ARTÍCULO

El exilio del centro

Visor, Madrid, 1996
Trad. de Pilar Vázquez, Nacho Fernández y J. Mª Parreño
160 págs.
Ardora, Madrid, 1997
Trad. de Nacho Martínez y Pilar Vázquez
64 págs.
 

Páginas de la herida no es estrictamente un libro de poemas, sí de poesía, pues la segunda parte del mismo: «Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos», contiene además de versos, pequeños relatos, reflexiones filosóficas, comentarios incisivos sobre la pintura y algunos pintores como, por ejemplo, Caravaggio, así como otras magníficas prosas. La primera parte, «Poemas», es lo que más se ajusta a este género literario, aunque también finaliza con unas doce tesis en prosa sobre la economía de los muertos.

La guerra del catorce, para John Berger, significó un cambio radical en la mentalidad del hombre de este siglo. La maquinaria bélica prosiguió más allá, metamorfoseada en industrial y combatiendo a la naturaleza en la que el hombre había basado muchos de sus aspectos simbólicos. En su poema «Autorretrato» nos cuenta su nacimiento, ocho años después de que acabara la misma, pero persistiendo sus efectos desoladores. En esta tierra demolida, que es la tierra de todos, el hombre nacía solo ante el mundo. El poeta debía reconstruirla a través de la palabra: «La lengua / es la primera hoja de la columna vertebral» («Palabras»). En la naturaleza intemporal el poeta cree encontrar respuestas, o al menos las mismas preguntas insolubles de los antiguos: «...entre bosques tan antiguos / que no hay deseo mío / que pueda separarse de su origen / en el mirar de un hombre / hace un milenio». Berger plantea el enfrentamiento entre el poeta y los técnicos o científicos. Entre quienes conviven con ella, se alimentan física y espiritualmente, y aquellos otros que únicamente buscan su explotación como si de una materia sin vida se tratase. Berger recupera, reinventa los paisajes a través de volver a citar las plantas por sus nombres, y los árboles, y los pájaros, y el tiempo físico, y las piedras, la luz del día y de la noche poblada por las estrellas solitarias y las lunas. En este sentido, el poema «La llanura Maritsa» es muy significativo. Los agrónomos penetran como violadores en los campos, los campesinos «levantan la vista y preguntan / ¿qué esperan encontrar / en nuestra tierra?». Todos estos primeros poemas inciden en los recuerdos y la salvación de este prístino mundo rural cotidiano como conformador de nuestra antropología. Un mundo combatido, por un lado, y en plena emigración física y mental, por otro. El poeta se enfrenta así, en el resto de los poemas, a una visión inmensa de naturalezas muertas, de muertos abandonados en esos campos yermos y, por lo tanto, la memoria de nosotros mismos perdida. Emigración y exilio, desplazamiento de su origen, al que luego, en la segunda parte de Páginas de la herida, se referirá más ensayísticamente. Las vacas, las patatas, eran los alimentos materiales, pero también simbólicos. Su comida era la eucaristía compartida con los muertos, con las ausencias. «Los muertos apacientan / estas vacas / bajo el sudario de nieve» («Vacas»). «No las levantéis demasiado pronto / alumbran / a través de su piel luna / a los muertos...» («Patatas»). Tiempo, naturaleza, hombre, cuando las respuestas se buscaban en el entorno, cuando se convivía con las sombras. ¿Cómo parar a los nuevos violadores de tumbas? ¿Cómo alertar a quienes remueven la tierra? ¿Cómo detener a quienes espantan las almas? «No es mi corazón / pues mi corazón ya no sangra más / que la flor de la árnica» («Respuesta»). Las noticias antes tenían un carácter sagrado, nos daban una información trascendental, metafísica. Los cambios de las estaciones, las lluvias, los vientos, las cosechas, eran fundamentales para entenderse. Hoy las noticias ocultan, golpean, omiten, esconden, combaten esta trascendencia. ¿Quién falta esta noche?, se pregunta el poeta. Falta la guadaña, la hierba, los ventanales iluminados por la luz, las ramas más altas de los ciruelos, las golondrinas, mientras los hombres se preparan para morir «entre los hilos del teléfono». Se combate de nuevo en estos campos entre el pasado y el futuro, sin percibir que ambos están en el presente de cada una de ambas partes. Y en ese campo, «un bebé cuya madre ha sido violada y rematada / acupuntura de flores blancas / y las tablas del establo / donde anidan las golondrinas / son madera de la cruz / siego la hierba primaveral / donde muere Cristo / entre un soleado ágape de flores / en el cielo azul» («Resumen de noticias»). El poeta entona un «Réquiem», pero un lamento de esperanza, pues todo siempre ha de retornar a lo mismo: al verde. Toda esta primera parte acaba con uno de los temas más recurrentes de este libro: la muerte.

La muerte que ha sido desalojada de su espacio físico y que cada vez ocupa un menor lugar en el pensamiento del hombre contemporáneo. Los muertos, para Berger, no son ya seres individuales, sino colectivos. Esa colectividad «no sólo se reunirá en el espacio, sino también en el tiempo». Incluiría a todos los que han vivido. En esa colectividad no hay memoria, sólo un vago recuerdo de haber sido «expulsados» al tiempo. Y en ese sentimiento es en el que basa el poeta la diferencia entre los muertos y los no nacidos. Esa memoria de los muertos existe en su intemporalidad como una forma de imaginación muy relacionada con Dios. En el mundo nuestro, el de los vivos, a veces también se experimenta esa intemporalidad en el sueño, el éxtasis, en el peligro extremo, el orgasmo, en los instantes de la muerte; durante estos acontecimientos «la imaginación de los vivos abarca la experiencia toda y sobrepasa los límites de la vida o la muerte de cada cual en particular. Roza la imaginación expectante de los muertos». Hasta nuestro tiempo, todos los vivos convivían con los muertos. La vida era algo incompleto sin la experiencia de la muerte. Lo uno y lo otro eran «interdependientes». Sólo el egoísmo del capitalismo deshumanizado de nuestros días ha roto esa interdependencia, «y los resultados han sido desastrosos para los vivos, que ahora creen que los muertos han desaparecido».

Estas reflexiones sobre la muerte se prolongan ya a lo largo de la segunda parte de Páginas de la herida. Berger insiste en que los muertos son la imaginación de los vivos, sus ojos «inscritos en la palma de nuestras manos / compañeros de camino en esta tierra / que cobija al tordo». Lloramos la pérdida de sus esperanzas. Pero la muerte, en el proceso anterior a serlo, es un acto individual como la vida. El poeta defiende su determinismo frente a quienes desacreditaron esta teoría basándose en la absoluta libertad del hombre. En el texto en prosa «Una vez en las Highlands» se refiere a los cementerios isleños, a las inscripciones: «Las lápidas son cartas de recomendación dirigidas a los muertos». Es decir, no están allí puestas para recordar a los desaparecidos, sino para que ellos recuerden a los que se quedaron. Al final el poeta inglés también reflexiona sobre su propia muerte: «Lo que más me reconcilia con mi propia muerte es la imagen de un lugar: un lugar en el que tus huesos y los míos sean sepultados, tirados, desenterrados juntos».

En esta segunda parte del libro se medita también sobre el tiempo, la poesía, la filosofía, la pintura como forma de conocimiento y no sólo de placer estético, sobre la realidad, la emigración, el desarraigo, el dolor, etc. El hombre, para Berger, comparte dos tiempos: el biológico y el de su conciencia. Es este último por el cual más sufre, el que trata de explicar, y al que en los últimos años se intenta negar o abolir, «en realidad, siempre estamos entre dos tiempos: el del cuerpo y el de la conciencia. De ahí la distinción que hacen todas las demás culturas entre el cuerpo y el alma. El alma es lo primero sobre todo, el escenario de otro tiempo». Pero en nuestra sociedad contemporánea sólo se cultiva el olvido. El tiempo de la conciencia existencial ha sido sustituido por la conciencia capitalista del dinero, o por el de la conciencia revolucionaria. Ningún valor social asegura ya el tiempo de la conciencia. El pasado y el futuro son el presente. El tiempo no pasa solamente de una manera objetiva, incontestable e indiferente, sino que cada hombre lo percibe de una forma desigual. Antes, el tiempo de la conciencia buscaba consuelo en los símbolos del sol, las estaciones, los nacimientos, en la muerte como la compañera de la vida y como la «precondición necesaria para aquello que se convertía en el Ser a partir del No-Ser; la una no era posible sin la otra». La técnica del conocimiento del universo, la pérdida de la conciencia individual, el abandono de los símbolos, la pérdida de la memoria y del pasado, todo se precipita a la nada, «Dios abandona la vida para habitar el dominio eterno de la muerte. Alejado ya para siempre de los cielos del tiempo, deja de ser su eje, convirtiéndose en una presencia ausente, que espera». La muerte ha pasado a ser algo científico y no existencial. De la muerte como prolongación de la vida se ha pasado a la muerte de la propia vida, a la muerte como algo irreversible, dentro del calor-muerte del propio planeta. Vivimos en el vacío y sólo de nuestro tiempo biológico queda la fuerza de la sexualidad, la fuerza del amor que es la única que todavía trata de saltar sobre la muerte.

En Páginas de la herida hay muy importantes opiniones sobre el sentido de la poesía. La poesía, a diferencia del relato, de la narración, no tiene que explicar nada, no tiene que ofrecer un desenlace. Los poemas están más cerca de las oraciones que de cualquier otro género literario. En la poesía «no hay nadie detrás del lenguaje que se recita. Es el propio lenguaje el que tiene que oír y agradecer». Para el poeta religioso, la Palabra era la primera presencia de Dios. La Palabra no era un medio de comunicación, sino una presencia. Creo que Berger se equivoca cuando se refiere a que las palabras que utiliza el poeta son las mismas que las de la vida cotidiana. No son exactamente las mismas y su función, por descontado, es diferente. El mismo Berger matiza sus primeras opiniones sobre este asunto al preguntarse, ¿qué hace entonces la poesía para transformar tanto el lenguaje, que, en lugar de limitarse a comunicar información, escucha y promete y desempeña el papel de un dios? El poeta quiere estar fuera del tiempo y es ahí donde trabaja el lenguaje, que es un lugar en donde el tiempo no acaba, «en donde el propio tiempo queda absorbido y dominado». La poesía busca su inmortalidad en la palabra inmortal, la palabra que representa el pasado, el presente y el futuro, abarcándolo todo, resistiéndolo todo. La metáfora es así el elemento expresivo esencial del poema, busca las correspondencias cuya suma total sea una prueba de la «indivisible» totalidad de la existencia. El poema así supera la identificación individual, y lo objetivo y lo subjetivo se aúnan. El poema es siempre algo íntimo de la condición humana. El poema hace del lenguaje algo íntimo. Y el lenguaje busca el origen, romper el silencio anterior y manifestar lo que no ha ocurrido nunca antes. El poema está muy cerca de la oración, pero la poesía no se dirige sólo a Dios, sino al lenguaje mismo, a su pérdida. La poesía centra al hombre en la búsqueda del lenguaje perdido, la filosofía toma al propio hombre como centro del mundo, un centro ontológico. La poesía se debate siempre entre lo visible y lo que no se ve. Lo visible es la realidad, nuestra fuente de información del mundo. Pero hay algo que no se ve debido al tiempo y la distancia, y sin embargo existe, «lo visible lo incluye (porque ve) y, al mismo tiempo, lo excluye (porque no es omnipresente)». Lo no visto desafía la existencia de lo visible y tiene un profundo fundamento ontológico. El ser humano se debate entre esta ambigüedad suya: sentirse materia real y materia ausente. Y de la ausencia tenemos nostalgia, remota memoria, tratamos de recuperar su desaparición por medio de la poesía. Lo visible, lo real no niega lo otro, sino que da fe de ello. Lo visible está iluminado, lo visible permanece en la oscuridad de Dios que es el único que tiene un ojo que lo ve todo. ¿Dios iluminó toda la creación? ¿Lo visible existe porque ya todo ha sido visto? La oscuridad no sólo está en el mundo, sino en el propio hombre. Él trata de iluminar todo ese espacio con la materia efímera que está a su alcance. Pero incluso lo visible, lo real, tampoco está siempre lo suficientemente iluminado, la realidad necesita en cada momento nueva luz. Lo real y lo no real, ¿no serán de todas formas construcciones de la imaginación? ¿No serán caras de la misma moneda? «La realidad, independientemente de cómo la interprete cada uno, está al otro lado de una pantalla de clichés. Cada cultura produce la suya, en parte, para facilitar sus propias prácticas (para establecer hábitos), y en parte, para consolidar su propio poder. La realidad es hostil con los que detentan poder».

El placer, el dolor, ¿pertenecen al mundo de lo visible o de lo invisible? Son realidades visibles, cuantificables, pero la imaginación duplica ambas sensibilidades y las transforma en ansiedad y fantasía. El dolor tiene un centro, el placer, no. La felicidad humana es un bien escaso y la poesía está también para suplirla.

01/10/1997

 
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