ARTÍCULO

El futuro de la izquierda

Destino, Barcelona, 1997
96 págs.
 

Tras la fragmentación del cristianismo, el comunismo representaba la esperanza en una justicia intramundana. Ahora, después de la caída del muro de Berlín, del hundimiento de la práctica comunista y de la crisis fiscal del Estado de bienestar, nos preguntamos si es posible la reconstrucción de una nueva izquierda. Diego López Garrido, responde que sí y, a decir verdad, su propuesta elude soluciones fáciles o silencios ventajosos.

Hay un hecho incuestionable: la izquierda, la que va desde el comunismo hasta la socialdemocracia pasando por los nuevos movimientos sociales, ha sido derrotada y el capitalismo, con su ordenación a escala mundial no sólo de la economía sino también de la sociedad, ha triunfado. Ante esta situación, tres son, a mi juicio, las opciones posibles de la izquierda: una, diluir sus contenidos ideológicos de tal forma que no existan rasgos diferenciadores entre derecha e izquierda y, así, encaminarse a la obtención de mayorías electorales tras conseguir el voto de centro; otra, radicalizar al máximo la concepción de la política como crítica moral del orden existente y, por tanto, despreocuparse de la gestión estatal de tal forma que quede manifiesta su vocación minoritaria; y, por último, refundar sobre bases nuevas el proyecto emancipatorio, sin perder de vista su vocación de gobierno y sin por ello tender a una «americanización» de la vida política.

Si transitamos por el primer camino, la izquierda se torna liberal –es el caso del Partido Laborista de Tony Blair y del PSOE de Felipe González–; si se escoge el segundo, la izquierda se vuelve libertaria –es el caso de los verdes en Alemania y, en España, de un amplio sector del PCE y de movimientos herederos del mayo del 68–. Diego López Garrido trata de evitar ambos posicionamientos, es decir, afirma que la izquierda debe buscar el voto mayoritario pero sin volatilizar sus dimensiones ideológica, social y política, y, por otra parte, sostiene que la construcción de la izquierda no pasa necesariamente por asumir planteamientos aislacionistas o fundamentalistas. Éstos son, según él, los peligros de la izquierda: la huida hacia adelante –la mera gestión de lo que hay, la aceptación acrítica de la lógica capitalista y la incapacidad de salir del espacio centrista– y la huida hacia atrás –el refugio en las viejas certidumbres, el aislacionismo y la concepción de la política como mera impugnación–.

Un proyecto para una nueva izquierda, a su juicio, tiene que partir del análisis y redefinición de los siguientes componentes: 1) su dimensión ideológica; 2) el programa (objetivos políticos); 3) su base social (ésta ya no es ni puede ser constituida por el trabajador industrial urbano); 4) los instrumentos para la acción política; y 5) su estrategia (la ordenación de los anteriores elementos, la temporalización y la elección de los aliados). En cuanto a la dimensión ideológica, López Garrido asevera que el legado de Marx ya no es suficiente para transformar el mundo y que, por tanto, la izquierda debe buscar una nueva superioridad moral y hegemonía intelectual en concordancia con los proyectos emancipatorios emergentes (feminismo, ecologismo, etc.). En lo referente al programa, postula que la izquierda debe situar al empleo en el centro de la política económica (reducción de la jornada de trabajo, reparto del empleo y reorientación de la política fiscal, etc.). Con relación a la base social, afirma que el referente tradicional de la izquierda se ha fragmentado y, en consecuencia, debe dirigir sus propuestas a amplias capas sociales (un nuevo contrato social). En cuanto a los instrumentos para la acción política, sostiene que los partidos políticos necesitan un giro hacia la democratización interna, la transparencia y la apertura hacia la sociedad, que el Estado debe transformar su cultura de poder a una cultura de servicios y, por último, concluye que Europa tiene que luchar contra su déficit económico y social. No obstante, constata que la izquierda «o es europea o no será». Todos estos puntos se ordenan en una estrategia, pero ésta se complica cuando las fuerzas progresistas carecen, como en España, de una voluntad de convergencia.

A Diego López Garrido no se le escapan estos inconvenientes, por ello resulta chocante observar a quiénes ha elegido como compañeros de viaje para la renovación de la izquierda. Difícilmente el PCE, que recientemente renegaba de su papel en la transición democrática española, pueda emprender este esperado viaje y menos aún las otras izquierdas que forman parte de Izquierda Unida como son, por ejemplo, sus corrientes libertarias. Por lo demás, señalar que hubiera sido interesante desde el punto de vista teórico que López Garrido hubiese contrastado su pensamiento con otras corrientes de la izquierda que, en principio, no renuncian a los conceptos fundacionales del marxismo. Me estoy refiriendo a pensadores como John E. Roemer, Jaques Drèze, Thomas Weisskopf, quienes defienden un modelo alternativo al «socialismo real» y que denominan «socialismo de mercado».

01/05/1997

 
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