ARTÍCULO

Fideicomiso narrativo

Alfaguara, Madrid, 408 págs.
 

Una de las citas más repetidas por los críticos, presuntamente apócrifa, es ésa de Chéjov que solicita de las narraciones –primera versión-que un clavo que aparezca en la pared en las páginas iniciales de un relato debe reaparecer justo al final adornado con alguien ahorcado colgando de él; o bien –segunda versión– que una escopeta en la repisa de una chimenea en el primer acto de una obra dramática debe ser disparada por alguien antes de que concluya el tercer acto. Clavos o escopetas, da igual. Una ferretería completa forra las paredes de Isclacerta, la mansión de El heredero, la última novela de José María Merino, y todo un virtual y peligroso arsenal de escopetas apunta hacia el interés del lector. Quizá ese sentido de anticipación que la preceptiva griega denominaba anagnórisis (la revelación de una verdad oculta, o la revelación de una verdad no conocida por los actores en tiempo presente, y que sólo de forma retrospectiva puede conocerse), llega a prevalecer sobre todos los extremos de esta narración. Apenas hay dato que, ya convertido en cosa del pasado, no deje de florecer en el presente o en el futuro en paradójicas sorpresas, casi siempre acompañadas del aroma del engaño o de la traición.

El hecho de que el argumento de la novela progrese a través de las sucesivas modificaciones que el pasado vierte sobre el tiempo real en el que transcurre la novela, da pie a la desconcertante inquietud de esperar demasiado de la realidad. Proyecta la imagen, acaso excesivamente literaturizada, de que todo, lo más banal, esté entretejido en una tela en la que no puede alterarse nada sin modificar una invisible relación de correspondencias. La novela puede acabar convirtiéndose para algunos lectores no en un exponente de la hermenéutica de la sospecha, sino en un breve tratado de la sospecha como hermenéutica.

Ese hecho, además, se empareja con el motivo de un argumento secundario de la obra: todo está relacionado con todo. Los accidentes geográficos ocultan formas antropomórficas de gigantes. En contra de su voluntad, los vencedores y los vencidos de la Guerra Civil se unen en sus descendientes. Dentro de la novela, el argumento resumido de otra novela, una obra de ficción científica, tiene como motivo principal una invasión extraterrestre de berzas inteligentes (valga la paradoja). El universo, la tierra, los diferentes países (Portugal, España, Francia, Marruecos, Estados Unidos, Puerto Rico), la vegetación y los seres humanos se conciertan entre sí en una inexplicada relación inconsútil. Cada acción es anunciada por la sombra de su reacción.

¿No es demasiado geométrica, vale decir, abstracta, una novela concebida con tan rigurosos modos de implicación entre el presente y el pasado, lo familiar y lo desconocido, lo mineral y lo vegetal, lo local y lo universal? Acaso. Sin embargo, el autor logra que muchos de estos rigores de la composición se vean atenuados por la variedad de experiencias y situaciones que sabiamente injerta en la narración, y que, en verdad, permite que recorra la obra el viento libre de la crítica y la reflexión, ya que no el de la profundidad psicológica. La sombría y decadente soledad de la casa fundada por el antepasado indiano en un bosque español, vagamente cantábrico, posee una convincente atmósfera benetiana. La benévola sátira de la universidad estadounidense y de sus modos de producción intelectual es no menos oportuna que divertida. La reflexión sobre la autoría literaria, a través de la figura de un autor de novelas de quiosco, cuya única obra con pretensiones es usurpada por algún figurón literario adicto al régimen, tiene una importancia que no es meramente sociológica. La reflexión sobre la autoría y los heterónimos, que, en uno de los muy abundantes ejercicios de malabarismo de la novela, da vida a una artista que había existido previamente, de forma exclusiva, en la imaginación de sus creadores, trae un sentido del humor que por sí solo es la crítica más aguda de la deconstrucción y el posestructuralismo, ajenos, sin excluir a Bajtin, al parecer, a todo sentido del humor.

El título de la novela es enigmático. El heredero. ¿De qué herencia se trata? Se trata de establecer la deuda del presente con el pasado, se trata de saber qué deudas, qué fidelidades, qué obediencias se contraen con el pasado. En esta área la novela exhibe una clara línea filosófica que entronca con las doctrinas del pecado y la redención. La historia del ser humano es recurrente, todo acontecimiento repite lo ya ocurrido. Cada hombre es, en cierta forma, todos los hombres. El protagonista, Pablo Tomás, busca a su novia y mujer en Puerto Rico. El bisabuelo del protagonista, por su parte, tuvo que irse de Puerto Rico, y se casó en España, en primeras nupcias, con una mujer que murió al dar a luz a una hija. El protagonista, que está a punto de ver morir a su mujer, al dar a luz a su hija, finalmente ve cómo ambas se salvan. La redención le llega quizá por haber sido fiel a sus sentimientos. Su bisabuelo abandonó Puerto Rico en circunstancias poco claras, pero el bisnieto, el protagonista de El heredero, en su visita a Puerto Rico, rehúsa el reconocimiento a una parte de la familia de color, «gente morena», que allí vive todavía. ¿De qué forma ha expiado el bisnieto su culpa?

Acompaña al protagonista una casita de muñecas que es la única herencia visible de su familia, una suerte de correlato objetivo o de extraño preformismo que contiene potencialmente todas las virtudes de la familia. La herencia alude, por ejemplo, al poder que el pasado y la tradición mantienen sobre el presente. Los personajes de la novela se rebelan contra un destino que los convierte en sombras: «Yo quiero vivir por primera vez en el mundo y ser solo yo. Me asusta pensar que puedo estar rodeada de fantasmas». Así habla la mujer del protagonista, pero unas pocas páginas antes su propio marido se había quejado del determinismo de su mujer: «decía entonces creer en las leyes ocultas que rigen lo que parece azar». El protagonista y narrador está de acuerdo: «No vemos la trama porque no podemos tener la distancia suficiente, pero la realidad tiene su sistema de relaciones y sorpresas, como las novelas». Cierto, hay poca libertad en los actos de los hombres. Pero hay otro argumento: lo trenza la dialéctica que examina cuán real es la realidad y cuán irreal es la irrealidad, y aunque sobre este punto no se ofrecen muchas respuestas, se invita al lector a buscarlas por su cuenta.

01/08/2003

 
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