ARTÍCULO

El guardián de la memoria

 

En Caro diario (1994), Nanni Moretti, director y protagonista del film, un fascinante diario documental, visita, montado en su motocicleta, la playa donde Pier Paolo Pasolini (1922-1975) fue asesinado. Hay en esa exploración del lugar del crimen, aún no esclarecido, el deseo de recomponer la historia verdadera, y el deseo de atrapar algo de Pier Paolo Pasolini, un intelectual complejo, católico, homosexual, y además el deseo de incorporarse a una tradición moderna desde Italia, y también, de forma más velada, un deseo religioso, de trascendencia. Esos deseos de Nanni Moretti (1953) en Caro diario se encuentran en Regresar a donde no estuvimos, el segundo volumen de las «Memorias de ficción» de César Antonio Molina (La Coruña, 1954), tras Vivir sin ser visto (Península). Pero lo que en Nanni Moretti es una búsqueda muy definida, el asesinato de Pier Paolo Pasolini, en una playa un día de noviembre, en César Antonio Molina es una búsqueda que no tiene fin –en Orense, en París, en Italia, en Portugal, en Berlín, en Pamplona, cualquier sitio en el que no estuvo– porque en ella encuentra el aire para respirar, una poética y, quizá no sea exagerado, un sentido a la vida.

Es posible que «el verdadero lugar» que anhelaba Czeslaw Milosz se encuentre exclusivamente en el camino: el que lleva de una inútil pesquisa sobre la muerte del poeta Mario Sá-Carneiro, en el Hotel Ninon de París, a Lope de Vega; el que atrapa la peripecia de Juana de Vega, escritora del siglo XIX , en La Coruña para llegar al mundo escindido de Fernando Pessoa; el que comienza en la biblioteca de Bruce Chatwin y termina en la casa de José Lezama Lima (1910-1976), en La Habana. La casa de Lezama Lima se ha convertido en un espacio de especial significado para los escritores españoles. Lezama Lima, quizá no por casualidad para el significado de estos diarios «de ficción» de César Antonio Molina, se hizo depositario de la memoria de su madre.

Las casas de los escritores son parte esencial del «verdadero lugar», piezas para la reconstrucción de ese río subterráneo y milenario: visita la de Miguel Torga, autoeditor quisquilloso, defensor solitario del iberismo, en Coimbra, que luego sería derribada; visita a Vittorio Gassman en su ático de Vía Brunetti; a María Zambrano... César Antonio Molina captura algo inefable en esos cuartos propios, como si fuera una suerte de vampiro. Y, como continuación de esas casas, los cementerios, lugares cerrados, espacios clausurados, le ofrecen también una energía especial: ya los había tomado en su obra poética como escenarios propicios.

Regresar a donde no estuvimos puede ser leído como si se estuviera viendo un documental cinematográfico. César Antonio Molina no lleva una cámara, pero quiere conseguir con las palabras el mismo efecto de realidad y de belleza. Es el cine, en aparente segunda línea tras la literatura, el tapado del libro; un cine en el que se siente inquietamente cómodo y que quiere ser poesía, magia, revelación, como el de Michelangelo Antonioni, el de Manoel de Oliveira o el de Wim Wenders, obsesionado por la conservación de la memoria (en Alicia en las ciudades, el paisaje, las estaciones de ferrocarril y los edificios preservados en polaroids; en Hast ael fin del mundo, las imágenes en movimiento para retardar el ingreso en la ceguera; en Lisbon Story, los sonidos de una ciudad en plena transformación). También César Antonio Molina está obsesionado por la forma de almacenar, y transmitir, la memoria. Se convierte en un guardián de la memoria que, paradójicamente, tiene que dejar escapar parte de su propia memoria para albergar la de los otros: mirar sin ser visto. Estos diarios públicos cuentan mucho menos de su autor que de los otros.

César Antonio Molina construye la secuencia de su tradición, en la que están Miguel Torga y Álvaro Cunqueiro, a quien escuchó a menudo en las charlas de la ACI de La Coruña cuando era un adolescente, y Josep Pla, «un periodista que elevó la crónica y el reportaje a categoría narrativa», y José María Castroviejo. Y en la que todavía anda Joan Perucho. De Álvaro Cunqueiro ha recogido buena parte de su producción periodística (Los otros caminos , La bella del dragón, El pasajero en Galicia...), y es su aventajado discípulo: aunque va mucho más allá de la glosa, porque quiere capturar algo esencial. En Regresar a donde no estuvimos, César Antonio Molina reivindica el periodismo como género literario de la modernidad (la aparición de la prensa en el siglo XVIII influye en la irrupción del Romanticismo), el que da paso a lo que Lionel Trilling llamó «yo antagónico». Es en los periódicos donde se crea el género mixto que reivindica, como apuesta estética, Regresar a donde no estuvimos: noticia, ficción, autobiografía, pasado, presente, futuro, utopía, viaje, verdad y mentira. Pero, por encima de esa tradición próxima, defiende una tradición histórica, básicamente occidental y esencialmente moderna: Homero, Fernando Pessoa, Arthur Rimbaud, Racine, George Steiner, Ramón María del Valle-Inclán... César Antonio Molina es un excelente guardián de la memoria, de un fuego secreto que abrasa.

01/09/2003

 
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