ARTÍCULO

El gran fracaso de la civilización moderna

Sequitur, Madrid, 1998
Trad. Ana Mendoza
300 págs.
 

La literatura sobre el Holocausto aparecida en el último cuarto de siglo o, para ser más exactos, desde el Eichmann de Hannah Arendt de 1964, es muy abundante. Pero creo que ninguna de tales obras es comparable al espléndido y desasosegante libro de Zygmunt Bauman Modernidad y Holocausto, publicado en 1997 y reimpreso ya en 1998, que había visto la luz en Inglaterra en 1989 y obtenido ese mismo año el Premio Europeo Amalfi de Sociología y Teoría Social. El libro, en cuya reseña daré la palabra al autor tanto como sea posible, se inicia afirmando que pretende contribuir a que las lecciones del Holocausto logren incidir sobre la conciencia de la sociedad contemporánea, y dice el autor estar convencido de que es preciso revisar las ciencias sociales a la vista del Holocausto, ante todo por razones morales, ya que al suponerse que son «ellos» –los nazis, el III Reich– los culpables, «los demás» tenemos la tentación de sentirnos a salvo de responsabilidades, y no ponemos en duda la inocencia y rectitud del sistema social del que nos sentimos tan orgullosos. Pero también por razones heurísticas, ya que el Holocausto no se puede entender al margen de las tendencias culturales y de los logros de la modernidad, como tampoco puede entenderse la sociedad a la que pertenecemos sin la información contenida en tan horrible experiencia.

El Holocausto, se nos dice ya desde el comienzo del libro, no es algo que pertenezca a la historia judía, ni es un caso extremo dentro de una odiosa categoría de monstruosos fenómenos sociales. No es el resultado de un fallo de la modernidad, ni es su funcionamiento defectuoso; como tampoco puede decirse que sea un «paradigma» de la civilización moderna, ni su producto «natural». Pero desde luego es algo que obliga a una crítica radical del modelo de sociedad moderna y de su fundamentación hobbesiana, que descansa en la creencia de que el pacto social y sus normas imponen restricciones al salvajismo innato que hay en todos los hombres. El Holocausto nos ha descubierto un rostro oculto de la sociedad moderna, que coexiste con el que conocemos y admiramos. Sería, pues, un error suponer que la civilización y la crueldad salvaje son antitéticas. Por ello el autor propone «que tratemos el Holocausto como una prueba rara, aunque significativa y fiable, de las posibilidades ocultas de la sociedad moderna» (pág. 15). Más que dejarnos consolar por el mito de el proceso civilizador que Elias comparte con Weber, Freud y Marx, hay que dejarse inquietar por planteamientos como el de Browning, según el cual «el asesinato en masa de la comunidad judía europea perpetrado por los nazis no fue sólo un logro tecnológico de la sociedad industrial, sino también un logro organizativo de la sociedad burocrática» (apud Bauman, pág. 17).

Bauman destaca que la mayor parte de los autores del genocidio fueron personas normales, y se pregunta cómo se convirtieron en asesinos en masa. La respuesta es que practicaron una violencia autorizada por órdenes oficiales, rutinaria, que recaía sobre víctimas que previamente habían sido excluidas de la comunidad alemana e incluso de la humanidad, lo que permitía a los autores del crimen conservar indemnes sus valores morales. Además, la racionalidad instrumental se libera por su parte de la interferencia de las normas éticas, y tal silencio moral afecta a la propia ciencia y, claro es, a la sociología. El autor se niega a ver, y con razón (aunque a veces su argumentación sea un tanto expeditiva), las razones del Holocausto en «los misterios de la psicología individual», y propone «aclarar qué mecanismos sociales y políticos son capaces de producir» el genocidio (pag. 44).

Para Bauman, el antisemitismo (de raíces religiosas y sociales) hizo que antes de la época moderna los judíos vivieran separados, fueran una categoría social más. Pero con la modernidad la separación perdió su carácter natural y se convirtió en un problema: la desaparición de las antes visibles diferencias sociales y religiosas hizo que no se pudiera distinguir ya a los cristianos de los judíos, que se habían convertido en ciudadanos como los demás: «El antisemitismo moderno no nació de la gran diferencia que existe entre grupos, sino de la amenaza que supone la ausencia de diferencias, la homogeneización de la sociedad occidental y la abolición de las antiguas barreras sociales y legales entre los judíos y los cristianos» (Girard, apud Bauman, pág. 76). Había, pues, que luchar «contra el poder corrosivo y pavoroso de la igualdad social y legal», pero la consuetudinaria barrera religiosa era ya inadecuada, con lo que «en ausencia de los antiguos métodos de segregación tradicionales y legalmente sancionados» (págs. 76-78) era preciso expresar la característica distintiva de los judíos de una forma diferente; y esa nueva forma fue el racismo, que no es simple heterofobia sino un conjunto de métodos al servicio de la construcción de un orden social que exige eliminar a quienes no se ajustan a la nueva realidad ni pueden ser modificados para ello. Pues bien, se afirmaba que los judíos eran incapaces de abrazar el espíritu del pueblo alemán a causa de su herencia y de su sangre, por lo que eran tan unwertes Leben como los deficientes mentales o los tarados hereditarios, sujetos todos ellos a procedimientos científicos de ingeniería social para la higiene racial: deportación, esterilización y, por fin, destrucción biológica.

El culto a la ciencia propio de la Ilustración termina dando paso a la ingeniería social, basada en la creencia en la artificialidad del orden social y en el uso de la técnica en la administración científica de la interacción entre seres humanos: cree por ello el autor que «hay que contemplar la versión exterminadora del antisemitismo como un fenómeno exclusivamente moderno» (pág. 97), por lo que resulta consoladora su opinión de que los nazis no fueron seguidos por el pueblo en el exterminio: la aceptación popular del programa racista no llegó a producirse, sino que la gente corriente se limitó a la heterofobia. De hecho, la Kristallnacht no pasó de ser un pogrom tradicional. Y es que, como señaló un informe oficial nazi, «el antisemitismo, en la Alemania de hoy, está esencialmente limitado al partido y a sus organizaciones» (cit. pág. 99). No obstante, las medidas administrativas de segregación y separación fueron bien recibidas por gran número de ciudadanos corrientes, que aprobaban la exclusión de los judíos de las posiciones de poder, riqueza e influencia. En resumen, la gente no participaba personalmente en la persecución, pero aprobaba o, al menos, no obstaculizaba la actuación del Estado. Todo ello permite al autor insistir en que confundir la heterofobia con el racismo y con el Holocausto desvía la atención de sus causas, que tienen que ver con «algunos aspectos de la mentalidad moderna y de la organización social moderna» (pág. 108). Y aquí aparece de nuevo la inquietante y poderosa apelación moral de Zygmunt Bauman: «No es el Holocausto lo que no logramos entender en toda su monstruosidad; es nuestra civilización occidental, una civilización que el Holocausto ha convertido en incomprensible» (pág. 110, cursivas del autor).

No se trata, pues, de constatar que el odio y el asesinato han existido siempre, ni de argumentar que la modernidad ha fracasado al no poner punto final a la violencia: la tesis de Bauman es que el Holocausto fue tanto un fracaso como un producto de la civilización moderna. Se hizo de forma racional, planificada, científica, coordinada, experta y eficientemente administrada, de suerte que «fue un logro superior en todos los aspectos si lo medimos con las normas que esta sociedad ha celebrado e institucionalizado» (pág. 116). Su condición fue la existencia de un poder absoluto entregado al sueño de la modernidad, libre de todo control efectivo. Y no es que tales circunstancias permitieran que se diese rienda suelta a los impulsos naturales, pues el horror desencadenado hubiera sido inconcebible de haber guiado la naturaleza la actuación de los genocidas: el crimen y la tortura no fueron instrumento de las pasiones, sino de la racionalidad política. La nuestra es una época de grandiosos proyectos políticos para cambiar la sociedad, que en una Alemania en la que se había derrumbado la democracia fueron llevados a cabo por la burocracia (con la cooperación de muchas de las víctimas, que trataban racionalmente de salvar lo que pudieran, incluso a costa de su complicidad con los asesinos), proyectos apoyados por la ciencia y silenciados por las Iglesias.

El autor, que dedica un capítulo a comentar el experimento de Milgram y su inquietante conclusión de que todos nosotros hubiéramos podido colaborar en el genocidio (rechazando consecuentemente la tesis de Adorno de que el genocida es un tipo especial de individuo con una personalidad autoritaria), concluye el libro con una reflexión acerca de la sociedad y la moral, necesaria porque, según cree, la teoría sociológica no ofrece una explicación satisfactoria del Holocausto. En efecto, dicha teoría concibe la moralidad como resultado de las condiciones sociales, con lo que es imposible comparar y evaluar los diversos sistemas morales. Para Durkheim, por ejemplo, «las acciones son malas porque están socialmente prohibidas», dice Bauman, «en lugar de que están socialmente prohibidas porque son malas» (pág. 226). De modo que al ser la moral un producto social, lo inmoral es una «desviación de la norma», un defecto de los mecanismos sociales, ya que la sociedad reclama el monopolio de los juicios morales. El problema que plantea el Holocausto es que hay que calificar de inmoral la conducta de quienes siguieron fielmente las normas de su propia sociedad, de suerte que la moralidad hubo de manifestarse como insubordinación contra el consenso social, distinguiendo entre el bien y el mal según el propio criterio. Lo moralmente correcto o incorrecto no puede quedar al albur de cada sociedad, sino que es una capacidad original de la persona humana: la responsabilidad moral reside en el ser humano que coexiste con otros seres humanos. Y aquí Bauman presenta y critica una versión de la teoría sociológica de la acción que, aunque le permite reforzar sus argumentos, no coincide con la mantenida por la mayoría de los sociólogos. En todo caso, y aunque reconoce la dificultad de formular una teoría alternativa del comportamiento moral, con la ayuda de Levinas rechaza que la moralidad sea un producto social: antes al contrario, «es la estructura primaria de la relación intersubjetiva» (pág. 239). El Holocausto sólo pudo llevarse a cabo «con la condición de neutralizar el impacto de los impulsos morales primitivos» (pág. 246), lo que el régimen nazi consiguió utilizando racionalmente y de manera inmoral la burocracia y la tecnología modernas.

Sé muy bien que lo que antecede no es más que un pálido reflejo del libro de Bauman, que no le hace justicia pese a mi empeño en ofrecer su voz más que la mía. Sin embargo, confío en que la lectura de esta nota empuje a sus lectores a la del libro: sin duda merece la pena.

01/08/1999

 
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