ARTÍCULO

El Grand Tour de los intelectuales rojos

 

En una de las estupendas viñetas incluidas en su recopilación Prejudices, H. L. Mencken (1880-1956) escribe acerca del creyente en estos términos: «Un hombre poseído por la fe es, simplemente, uno que ha perdido (o que nunca tuvo) la capacidad para el pensamiento claro y realista. No es sólo un burro: de hecho está enfermo. Peor: es incurable, ya que la decepción, que es esencialmente un fenómeno objetivo, no puede afectar permanentemente a su enfermedad subjetiva. Su fe adopta la virulencia de una infección crónica». La cita me la ha recordado la lectura de un sugerente libro publicado en Francia hace muy poco: Au pays de l'avenir radieux, de François Hourmant. Su subtítulo, Voyages des intellectuels français en URSS, à Cuba et en Chine populaire, necesario para atraer a la clientela de un país en el que la vida privada y pública de sus maitres à penser ha sido desde siempre objeto de gran curiosidad e, incluso, de chismorreo de café, no anuncia lo que, en un nivel más profundo, es su gran tema.

Porque, en el fondo, lo que Hourmant se ha propuesto es el análisis –a medio camino de la antropología, la sociología y la crítica literaria– de un subgénero muy contemporáneo que podríamos denominar «el regreso de la Utopía», y cuyo apogeo se extiende desde 1917 hasta la bancarrota ideológica y moral de los sistemas comunistas de mediados de los setenta.

Dicho subgénero tiene, como todo lo que se inventa en literatura, una tradición para la que no hace falta remitirse a los antiguos relatos de viaje de los griegos o de los grandes exploradores medievales. Como se sabe, en el siglo XVIII se puso de moda entre las clases pudientes británicas lo que se ha venido llamando el Grand Tour: un viaje iniciático a Italia, los Países Bajos o Alemania sin el cual no se consideraba completa la educación artística y cosmopolita de los gentlemen. En aquel tiempo era el tutor el encargado de conducir al neófito al otro lado. En el XIX , lo que se impuso fue el Viaje a Oriente: un modo audaz y elegante de combatir el tedio de los románticos hacia una Europa de la que las Luces parecían haber borrado toda sorpresa. Los relatos «de regreso» de esos viajeros al exotismo fueron moneda corriente –y de venta sustanciosa– en las librerías de la época.

Se ha dicho que todo viajero es un fanfarrón. Dada la dificultad congénita que demuestra el ser humano para aceptar la realidad tal como es, siempre he creído que el relato de regreso ha servido con frecuencia para la floritura fantasiosa en torno a las premisas ideológica o estéticas con las que se emprendía el trayecto. Lo que no es óbice para que entre esos travelogues –una moderna denominación anglosajona del género– se encuentren no pocas obras maestras.

Según se desprende de la lectura de la obra de Hourmant, los relatos del turismo ideológico de los intelectuales «compañeros de viaje» a las sucesivas patrias de la pureza socialista –la URSS, Cuba, China, etcétera– han mostrado, en su gran mayoría, una exacerbación de la tendencia a la hipérbole propia del género. Los exploradores de los países «del radiante porvenir» han adolecido cuando menos –y permítanme que utilice de nuevo a Mencken– de ojos que inevitablemente exageraban, de oídos que escuchaban más de lo que la orquesta interpretaba, de una imaginación que doblaba o triplicaba las informaciones que les suministraban sus cinco sentidos. Eso, en el mejor de los casos. En el peor –y esa es la tesis de Hourmant– sus relatos son una auténtica impostura, un simulacro en el que el viaje es una parodia de la exploración desprejuiciada y, el viajero, un simulacro del esforzado aventurero que buscaba descifrar el Gran Enigma. De Barbusse a Roland Barthes, Philippe Sollers o Maria Antonieta Macciocchi, pasando por Sartre y de Beauvoir, esos intelectuales que emprendían el viaje a la Utopía no buscaban más que lo que querían encontrar. Más que de una exploración se trataba de una peregrinación.

El relato de regreso de los intelectuales requiere, si quiere ser eficaz y seductor, un protocolo. Dado que su finalidad primera no es entretener o informar, sino convencer, su estructura se despliega de acuerdo con una serie de pautas diseñadas para favorecer su economía persuasiva: una introducción justificativa en la que se exponen los motivos del viaje, un cuaderno de bitácora en el que se consignan las incidencias, y una conclusión en la que se brinda una tesis acerca de lo visto y oído. Es precisamente esta última parte la que condiciona, desde el inicio, las dos primeras. Y aún más: se podría decir que, en puridad, el viaje sobra, porque todo en él se organiza en función del relato final. La actitud más habitual de esos excursionistas ideológicos no difiere demasiado de la de los turistas que visitan los lugares sólo para comprobar que lo que ven se acomoda a lo que les indica el Baedecker o la Fodor's de turno. La agencias oficiales soviética (Intourist) y la china (Luxingshe) fueron también eficacísimas en orden a disponer lo que debía ser visto.

El resultado ha sido una producción de relatos idénticos en el que las variaciones afectan exclusivamente a la anécdota. Todos esos viajeros convencidos a priori parecen aquejados de lo que Hourmant llama retinosis pigmentaria: una especie de ceguera ante todo lo que pudiera estropear el cuadro general, ya se tratara de las hambrunas de los años veinte en la Unión Soviética, de la supresión de toda oposición democrática en Cuba o de los crímenes cometidos durante la Revolución Cultural china. El intelectual invitado se veía inmerso en una radiante realidad paralela a la realidad sin más. Y, en la mayoría de ocasiones, la aceptaba como única. Arthur Koestler, en su magnífica autobiografía –hoy inexplicablemente ausente del mercado español– se refiere a algo semejante cuando, de modo retrospectivo, analiza su actitud durante su viaje iniciático a la URSS: «Aprendí a clasificar automáticamente toda cosa que me chocara o disgustara como "herencia del pasado" y todo lo que me agradara como "las semillas del futuro". Sólo estableciendo en su espíritu esta máquina automática de clasificar, era aún posible para un europeo vivir en Rusia en 1932 y, sin embargo, continuar siendo comunista». Fin de la cita.

Siempre ha habido excepciones, claro. Y, en el universo burocratizado y turiferario de los partidos comunistas occidentales de los años treinta, cuarenta y cincuenta los recuentos intempestivos levantaron escándalo y el consiguiente anatema. Gide, por ejemplo, partió a su viaje como converso y regresó como hereje. Su testimonio le ocasionó durante años el desprecio de muchos de los antiguos colegas que le habían saludado como «el mejor amigo de la Unión Soviética, el adversario invencible de la guerra y el fascismo». El propio autor de Si la semilla no muere fue consciente de la maquinaria escenográfica que las autoridades de la «patria soviética» habían montado para ayudarle a ver. Y, todavía sintiéndose identificado con el orden soviético, señalaba que el problema de los relatos que escribían sus compañeros residía en que «la verdad sobre la URSS era dicha con odio y la mentira con amor».

Buena parte de la mitología de la historia del comunismo, al menos vista desde Europa occidental, ha sido precisamente segregada por esos testimonios impostores e impostados en los que han bebido varias generaciones de militantes socialistas y comunistas. En una época en la que la izquierda precisa con urgencia volver a encontrar las raíces de su apuesta moral por un mundo más justo, la deconstrucción de esos relatos –y de los mitos que los informaban– se ha convertido en una tarea primordial para sus intelectuales. Suponiendo que todavía deseen ejercer de tales.

REFERENCIAS
François Hourmant,
Au pays de l'avenir radieux. Voyages des intellectuels français en URSS, á Cuba et en Chine Populaire.
Aubier, París, 2000.
282 págs. 130 francos.

Arthur Koestler,
Autobiografía,
tomo III: «Euforia y Utopía». Alianza, Madrid,
1974. 238págs. (agotado).

André Gide,
Journal 1926-1950. Gallimard (La Pléiade), París, 1997.
1650 págs. 490 francos.

01/04/2000

 
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