ARTÍCULO

El guardián en el templo de la literatura

Siruela, Madrid
434 pp. 25
 

Los textos que aparecen en este volumen habían sido publicados por la editorial Versal repartidos en dos libros: Menos que uno (Barcelona, 1987, traducción de Roser Berdagué y Esteban Riambau) y La canción del péndulo (Barcelona, 1988, traducción de Esteban Riambau). Fue en 1987 precisamente cuando Joseph Brodsky (Leningrado, 1940-Nueva York, 1996) recibió el Premio Nobel de Literatura que confirmaba el alto prestigio que como poeta y ensayista había ido acumulando en los años y libros anteriores y posteriores a su salida de la Unión Soviética en 1972. Esta edición de Siruela, que viene dedicando especial cuidado y atención a su obra, nos llega ahora de la mano del traductor Carlos Manzano y no cabe otra cosa que elogiar su excelente trabajo, dada la dificultad que sin duda supone trasvasar la precisión y el afinamiento de la escritura de Brodsky.
Estamos ante un libro deslumbrante y cuya lectura o relectura parece hoy acaso más oportuna, urgente y necesaria que nunca. Porque si en su momento, y de manera inevitable, Brodsky fue leído de modo más o menos (más) interesado como un exponente de la literatura antisoviética, ahora, cuando el fin de la guerra fría y la desaparición casi total de un entendimiento de la literatura como campo de batalla ideológico han apagado aquellos perfiles, y cuando la sociedad parece haber dejado en las solas manos del mercado la producción de necesidades tangibles e intangibles, la propuesta de Brodsky sobre el ser y sentido de la literatura que en este libro se encuentra muestra un filo acaso inesperado, pero en extremo contundente y polémico: la literatura como templo para minorías.
Musil habló en algún momento del crítico como «custodio del nivel de exigencia alcanzado», y si aplicamos el enunciado al ensayista que emerge de la lectura de este libro cabría decir que la figura del crítico, así definida, encuentra en Brodsky su más lograda representación. Son dieciocho ensayos en los que el peso de lo político, la crítica del sistema que emerge de la Revolución de Octubre, de su repercusión moral y física sobre las vidas individuales y sobre la literatura y la cultura, es relativamente inferior, al menos en cantidad, al espacio dedicado a entrar y desentrañar las claves de la escritura de la poesía de autores como Osip Mandelstam, Marina Tsvetáieva, Anna Ajmátova, Derek Walcott, Eugenio Montale, Konstantinus Kavafis y W. H. Auden, entre otros, para remontarse a partir del comentario de sus obras hasta el significado último de la literatura, del lenguaje poético o de la cultura como espacio vital y social amenazado tanto por la falta de libertad como por la banalidad del mercado. Y si en sus aspectos más políticos el libro continúa siendo un pliego de denuncia, lo que hoy le concede mayor relevancia es precisamente lo que contiene, que es mucho, de resistencia frente a estos tiempos de relativismo estético y escepticismo cultural que hemos venido conociendo como posmodernidad. El corpus central del conjunto de ensayos forma un especial curso de literatura contemporánea de entidad semejante, si no claramente superior, a los famosos cursos de literatura que en su momento dictara Vladimir Nabokov, si bien en el caso de Brodsky, más que de inteligencia visual, tan presente en las lecturas del autor de Lolita, habría que hablar de una inteligencia auditiva que escucha las lenguas –la inglesa en sus acercamientos a Auden o a Walcott, la rusa en su comentarios sobre Mandelstam o Tsvetáieva, la italiana al hablar de Montale– en su estadio superior: en el momento en que se constituyen en Literatura.
El pensamiento literario de Brodsky, que desborda continuamente de modo natural el campo propio de lo literario, parece asentarse sobre cuatro principios básicos que se oponen radicalmente a las coordenadas estéticas y éticas de la posmodernidad: la cultura como esfera no democrática («la cultura es “elitista” por definición y la aplicación de los principios democráticos en la esfera del conocimiento propicia la equiparación de la sabiduría con la imbecilidad»; «El concepto de igualdad es extrínseco a la naturaleza del arte, y el pensamiento de cualquier hombre de letras es jerárquico»); la poesía como expresión de las facultades superiores del hombre («Un poeta se granjea problemas por su superioridad lingüística –y, por consiguiente, psicológica– y no por sus actitudes políticas»; «la poesía es la esencia de la cultura mundial»); el arte como jerarquía y progreso («Nos guste o no, el arte es un proceso lineal. Para impedirse retroceder, el arte tiene el concepto de tópico. La historia del arte es la de la suma y el refinamiento, de la ampliación de la perspectiva de la sensibilidad humana, del enriquecimiento –o más a menudo la condensación– de los medios de expresión»); y la responsabilidad de los lectores («La sociedad, mayoría por definición, considera que tiene otras opciones que la de leer poemas, por bien escritos que estén. El resultado de su fracaso al respecto es su desplome a ese nivel de locución en que la sociedad cae presa fácilmente de un demagogo o un tirano»). Cuatro enunciados que difícilmente encuentran acomodo en el pensamiento hegemónico actual.
La escritura del Broksky ensayista no es polémica ni en su tono ni en su sintaxis y sus postulados avanzan con el ritmo y la actitud de quien describe un mapa cartográfico: el pulso lento que recorre y subraya las líneas de nivel, la orografía que las aguas de un torrente o un río determinan con sus cauces, las cotas que el uso de un adjetivo o el eco de las rimas señalan, la escala real de las distancias que se abarcan. De vez en cuando, y como quien sustantivase el plano del viaje, deja ver un gusto elegante por los enunciados sentenciosos: «la polémica es una forma de herencia», «la muerte como tema siempre produce un autorretrato», «el arte “imita” a la muerte más que a la vida», «si hay algún sustituto del amor, es el recuerdo», «el verso desempeña el papel de tutor del alma», «una rima convierte una idea en ley», «la humildad nunca se elige», «el halago no nos lleva lejos», pero evitando la sabiduría yuxtapuesta de la prosa conceptuosa. No se asusta sin embargo de la lectio o el didactismo: «Nunca se deben rimar las mismas partes de la oración: los nombres sí, pero los verbos no y la rima entre adjetivos es tabú»,aunque huye del narcisismo crítico tan usual en otros escritores al no leer la escritura ajena desde la propia. Tampoco busca la complicidad o la empatía fácil del lector, no se instala en la cátedra, pero no disimula ni la tarima ni el orgullo de su propia estatura. En la precisión de sus comentarios reside la credibilidad que transmite. No hace falta conocer en profundidad los rasgos de los ritmos yámbicos o trocaicos para aceptar con él que la prosodia encierra los secretos vitales del lenguaje poético, sus conocimientos sobrevienen como herramientas necesarias sin caer nunca en la autoridad impostada de la erudición y «oírle» hablar de la difícil travesía que supone cualquier traducción constituye una enseñanza moral (y semántica, claro) impagable. Y aunque uno no comparta su concepción de la literatura como meta única y destino superior de la humanidad, es imposible desprenderse de la sensación de que Brodsky nos ha enseñado el perfil de las más altas cumbres de la mejor tradición del espíritu ilustrado. Y aristocrático.

Porque lo que Brodsky propone hoy, en un espacio social y cultural dominado por lo que algunos llaman la democracia cultural de las masas –como creadoras y como consumidoras de cultura–, es una lectura aristocrática, jerarquizada, minoritaria, inevitablemente elitista, en la que la literatura, como espacio supremo de una condición superior, aparece en peligro de extinción, rodeada y amenazada por la proliferación de lenguajes triviales donde lo literario pierde su carácter de «lengua que vigila» para devenir en simple «lengua que consuela». Brodsky, que asume que su tarea como escritor reside precisamente en no rebajar «el nivel de funcionamiento mental, su plano de observación» de la lengua con la que trabaja, que no deja de ser consciente de que «la estampida de las masas» está originando que se pueda «calificar de viudedad la condición del mundo moderno en relación con la civilización» y que avisa sobre cómo la literatura está dejando de ser tradición para pasar a ser un capítulo más de la industria banal del ocio y el entretenimiento, parece situarnos así, como lectores, frente a una encrucijada –o elitismo o barbarie– que suena, nos tememos, más a trampa nostálgica que a dilema resoluble en esos términos.

01/08/2007

 
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