ARTÍCULO

Papeles póstumos

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
152 pp. 18 €
 

No es difícil detectar en este último título de Juan Goytisolo un inevitable, calculado y, desde luego, desconcertante aire de coda. En primer lugar, su publicación viene a refutar la decisión, claramente formulada por el autor, de fijar en Telón de boca (2003) el final de su obra de ficción, determinación que parecía respaldada por la periódica aparición de los volúmenes que integran su obra completa. Por otra parte, El exiliado de aquí y allá se ofrece al lector desde su mismo subtítulo (La vida póstuma del Monstruo del Sentier) como una prolongación de una obra ya lejana, Paisajes después de la batalla (1982), novela que, vista ahora con la suficiente perspectiva, constituye, en dialéctica correlación con Makbara (1980), un claro punto de inflexión en la literatura de Goytisolo tras ese ciclo novelesco que abría Señas de identidad (1966) y que aún hoy constituye la cima de su narrativa.
Estamos, pues, ante una obra póstuma en un doble sentido. Primero porque, como se ha dicho, el libro ignora el certificado de defunción literaria emitido por el propio autor hace unos años. En segundo lugar, porque su objeto es recoger las andanzas y visiones de un muerto, el protagonista de Paisajes después de la batalla, cuyos vagabundeos por el Sentier parisiense acababan con la explosión de una bomba adosada a su gabardina. Su resurrección no es la de un ser de carne y hueso, sino la de una presencia virtual que vive y se comunica en el ciberespacio. Desde ese enclave, y antes de su definitiva reintegración en la nada, el Monstruo, «un nihilista presto a pasar a la acción», obtiene una prórroga para prolongar el merodeo de su mirada alucinada y vitriólica, para ofrecer los lances más o menos sórdidos y provocadores de un individuo amoral, irracional y violento en lucha encarnizada con un mundo que se le parece demasiado.
Estos planteamientos determinan en ambas obras sus principales fundamentos formales: la atomización de la estructura en multitud de textos breves de distinta índole (caricaturas, invectivas, relatos hiperbreves, pastiches de todo tipo...); la desaparición, en consecuencia, de cualquier argamasa narrativa, que se sustituye por la simple continuidad del protagonista y su mundo, así como por la presencia de una misma voz que practica un constante juego de identificación y rechazo respecto al personaje. Y no olvidemos lo que acaso sea el patrimonio menos cuestionable de ambos libros: su lenguaje tenso y disolvente, la práctica de una estética cercana a lo grotesco que sitúa al lector en una perspectiva extrañada e incómoda a la hora de contemplar ciertos aspectos de su realidad.
Los vínculos entre ambas obras son muchos y muy notables, hasta el punto de que la lectura de la que nos ocupa ahora sin que se conozca su claro precedente perjudica no ya su cabal interpretación, sino también la simple comprensión de aspectos elementales de su protagonista y de su peculiar universo. Pero esta continuidad no impone una uniformidad absoluta, pues no en vano median más de veinte años entre ambas, y si bien en las dos subyace una visión apocalíptica de la realidad y un proyecto estético que intenta dar cuenta del caos posmoderno, no es menos cierto que existen también ciertas variaciones importantes. La más evidente es que en las nuevas peripecias del Monstruo no queda ni rastro del espacio de la urbe moderna, aquel París de principios de los años ochenta que se debatía entre el desconcierto de la nueva sociedad multicultural y las consignas del consumismo. El marco geográfico, las referencias de un espacio y unos distintivos culturales procuraban a aquella novela ciertas coordenadas estables en las que se desenvolvía la imprevisible personalidad de su héroe. Ahora el espacio geográfico se sustituye por el virtual, la acción se vuelve ubicua o, mejor, se sitúa en el no lugar de las grandes autopistas de la comunicación. Los personajes se convierten en comparecencias remotas que se ocultan bajo un nick (el imán Alicia, Monseñor, el rabino rastafari). No existe sociedad, sino Sistema (que incluye y acepta también el preceptivo Antisistema) y su principal fuerza de cohesión es el miedo.
Consecuencia de esta visión del mundo actual es un texto posapocalíptico que opera al margen de las grandes estructuras culturales y mentales de las que se alimenta la novela más convencional. Esa propuesta ya operaba en el libro de 1982, pero ahora se intenta llevar a extremos aún más radicales. La cuestión es si la forma de darle cuerpo literario es convincente, pregunta a la que no es difícil responder negativamente en virtud de, al menos, dos razones de peso. En primer lugar, parece evidente que un libro que sustituye los habituales pilares de un armazón narrativo convencional (personajes, trama, decurso temporal) por una sucesión de textos semiautónomos ha de procurar que la calidad y el interés de cada uno de ellos se convierta en el aval último de su necesidad. Eso no ocurre en el libro de Goytisolo, demasiado frecuentado por guiños y ocurrencias de escaso fuste cuyo supuesto interés o gracia se diluyen con la misma celeridad con que se agota la fuerza del exabrupto al que parece obedecer su génesis. Es una lástima, además, que el autor haya preferido explotar sobre todo un tipo de texto más estático, con preferencia por el apunte descriptivo, la divagación o el diálogo fulgurante, cuando lo más granado del volumen son sus incursiones en el microrrelato, género del que pueden encontrarse aquí un par de afortunados ejemplos (especialmente el titulado «El uno y único»).
El otro gran reparo tiene alcance de objeción a la totalidad. Se trata de una merma en la capacidad del narrador para hacerse acreedor de la confianza del lector. Él mismo se pregunta, al principio del libro: «¿Quién concede credibilidad a las palabras de un muerto?». Pero el problema (¿es necesario recordar a Lee Masters, a Rulfo?) no es hablar desde el lado de la muerte. El problema es la letra muerta, algo tan fácil de percibir para un lector atento como complicado de justificar con el discurso crítico. Por eso, convocar una imagen puede ser más elocuente que una prolija argumentación. La que me sugiere la lectura de este libro es la de alguien que ha sabido escuchar una canción en medio del ruido y que incluso es capaz de analizarla mentalmente. Sin embargo, aunque puede tararear su melodía, no consigue reproducirla ante los demás de forma fiel y convincente. No se trata de una cuestión de oído o de talento, sino de sintonía. Juan Goytisolo ha demostrado, sobre todo con su narrativa de la década de los sesenta y setenta, su capacidad para delatar y pulverizar los mitos culturales, históricos e ideológicos en los que se formó su generación, al tiempo que ejecutaba un inmisericorde ajuste de cuentas consigo mismo y con la clase social de la que procede. Pero tras aquellas obras, forjadas en el espíritu crítico y la estética innovadora, su literatura de ficción no ha logrado levantar una construcción sólida en el solar arrasado que había dejado su anterior tarea de demolición. En su estudio clásico sobre la novela española contemporánea, Ignacio Soldevila ya advertía del callejón sin salida al que se había abocado su creación tras obras como Juan sin tierra. Desde entonces la narrativa del escritor barcelonés ha ido demostrando que su auténtico valor estaba ligado a una vehemente lectura adversativa de la realidad y de sí mismo, y que esa labor ya se había consumado.

01/03/2009

 
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