ARTÍCULO

La levedad cotidiana

Planeta, Barcelona
302 pp. 20 €
 

Zoé Valdés (La Habana, 1959) vuelve a las librerías con El todo cotidiano. Yocandra, la protagonista, después de un breve paso por Miami, se instala en París. Allí llega a vivir en un edificio donde residen un grupo de cubanos exiliados junto a otros que hacen de delatores para el régimen castrista. La novela se centrará en contarnos las idas y venidas, las alegrías y penurias de Yocandra, inadaptada a sus compatriotas, perseguida y «cas(z)ada» por un cubano con dinero que ha conocido en el avión que la llevaba a Francia, angustiada por la situación que vive en la isla el hombre al que ama, El Nihilista, y pendiente de su madre, a quien finalmente logra llevar a su lado, todo ello salpicado de la inquietud fundamental del personaje: transformarse en novelista.
Más allá de este anecdotario, el deseo de la autora es tocar el oscuro y complejo universo del exilio y cómo quienes están fuera siguen estando dentro de su país. Podríamos parafrasear aquí los versos del chileno Enrique Lihn y señalar que Yocandra afirmaría un «Nunca salí de la horrorosa Cuba», pues su devenir está acotado no sólo por esos paisanos que hacen del edificio un apéndice de La Habana, sino también por el cerco invisible pero evidente que va tendiendo a su alrededor la máquina dictatorial.
Habría que añadir a esto el esfuerzo que hace Valdés por agregar al relato notas de humor: la manera de apodar a los personajes, de describir las fiestas de ese pequeño comité de barrio que, deseando dejar atrás su pasado, no hace más que actualizarlo, la perspectiva tragicómica de las situaciones más atormentadas, que ayuda a no caer en esa serie de lugares comunes que llenan las páginas en que se intentan narrar situaciones tan extremas como las de una dictadura, sea cual sea su color. Aunque la autora va condimentando el texto con estas pinceladas humorísticas, no sirve para que su prosa salte la valla de lo banal, lo torpe, lo leve; ni evitar que resulte apurada y tartamuda.
No pongo en duda que Zoé Valdés haya entregado al público obras interesantes, pero El todo cotidiano naufraga desde sus primeras dos páginas. En vez de empezar con un quiebro concreto en la vida del personaje principal (el Camus de El extranjero; el Mann de La montaña mágica), lo hace con un circunloquio onírico a modo de prólogo moralizante. Luego prosigue con un resumen igual de circular que dura dieciséis páginas, donde habla de su breve estancia en Miami y que no aporta nada a la narración. La novela debería comenzar en su segunda parte, «Empieza el silencio» (p. 31): «Dejé la maleta al lado de la puerta. Era una puerta de calle pequeña y estrecha [...]», pues marca ese quiebro estructural y existencial del que hablábamos antes, además de situar al personaje en el lugar en que se desarrollará la acción. Si luego hubiese algo significativo que nombrar del inicio eliminado, podría recurrir a la analepsis.
Tratándose de un error importante, pues en vez de dotar de tensión al relato se crea un universo laxo y nada específico, hay otro que es aún más grave y, a la vez, incomprensible: la carencia de trama. Es cierto que hay acciones, muchas, pero va saltándose de una a otra casi sin sentido. La sensación es la de un collage a medio armar. En muchas ocasiones queda en el aire la finalidad de una u otra situación, finalidad que no existe. Es más, algunas que realmente sí la tienen se tratan como resúmenes, con una brevedad paradójica para la extensión que se le da a otras acciones totalmente prescindibles. La sensación que queda es la de estar leyendo a un autor novato, que ha ido intercalando situaciones posibles sin tener nada que contar o, peor aún, queriendo ocultar al lector de manera caprichosa una trama que termina desvaneciéndose.
Lo más decepcionante de la lectura de El todo cotidiano coincide con el mejor pasaje de la historia: la sucesión de escenas que narran la puesta en libertad, llegada a Madrid y reencuentro de El Nihilista con Yocandra, puesto que resulta ineludible preguntarse por qué no se ha escrito de esta manera todo el texto, por qué casi al final del libro nos enfrentamos a esta prosa trágica y bella, equilibrada pero llena de pasión, con un ritmo capaz de envolver sin rechinar, donde cada escena está en función de otra y todo tiene sentido y tensión. Sin caer en la descalificación y la banalidad ni en el tópico pataleo de los resentidos, sino mostrándonos el lado más humano, más sensible de esa verdad, se profundiza de manera punzante en el dolor del exilio, en el dolor de quienes tienen todo el mundo para pisar menos su país.
La autora habría tenido que tomar sólo esta historia, desarrollándola con pasión, con ese aliento narrativo que tienen estas siete páginas, olvidándose del anecdotario simpático pero banal presente en el resto del texto. Entonces hubiese tenido tema, hubiese tenido trama, hubiese tenido historia y, con todo ello, una buena novela. Pero, ¿cómo puede darse esta descompensación tan chocante? ¿Plazos editoriales? ¿Novela por encargo? ¿Desinterés en la narración? ¿Hastío? ¿Pudor? ¿Miedo a contar lo que realmente la posicionaría dentro de la isla?
Sin dudar de que Zoé Valdés sea una buena escritora, es lamentable que esta novela haga aguas incluso en su final: para justificar este pegoteo de escenas sin directriz, de pronto vemos llegar a Yocandra a un lugar que parece una editorial. Bajo el brazo lleva el manuscrito de El todo cotidiano. Pero resulta que el editor es su psiquiatra y el libro está en blanco. De pronto, la autora saca al lector de la historia para dar a entender que se trata de otra totalmente diferente, queriendo hacer, tal vez, un truco de magia que por fin logre fascinarnos. No lo hace, puesto que detrás de dicha peripecia se encuentra ese primer relato de suspense que todos escribimos, ese relato que concluía con el ruido molesto del despertador interponiéndose entre el protagonista y la acción, y que nos sacaba del sueño en que estábamos sin saberlo: es decir, un final en falso. Un final que traiciona la confianza del lector en el narrador. De esta forma, Zoé Valdés concluye por ponerle la lápida definitiva a su novela, dándonos a entender que sin duda sabía cuál era su decepcionante condición.

01/03/2011

 
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