, en el año 1986, en el que se ponía en cuestión la «singularidad», la peculiaridad, del genocidio nacionalsocialista. Goldhagen insiste en la «vía especial» alemana dentro de la Historia de las Naciones, por lo que considera superfluas las comparaciones con el antisemitismo de otros pueblos. En Alemania y sólo en Alemania el antisemitismo estaba tan generalmente extendido, ya antes de la toma del poder por Hitler, como para representar un «axioma de la cultura alemana» y albergar un «proyecto alemán» para la eliminación de los judíos. Y sólo en Alemania la imagen negativa «del» judío era un estereotipo extremadamente malintencionado, unido a una ideología racista de forma inseparable y en extremo «coherente». Dentro de esta cosmovisión ofensiva, que consideraba la teoría de las razas su fundamento «científico», la raza judía encarnaba la antítesis de la raza aria, lo que en las cabezas de los alemanes era equiparable a una amenaza mortal para el «pueblo alemán». Por otra parte, Goldhagen no comete el error que le achacaban sus colegas alemanes, subestimar la parte de culpa de Hitler en el Holocausto. Al contrario, subraya que sin Hitler y la toma del poder por los nacionalsocialistas jamás se hubiera llegado al Holocausto. Pero ese sólo sería uno de los dos factores imprescindibles. El otro sería igualmente imprescindible: el «antisemitismo eliminatorio» de los alemanes, su disposición a llevar a cabo el genocidio de los judíos.

La prueba de Goldhagen se basa en tres pilares: en una «nueva comprensión» del moderno antisemitismo alemán, en una valoración de la esencia de la «revolución nacionalsocialista» y en una detallada descripción y análisis de los actos de los autores de los crímenes. Este último es sin duda el punto fuerte del estudio. En cambio, el recurso histórico al antisemitismo cristiano de la Edad Media resulta un tanto gastado, cuando no estereotipado, y también la historia del desarrollo del antisemitismo específicamente alemán en los siglos XIX y XX permite distinguir, desde el punto de vista de Goldhagen, un solo camino, recto y dirigido hacia una mentalidad de exterminio. Quedan grandes lagunas, porque Goldhagen pasa por alto todo lo que podría obstaculizar su argumentación, por ejemplo la paulatina emancipación de los judíos en el siglo pasado y la gran influencia política, económica y cultural de los ciudadanos judíos en la era guillermina y en la República de Weimar. Preventivamente, el autor utiliza siempre la misma coartada: esto o aquello «no es objeto de consideración aquí». ¿Justifica eso un trato tan selectivo con hechos, fuentes y citas?

La argumentación de Goldhagen depende por entero del marco de referencias teórico elegido por él. La «antropología cultural cognitiva» que invoca tiene en los Estados Unidos una tradición de décadas y numerosos paladines científicos de la más variada proveniencia sectorial. La suposición básica de que los «modelos cognitivos» de una cultura determinan los sentimientos y convicciones, las formas de percibir y de actuar del individuo, es tan general y evidente que no puede ser falsa. Incluso si algunos «modelos cognitivos» reproducen la realidad objetiva de forma muy insuficiente o no acertada, aun así son capaces de satisfacer la «búsqueda de sentido». Lo mismo vale para los más crudos prejuicios. Hasta ahí bien. Sin embargo, Goldhagen va unos cuantos pasos más allá: para él los «modelos cognitivos» son normas fijas a las que el individuo tiene que plegarse exactamente igual que a las reglas de la gramática, y casi invariables, de forma que Goldhagen puede afirmar directamente: «El antisemitismo es en general constante, y tan sólo se vuelve más o menos manifiesto en las distintas situaciones (...) No es el propio antisemitismo el que aumenta o disminuye; son más bien sus formas de expresión». Según esto, el Holocausto también habría podido producirse medio siglo antes, si un antisemita carismático favorecido por las circunstancias se hubiera presentado ante los alemanes de 1890, lo que se burla de toda consideración históricamente fundada.

Si se sigue la lógica expuesta, toda actitud y todo acto que se aparta de la norma del criminal antisemitismo alemán revela falta de dotes intelectuales o de educación. ¿Quién comete hoy en día errores tan graves como los gramaticales? O dicho de otro modo: si apenas se puede exigir al individuo que infrinja la norma del «antisemitismo eliminatorio», ¿cómo va a hacérsele responsable de sus acciones? El único y exclusivo responsable sería la cultura, el colectivo íntegro. Sin embargo, Goldhagen rechaza expresamente la «culpa colectiva». Además, resulta irritante que al propio autor se le cuelen algunas meteduras de pata, por ejemplo cuando habla del «instinto aniquilador» de los alemanes –y sustituye por tanto la base cognitiva por una base biológica– o cuando entiende las espantosas prácticas llevadas a cabo con las víctimas judías como «autorrealización de sus torturadores» y ya no como desinteresado cumplimiento de una norma general. Entre líneas, aparece la leve sospecha de que el autor incurre en contradicciones porque su andamiaje teórico le deja en la estacada.

Por desgracia, tampoco se puede desdeñar lo que algunos historiadores alemanes han observado en sus tomas de posición. Goldhagen trabaja a menudo con conclusiones circulares y erróneas. Por ejemplo, constata, con ayuda de criterios demográficos y sociológicos, que los miembros de un batallón de policía alemán que cometió en Rusia miles de asesinatos no eran nacionalsocialistas especialmente fanáticos, sino «hombres de la población normal». De ello cree poder derivar forzosamente que las consecuencias de sus actos «tienen que recaer sobre el pueblo alemán en su conjunto». En su lugar, los demás alemanes normales también habrían actuado así, es decir, habrían torturado y asesinado con entusiasmo e imaginación. Pero la conexión entre 550 policías y 80 millones de alemanes es inadmisible no sólo desde el punto de vista estadístico, sino también lógico. Incluso si el «antisemitismo eliminatorio» persigue la aniquilación de todos los judíos, eso no significa forzosamente ni con mucho, desde el punto de vista lógico, derivar del genocidio real una mentalidad de exterminio con valor causal. Porque el mismo efecto podría ser atribuible también a otras causas. Goldhagen antepone lo que quiere demostrar. Una típica petitio principii. Esto no significa que la tesis de Goldhagen sea errónea o no sea plausible. Sólo que no está demostrada. De ahí que tampoco convierta en superfluas las otras condiciones que los historiadores han aducido: la situación, excepcional por principio, de la guerra, la confusión ideológica de los soldados inducida por los comandantes de la Wehrmacht, cuyas órdenes de liquidación equiparaban «partisanos» con «judíos», y la dinámica de escalada en la que cayeron los autores de los hechos, convirtiéndose en bestias.

Goldhagen escribe: «La imagen que los alemanes se hacían de los judíos predestinaba a los judíos –al contrario que a los daneses o a los habitantes de Munich– a la aniquilación, y hacía necesaria esa aniquilación». El autor se toma toda clase de molestias para reforzar esta hipótesis, la somete incluso a la prueba más dura al escoger tres ejemplos que en su opinión son los más adecuados para refutar su propia hipótesis. Con ello se somete a un estricto falsificacionismo a la Popper, lo que, como es sabido, pocos científicos exigen. Al mismo tiempo, los tres ejemplos deben «representar un aspecto decisivo del Holocausto en forma casi pura». El reclutamiento de los batallones de policía evidencia que sus miembros, relativamente mayores, apenas útiles para el ejército y no especialmente nazis o fieles a Hitler, eran más bien inadecuados para el genocidio contra los judíos. La función de los campos de «trabajo» implicaría normalmente que los intereses económicos de los alemanes eran decisivos y los trabajadores judíos se emplearan de forma cuidadosa y sensata. Y las «marchas de la muerte» de los judíos tras la disolución de los campos de concentración, debida al acercamiento del frente, permitirían sospechar que los autores, dejados más o menos a su albedrío hacia el final de la guerra, renunciarían al tormento y asesinato de sus víctimas. Goldhagen no encontró confirmadas ni en lo más mínimo todas estas contrahipótesis, lo que es realmente instructivo.

El batallón de policía 101 ocupa un amplio espacio en el estudio de Goldhagen. En 1992 apareció un libro del historiador americano Christopher Browning que lleva el título Ordinary MenCHRISTOPHER B ROWNING, Ordinary Men:Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland, Nueva York (Harper Collins Publishers/Aaron Asher Books), 1992. y se ocupa muy detalladamente del mismo batallón de policía. También Browning va en pos de la pregunta de cómo «hombres completamente normales» pudieron convertirse en asesinos en masa, pero llega a otras conclusiones que Goldhagen. Browning considera más decisiva que el adoctrinamiento antisemita la presión con la que el grupo, en el caso de la mayoría de los hombres, provoca una conducta conforme, en este caso criminal. Su vehemente crítica a Goldhagen va más allá del reproche de haber evaluado las fuentes de forma muy selectiva y tendenciosa, y le acusa de plagio. El agredido se ha defendido indicando haber visto en persona todas las fuentes y haber utilizado complementariamente otro material sobre otros batallones de policía. La disputa es ociosa, aunque sólo sea porque Goldhagen pone el énfasis en otras cosas.

Describe por extenso la premeditada brutalidad e increíble saña de los autores, y sitúa los baños de sangre en escalofriante contraste con las «alegres veladas», fiestas y amoríos de los asesinos, lo que a su vez le reporta la acusación de que su libro despliega una «pornografía del horror» (Y. M. Bodemann). Goldhagen tampoco rehúye las instantáneas más llamativas, por ejemplo cuando describe cómo uno de los autores acompaña al bosque a una pequeña para allí «saltarle la tapa de los sesos» y volver después a por la siguiente. O cuando documenta que la esposa embarazada de un capitán pasó su luna de miel, entre otras cosas, observando una acción criminal a cuyo fin cientos de judíos yacían muertos por las calles y en la plaza del mercado. Una parte no pequeña del efecto de shock del libro podría derivar de estas conscientes estilizaciones.

Especialmente impresionante y necesitada de explicación es la conducta, descrita por Goldhagen, de las tropas de vigilancia de las «marchas de la muerte», que debían llevar a sus víctimas, poco antes del fin de la guerra, desde los abandonados campos de concentración hacia territorios aún no conquistados por el enemigo. Los colegas de Goldhagen, incluso los más críticos, están de acuerdo en que estas marchas a pie de alrededor de 750.000 prisioneros a través del Reich estaban poco estudiadas en las investigaciones llevadas a cabo hasta la fecha. Con los razonamientos tradicionales apenas se explican las continuadas crueldades y liquidaciones, sobre todo cuando Himmler, como instancia máxima, había ordenado expresamente no matar más judíos. El que los vigilantes despreciaran esta orden habla en contra de las hipótesis de la obediencia ciega, el espíritu servil o el oportunismo, y es para Goldhagen otro fuerte indicio de una acción por iniciativa propia y basada en la más profunda convicción. A esto se añade el hecho de que las tropas de vigilancia, tanto en los campos de concentración como en las «marchas de la muerte», no trataron a ningún grupo étnico o social de forma tan selectivamente cruel y asesina como a los judíos. ¿Queda pues la idea del «antisemitismo eliminatorio» de Goldhagen como la única explicación posible?

La aniquilación de los judíos mantuvo incluso prioridad cuando los alemanes difícilmente podían ganar la guerra. Cuanto menos se podía renunciar a capacidades importantes desde el punto de vista bélico, tantos más trenes iban hacia Auschwitz. También el exterminio de los trabajadores judíos, cuya necesidad era apremiante, contradice toda racionalidad económica. La importancia que Hitler daba a la «solución final de la cuestión judía» está establecida ya en Mein Kampf. Goldhagen, que recalca una y otra vez que habría que «partir de la persona de Hitler», menciona el 30 de enero de 1941 como el día en que Hitler comunicó a la opinión pública, ligeramente disimulada, su decisión de extinguir el judaísmo europeo. Lo hizo al recordar su profecía del 30 de enero de 1939 de que una guerra mundial provocada por el «judaísmo internacional» tendría como consecuencia la «aniquilación de la raza judía en Europa». Goldhagen no es el primero –al contrario de lo que intuye en una nota de su libro– al que ha llamado la atención que Hitler repitiera siempre su profecía, en una sucesión monótona, hasta 1945. En esta profecía, que se aproxima mucho a una amenaza y declaración de intenciones, subyace una clave decisiva del Holocausto. No hace falta una segunda clave, en forma de un «antisemitismo eliminatorio» enraizado en general en Alemania antes de 1933, para explicar el Holocausto.

Además, iría en contra de los hechos. David Bankier, al que Goldhagen cita sin compartir sus conclusiones, estableció en su investigación The Germans and the Final Solution; Public Opinion under NazismDAVID BANKIER, The Germans and the Final Solution; Public Opinion under Nazism, Oxford (Blackwell Publishers) y Cambridge, Mass. (Cambridge Center), 1992., basada en abundante material, que a pesar de sus intensos sentimientos antisemitas y de un exitoso adoctrinamiento nazi amplias capas de la población alemana no aprobaban todas las medidas contra los judíos. Suscitó especial desaprobación la ola de terror de la «noche de cristal» del 9 al 10 de noviembre de 1938. También las deportaciones de judíos desde Alemania atizaron desde finales de 1941 el miedo a medidas de represalia de los aliados. Los alemanes siguieron a Hitler porque y mientras a sus ojos obtenía un éxito desmedido y parecía triunfar para Alemania, y no porque hiciera aplicar en la práctica el proyecto de exterminio de los judíos. Para eso Hitler no necesitaba al grueso de la población alemana, sino a una élite nacionalsocialista dependiente de él y fielmente entregada, que competía por su favor y por el de sus favoritos. Esto, que distingue al nacionalsocialismo de otros fascismos de su época y lo caracteriza, junto con el «antisemitismo eliminatorio», es una creación de Hitler. Si la gran mayoría de los alemanes hubiera estado dispuesta al genocidio judío no hubiera hecho falta tan estricto secreto, ni la pena de muerte para los «bocazas», ni la aniquilación de los documentos, instrumentos y víctimas que pudieran convertirse en testigos.

A pesar de sus manifiestas debilidades y de una superflua redundancia de todas las afirmaciones, el libro de Goldhagen representa un inesperado reto precisamente para la generación más joven, que tiene derecho a que no se haga cruz y raya al pie de la «superación del pasado» y la voluntad de entender mejor el inimaginable genocidio cometido por los alemanes, por lo menos en principio. Ya en 1992 una encuesta encargada por Der Spiegel dio el resultado de que el interés por la época nazi era tanto mayor cuanto más jóvenes eran los encuestados. La impresionante película de Steven Spielberg La lista de Schindler, que fue proyectada en los cines alemanes a partir de 1994 y a la que acudieron clases enteras de los colegios, puede haber incrementado aún más ese interés. En cualquier caso, el libro de Goldhagen llega en el momento exacto para impedir una posible recaída de los alemanes en un nacionalismo complaciente. Lo que se perdió la generación de los «sesentayochistas», es decir, una confrontación con sus padres que no se quedara en farisea indignación, condena y enfrentamiento, es lo que la próxima generación parece querer recuperar hoy con sus abuelos. Cuando el 10 de marzo de 1997 se concedió al autor el «Premio Democracia» de una revista alemana, el encargado de la laudatio, el filósofo Jürgen Habermas, elogió la contribución del premiado a la «autoconcienciación crítica de nuestros descendientes». Ellos, que no podían ser culpables, sí eran sin embargo herederos de una experiencia colectiva de la que debían aprender para su futuro.

Más instructivos que cualquier tratado histórico son los diarios en los que Victor Klemperer documenta su vida bajo el régimen nazi, la vida cotidiana y el trabajo del científico, su matrimonio y las conversaciones con amigos y compañeros de fatigas, la escalada del terror y el miedo creciente día tras día. El «cuarteto literario», una popular mesa redonda televisiva que juzga regularmente las novedades literarias bajo la presidencia del «papa» de la crítica alemana, Marcel Reich Ranicki, elogió los diarios. Durante décadas estas anotaciones, en su mayoría manuscritas, que abarcan unas 5.000 páginas mecanografiadas, estuvieron depositadas en el Archivo de la Biblioteca Regional de Sajonia, en Dresde. Pacientemente descifrados por Hadwig Klemperer, segunda esposa de Victor Klemperer, y editados por Walter Nowojski, reducidos y anotados, los diarios pudieron aparecer por fin en la editorial berlinesa Aufbau seis años después de la caída del muro.

El éxito de ventas fue tan sensacional que la editorial se apresuró a publicar las anotaciones comprendidas entre junio y diciembre de 1945, los diarios de los años 1918-1932 y el curriculum vitae, los recuerdos de los años 1881-1918, como «crónica sin parangón de la historia de la cultura alemana». Desde su primera juventud hasta su muerte, en 1960, Victor Klemperer llevó un diario, en el que anotó también cosas muy personales, otras minuciosamente idiosincrásicas y gran cantidad de banalidades. El romanista, que hasta 1933 había publicado varias obras estándar, dominaba la escritura literaria como ningún otro ámbito. Además, en cada página se puede apreciar su fino amor por el lenguaje. Sin embargo, en ningún momento de su vida sus anotaciones resultan tan reveladoras y fascinantes, conmovedoras y angustiosas como en la época comprendida entre el nombramiento de Hitler como canciller y la decadencia del «imperio milenario». Precisamente lo personal y lo profano atestiguan, durante el viaje al infierno del autor durante doce años, la autenticidad de sus observaciones y procesos mentales, y permiten una visión tan próxima y exacta de la vida cotidiana como si el lector estuviera compartiéndola.

Hay dos razones por las cuales estos y sólo estos diarios son testimonios únicos: por una parte, Victor Klemperer era un judío alemán, y por tanto destinatario de todas las medidas antisemitas de los nacionalsocialistas. Por otra, el autor nunca podía estar seguro de si sobreviviría a la persecución nacionalsocialista. El no ser deportado a los campos de exterminio lo debió única y exclusivamente a su matrimonio con una no judía que a pesar de todas las represalias siempre se mantuvo fiel a él. Lo que el autor no podía saber en el momento de hacer sus anotaciones en el diario lo sabe el lector actual: Klemperer sobrevivió y cumplió hasta el final su autoimpuesta obligación de cronista. Además, no reelaboró sus notas desde la perspectiva informada del superviviente, sino que las dejó intocadas, ya que según todos los indicios no pensaba publicarlas. Así se mantuvieron todas las supuestas nimiedades, momentáneas vacilaciones y errores nacidos de la situación, lo que en su conjunto contribuye a que el lector se sienta humanamente unido al autor de los diarios. Pero sobre todo la identificación se ve favorecida por el final feliz, que hace al lector medianamente soportable el espanto que se extiende durante cientos de páginas.

Sólo en enero de 1942 Victor Klemperer confía a su diario que quisiera «gustosamente convertirme en el historiador de la cultura de la actual catástrofe». En febrero siguiente, el cronista vacila entre el cumplimiento de su obligación, el paralizador sentimiento de la vanitas vanitatum y el miedo a ir a parar a un campo de concentración por su actividad prohibida. Después de que en mayo de ese mismo año la Gestapo asalta y destroza su domicilio e insulta, escupe y golpea a su esposa Eva llamándola «puta judía», pero no descubre el manuscrito del diario, Klemperer anota: «Sigo escribiendo. Este es mi heroísmo. ¡Quiero dar testimonio, y un testimonio exacto!». Ese mismo día, su esposa pone a salvo las hojas del diario de las últimas semanas en casa de una amiga médica, que poco a poco acaba escondiendo en su casa el diario entero. Sin estas dos mujeres, Victor Klemperer no hubiera podido demostrar «heroísmo» alguno.

Raras veces apunta en sus descripciones el mil veces humillado portador de la «estrella amarilla» un tono lacrimoso o siquiera moralizador. Se queja cuando él y su mujer tienen que pasar hambre o que pedir, o cuando el gato «Muschel», al que su esposa Eva cuidaba desde hacía once años, ha de ser sacrificado porque en mayo de 1942 se prohíbe a los judíos tener animales domésticos o darlos en custodia a otras personas. Se queja y piensa a veces en el suicidio, pero cumple en primer término su obligación de cronista, con las menos lagunas posibles y con la cabeza fría. El 2 de junio de 1942 recopila una lista de todos los decretos antisemitas, que abarcaban hasta la fecha 31 puntos: «1) Estar en casa después de las ocho o nueve de la noche. ¡Control! 2) Expulsión de la propia casa. 3) Prohibición de tener radio y teléfono. 4) Prohibición de suscribirse a revistas o comprarlas. 6) Prohibición de conducir (...). Naturalmente también prohibición de alquilar vehículos. 7) Prohibición de comprar «mercancías escasas». 8) Prohibición de comprar puros o cualesquiera otros productos de tabacalera. 9) Prohibición de comprar flores. 10) Retirada de la cartilla de la leche. 11) Prohibición de ir al peluquero...».

Esta lista interminable, que contiene medidas tan absurdas como la entrega forzosa de «tijeras para cortar el cabello y peines», destruye paso a paso la existencia social de Klemperer. Cuando al profesor, despedido en abril de 1935, se le prohíbe en diciembre de 1938 el uso de la biblioteca, lo entiende como una «absoluta anulación». Sin embargo, no se rinde y sigue trabajando en su análisis del lenguaje propagandístico, embustero y estereotipado del Tercer Reich. Sólo en el hinchado empleo de las palabras «fanático» y «fanatismo» del año 1944 se veía ya la inminente decadencia del régimen. Lingua Tertii Imperii, de Klemperer, apareció ya en 1947, alcanzó más de una docena de ediciones en la RDA y convirtió al autor en famoso internacionalmente en vida.

Los diarios son también un testimonio elocuente de lo difícil que le resultaba a este voluntario de la Primera Guerra Mundial abandonar sus convicciones nacionales alemanas. «Los nazis son antialemanes», escribía Klemperer en 1935, pero tras los pogroms de noviembre del año 1938 su patriotismo «se fue para siempre» y dio paso a un «pensamiento cosmopolita» en el sentido de la Ilustración francesa. Cuanto más se aprieta la soga en torno a su cuello, tanto más duda de la «esencia enteramente antialemana del nacionalsocialismo» y finalmente lo señala, en otoño de 1944, como la «absoluta caída en el infierno» del Romanticismo alemán. Klemperer es más benévolo en su juicio del pueblo alemán. Sin duda, este minucioso notario de un antisemitismo cotidiano que va desde las pullas hasta los gritos de los adolescentes de «¡A matarlos!» y «Los colgaremos», pasando por las revueltas, parece dar la razón al juicio sumarísimo de Daniel Goldhagen, pero su imagen global presenta diversos sombreados y matices. Junto al antisemitismo perverso había, incluso entre los «camaradas» del partido, numerosas personas respetuosas y dispuestas espontáneamente a ayudar, que transmitían de forma abierta a los «portadores de la estrella» su vergüenza y compasión y les hacían llegar alimentos, lo que estaba estrictamente prohibido.

Hay algo al menos que nadie podrá seguir afirmando tras la lectura de los diarios: que los alemanes normales no sabían nada del genocidio sobre los judíos. Aunque Klemperer tenía el acceso cortado a informaciones dignas de crédito más que cualquier «ario», y estaba forzado a atenerse a los rumores que corrían, el nombre Auschwitz aparece en su diario ya en marzo de 1942, y en octubre del mismo año anota que Auschwitz «parece ser un matadero que trabaja con rapidez». Dos años después, los rumores basados en informes de soldados se condensan en la espantosa certeza «de que entre seis y siete millones de judíos... han sido sacrificados (más exactamente, fusilados y gaseados)».

Tras el bombardeo de Dresde en la noche del 13 al 14 de febrero de 1945, los Klemperer pudieron escapar de la ciudad en medio del caos general. Victor Klemperer se libra de la estrella amarilla y desde ese momento ya no es un perseguido. En junio vuelve a Dresde con su mujer y apenas puede aprehender ese «final de cuento» largamente anhelado. Todavía no sospecha lo que le espera: las peticiones de muchos militantes nazis de que el famoso profesor certifique que fueron ciudadanos decentes y «amigos de los judíos».

Abismal represión, hipocresía y falsa indignación caracterizan también a una gran parte de las voces que se alzaron contra la exposición Guerra de exterminio. Los crímenes de la Wehrmacht entre 1941 y 1944. Esta exposición itinerante fue concebida por el Instituto de Investigaciones Sociales de Hamburgo, fundado en los años ochenta por el científico comprometido y mecenas Jan Philipp Reemtsma. La exposición sólo causó un inmenso torbellino, que abarcó la República entera, en la primavera de 1997 en Munich, su 16.ª estación, aunque podía ser visitada en toda su extensión ya desde hacía dos años y ya entonces había dividido los espíritus. Al fin y al cabo, su costosa documentación gráfica y literaria pretende desenmascarar la aún viva leyenda de la «Wehrmacht limpia» que antiguos generales difundieron desde poco después de terminar la guerra para separar a la Wehrmacht de las SS. La exposición era una «campaña de exterminio contra el pueblo alemán», replicaba el Bayernkurier, órgano del partido gobernante CSU en Baviera, dando impulso a manifestaciones de la ultraderecha.

Pero los visitantes aceptaron en su mayoría el resultado de un trabajo científico serio. Los historiadores participantes habían seleccionado –de forma similar a Goldhagen– tres casos que permitían hacer una «afirmación general» sobre la conducta de la Wehrmacht en el Este: la guerra contra los partisanos en Serbia, la marcha del 6.º Ejército a través de Ucrania y los tres años de ocupación de la Rusia occidental. En los tres casos se puede documentar, con ayuda de órdenes del día, informes de acontecimientos, despachos de campaña y multitud de fotos encontradas en los bolsillos de soldados alemanes caídos o tomados presos, la activa participación de la Wehrmacht en el Holocausto, el genocidio de la población civil y la aniquilación de los prisioneros de guerra soviéticos. Sobre todo los documentos gráficos de fusilamientos de rehenes, ejecuciones masivas y campos de prisioneros de guerra despejaron las dudas –que aun así se plantearon– y dejaron una persistente impresión en los espectadores. En los periódicos, muchas personas confesaron haber visto con sus propios ojos una de las escenas reproducidas o haber reconocido a su padre entre los «ejecutores». Aunque puedan reprocharse errores didáctico-museísticos a los autores de la exposición, ya que con frecuencia se han limitado a ordenar las muchas fotos de pequeño formato en filas, con escasas explicaciones y temáticas arbitrarias, el efecto sobre el público es extraordinario.

En el debate en torno a la exposición sobre la Wehrmacht, los críticos volvieron a plantear los argumentos estándar que ya se habían empleado contra el estudio de Goldhagen: la exposición no ofrecía nada nuevo e iba por detrás del estado de la investigación, generalizaba de manera ilegítima y emitía juicios globales. Nada de esto es cierto. Se indicaba expresamente que la exposición en modo alguno tenía la intención de poner el sello de criminal a todos los miembros de la Wehrmacht. Sin embargo, no puede haber duda de que la Wehrmacht en su conjunto, «la segunda columna del sistema» (Adolf Hitler), ha de ser vista como una «organización criminal», lo que no discute ni siquiera el ministro de defensa alemán. En el catálogo se puede leer la tristemente famosa orden del mariscal de campo Walter von Reichenau, fechada el 10 de octubre de 1941: «Por eso, el soldado tiene que tener plena comprensión para con la necesidad del duro pero justo castigo de la infrahumanidad judía». En total, alrededor de doce millones de soldados alemanes lucharon en suelo de la Unión Soviética y en los Balcanes, y enviaron a casa mensajes como éste: «Ayer fuimos clementes (junto) con las SS, porque cada judío que atrapábamos era inmediatamente fusilado (...) Hasta ahora hemos enviado unos mil judíos al más allá, pero es demasiado poco para lo que han hecho».

Durante una mesa redonda, uno de los participantes dijo que la exposición era todo menos representativa, porque sugería que no había habido ninguna «resistencia», ni oficial alguno que se revelara interiormente contra las órdenes asesinas. «Demasiado pocos, demasiado pocos» le llegó al sorprendido orador desde el auditorio, seguido de un aplauso atronador. La situación fue sintomática tanto de las obvias tergiversaciones de algunos críticos como de la postura predominante entre el público. Incluso el más bien conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung no podía por menos que sospechar, «demasiado a menudo, el espíritu de la negación y la justificación» tras la monótona exigencia de diferenciar. La honradez intelectual exige tomar nota de las diferencias y mencionarlas, pero no que los árboles impidan ver el bosque. Sea como fuere, en los últimos tiempos los alemanes están en el mejor camino para ver de cerca tanto los árboles como también el bosque.

01/10/1997

 
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