ARTÍCULO

El genio somos todos

Taurus, Madrid
256 pp. 16 €
 

Las más recientes investigaciones en lingüística defienden que el lenguaje constituye una capacidad biológica innata, específica de nuestra especie y universalmente extendida; existen correlatos neurales estrechamente ligados a dicha capacidad, por otra parte bien diferenciada de otras facultades mentalesVéase Guillermo Lorenzo y Víctor Manuel Longa, Homo loquens. Biología y evolución del lenguaje, Lugo, Tris Tram, 2003, pp. 21-45.. Esta capacidad es la que permite al niño, expuesto a las condiciones normales de convivencia, aprender la lengua de su comunidad, cualquiera que ésta sea. Si el niño nace y vive en Simancas aprenderá español, pero su lengua será el francés si su período de desarrollo y aprendizaje lingüístico transcurre en Perpignan o el italiano si en Padua; es decir, esa capacidad general de adquisición de un lenguaje se concretará siempre en un idioma específico según el entorno de maduración, y ello con toda naturalidad, con una facilidad pasmosa si lo comparamos con la adquisición de otras destrezas o con el aprendizaje de otros idiomas fuera de dicho período y entorno. Incluso, a juzgar por la experiencia de algunos amigos con sus hijos, parece que, en ese mismo tiempo y bajo ciertas circunstancias, el niño es capaz de aprender dos o más lenguas sin confundirlas. ¿Cómo es esto posible si lo que el infante recibe es un cúmulo de sonidos encadenados difíciles de discriminar para los que no son hablantes de esa lengua? Quizá algo tenga que ver con ello lo que Álex Grijelmo llama el genio del idioma. El genio es, en cierto modo, la identidad y personalidad del idioma, lo que lo hace estable, coherente y reconocible frente a otros idiomas; es una fuerza interna que se va formando con la propia lengua y luego permanece para regular su evolución y enriquecimiento, ya sea por la propia dinámica interna, ya por el contacto con otras lenguas.

Desde los primeros días, los niños distinguen los sonidos de la lengua –a los que prestan atención cuando están realizando otra actividad, por ejemplo, la de succionar– de los demás sonidos que no merecen su interés. Sin duda, para que esta discriminación se produzca, las lenguas han de tener una estructura fonológica estable que se configura en los primeros estadios de su formación y que es también la más genuina manifestación de su genio. Es esta una condición para el aprendizaje que, sin embargo, sólo les resulta posible a los humanos gracias a su capacidad innata, pues, a lo que parece, hasta las ratas son capaces de discriminar el holandés del japonés, sin duda porque reconocen en las manifestaciones orales de estas lenguas características, o «genios», diferentes.

El genio del idioma es todo un carácter, complejo y hasta contradictorio; por ejemplo, a la par que es conservacionista, también es innovador. En efecto, no puede resistirse a que la lengua se adapte a las crecientes complejidades de la vida y las incorpore en sus maneras de decir. Pero, para las novedades, el genio tiene caudales y mecanismos que se hunden en la tradición y en los primeros momentos de su formación. Así, el genio de un idioma como el nuestro, en lugar de incorporar rápidamente los neologismos, anglicismos en particular, que parecen instalarse en el habla sin ninguna resistencia, encuentra viejos términos que valen para nuevos conceptos, crea palabras nuevas por medio de la metáfora o giros propios para el concepto importado. Como destaca Grijelmo, el genio conservó los prefijos griegos y latinos y hace de ellos su fórmula de crecimiento:

Y siguen activos. «Superactivos», diríamos para homenajearles con la palabra misma. Porque ha creado el «hipermercado» y la «macrosuperficie» y la «macrofiesta», y el «minigolf», y seguramente todo eso le parece «megadivertido» (p. 104).

Pero el genio es lento: no es el producto de las modas, sino de las fuerzas que dan unidad y coherencia al idioma. Por eso puede parecer que no actúa y que la lengua degenera indefensa ante las fuerzas extrañas. Sólo es cuestión de tiempo: de la misma manera que el vocabulario deportivo se ha ido depurando de extranjerismos que todavía eran predominantes en la adolescencia de muchos («orsay», «fault», «linier», «passingshot», «drive», etc.), lo mismo ocurrirá con la invasión de términos que ahora nos trae Internet. El conocimiento de cómo funciona el genio del idioma permite a Álex Grijelmo huir de escándalos y lamentaciones y confiar en esa fuerza viva, que actúa sincronizada a ambos lados del Atlántico, como atestiguan términos patrimoniales (así es como denomina Grijelmo a los que están de acuerdo con el genio del idioma), del estilo de «ningunear» o «refeo», acuñados en México:

El genio que por pura coherencia llamó «cardenales» a las autoridades eclesiásticas pues vestían de cárdeno, el mismo que sólo ha permitido a unas pocas consonantes ser final de palabra, que sólo deja crear verbos terminados en -ar, el que adoptó encantado la palabra «locomotora», el que cuidó del orden en la lengua y de los sonidos agradables, el que pretende con toda claridad que lo escrito se parezca mucho a lo hablado, difícilmente cambiará de criterio ahora, ante unas innovaciones técnicas que a él no le parecen importantes y que seguirán necesitando sus palabras.

El genio del idioma está lleno de comentarios, amenos y rigurosos, acerca de fenómenos lingüísticos, la mayor parte de carácter histórico, pero otros relativos a la estructura permanente de la lengua, como, por ejemplo, el que se refiere a su sistema de acentuación. Sin embargo, no es en este terreno donde hay que buscar el mérito y la originalidad del libro, sino en la propia caracterización del genio, de su modo de sentir (es melancólico) y de actuar (es analógico, ordenado, tacaño, preciso), porque el genio está en ese punto de intersección e interacción entre la lengua y los hablantes en el que éstos le otorgan una personalidad viva y animada y aquélla un contenido más o menos estable y coherente.Y no siempre triunfa, porque a veces las instituciones (la Real Academia, las escuelas) se imponen a las tendencias populares que forman el genio. Así fue como se impuso la segunda persona del singular del pretérito indefinido, «cantaste», frente a «cantastes».Aunque, dada la paciencia del genio, habrá que ver qué sucede con el paso de los años, pues más que las instituciones son, de acuerdo con CondillacVéase Etienne Bonnot de Copndillac, Ensayo sobre los orígebes de los conocimientos humanos, trad. de Emeterio Mazorriaga, Madrid, Tecnos, 1999, pp. 250-251., los hombres de genio los que expresan el carácter del idioma, lo sostienen en todas sus obras y permiten que lo capten «los demás hombres excelentes». De esta manera, la lengua se enriquece poco a poco con numerosos giros que son enseguida adoptados por los hablantes en general, los auténticos depositarios del genio.

Sin duda, todos los idiomas tienen un genio que participa de ciertos rasgos generales y otros específicos, los de la especie y los del individuo. Álex Grijelmo está legítimamente orgulloso del genio de su idioma, por ejemplo, cuando aprecia que el sistema de acentos otorga a la escritura del español una ventaja de la que carecen los idiomas de acento libre: la de haber descubierto la forma de indicar la pronunciación exacta de cada palabra y, por tanto, su significado preciso. Esta circunstancia, igual que otros hallazgos del genio, no le lleva, sin embargo, a considerar que un idioma pueda ser superior o más rico que otro. Pero sí a atender a la variedad de los impulsos que sienten los genios de las distintas lenguas para cumplir su función.

01/05/2005

 
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